Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #13
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El segundo día #13

En boca de otra persona, estas frases habrían sonado algo melodramáticas, pero Spiquel las pronunció como si eso fuera un diagnóstico vulgar.

—Es posible. Pero a mí solo me interesa una cosa: ¿quién en una plantación venezolana relativamente pequeña de una empresa chocolatera bretona relativamente pequeña escondió siete kilos de cocaína en un saco de cacao con la intención de meterla de contrabando en Francia y ha cometido por ello dos asesinatos?

—No lo sé. Casi nunca estoy aquí, y cuando lo hago, solo es por pocos días. Dejando de lado a Bixente y ese burócrata de Dehame, lo cierto es que no conozco a nadie. Así que no voy a considerar sospechoso a nadie sin más.

Dupin lo logró: mientras Spiquel respondía, se había servido del pulgar, el índice y el dedo medio de la mano derecha para sacar un poco de chocolate del bolsillo y llevárselo a la boca. Luego se había chupado los dedos. Tenía que hacer algo contra el cansancio.

—Por lo que veo, es usted un auténtico adicto al chocolate.

Dupin no respondió a ese comentario.

—Se olvida de Adeline Mazago, Nahia Mazago y Sandrine Thépault. Supongo que a esta última la conoce bastante bien.

—¿Insinúa alguna cosa?

—¿Eso piensa? Usted trabajó muy estrechamente con ella.

—Exacto. Y solo eso.

Dupin se apartó de la barandilla. Tuvo la impresión de sentir de verdad el efecto del chocolate. Sabía que no cabía esperar milagros de un chocolate con un noventa y cinco por ciento de cacao, pero, en todo caso, al menos ayudaba un poco.

—¿Por qué solo un paquete? —Spiquel también se separó de la barandilla—. ¿Se lo ha preguntado, comisario? Casi no merece la pena. Yo habría traído algunos kilos más. Esa cantidad es demasiado grande para los peces pequeños y demasiado pequeña para los grandes.

—Vendida en el mercado de Europa occidental, estaríamos hablando de un beneficio de unos doscientos cincuenta mil euros.

—¡Eso no es nada! A ver, puestos a correr riesgos, mejor invertir más de diez mil euros.

—¿Cómo ha calculado esa cifra?

—Las cosechas son excelentes, la productividad este año es especialmente alta. En este momento, en Sudamérica el kilo se vende al cambio por mil quinientos. Eso son diez mil quinientos euros por la cantidad hallada en Bayona. ¡Eso no es nada! Piense en el potencial.

Spiquel era un hombre de negocios, no cabía duda.

—No soy ningún experto en drogas, caballero. Pero conozco un poco ese mundo y...

—¡Señor comisario!

La llamada resuelta de Nolwenn interrumpió al capitán. La mujer, visiblemente alterada, cruzó la pasarela y se detuvo justo delante de Dupin.

—¡Tengo que hablar con usted!

Dupin le indicó la cubierta de proa.

—Ahora vuelvo —le dijo al capitán.

—¡Hola, Nathaël! —Nolwenn saludó entonces a su conocido—. Las cervezas con Yannaïck no te salvarán en este caso, tenlo por seguro. Por mucho que nos conozcamos, eres nuestro principal sospechoso.

—Por supuesto.

Spiquel sonrió.

Al llegar a la proa, Nolwenn empezó a hablar de inmediato:

—La señora Thépault se muestra, digamos, muy poco cooperativa. Se niega a volar para venir aquí.

—Quizá tenga buenas razones.

—Por desgracia, no tenemos ninguna forma de obligarla —continuó Nolwenn—. Pero se me ha ocurrido algo, señor comisario.

Ya en ese instante, aquello sonó alarmantemente intrigante.

—Vamos a darle a entender a la señora que tenemos pruebas suficientes para detenerla de forma provisional. Y que puede escoger dónde quiere que esta detención se produzca: si en territorio francés, de forma legal y civilizada, o en Venezuela, a cargo de las fuerzas especiales antidroga de ese país.

—Eso sería una forma de... —Dupin se interrumpió.

—Muy bien, señor comisario. Entonces lo haremos así.

Él vaciló. Se trataba de dos brutales asesinatos y del contrabando de siete kilos de cocaína.

Y era prácticamente seguro que la droga había sido colocada en el saco de cacao en la plantación.

Esto es, la zona de competencia de la señora Thépault.

En determinadas circunstancias, eso justificaba el empleo de métodos poco ortodoxos para interrogarla en persona.

—Si de verdad tiene algo que ocultar —dijo Nolwenn—, puede que incluso nos agradezca el chantaje. Un arresto allí no es nada divertido. ¡Tendría que mostrarse muy aliviada de que la salvemos de ese infierno!

Era como si Nolwenn tuviera experiencia de primera mano.

—Por cierto, he averiguado que su madre vive en la península de Crozon. Si Sandrine Thépault es inocente, puede aprovechar la ocasión para visitarla. A costa del Estado; al fin y al cabo, nosotros pagamos el vuelo.

Un razonamiento muy propio de Nolwenn.

Se dio la vuelta con ademán resuelto y desembarcó.

Dupin suspiró, se restregó el pelo con la mano y regresó con Spiquel. Uno de los barcos que llevaba a las Glénan pasó junto al Rysfall, y el puñado de turistas de la cubierta miraba hacia ahí con curiosidad.

—Si me lo permite, caballero, ahora me gustaría marcharme.

Por primera vez, Spiquel habló con cierta petulancia.

—Tiene tiempo de sobra, señor Spiquel. Pasará un buen rato hasta que los barcos dejen de estar bloqueados.

—Estoy agotado.

Se le veía en la cara.

—¿Cuándo vio por última vez al señor Mazago?

Intentó otro pellizco en la masa de chocolate.

—Anoche.

—¿Cuándo exactamente?

Con la misma técnica de antes, Dupin se llevó el chocolate pegajoso a la boca. Spiquel no hizo ningún comentario.

—Sobre las nueve y cuarto.

—¿Después de nuestro encuentro?

Poco antes Dupin había estado con Bixente Mazago en la casa de su hermana. Allí, el hombre le había dicho que iba a ir a ver a su cuñada a Quimper. No mencionó ninguna intención de ir a visitar a Spiquel al puerto.

—¿Qué reunión?

—No importa. ¿Aquí, en el barco? ¿Él vino aquí?

—Sí.

—¿Y qué hacía aquí?

—No lo sé. Son sus barcos. Yo estaba en el Aventur y él aquí, en el Rysfall.

—¿Quiere decir que no hablaron?

—Sí, pero solo intercambiamos unas palabras. Tampoco estuvo mucho rato.

—¿De qué hablaron?

—Me había autorizado para que encargara tres camiones eléctricos nuevos y ayer recibí la confirmación del pedido. Le informé de eso.

—¿Esa breve charla fue después de que él estuviera aquí, en el barco?

El chocolate estaba surtiendo efecto, se notaba claramente. Dupin volvió a meter la mano en el bolsillo del pantalón.

—Sí. Fue en el muelle. Antes de que se marchara.

—¿Llevaba alguna bolsa? ¿Algo en la mano?

—No.

—¿Seguro que no?

—No.

Dupin iba de un lado a otro por la popa.

—¡Maldita sea!

Cuando, en este caso, uno creía haber avanzado un paso, se alzaba un muro nuevo.

—¿Y a Adeline Mazago? ¿Cuándo la vio por última vez?

—Pero si ya se lo dije ayer a su colega.

—Pues ahora repítamelo a mí otra vez.

—Por la mañana, sobre las once menos cuarto. Pero fue un instante. Yo estaba en la fábrica. Allí tengo un despacho. Y dos colaboradores. Aunque pocas veces me quedo. Odio las oficinas.

Algo que, en sí mismo, lo hacía simpático, pensó Dupin.

—¿Qué hacen sus empleados todo el día?

Hasta ese momento nadie los había mencionado.

—Organizamos toda la logística. La importación de los granos de cacao y la exportación de las mercancías que llevamos a Venezuela.

—¿De qué hablaron usted y Adeline Mazago cuando se encontraron?

—De la calidad del cacao.

Ese que ahora tenía en la boca, se dijo Dupin. Entretanto ya se había comido casi toda la tableta, todo lo que no se le había quedado pegado en el bolsillo del pantalón. De todos modos, solo eran setenta y cinco gramos.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que la señora Thépault ha vuelto a mejorar la calidad. Por muy arisca que sea, es toda una experta.

Aquellas palabras parecían ser un sincero elogio.

—¿Habló de química?

—¿De química?

Spiquel miró a Dupin intrigado.

—¿Sobre algún aspecto de la química del chocolate?

—No, seguro que no. Yo no entiendo nada de química.

—Muy bien, señor Spiquel. Eso es todo por ahora. Por cierto, ¿dónde vive usted?

—En la península de Cabellou.

Spiquel señaló hacia el este con un vago ademán de cabeza. Una zona elegante de Concarneau. Una península preciosa, salpicada de pequeñas calas y playas.

—¿Vive solo?

—Sí.

—¿No tiene pareja?

—No.

—Debo insistir en que permanezca en la ciudad, caballero.

—Por supuesto.

—Bien, pues, que tenga un buen día. Seguro que nos vemos muy pronto.

Dupin se dirigió hacia la pasarela.

La coach Pallu estaría orgullosa de él. Había pasado tres cuartos de hora en un barco. Un barco que estaba en el agua. De hecho, un barco grande. Y no había tenido ninguna sensación extraña. Sin duda, sus mareos solo eran achacables al cansancio.

Circulaban a ciento veinte kilómetros por hora a través de los montes de Arrée, en otros tiempos, la cordillera más alta del mundo.

En los tiempos actuales, sin embargo, el monte Roc’h Ruz, el promontorio más alto, que acababan de dejar a su izquierda, apenas medía unos trescientos ochenta y cinco metros.

La famosa carretera por la que iban era la única conexión directa entre el «norte» y el «sur» del Finistère, el canal y el golfo de Vizcaya.

Las montañas se encontraban justo en el medio; en media hora llegarían a la residencia de Maëlle Columbani.

El paisaje salvaje y romántico de los brezales, con su hierba alta y espesa, los resplandecientes matorrales de retama y los innumerables pantanos, ese día a Dupin le resultaba más extraño, parecía irradiar un aura casi metafísica.

Era como encontrarse en un viaje psicodélico por el escenario de una película de fantasía siniestra.

Aunque eso también podía deberse a su falta de sueño.

Dupin tenía que admitir que el Peugeot de Le Ber tenía una potencia impresionante. A pesar de ser, en realidad, un vehículo de gama media, tenía un motor potente, tal y como exigía la Directiva Nacional de Vehículos Policiales. Doscientos cuarenta caballos.