El segundo día #18
—De que las dos estábamos muy sobrepasadas de trabajo.
De que, de hecho, siempre era así. Y de que cada vez que nos quejábamos de eso, decidíamos solemnemente que íbamos a bajar el ritmo.
Pero luego, por supuesto, nunca lo hacíamos, porque, en el fondo, nos encanta lo que hacemos.
Llevábamos diez años manteniendo esta conversación, se había convertido en una especie de sketch , y al final siempre acabábamos riéndonos a carcajadas...
Entonces se interrumpió. Por primera vez, su dolor fue visible. Una pena inmensa.
Como respondiendo a una señal secreta, Dupin y Nolwenn subieron a la vez al coche. Dupin había visto que el agua empezaba a cubrir la carretera en algunos puntos.
Pero aún le quedaba una pregunta.
—Esa cita de hoy a las seis de la tarde, ¿de qué va?
Ya antes había querido preguntárselo.
—Estoy preparando un nuevo videopódcast. Para la web Bretons en cuisine.
Lo hago una vez a la semana. Platos sabrosos con chocolate, mi especialidad.
Hace rato que debería haber terminado, pero tengo problemas con una receta.
—Suspiró—. Pierna de venado estofada en salsa de panceta, cebollas rosadas, vino tinto, nata doble y chocolate.
—Frunció el ceño con preocupación—. Y anís, pimienta, cardamomo.
Pero hay algo que no me acaba de convencer de las especias.
A Dupin le hubiera encantado saber más al respecto, se le hacía la boca agua. Pero ya no tenían tiempo, así que arrancó el motor.
—¿De veras que usted —Nolwenn, que ya había cerrado la puerta, gritó en voz alta desde el interior del coche— no tiene ningún testigo que confirme que esta mañana se encontraba aquí entre las seis y cuarto y las siete menos cuarto?
Por un instante Maëlle Columbani pareció no saber qué responder.
—No, por desgracia. Estaba completamente sola. Durmiendo aún.
—Muchas gracias, señora. Seguiremos en contacto —dijo Dupin como despedida.
—Tienen mi número.
Dupin cerró la puerta de su lado.
El mar salpicaba a derecha e izquierda mientras el Peugeot se dirigía a toda velocidad hacia tierra firme. La carretera ahora estaba cubierta por una fina capa de agua. Debía de dar la impresión, pensó Dupin, de que estaban conduciendo sobre el mar.
Un milagro.
—¡Tome la salida! ¡A la derecha! ¡A la derecha, señor comisario!
Pasaron de largo la salida que deberían haber tomado. Dupin lo había hecho a propósito, así que abandonó la rotonda por la siguiente. En el último momento había visto un indicador: Moulin d’Elise. Boulangerie . Y boulangerie , panadería, era sinónimo de café.
Al poco rato llegaron a su destino, una de esas panaderías anodinas que hay junto a las carreteras, vulgares y corrientes, pero a menudo de una fabulosa calidad.
Un paraíso de sándwiches, estupendo. Eran poco más de las tres y media y Dupin no solo estaba tremendamente cansado, sino también tremendamente hambriento.
De hecho, esa misma mañana ya había encargado comida para todo el día —aquel desastre de desayuno en Bayona—, pero no había tenido ocasión de probar ni un bocado.
No se atrevía a pensar en todo lo que se había perdido, todavía no lo había superado.
—Un L’Auvergnat y un Chèvre-miel —pidió Dupin para él. Nolwenn, que se había quedado en el coche, había dicho que a ella le bastaba con uno solo—. Y, además, otro de verduras y curry indio.
A Dupin le apetecía mucho el famoso queso Fourme d’Ambert, típico de Auvernia, su queso azul favorito, servido en este caso sobre un lecho de lechuga y queso fresco.
—Y tres cafés solos dobles y dos aguas, por favor.
—¿Algo más?
—Dos París-Brest. Y dos tartas de limón.
Nada más entrar, le habían llamado la atención pasteles de masa ligera y las tartas de intenso color amarillo. Seguro que Nolwenn no diría que no: le encantaban las tartas de limón.
La repostería no solo tenía un aspecto divino, sino que también contenía azúcar, montañas de azúcar, y eso significaba energía. El efecto, ciertamente, era breve, pero Dupin no se hacía ilusiones de sobrevivir a la jornada. De momento, dormir era algo impensable.
—¿Eso es todo?
La joven miraba a Dupin con curiosidad.
—Creo que sí, yo...
El pitido estridente e insoportable de su móvil lo interrumpió.
Un número extranjero. De un prefijo desconocido para él.
Se echó a un lado.
—Al habla el comisario Georges Dupin, buenos días.
Un chasquido y un crujido y, a continuación:
—Soy Sandrine Thépault.
Eso era una auténtica sorpresa.
—Soy la empleada de Zerua en...
—Estoy al corriente, señora. Y sé también lo de los doscientos mil euros de una cuenta en las islas Fiyi que usted...
—Tiene que ayudarme, señor comisario.
Sonaba desesperada, terriblemente desesperada.
—¿Qué quiere decir, señora?
—¡Yo no soy traficante de drogas! No tengo nada que ver con las drogas.
Dupin se apretó el teléfono contra el oído. Resultaba difícil entenderla.
Entretanto había abandonado la panadería.
—Cometí un grave error. Creí que era una oportunidad única, pero, por supuesto, me equivoqué. Y, por supuesto también, yo, de hecho, lo sabía. —Hablaba rápido, nerviosa—. Recibí una llamada. Hace dos meses. Una...
El resto de la frase se perdió entre chasquidos de la línea.
—¿Una qué?
—Una voz de computadora. La persona que llamó me prometió doscientos mil euros si metía un paquete sellado en uno de los sacos de chocolate.
Yo, claro, le pregunté por qué yo debía hacer tal cosa y qué contenía el paquete.
La respuesta fue que una de las condiciones del encargo era no hacer preguntas. Me negué al instante. Evidentemente.
Dupin había empezado a dar vueltas por el aparcamiento.
—¿Y?
—Esa persona me dijo que volvería a ponerse en contacto al día siguiente y que me lo pensara de nuevo.
Dijo que nadie se enteraría. Y que el dinero se ingresaría en una cuenta que abrirían especialmente a mi nombre en un banco privado venezolano.
Una transferencia que no se podría rastrear.
Le dije que mi respuesta no iba a cambiar, aunque me lo volviera a preguntar. Me contestó que al día siguiente...
—¿Qué? No he entendido lo último que ha dicho.
—Que al día siguiente ya se vería. Luego colgó.
Sin embargo, esa persona no volvió a ponerse en contacto conmigo al día siguiente, sino al cabo de una semana.
—Hizo una breve pausa—. Fue horroroso. Yo empecé a imaginar todo lo que podría hacer con tanto dinero.
Sobre todo, aquí, en Venezuela. Me pregunté si no sería una tontería no acceder.
Otra pausa. Dupin sabía que cuando alguien confesaba era bueno darle su tiempo.
Por supuesto, tenía muchas preguntas. Y, por supuesto, Thépault debería haberse figurado lo que contenía el paquete. Pero era inútil reprochárselo. A él le interesaba otra cosa.
—Entonces... Todo ocurrió de un modo muy rápido y simple.
Dos días después de mostrarme de acuerdo, recibí por Threema los datos de una cuenta, con contraseña y todo.
Estaba a mi nombre. Una semana más tarde me llegó un mensaje diciendo que recogiera el paquete en un apartado de correos de la estación de Cumaná y que se me enviaría la llave por correo. Eso fue todo.
—¿Y cómo supo en qué bolsa debía esconder el paquete?
—Eso mismo pregunté yo. Me dijeron que daba igual. Tenía que ser un saco cualquiera de la próxima entrega.
—¿Daba igual? Pero ¿cómo podría saber entonces el destinatario dónde estaba la cocaína? Ni siquiera podía prever dónde iría a parar, si Bayona, Morlaix, Quimper o Concarneau.
—Exacto, yo también me lo pregunté, pero no lo sé.
—¿No le pareció extraño? Y también que le pagaran tanto dinero por un solo paquete... Es desproporcionado.
—Sí, claro. Más tarde también pensé en eso.
—¿Y ahora en qué puedo ayudarla, señora?