Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #11
66%

El segundo día #11

—Eso es todo, señor Moschin —Nolwenn se esforzó por sonar especialmente amable—, le estamos muy agradecidos...

Por desgracia, eso no se lo puedo decir, señor Moschin, es una de esas corazonadas suyas, ya sabe.

Como siempre, aún no nos ha revelado sus conclusiones...

No, como le he dicho, no tengo ni idea. Pero seguro que el señor comisario pronto nos lo dirá. Au revoir .

Nolwenn colgó.

Inmediatamente, todas las miradas se dirigieron hacia Dupin.

—Yo tampoco lo sé aún —gruñó—. Pero si alguien se ha llevado el libro, es que es importante.

Dupin se dirigió a la puerta, quería volver a examinar las demás habitaciones.

—Si la científica ha cerrado bien la puerta principal tras el registro y no hay señales de que la entrada haya sido forzada, lo más probable es que sea el asesino quien se ha llevado el libro de la casa esta mañana. Después de matar a Bixente Mazago y quitarle la llave.

Dupin había llegado al cuarto de invitados donde había dormido Maëlle Columbani. Le Menn, Le Ber y Nolwenn lo siguieron.

Echó un vistazo a la habitación, todo estaba exactamente igual que la tarde anterior.

Tampoco allí había rastro del libro.

—¿Por qué iba el asesino a tomarse la molestia de robar un libro de química sobre el chocolate? ¿Guarda esto alguna relación con el hallazgo de cocaína?

Le Ber estaba planteando preguntas clave. Dupin no tenía respuestas para ellas.

Se encontraban de nuevo en la «sala de vivir» cuando Dupin sacó el móvil.

Marcó rápidamente un número.

—¿Moschin? Aquí Dupin. ¿Por casualidad documentó usted los fragmentos marcados del libro de química?

Moschin guardó silencio un momento.

—¿Me está usted preguntando si hemos revisado todos y cada uno de los libros de la extensa biblioteca de la señora Mazago, página por página, examinando los fragmentos marcados? ¿Y si además los hemos fotografiado?

—Entonces ¿no?

De nuevo, Moschin tardó un momento en responder.

—Por supuesto que no.

—Lo entiendo. Gracias, señor Moschin. Hasta pronto.

Tras terminar la conversación, el comisario se dispuso a marcharse.

—¡Maldita sea!

Por supuesto. No se trataba del libro en sí, sino de algo que había en él.

Algo que muy probablemente había sido marcado por Adeline Mazago.

Dupin se enfadó consigo mismo; podría haber hecho fotos.

Pero ¿cómo iba a saber que precisamente ese libro era importante?

Además, solo se trataba de una hipótesis, nada más.

—En fin, ¡al puerto!

Dupin salió a la calle. De nuevo, le sobrevino un intenso ataque de cansancio y se apoyó contra la pared de la casa. Ese cansancio plomizo y enervante, los mareos... ¿Cómo iba a seguir adelante?

El muelle este, donde estaban amarrados los dos veleros, era realmente sólido.

Llevaba más de cien años desafiando las mareas y las inclemencias del tiempo.

Disponía de una grúa móvil compacta, lista para cargar y descargar mercancías.

Ellos se encontraban a apenas un paso del Chantier y su fantástica terraza, que ofrecía una vista magnífica de todo el puerto y la Ville Close.

El día anterior, Dupin había admirado el muelle desde el comedor del Zerua; esta vez estaba sobre él y trataba de distinguir la fábrica de chocolate de los demás edificios de la Ville Close.

Le Ber y Le Menn habían ido en coche hasta Quimper para hablar con la esposa de Bixente Mazago. Entretanto, el inspector había recibido además el registro de las llamadas del teléfono móvil y fijo de Bixente Mazago y había prometido informar pronto al respecto.

La parte del muelle donde se encontraban amarrados los grandes veleros estaba acordonada con unas vallas móviles, que en esa zona de Concarneau se empleaban para el sinfín de festivales que se celebraban en verano.

Dentro del cordón policial había cuatro coches aparcados.

Un SUV negro y robusto, una gran furgoneta negra, una camioneta azul oscuro —los tres con las luces azules de la BAC— y un modesto Ford rojo.

—Un momento.

Dupin se dio la vuelta de repente hacia la izquierda y se dirigió decidido hacia el Chantier. No tenía más remedio. Era por el bien del caso.

Nolwenn se quedó parada en su sitio.

Al llegar a la entrada, Dupin se encontró con Ingrid, la responsable del establecimiento. Le caía muy bien. Mickaël, su marido, era el cocinero. Un cocinero excelente.

—¡Esta vez tenéis mucho trabajo, pobres! —exclamó saludando a Dupin.

Él asintió con la cabeza.

—Un café solo doble, para tomármelo rápido de pie, y otro para llevar.

—Marchando.

Ingrid desapareció de inmediato detrás de la barra.

La mirada de Dupin se posó en la gran pared alicatada del restaurante, ideada por su amiga Valérie Le Roux, la famosa ceramista y diseñadora gráfica.

Tres enormes cabezas de pez estilizadas, descompuestas geométricamente en planos, casi cubistas, de colores intensos y brillantes. Rojo, naranja, amarillo.

Volvió a ocurrir. Dupin sintió un repentino mareo.

Buscó una mesa libre y se sentó.

—¿Va todo bien? —preguntó Ingrid, que al parecer reparó en ello.

—Sí, estoy bien. Solo tengo sueño.

—¡Entonces aprovecha ahora para descansar un poco!

Tenía razón.

Dupin cerró los ojos, solo un segundo, eso le iría bien. Un momentito solo.

—¡¿Señor comisario?!

La voz de Nolwenn. Sonaba extrañamente ininteligible. Como si viniera de la lejanía.

—¿Qué pasa?

—Se ha quedado dormido. ¡Tome, beba!

Le acercó la taza con el café solo doble como si fuera un frasco de sales.

—Una siestecita de unos minutos, un café... ¡y volverá a estar listo, ya lo verá!

—¿Unos minutos? —Se incorporó agitado—. No puede ser.

—Pero si no pasa nada, señor comisario. Ingrid me ha llamado porque estaba preocupada.

Fue entonces cuando Dupin reparó en el grupito de personas que se había formado en el restaurante. Todos lo miraban fijamente.

Se bebió la taza de un trago. Se había quedado dormido. No podía ser cierto.

—Aún nos queda chocolate suficiente, señor comisario. ¡El de mayor porcentaje en cacao! Si nota que se debilita como esta vez, tome un poco.

Dupin no estaba dispuesto a decir nada sobre el estado del chocolate que llevaba en el bolsillo del pantalón. En cualquier caso, en principio, Nolwenn tenía razón, debía llevar provisiones.

—Y aquí tiene el doble para llevar. —Ingrid le tendió a Dupin un pequeño vaso con tapa—. ¡Y este, para usted! —dijo entregándole otro a Nolwenn—. ¡Invita la casa! Nos alegra ayudar a la policía. ¡Qué crimen tan detestable! ¡Y en Concarneau! Cocaína en la Ciudad Azul, ¿adónde iremos a parar?

—Muchas gracias, muy amable —dijo Nolwenn. También ella tenía aspecto de estar agotada.

Dupin abandonó el restaurante dando unas zancadas ostentosamente enérgicas; a Nolwenn le costaba seguirlo. Se encaminó derecho hacia los dos barcos.

—Esta zona está acordonada, caballero. ¡Aquí no se le ha perdido nada! —le espetó alguien desde un lado.

Era un hombre de pelo corto, que lucía un corte de cabello anguloso, igual que lo era su rostro. Tejanos negros, camisa negra, cuarenta y tantos años. Estaba de pie justo al lado del SUV negro y robusto junto al cual Dupin tenía que pasar. Apenas había quince metros hasta llegar a los dos barcos.

Dupin siguió caminando impasible, como si no lo hubiera oído.

—¿No me ha entendido?

El hombre se precipitó hacia él.

—Comisario Dupin, comisaría de policía de Concarneau. —Dupin no hizo el menor ademán de detenerse—. ¿Y quién es usted?

Por un instante, el hombre pareció desconcertado. A Dupin ya le había ocurrido otras veces: sabía que no tenía aspecto de comisario. Y sin duda en esa ocasión, con aspecto trasnochado, sin duchar, con el vaso de café en la mano, aún menos que de costumbre.

—Kevin Pinel, comandante de la Brigada Anticriminalidad. Hemos hablado por...

—¿Podría identificarse?

—¿Cómo dice?

Dupin siguió avanzando hacia los barcos, ya casi los había alcanzado.

El comandante corrió tras él.

—Yo aquí no tengo por qué identificarme...

—Eso lo puede decir cualquiera.

—Yo dirijo toda la... —Se detuvo—. Hemos hablado por teléfono esta mañana.

Daba la impresión de que el hombre no sabía si mostrarse desconcertado o enojado.

—¡Ah, vale, muy bien! Buenos días, señor Pinel. Ella —Dupin señaló a Nolwenn— es mi compañera Nolwenn Brijantez.

El hombre seguía confuso, por teléfono había parecido más duro.

Los dos barcos estaban uno detrás del otro, en la proa se podían leer sus nombres claramente: Aventur y Rysfall. En la cubierta del Aventur se veían varios policías de las fuerzas especiales y tres perros.

En el Rysfall, un hombre manipulaba una soga gruesa detrás de la barandilla. Dupin supuso que era Nathaël Spiquel.

Incluso alguien inexperto se daría cuenta a simple vista: el Rysfall estaba preparado para navegar en alta mar.

Una embarcación elegante y estilizada, pero con una construcción sólida capaz de hacer frente a olas de varios metros de altura.

Como parte de la «terapia de confrontación» de Edith Pallu, Dupin había tenido que ver vídeos cortos que mostraban escenas de barcos enfrentándose al mar embravecido.

En todo caso, ella solo le había enseñado aquellos en que el que ganaba era el barco y no el mar.

—Si me disculpa, señor Pinel. Tengo una cita con ese señor.

Dupin señaló al capitán. Sin esperar una respuesta, se dirigió hacia el Rysfall y se subió a la amplia pasarela que llevaba a la cubierta.

Pinel corrió tras él.

—No me ha informado de esta cita, habíamos acordado que primero nos informaría a...

—Supongo que ya ha hablado con Nathaël Spiquel.

Dupin se detuvo, en ese momento se encontraba justo en medio de la pasarela, y debajo de él el agua brillaba.

—Además, doy por hecho que ya se habría puesto en contacto conmigo si hubieran encontrado cocaína u otras sustancias ilegales durante su operación, ¿verdad?

A pesar de toda esa antipatía, sería útil conocer el estado de las pesquisas en la BAC.

—Hasta ahora no hemos encontrado nada.

Dupin no había contado con obtener una respuesta.

—¿En Quimper y Morlaix tampoco?

—Tampoco.

Una mirada compungida.