Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #16
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El segundo día #16

—¡Labat!

—Hace un mes se ingresaron doscientos mil euros en una cuenta muy bien oculta de Sandrine Thépault en Venezuela. El día 12 de abril. Desde una cuenta anónima, aún sin identificar, de las islas Fiyi. Sospecho que va a ser imposible dar con el titular.

—¿Doscientos mil euros?

—¡Si eso no es una prueba evidente...! ¡Esto va de cocaína!

—Hum.

La probabilidad de que esa transferencia anónima no tuviera nada que ver con la cocaína era extremadamente baja.

Era una pista que colocaba a la directora de la plantación en el centro de su investigación.

Aún no estaba claro qué papel desempeñaba Thépault, ni su importancia real.

En todo caso, era un primer avance. Aunque, evidentemente, ella no podía haber cometido los asesinatos.

—Ya he hablado con Kevin Pinel, de la brigada. Según él, eso es un «patrón prototípico». ¿Lo ha oído? Un...

—¿Ha llamado a Pinel?

Era increíble, pero en ese momento carecía de importancia.

—Por supuesto, señor comisario. Esto a nosotros nos viene grande. Nos enfrentamos a la mafia internacional de la droga.

A Dupin le estaba costando mucho contenerse.

—Sí, ¿y qué?

—¿Qué quiere decir con...?

—¿Hay más transferencias, Labat? ¿Algún movimiento en la cuenta? ¿Cargos?

—No.

—¿Solo esa transferencia?

—Solo esa.

Dupin había entrado en la zona arenosa de la bahía, que, en ese momento, con la marea baja, parecía infinita.

Le habría venido bien llevar una gorra, el sol le estaba dando de lleno en la cabeza.

En algunos lugares, la capa superior del cieno se había secado, y unas manchas claras se mezclaban con el intenso marrón grisáceo de la extensión.

Aquí y allá asomaba alguna piedra entre las algas, que se mostraban en todas las formas y colores posibles.

—¿Ha comprobado también las cuentas de los tres hermanos?

—Nada destacable. Por lo menos en las cuentas personales.

Pero, por supuesto, es mucho más complicado: el holding no es precisamente pequeño.

En total hay docenas de sociedades y empresas subsidiarias.

Eso ahora está en manos de la brigada, que colabora con grupos nacionales de expertos de los servicios secretos en París.

Estos últimos, a su vez, trabajan con los servicios secretos de nuestros aliados, por lo que...

—Entendido.

—El comandante Pinel ha ordenado a las autoridades venezolanas que arresten de inmediato a Sandrine Thépault. Luego será trasladada a París.

—¿A París? ¿La BAC asume el caso por completo?

—Seguramente no podremos interrogar antes a Thépault, señor comisario. Como he dicho, estamos ante un grupo interna...

—A mí me parece que la investigación de los dos asesinatos debería ser prioritaria.

Era totalmente absurdo discutir eso con Labat.

—Olvídelo, Labat. Ya lo aclararé con Pinel.

Una nueva oleada de cansancio se apoderó de Dupin. Parecía un tsunami.

—En todo caso, ahora sabemos que tiene que haber más cocaína. Y eso también es un gran avance en la investigación.

—¿Por qué cree que hay más?

Dupin había seguido adentrándose en la bahía. Tenía la frente perlada de sudor. Arena, arena, arena. ¿Dónde estaba el mar?

—¡Piénselo! Doscientos mil euros por el contrabando de un solo paquete. Eso sería un mal negocio para el cliente. El comandante Pinel, por cierto, también lo ve así.

Lo cual, pensó Dupin, era motivo suficiente para mostrarse receloso. En todo caso, sí, Labat tenía razón.

—Es genial, ¿verdad?

—¿El qué?

—Este enorme éxito en la investigación.

—Ya veremos qué...

Dupin lo dejó correr. Al inspector le gustaba demasiado interpretar el papel de cerebro en la lucha contra la mafia internacional de la droga. Y, aunque a Dupin le costara admitirlo, realmente era impresionante.

—Bien hecho, Labat.

A Dupin las palabras le salieron de los labios con más facilidad de la que habría imaginado.

—Gracias, señor comisario.

La gente solía comportarse de un modo muy simple, Labat se sintió muy halagado.

—Lo malo es que aún pasará tiempo hasta que la BAC interrogue a Thépault. Solo entonces podemos saber quién más forma parte de la banda. Quiénes son los cómplices aquí. —Labat de pronto habló en un susurro—. Si es que lo revela. El código de honor de los cárteles es brutal.

La frase parecía sacada de una mala novela de suspense.

—Los traidores suelen alcanzar su destino en la cárcel, a veces incluso estando en prisión preventiva. Podría considerarse afortunada si solo le cortan el cuello.

Las palabras de Labat eran contundentes. Pero Dupin sabía que era cierto.

—¿Alguna otra novedad, Labat? ¿Cómo fue la reunión con la prensa?

Sorprendentemente, Dupin aún no había oído ninguna noticia catastrófica.

—Excelente, señor comisario. Excelente.

Dupin suspiró.

—Vale, pues, hasta luego, Labat. Nolwenn y yo estamos con Maëlle Columbani.

—No creo —espetó Labat— que sea cómplice de Thépault.

—Hasta ahora tampoco nosotros tenemos motivos para sospechar tal cosa, Labat.

—Para mí, el caso está claro. Fue Nahia Mazago. ¿Quién, si no?

—¿Nahia Mazago?

—La misma.

—¿Y Spiquel? ¿El primer chocolatero, el director de la filial? ¿O tal vez Eléna Chesenau? ¿Qué los exime?

—Nahia Mazago. Solo digo eso.

Labat estaba imparable.

—¿Y por qué?

—Se lo he preguntado a la IARPD.

—¿Cómo dice?

—A la Inteligencia Artificial para la Resolución Proactiva de...

—Lo sé, Labat. —Dupin mintió. Jamás sería capaz de recordar lo que significaba ese acrónimo—. ¿Ha introducido toda la información del caso en el sistema?

—Solo la esencial.

—¿Y entonces ha obtenido el nombre de Nahia Mazago?

—Eso es.

—Ella no puede ser la asesina. —Dupin constató un hecho.

—¡Pero sí es la que mueve los hilos!

—Por favor, avíseme antes de que sus nuevos amigos arresten a Nahia Mazago.

Parecía una broma, pero Dupin no quería correr riesgos.

—¿Dónde está, Labat?

—En la central.

Era la expresión que Labat utilizaba para referirse a la comisaría.

—Hasta luego, entonces.

Dupin colgó.

Solo en ese momento se dio cuenta de lo lejos que había llegado. De repente se encontró ante otra de esas curiosas colinas de forma redondeada. Esta también estaba cubierta por una capa de pastizal de dunas.

¿Dónde estaba? Dupin miró a su alrededor. Al menos, aún se veía la otra colina situada al borde de la isla. Había unos setecientos metros de distancia.

Sin perseguir ningún objetivo concreto, Dupin ascendió por la colina con paso decidido y el teléfono en la mano.

Marcó el número de Unarte. Tenía noticias.

Noticias importantes. La comisaria tardó en contestar.

Dupin ya había llegado a la cima de la colina y jadeaba.

Debía de ser el cansancio, que le arrebataba todas las fuerzas.

—Dupin, un momento —dijo al fin la comisaria—. Le llamo enseguida.

La cobertura era excelente, ya se había dado cuenta de ello durante la llamada con Labat.

—Sin problema. Espero.

La comisaria colgó.

Increíble, desde ahí arriba el panorama era completamente diferente.

La orilla occidental de la bahía, esto es, el fin de aquel mundo de arena, no estaba lejos.

Desde abajo no se veía, solo se distinguían casas y una iglesia.

Debía de ser Saint-Pol-de-Léon. Al lado estaba Roscoff.

Ahí a los ingleses les gustaba pasar las vacaciones y de ahí venían las cebollas más famosas de la Bretaña, de toda Francia.

Al volver la mirada hacia el norte, se veía el agua que antes Dupin había buscado en vano. Ahí estaba. Regresando.

Dupin se sentó, solo por un momento. La arena fina entre el pastizal de las dunas era suave y cálida. Tenía que llamar a Le Ber. Contarle lo de los doscientos mil euros de la cuenta de Sandrine Thépault. Aunque probablemente Labat ya le habría informado.

Pero primero debía esperar a que la comisaria le devolviera la llamada.

Dupin se levantó, de pronto y contra todo pronóstico se sentía muy despierto.

La comisaria le había devuelto la llamada. Le propuso volverse a ver en Bayona. Según ella, para hablar era mejor hacerlo en persona. A él le pareció una buena idea; tenía toda la razón, esas llamadas interminables eran molestas.

Lo que sorprendentemente hasta entonces Dupin no había notado era que, justo detrás de la orilla de la bahía, comenzaban las estribaciones de los Pirineos.

Contempló las cadenas de colinas, verdes y suaves, que a lo lejos se elevaban hasta convertirse en unas montañas majestuosas.

Las cumbres afiladas, tan características, con sus brillantes cimas blancas, refulgían contra el cielo azul.

A mano derecha estaba el Atlántico, a Dupin le pareció ver Bayona en el horizonte.

Sí, ahora podía ver la ciudad con toda claridad, el brazo de mar, la gran plaza con sus piedras de granito claro, el parque.

Saltó hacia arriba, y una brisa se lo llevó y lo depositó suavemente varios metros más lejos, sobre el fondo fangoso.

De nuevo como movido por un resorte se alzó en el aire, con unos saltos gigantescos, que le dejaban suavemente flotando en lo alto.

Se dio cuenta entonces de que eso era posible gracias a unas alpargatas mágicas que llevaba.

Sentía la desconocida forma de energía que emanaba de ellas, Dupin estaba maravillado.

«Propulsión iónica», le explicaba de repente la voz en off de Le Ber.

Si seguía así, en un santiamén estaría con la comisaria.

Aquellos paisajes verdes y armoniosos que veía a sus pies se mostraban espolvoreados con azúcar glas.

Pero ¿era realmente azúcar? Algo en su interior le decía que era otra cosa. Se sobresaltó.

Alguien gritaba. Fuerte, terriblemente fuerte.

—¡Señor comisario! ¡Señor comisario!

Esa voz le resultaba familiar. Pero ¿de dónde venía?

—¿Qué está haciendo ahí?

Una pregunta extraña.

Dupin abrió los ojos.

Allí estaba Nolwenn. Y no solo ella: toda la realidad.

Su compañera estaba al pie de la pequeña colina.

—¡Estábamos preocupados, señor comisario!

No podía ser cierto. Se había vuelto a quedar dormido.