Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #12
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El segundo día #12

—¿Han revisado todos los sacos de cacao y no han encontrado nada más que cacao?

—Siete kilos con un valor en el mercado de doscientos ochenta mil euros son un alijo considerable.

Dupin estuvo a punto de añadir que eso no era mérito de la brigada.

—Es decir: que ni en los barcos ni en las oficinas ni en los apartamentos ni en las casas... ¿el mínimo rastro de cocaína?

—No. La verdad es que es muy raro.

Dupin observó que Nolwenn se había detenido en el muelle y sostenía el móvil contra la oreja.

—¿Qué es exactamente lo que le parece raro?

—Es una cocaína muy pura, de alta calidad. Según nuestro laboratorio, probablemente procedente de Bolivia. Solo los grandes cárteles trafican con material tan puro. Cuando encontramos algo así, siempre es en grandes cantidades.

—¿Y si los cárteles estuvieran cambiando de estrategia? ¿Muchos paquetes individuales en barcos distintos? ¿Para minimizar el riesgo?

—Demasiado complicado para los grandes. Pero sería una posibilidad para los más pequeños.

De forma insospechada, el enfrentamiento con el jefe de la brigada se había convertido en una conversación razonable, aunque eso no había hecho que el hombre le resultara más simpático.

Probablemente, con la conducta demostrada instantes atrás, Dupin se había ganado el respeto de aquel tipo. Era lamentable.

—¿Podría tratarse de una especie de prueba? ¿Para ver si la ruta es segura?

—Para eso, la cantidad, en sí, es demasiado grande. Mejor dicho, la cocaína es demasiado pura.

—Entonces —concluyó Dupin—, salvo por este paquete, ¿no hay ningún indicio de que nos estemos enfrentando a un gran cártel internacional?

—Con ese paquete basta. Son siete kilos, ¿qué más quiere?

—¿Y han encontrado pruebas de que los hermanos Mazago estén involucrados en el asunto?

—La cocaína se encontró en uno de sus sacos de cacao; se colocó en su plantación; se transportó a Francia en su barco; y se trasladó a Bayona en su camión.

Dupin lo había entendido, pero el hombre siguió hablando.

—Y, además, se encontró en su almacén. ¿Qué más puede haber?

De pronto, Dupin sintió como si hubiera bebido. El cansancio le producía unos efectos extraños.

—Eso no tiene por qué significar algo.

—¿Cómo dice?

—En la casa de Adeline Mazago ha desaparecido un libro. Esta noche. Un libro sobre la química del chocolate.

El hombre se quedó mirando a Dupin muy fijamente.

—¿Y eso qué significa?

—No lo sé. Pero estoy seguro de que es importante. Según parece, el asesino lo sacó de la casa después de cometer el crimen. Es extraño, ¿no le parece?

—No entiendo nada. ¿Qué tiene eso que ver con la cocaína?

—Esa es precisamente la pregunta. Una de las preguntas. Y, en realidad, yo debería hacérsela a usted, que es el experto.

El hombre frunció el ceño.

—¿Cree usted que hay alguna relación? —preguntó Dupin—. ¿Se podría fabricar cocaína a partir del cacao mediante determinados procesos químicos?

Era un completo ignorante en el campo de la química. Era consciente de que lo que estaba diciendo ahora sonaba raro.

—¿Qué está diciendo? ¿Cocaína a partir del cacao? ¡Eso es una completa tontería!

Sin duda, la idea era realmente absurda.

—Está bien, caballero. Al menos esta vez no nos hemos gritado.

Dupin se dio la vuelta de forma súbita.

—Y, aparte de la desaparición del libro de química, ¿no tiene ninguna otra información nueva?

—Estamos dando palos de ciego.

Esa era la triste verdad.

—Pero en cuanto esto cambie, se lo comunicaré de inmediato. Tal y como acordamos.

Antes de que Pinel pudiera añadir algo más, Dupin se apresuró por la pasarela y saltó a cubierta.

Nathaël Spiquel se encontraba en ese momento en la popa del barco. Hacía rato que se había dado cuenta de la presencia del comisario.

En la cubierta había dos grandes escotillas de carga, que entonces estaban cerradas. Unas robustas puertas correderas daban acceso a la cabina, que solo tenía una ventana en la parte delantera, para navegar.

—Iré directo al grano, señor Spiquel —dijo Dupin en lugar de saludarlo—. Al analizar la información se llega rápidamente a usted.

No estaba de humor para preámbulos.

Spiquel tenía unos cincuenta años; tanto el pelo, corto y rizado, como la barba de tres días le brillaban ya con un tono plateado.

El sol y la espuma del mar le habían curtido la piel, dándole la apariencia de un viejo lobo de mar.

Llevaba un cigarrillo prendido en la comisura de los labios y tenía las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—La misma cantinela que el otro tipo.

El capitán señaló con la barbilla hacia el muelle. El comandante de la BAC no se había movido del sitio y los observaba con descaro.

—Los asesinatos, la cocaína..., ¿todo lo he hecho yo? Bueno, como usted diga, caballero.

Parecía divertido.

—Usted es el responsable de la logística.

Estaba en la plantación, estuvo presente durante la carga, el trayecto y la descarga.

Pudo introducir la cocaína en el saco sin problema.

Y no tiene coartada: ni para el momento en que fue asesinada la señora Mazago, ni tampoco para esta mañana, cuando su hermano murió.

—Si fui yo quien introdujo la cocaína, ¿por qué no la retiré del saco de cacao antes de que la mercancía fuera transportada?

No se quitó el cigarrillo de la boca ni para hablar, parecía como si estuviera pegado. A pesar de su consumo, probablemente excesivo, de tabaco, Spiquel tenía una figura atlética, con unos hombros de una anchura impresionante y unos músculos poderosos en los brazos.

—Porque aquí, en Concarneau, no encontró el momento adecuado para hacerlo. Inmediatamente después de la llegada, los sacos fueron descargados y transportados.

—Desde que llegamos aquí con los barcos, he estado ocupado las veinticuatro horas del día, señor, y esto seguirá siendo así hasta pasado mañana, cuando los barcos vuelvan a zarpar. No habría tenido tiempo para ir a Bayona.

—Entonces tiene usted un cómplice. Alguien que le echa una mano.

Spiquel emitió un profundo suspiro, se acercó a la borda y se reclinó ahí.

—Todo esto es una completa tontería.

Spiquel apoyó los antebrazos en la barandilla, como si se dispusiera a disfrutar tranquilamente del magnífico panorama.

En el puerto, a esa hora —era casi mediodía—, cada vez había más ajetreo.

Los barcos entraban y salían. La mayoría de ellos, se podía ver bien, estaban equipados para navegar en mar abierto por el Atlántico, el más salvaje de todos los océanos del mundo.

Docenas de barcos menores se agitaban con valentía junto a las boyas blancas en forma de pirámide, mientras las pequeñas banderas de los mástiles y las popas ondeaban lánguidas mecidas por la suave brisa.

—Adoro mi ciudad. Créame, he visto cientos de ciudades portuarias en mi vida, pero ninguna es como la nuestra, piense...

—No he venido aquí para... —lo interrumpió Dupin, para ser cortado al instante siguiente.

—Lo tengo a usted por un hombre inteligente.

—La mirada de Spiquel se posó en la Ville Close—.

Como sabe, conozco los procedimientos de Zerua.

Algunos de los sacos entran en producción en los días inmediatamente posteriores a la entrega, que es cuando se toman las primeras muestras...

¿De verdad cree usted que, si fuera un astuto traficante de drogas, sería tan tonto como para correr ese riesgo?

Como jefe de logística, podría haber creado una oportunidad para sacar la cocaína de los sacos aquí, el mismo día de su llegada, ¿qué le parece? De hecho, sería muy fácil.

—Las autoridades aduaneras podrían aparecer en cualquier momento para inspeccionar la carga. Mientras la cocaína estuviera en el cacao, el riesgo de que fuera descubierta sería mínimo. Este es precisamente el truco.

A Dupin su argumento solo le satisfacía en parte. El paquete no era tan grande, Spiquel podría haberlo sacado del barco de inmediato con facilidad.

—¡Bah! ¡Piense usted lo que quiera! Me da igual.

Dupin también se apoyó en la borda. De nuevo se sintió invadido por una nueva oleada de cansancio.

—¿Qué piensa hacer ahora, señor Spiquel? Diría que es muy improbable que Nahia Mazago vaya a seguir adelante con el proyecto logístico que estaba previsto. Sin duda, la carta por la que usted había apostado.

Dupin se agarró a la barandilla, el mareo estaba a punto de hacerlo caer de rodillas.

—Lo que quiero decir es que Bixente Mazago tenía grandes planes de los cuales usted se habría beneficiado muchísimo. Y ahora todo eso se ha esfumado.

Spiquel se volvió hacia Dupin.

—Así es. —Dibujó con las manos una explosión en el aire—. Pero si la familia no está involucrada en el asunto de la cocaína, Zerua seguirá existiendo. Y esto significa que la empresa continuará importando cacao y yo conservaré mi trabajo.

—Tal vez ahora usted cree un proyecto similar. Una gran empresa de logística sostenible.

—La idea es muy buena. Sí. ¿Quién sabe? —Se encogió de hombros—. Eso, por supuesto, si no acabo antes en la cárcel.

Una sonrisa irónica se dibujó en su boca. Se encendió un nuevo cigarrillo con el antiguo.

Dupin había intentado sacar un trozo de chocolate del bolsillo de su pantalón sin llamar la atención. Pero el calor del mediodía lo había convertido definitivamente en una masa pegajosa.

—Pongamos que usted no es el traficante de drogas ni el asesino, caballero. Entonces ¿quién es?

La expresión de Spiquel mudó y clavó la mirada en un punto indeterminado del puerto. Permaneció en silencio durante un rato. A continuación habló con voz grave y fuerte.

—El negocio de la droga es un pulpo monstruoso, señor.

Y ese pulpo tiene agarrado al mundo entero en su puño.

Hay un número incontable de cárteles, pequeños, medianos, grandes y muy grandes, que operan a nivel internacional con la complicidad de Estados enteros y de los hombres más poderosos.

Y a todos se les ocurren ideas cada vez más descabelladas para distribuir su mercancía por todo el mundo.

La crueldad con la que actúan no conoce límites.