El segundo día #15
La arena parecía ser tan gruesa que en ella no se dibujaban regueros ni charcos; no se veía agua en ningún sitio, ni siquiera en el horizonte.
En cambio, eso hacía que el olor a mar fuera aún más intenso.
Dupin había bajado la ventanilla, el viento de la marcha resultaba vigorizante.
La sal y el yodo se agitaban con fuerza por el interior del coche.
El aire no era, ni por asomo, más frío que en el sur, el comisario calculó que debía de hacer unos treinta grados.
Hacía poco Claire, científica como era, le había explicado que el aire caliente del verano estaba cargado de aerosoles marinos.
Por lo tanto, el Atlántico se inhalaba con cada respiración por la boca, la nariz, hasta lo más profundo de los pulmones, donde los incontables minerales y oligoelementos pasaban a la sangre y eran transportados.
Hasta llegar al cerebro. A Dupin le gustaba pensar que el Atlántico estimulaba sus células grises.
Le había ocurrido otra vez: se había distraído.
No podía seguir así. Dupin se enderezó en el asiento del coche e intentó concentrarse.
Tenían que atrapar a un doble asesino y él iba reflexionando sobre el Atlántico.
¿Era solo el cansancio? ¿No había hablado la segunda chocolatera el día anterior de una intoxicación química? Habían llegado a la isla Callot.
—¿Se sabe qué casa es?
En aquella pequeña isla no parecía haber muchas, y era inútil buscar ahí nombres de calles y números de casas.
—Si lo he entendido bien, está justo aquí delante, a mano izquierda.
Nolwenn redujo la velocidad y tomó una curva pronunciada hacia la izquierda.
De repente se encontraron circulando por una pequeña colina verde; era curioso, Dupin no había reparado antes en ella.
De una altura de diez o quince metros, era circular, de un diámetro de unos treinta metros y cubierta de un espeso pastizal de dunas.
Allí era donde se refugiaban los habitantes de la isla durante las tormentas y las mareas altas, pensó Dupin sin querer, cuando el resto de la isla se convertía en parte del fondo marino, al igual que la carretera que conducía a ella.
La casa no estaba muy lejos, a la derecha de la colina. Era de color blanco intenso, no muy grande; seguramente era una antigua casa de pescadores.
—Esa es —comentó Nolwenn sin que fuera necesario—. Esa es su casa.
Al instante siguiente vieron un R4 antiguo de color azul cielo aparcado delante de la vivienda. Se detuvieron justo al lado. Dupin sonrió de oreja a oreja, ese coche le encantaba. Quizá debería comprarse uno como aquel, ahora que el suyo estaba averiado.
Nolwenn acababa de apagar el motor cuando una mujer rubia con el pelo recogido en una coleta corta salió de la casa.
Bajaron del coche y la mujer se les acercó con paso decidido.
Dupin le calculó unos treinta y tantos años.
Iba descalza. Vestía de manera informal, con un top azul oscuro, pantalones de tela del mismo color y estilo marinero, y encima llevaba un delantal de lino naranja.
Maëlle Columbani, la famosa cocinera. Dupin no pudo evitar pensar en el cordero en salsa de chocolate.
—Ya están aquí —los saludó. Sonó como si fuera a añadir: «Por fin».
—Buenos días, señora Columbani.
Nolwenn adoptó una actitud cauta. Dupin reconoció ese tono de voz.
—Buenos días —saludó él con un ademán de cabeza.
—¿De qué va esa historia tan horrible, señor comisario?
A Dupin el tono le pareció impostado.
—Eso es lo que queríamos preguntarle a usted, señora Columbani.
—Creo que eso de la cocaína es completamente absurdo.
Una frase curiosa, por dos motivos. El hallazgo de la droga era un hecho y, en ese momento, resultaba difícil de imaginar que no estuviera relacionado con los asesinatos.
—Nahia y Bixente nunca han tenido nada que ver con algo así. Jamás. Y Adeline tampoco, por supuesto. Quizá ella solo lo descubriera. Tal vez averiguara que su logística estaba siendo utilizada para el transporte y por eso la mataron. Como a su hermano.
In medias res . Había ido a lo esencial. De hecho, a Dupin eso le gustaba: sin preámbulos.
—Lo dicho: absurdo. La cuestión es completamente distinta.
Llamaba la atención la firmeza con que se expresaba la señora Columbani.
—¿Y cuál es?
—No tengo ni la más remota idea.
Maëlle Columbani parecía más enfadada que triste por la pérdida de su amiga. Pero cada persona llora su pena de forma distinta.
—Bixente Mazago quería crear una gran empresa de logística. Los hermanos habían discutido de forma acalorada por ello.
Maëlle Columbani clavó sus ojos verde claro en Dupin, como si le sorprendiera todo cuanto sabía él.
—¿Nahia le ha hablado de la disputa?
Dupin asintió con un gesto vago.
Seguían de pie junto al Peugeot de Le Ber. Columbani no hizo ningún ademán para invitarlos a entrar en su casa.
—Nahia se oponía de forma rotunda. Adeline la convenció para que, al menos, no vetara la idea.
—Eso ya lo sabemos.
—¿Sabían también que Bixente anunció que se retiraría de la empresa y llevaría a cabo el proyecto por su cuenta si Nahia seguía oponiéndose? Adeline no estaba segura de que él lo fuera a hacer.
Esa historia cada vez se volvía más dramática. Ya era hora de hablar de nuevo con Nahia Mazago.
—En cualquier caso, yo no creo que eso tenga nada que ver con los asesinatos. —Dio la impresión de volver a pensárselo—. No, en absoluto. Imposible.
Una hipótesis audaz. Sin duda, un desacuerdo como aquel podía ser una razón para matar a alguien, ya que ponía en entredicho el futuro de la empresa.
—Las inversiones eran enormes —dijo Nolwenn—. Cuando fracasan proyectos de esta envergadura, la existencia de la empresa se ve rápidamente amenazada.
—Parece, señora, que no tiene una idea precisa de la fortuna que poseen los Mazago.
Así era. Por desgracia.
Dupin sacó su pequeña Clairefontaine roja e hizo una anotación.
—Por otra parte, el asunto ya estaba zanjado. Se había discutido, las posiciones estaban claras, y Bixente podía actuar. Está claro que Adeline había logrado mediar entre sus hermanos, de eso estoy convencida.
Una sonrisa melancólica se dibujó en su rostro.
—Según me dijo ella, Adeline tenía previsto ir próximamente unos días al País Vasco. A la antigua casa de la familia, cerca de Espelette.
—¿Cuándo? —preguntó Dupin. Nahia Mazago no había dicho nada al respecto. Pero era posible que no lo supiera.
—No mencionó ninguna fecha.
—¿Quería reunirse con su hermana?
—No lo sé, no mencionó nada sobre eso. Pero es posible que sí. —Negó con la cabeza—. No lo sé. De verdad que no. Quizá solo quería estar sola.
Dupin hizo otra anotación.
—¿Sabe usted si había otros conflictos entre los hermanos?
—Ninguno que pudiera haber llevado a dos asesinatos.
Maëlle Columbani daba a sus palabras un tono irrefutable.
—¿Y bien? —insistió él.
—Digamos que no fue un buen año para los tres.
Hasta entonces siempre habían sido uña y carne, no recuerdo ninguna diferencia importante, ni en lo profesional ni en lo personal.
Y este año, de pronto, tuvieron dos desencuentros.
Por el proyecto logístico. Y por la decisión sobre la sucesión de Pichard.
—Así que eso también fue una verdadera disputa —concluyó Nolwenn con tono severo.
—Muy vehemente, sí. Adeline quería a toda costa que Eléna Chesneau fuera la nueva maître chocolatière .
La consideraba absolutamente brillante. No solo porque compartía con ella la pasión por la química.
Siempre decía que tenía una visión artística y una imaginación increíbles...
Yo coincido con el entusiasmo de Adeline.
Si ella no fuera mi amiga, haría tiempo que yo me habría quedado a Chesneau presentándole un contrato suculento.
No hay mayor talento en el mundo del chocolate, sus ideas son vanguardistas.
Muy interesante, pero el asunto no giraba en torno a la genialidad de Chesneau.
—¿Y el conflicto? —insistió Dupin.
—Bixente estaba completamente en contra. Propuso realizar primero estudios sistemáticos de consumo. ¿Qué creaciones tienen más éxito? ¿Qué buscan los compradores? ¿Qué novedades hay en el mundo de la confitería? ¿Qué tendencias hay? Adeline aborrecía esas cosas.
Unas palabras duras.
—Con el nombramiento de Chesneau se habría tomado una decisión que habría marcado el rumbo de las próximas décadas.
—¿Y Nahia? ¿Qué postura adoptó en este conflicto? —quiso saber Nolwenn.
—Al principio hizo lo mismo que Adeline con el asunto de la logística: adoptó una posición neutral. Y propuso decretar una especie de moratoria de dos años para debatir la cuestión de forma conjunta y con tranquilidad.
Ahora estaba claro lo que había ocurrido.
—Eso salvó la situación. De este modo también a Bixente se le daba tiempo para encontrar otro candidato. Pero, la verdad, no era solo una cuestión personal, sino sobre el concepto básico, la orientación futura. Como en todas las empresas de hoy en día. ¿Qué y quién se quiere ser?
—La reunión de las dos hermanas el penúltimo...
El móvil de Dupin. Labat.
Aceptó la llamada de mala gana.
—Ahora no es un buen momento, Labat, le llamaré cuando...
—He resuelto el caso, señor comisario.
—¿Cómo dice?
—Bueno, quiero decir, al menos, en parte. En gran parte.
—¿Qué quiere decir con esto? ¿Qué...? ¡Aguarde, Labat! —Se dirigió a Maëlle Columbani—. Un momento, señora, ahora vuelvo.
—Vale, Labat, dígame.
Dupin bordeó a toda prisa la colina verde.
—He estado revisando los datos bancarios de todos los empleados de Zerua en las cuatro sedes.
—Una pausa innecesaria—. Es realmente llamativo todo lo que la BAC permite.
Si existe una sospecha fundada de delito relacionado con las drogas, consiguen toda la información que quieren, y además de forma inmediata.
Algo que era muy del agrado de Labat. Sin duda.
—¿Y?
—He dado en el blanco.
Siguió otra pausa innecesaria.
—He analizado los datos en un DAA basado en inteligencia artificial.
—¿Qué significa eso, Labat?
Al final Dupin acabaría perdiendo la paciencia.
—Deep Analysis Approach , es algo realmente impresionante. Significa que...