Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #17
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El segundo día #17

—Ha desaparecido durante cuarenta y cinco minutos. Y no contestaba al teléfono. Después de su absurda actuación del año pasado en Ouessant, una se preocupa de inmediato en cuanto lo deja solo cerca del agua.

Una frase absurda, sobre todo si hace referencia a un habitante de la costa bretona.

—¿Cuarenta y cinco minutos?

De esos, había pasado, como mucho diez o quince, paseando y hablando por teléfono con Labat. ¿Era posible que hubiera dormido durante media hora? ¿Y que ni siquiera hubiera oído el teléfono?

—Poco a poco el agua está regresando, señor comisario.

A Nolwenn el agua ya le llegaba a los tobillos.

—¿Y a qué viene eso de esconderse ahí arriba, en la colina? A ver, entiendo que esté cansado, pero ¡míreme! ¡Usted es el comisario! ¡Con el sueldo de un comisario!

Unas asociaciones mentales muy peculiares, se dijo Dupin.

Había comenzado a bajar con cuidado hacia ella.

—Hay noticias importantes, Nolwenn —dijo rápidamente.

Había llegado junto a ella —no sin antes quitarse los zapatos— y ahora tenía los pies sumergidos en el agua hasta los tobillos. En pocas palabras, le resumió la conversación con Labat.

—Bueno, algo es algo —dijo ella—. Esa Thépault me ha parecido sospechosa desde el principio. Pero no puede haber cometido los asesinatos. —Nolwenn negó con la cabeza—. Bien mirado, lo cierto es que no hemos avanzado ni un paso. En realidad, seguimos sin saber casi nada.

Las típicas piruetas mentales de Nolwenn le hicieron pensar en su sueño; de todas formas, Dupin entendía lo que ella quería decir. Y, básicamente, estaba de acuerdo con ella, si bien no veía la situación tan negra. Aunque, sí, tal vez, sí.

Notó que el agua fría en los pies le sentaba bien, pero su mente seguía algo confusa.

Necesitaba café. De forma urgente e inmediata.

—Llamaré a la asistenta de Guenneugues. —Nolwenn estaba enfurecida—. Por mucho que esté en la clínica de adelgazamiento, el prefecto tiene que intervenir de inmediato. Hay que hablar con esa mujer. Tiene que traerla a Francia, cueste lo que cueste.

—¿Dónde está la señora Columbani?

—En su casa. Según parece, esta tarde trabaja desde allí. Tiene una cita a las seis, es...

El teléfono de Dupin.

La comisaria Unarte.

—Buenos días de nuevo, señora.

Un saludo absurdo.

—Me ha llevado más tiempo del que esperaba. Una charla difícil con ese superagente de la BAC.

Aunque Unarte ya le caía muy bien a Dupin, la evidente aversión de la comisaria hacia Pinel hizo que esa simpatía aumentara aún más.

—Salude a la comisaria de mi parte —dijo Nolwenn, que de repente adoptó un tono de voz alegre. Habló tan alto que Unarte la oyó.

—¡Dele recuerdos a ella también!

—Dice que saludos de su parte —anunció Dupin obediente, sintiéndose un poco ridículo.

—¿Por qué me ha llamado, Dupin?

Cierto. Él era quien había querido hablar con ella, no al revés.

—Uno de mis inspectores ha descubierto una cosa.

Dupin le contó lo que Labat había investigado.

—Entiendo. Es increíble, Pinel no ha dicho nada al respecto en nuestra conversación telefónica.

Dupin acababa de atravesar un paso especialmente profundo y los pantalones se le mojaron hasta las rodillas.

—¡Qué me va a contar! —murmuró.

—Ni siquiera a la BAC le será fácil traer a Thépault a Francia. Y si pertenece a un cártel, no dirá ni una palabra.

—Lo sé. ¿Qué hace Nahia Mazago? ¿Y dónde está usted?

Dupin había oído voces al fondo.

—Tiene una cita con el abogado del holding familiar.

Parece que hay un problema urgente que tiene que resolverse de inmediato.

Pagos importantes que hay que abonar. Una cuestión de liquidez.

Hasta ahora, para cantidades elevadas siempre se necesitaba la firma de, por lo menos, dos de los tres hermanos.

Esto se tiene que cambiar de inmediato. La he acompañado y ahora estoy en la antesala del bufete, en pleno centro de Pau.

Aquí es donde está la sede central y también la de la prefectura.

Eso es, aquel era el Quimper del departamento Pirineos Atlánticos.

—Mi inspector cree que Nahia Mazago es la instigadora.

El propio Dupin no sabía muy bien por qué le estaba comunicando esa hipótesis.

—A mí me parece más bien que será la próxima víctima. Y eso es lo que quiero evitar a toda costa.

—Entiendo.

Era cierto que, si no estaba detrás de esos crímenes, podía encontrarse en grave peligro. Sin embargo, a diferencia de la comisaria Unarte y de Labat, Dupin aún no había decidido de quién sospechar.

—La aprecio. Y me cae bien —confesó Unarte con franqueza—. Además, sería una tragedia para el País Vasco. Perderíamos muchísimo. Sin los Mazago esta región no sería lo que es.

Aquello era una auténtica confesión.

Se encontraban aún a unos doscientos metros de la orilla.

—Estamos en casa de Maëlle Columbani. —Dupin recordó que también quería comunicárselo a Unarte.

Resumió lo que habían averiguado.

—Sí, vale. ¡Menudo lío! —La comisaria parecía molesta—. A ver, Nahia Mazago y yo acabamos de hablar. Y no ha dicho nada de que Bixente hubiera amenazado con vender su parte. Eso habría arruinado el holding familiar. Y tampoco ha mencionado la desavenencia sobre la sucesión de Pichard.

Por extraño que fuera, Dupin se alegró de no ser el único al que le habían mentido.

—¿Cuánto tiempo cree que durará la cita con el abogado? Me gustaría volver a hablar con ella.

—No lo sé. Lleva media hora dentro. Yo supongo que aún tardará un rato.

—Dígale que me llame cuando termine.

—¡Lo haré! Hasta luego, Dupin.

—Hasta luego, comisaria.

Habían vuelto ya a la orilla de la isla. Poco después llegaron a la casa de la señora Columbani.

Esta se encontraba en la puerta de la casa. Parecía haber estado observando a Dupin y Nolwenn.

—Ya he dado con él, señora Columbani.

Parecía como si Nolwenn estuviera hablando de un perro perdido.

—Estaba tumbado en una de las colinas de la bahía y...

—Llamadas importantes —la interrumpió Dupin—. ¿Dónde nos habíamos quedado? —le preguntó a Maëlle Columbani, que se había acercado un poco a ellos.

—Su colaboradora y yo ya lo hemos aclarado todo. Y considerando su fobia, el miedo al mar, me parece que deberían ponerse en marcha de inmediato.

Dupin no quiso responder a ninguno de los dos comentarios.

—¿Conoce a Sandrine Thépault? ¿La directora de la plantación de Zerua en Venezuela?

Una breve vacilación.

—No.

—¿No? Ha dudado usted, señora.

—La vi una vez. Hace algunos años. En una fiesta de Zerua. Creo que era el cincuenta aniversario de la sucursal de Concarneau. Eso fue todo. Una sola vez.

—Entonces ¿por qué de primeras ha dicho que no? —insistió Nolwenn.

—Porque «conocer» seguramente no es la palabra adecuada.

Nolwenn enarcó las cejas.

—¿Sabe si la señora Thépault viene a menudo a Francia? Por trabajo, quiero decir.

—No lo sé. Eso tendría que preguntárselo a Nahia, o a alguien de Zerua.

—¿Cómo va su empresa, señora Columbani? ¿Tiene también una plantación propia? ¿Importan la mercancía con barcos propios? ¿De cero emisiones?

—No, no tenemos plantaciones propias. Compramos a productores escogidos que cumplen criterios sociales y ecológicos muy estrictos en sus plantaciones.

Por supuesto, con cero emisiones de CO2.

Sin embargo, el cacao nos llega a Morlaix por las vías convencionales.

Aunque lo compensamos con proyectos en la selva tropical brasileña, que es de donde proceden nuestros granos, la verdad es que me gustaría que fuera de otra manera.

—¿Ha pensado alguna vez en una cooperación? ¿Los barcos de Zerua no podrían transportar los granos para ustedes?

De nuevo, una vacilación visible.

—La verdad es que he estado hablándolo con Bixente. Bueno, quiero decir que habíamos empezado a hablarlo hace poco. En abril. En los dos barcos que tiene Zerua no hay espacio suficiente. Pero él estaba comprando más barcos. Su plan era vender capacidad de transporte.

—¿ Les folies du chocolat negoció con Bixente Mazago para ser cliente de su empresa de logística?

Eso tampoco lo había dicho nadie.

—Sí, ¿y?

—¿Adeline Mazago lo sabía? —preguntó Nolwenn.

—Por supuesto. De hecho, era idea suya.

Cada vez el asunto se volvía más interesante.

—¿Adeline Mazago le propuso importar su cacao con los veleros de Zerua? —repitió Dupin.

—No solo eso: me propuso utilizar toda la cadena logística sostenible. Incluso la entrega con los nuevos camiones eléctricos.

—¿Hasta qué punto estaban avanzadas las conversaciones?

—Yo le había expresado un gran interés y Bixente me dijo que me pasaría una oferta concreta en otoño.

Nolwenn miró preocupada hacia la bahía y frunció el ceño.

—Tenemos que irnos, señor comisario.

La mirada de Dupin siguió la suya. Allí donde antes se extendía una superficie de arena casi infinita, ahora brillaba el agua.

Solo se veía la carretera asfaltada, que estaba algo elevada. No tardaría mucho en inundarse también.

—La cosa se pone fea —asintió Columbani.

Dupin fue directo hacia el coche de Le Ber.

—¿Su amiga —dijo mientras caminaba— mostró últimamente un interés especial por la química del chocolate?

—¿A qué se refiere?

—En su escritorio había un libro técnico: La química del chocolate . Adeline Mazago había marcado muchas partes.

—¿Y?

—Ese libro fue robado de su casa anoche o esta mañana.

Dupin había llegado al coche, Nolwenn corrió hacia la puerta del copiloto.

Escrutó a Maëlle Columbani con la mirada.

—¿Cómo dice?

No había tiempo para explicaciones.

—Nos preguntamos cuál era el objeto de su investigación. ¿Sabe algo del tema? ¿Tiene alguna idea?

—No me dijo nada al respecto. Pero en su casa siempre había revistas y libros científicos por todas partes. No tengo ni idea.

—¿No lo vio cuando estuvo con ella anteayer? —quiso saber Nolwenn. También tenía abierta la portezuela del coche.

—Como ya he dicho, solo estuvimos cinco minutos sentadas en el sofá, tomamos una copa de vino y luego nos fuimos a la cama.

—¿Y en esos cinco minutos, de qué hablaron?

Dupin habría hecho la misma pregunta, pero Nolwenn se le había adelantado.