Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #14
72%

El segundo día #14

«Tal vez es mejor que deje que Nolwenn conduzca en el tramo por la montaña, jefe.

El coche es nuevo», le había dicho Le Ber con cautela cuando entregó las llaves a Dupin.

El comisario había visto el miedo en los ojos de su inspector.

Algo del todo infundado. El estilo de conducción de Dupin podía ser «extremadamente dinámico», como decía Claire, pero, y eso era importante, en sus catorce años bretones no había provocado ni un solo accidente.

Todas las abolladuras que había sufrido su adorado XM se debían, sin excepción, a la mala intención de terceros.

Por su parte, Le Ber iba ahora en el coche de Le Menn, Dupin había hablado por teléfono con él durante el trayecto.

El inspector le había puesto al día sobre la conversación que había mantenido con la mujer de Bixente Mazago en Quimper.

Debió de ser horrible. A pesar del Valium que había tomado, la mujer estaba fuera de sí.

Era comprensible. Le Menn y Le Ber le habían hecho algunas preguntas con delicadeza, pero no habían descubierto nada relevante.

Tampoco de los dos hijos, que ya iban de camino a Quimper para reunirse con su madre cuando Le Ber contactó con ellos, y se encontraban igualmente en estado de shock.

No tenían ni idea de quién había matado a su padre y a su tía.

El registro de llamadas del móvil de Bixente Mazago, que Le Menn y Le Ber habían revisado, tampoco había aportado ninguna información nueva; no había nada que pareciera sospechoso en absoluto.

Nolwenn también había hecho varias llamadas durante el viaje, entre otras, de nuevo, a Marie. Y a una empresa de alquiler de maquinaria agrícola. Si Dupin lo había entendido bien, se trataba de una cita para la semana siguiente. Y de tres vehículos. Acababa de colgar.

—El caso se está convirtiendo en un auténtico viaje por carretera, señor comisario.

Viaje por carretera. Aquel término tenía un matiz placentero que no encajaba en absoluto con una investigación de asesinato. Pero algo era cierto: Dupin jamás había pasado tanto tiempo dentro de un coche durante un caso.

—Deberíamos... —comenzó a decir, pero le interrumpió una llamada de su móvil.

La contestó con el sistema de manos libres.

—¿Sí?

—Al habla la comisaria Unarte. Sigo con Nahia Mazago. Ahora mismo está durmiendo.

Los chasquidos en la línea eran terribles.

—Hay mala conexión. Estamos en las montañas.

—¿En las montañas? ¿Aún no han regresado?

Por supuesto, la comisaria de Bayona pensaba que él se estaba refiriendo a los Pirineos. Dupin no tenía ganas de explicárselo.

—Hola, comisaria Unarte, soy Nolwenn. Estoy con el comisario en el coche.

—Vaya, el dream team bretón, siempre en la carretera.

He descubierto algo interesante. En la última reunión de empresa de los tres hermanos hace dos semanas Nahia Mazago votó expresamente en contra de los grandes planes logísticos.

Bixente Mazago quería realizar las primeras inversiones, pero ella se opuso.

A petición suya, la discrepancia se reflejó incluso en las actas.

—¿Qué significa eso?

Aquello era muy interesante.

—En la práctica, nada por el momento. Fue un voto, no un veto.

Pero ella dejó muy clara su postura. Era la primera vez que ocurría algo así entre los hermanos.

Se trataba, en concreto, de una inversión de unos veinte millones de euros.

Suponía la compra de tres barcos y de varios camiones eléctricos.

—Entonces ¿se pelearon de verdad?

—En cuanto al fondo, sí. Bixente estaba muy a favor, era su proyecto, y Nahia opinaba lo contrario.

Adeline se encontraba en medio, al parecer entendía los argumentos de ambas partes.

Al final se mostró de acuerdo. Nahia decidió no imponer su veto.

Según el reglamento interno, las decisiones estratégicas deben tomarse por unanimidad, algo que también se aplica a inversiones superiores al medio millón de euros.

Un solo voto en contra habría echado por tierra todo el proyecto.

Estamos hablando de los Mazago, un holding familiar, para ellos rige un procedimiento estricto, no pueden decidir sus asuntos durante una cena con un par de copas de buen vino.

Era indignante. Ni Bixente ni Nahia Mazago habían dicho nada al respecto, al contrario: no habían hecho más que ensalzar el buen entendimiento que había entre los hermanos. Eso solo significaba que le habían mentido.

—Eso significa —recapituló Dupin— que Nahia Mazago expresó su opinión discrepante y la hizo constar en acta, pero aun así dejó hacer a su hermano.

—Así es.

Estrambótico. Pero probablemente así eran las cosas en ese tipo de familias.

—¿Conlleva alguna consecuencia haber dejado constancia de la discrepancia?

—No. Pero, claro está, la señal es clara.

Lo dicho, no había ocurrido nunca desde que los tres asumieron la dirección del grupo.

Hace dos fines de semana Nahia Mazago visitó de nuevo a su hermana en su casa; según ella, para hablar del tema.

Adeline quería saber por qué se oponía con tanta vehemencia.

Nahia tampoco les había contado la verdad sobre los motivos de aquella reunión. La pregunta era: ¿por qué no había dicho nada de esto esa misma mañana?

—¿Por qué Nahia Mazago se opone tan rotundamente al proyecto?

—En su opinión, este proyecto no casa con el holding. Además, teme que para que un proyecto así sea realmente rentable haya que pensar a lo grande. Y eso superaría la capacidad del holding familiar. Se verían obligados a convertirse en una sociedad anónima. Y ella ya anunció que vetaría esa medida.

Era, no se podía decir de otro modo, una desavenencia profunda.

—En todo caso, Nahia Mazago sigue estando a favor de apostar por cadenas de producción y suministro sostenibles y neutras en carbono. Lo único es que no quiere ampliarlas.

—Qué interesante —comentó Nolwenn con tono seco—: los dos que estaban a favor del proyecto ahora están muertos. Y, a partir de ahora, Nahia Mazago decidirá por sí sola.

—¿Está usted diciendo que Nahia quería deshacerse de ellos? En ese caso, el asunto de la cocaína solo habría sido una distracción, una farsa. ¿De verdad cree eso?

Unarte, desde luego, no parecía verlo así.

—Yo no creo nada —dijo Nolwenn sin más. Dupin no pudo evitar sonreír para sí: en realidad, esa era una frase suya.

—No sé —dijo Unarte—. Nahia Mazago tendría que contratar a un sicario. Sería una historia especialmente cruel. Y Nahia Mazago, una persona especialmente cruel.

Con eso dio en el clavo.

—Algo que, por supuesto, no se puede descartar —añadió Unarte.

—Bueno, ya se verá. —Nolwenn casi parecía eufórica—. ¿Qué tal si la ponemos al día desde la Bretaña? —Se volvió hacia Dupin—: ¿Usted o yo, señor comisario?

Una pregunta retórica. Antes de que Dupin pudiera decir nada, Nolwenn comenzó a informar. Por un momento el comisario quiso protestar, pero ella tenía razón. Era importante poner al corriente a la comisaria.

Pronto llegaron a la siguiente curva, en breve dejarían atrás las montañas.

Dupin notó que de nuevo el cansancio iba a vencerlo. Cogió el chocolate que, cuando se pusieron en marcha, Nolwenn había colocado en la consola central del coche.

Nadie le había dicho a Dupin que la casa de Maëlle Columbani estaba en una isla. Concretamente, en medio de la bahía de Morlaix.

Una mancha estrecha e irregular al norte de Carantec, un pequeño pueblo en lo alto de un promontorio que se adentraba en la bahía.

—No me ha dicho que teníamos que ir a una isla —refunfuñó Dupin malhumorado. Lo acababa de ver en la pantalla del sistema de navegación. Estaban apenas a unos pocos kilómetros.

Tendrían que ir en barco. Seguro que en una de esas diminutas cáscaras de nuez. Y encima, en el lamentable estado de Dupin. Ni pensarlo. Nolwenn había conducido el último tramo, el ataque de somnolencia en aquella carretera había sido demasiado fuerte, así que habían intercambiado los papeles.

—Señor comisario, la isla Callot solo es isla con la marea alta; cuando la marea está baja está conectada con el continente. Incluso hay una carretera asfaltada por la que se puede cruzar cómodamente. ¡Y ahora mismo hay marea baja!

—Pero ¿cuánto tiempo estará así?

—Vale, sí, de acuerdo, reconozco que las aguas pronto volverán a subir. Sin embargo, seguro que aún nos quedan dos horas; así pues, no hay motivo de preocupación.

A Dupin no le gustaba nada la idea de conducir por una carretera que poco después se hundiría en el mar y sería colonizada por cangrejos y langostas.

Para entonces, ya habían llegado al pequeño y pintoresco puerto de Carantec. Desde allí se podía ver la carretera, efectivamente asfaltada, que se dirigía hacia la isla en línea recta.

Cuando hubieron dejado atrás el puerto y empezaron el trayecto hacia la isla Callot, Dupin se olvidó de sus preocupaciones y contempló fascinado el fabuloso paisaje que se mostraba ante la ventanilla: un paisaje peculiar y pelado de arena húmeda, piedras oscuras e islotes escarpados extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. Un páramo fascinante.

Sobre todo aquello se extendía el cielo, de un azul pretencioso, decorado con bonitas nubes de algodón.

«Bueno, al menos no llueve», comentó Nolwenn sin más.

Ahí estaba: la arrogancia de los bretones del sur. El norte de Finistère significaba lluvia, frío, molestia.