Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #10
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El segundo día #10

—Parece que Bixente Mazago se estaba preparando específicamente para ampliar la empresa de logística —comentó Le Ber.

Diversos pasajes estaban subrayados, algunos incluso presentaban subrayado doble.

«La autorización para la importación de mercancías extranjeras la emite la Agencia Tributaria.

El importador es el responsable de la declaración de aduana.

Si el importador es una empresa, el despacho de aduana solo lo podrá presentar el director general, un empleado designado para ello o el empleado de una empresa asociada o controlada (filial o empresa hermana o, en su caso, un agente de aduanas)».

Dupin no entendía ni una palabra. ¿Cómo se suponía que podía averiguar si algo de eso era relevante para la investigación?

—Le Ber, revise eso y fotografíe los párrafos marcados.

—Delo por hecho, jefe.

Le Ber llevó el archivador a la mesa grande y tomó asiento.

Dupin se apostó frente al gran ventanal. Desde allí se mostraba el mismo panorama cautivador que desde la casa de Adeline Mazago.

El mar estaba tranquilo, una delicia de un discreto azul claro.

—Está usted agotado, señor comisario. Esto tenemos que remediarlo.

Nolwenn se había acercado a él. Por un momento, en efecto, Dupin se había quedado ensimismado contemplando la vista, como si durmiera con los ojos abiertos.

—No, no, estoy bien —mintió el comisario.

Estuvo a punto de preguntarle qué le iba a proponer.

¿Acaso quería enviarlo a dormir a casa? Se acordó entonces de que aún tenía consigo el chocolate del noventa y cinco por ciento.

Le vendría muy bien. Metió la mano en el bolsillo trasero izquierdo del pantalón.

El sabor podía ser sensacional, el formato práctico, el envoltorio elegante, pero ni siquiera un chocolate Zerua aguantaba bien la exposición durante horas al calor corporal.

En el bolsillo de su pantalón se había producido un auténtico desastre.

Ya de niño y de adolescente era experto en guardar las cosas más disparatadas en los bolsillos de sus pantalones. Y rara vez le había salido bien.

—Miren lo que he encontrado.

Le Menn sostenía un folleto en la mano mientras salía de la cocina y se dirigía al salón.

—Para el plan de expansión del negocio logístico. Estaba sobre la encimera.

Dupin, Nolwenn y Le Ber se colocaron a su lado.

Era el folleto publicitario de un camión eléctrico. «Volvo presenta: el nuevo FH Aero Electric a medida». Un vehículo impresionante. «Configure usted mismo el camión eléctrico que mejor se adapte a su negocio. Elija entre distintos diseños de ejes, tamaños de cabina y otras opciones».

—¡Y esto!

Le Menn sacó del folleto una hoja DIN A4 doblada.

—Un correo electrónico de Nathaël Spiquel —dijo—, dirigido a Bixente Mazago.

Del viernes de la semana pasada: «Aquí tienes información sobre el nuevo modelo.

Como ya hablamos, yo pediría tres unidades.

Plazo de entrega: UN AÑO. Saludos, Nathaël».

La inversión era bastante grande. Los nuevos modelos cuestan alrededor de cuatrocientos mil euros cada uno.

Me he informado —Le Menn prosiguió—. Aunque el Estado asume el ochenta por ciento de los costes adicionales que supone la compra respecto a un camión convencional, pero aun así...

—Realmente ambos han colaborado de forma estrecha —constató Dupin.

—No es de extrañar. Al fin y al cabo, Spiquel iba a encargarse de esta nueva área de negocio —dijo Nolwenn. Parecía un poco parcial—. Un asunto como el de la adquisición de los nuevos camiones era parte de sus tareas.

Dupin se sintió un poco mareado. Fue hacia el pasillo y entró en la habitación contigua. Igual que en la casa de Adeline Mazago, parecía usarse también como habitación de invitados. Una cama ancha, un armario con dos sudaderas colgadas en la puerta. Delante, un par de zapatillas de baloncesto.

—¿Qué edad ha dicho que tenían los hijos?

Seguramente Nolwenn, que lo había seguido hasta ahí, lo sabía.

—Según ha dicho Le Ber, veintidós y veinticuatro. Uno vive en Burdeos y el otro en París.

Dupin abrió el armario, echó un vistazo rápido al interior —ropa de cama y toallas de todo tipo—, lo volvió a cerrar y entró en la habitación de al lado. La misma decoración.

—Debe de ser para el segundo hijo —comentó Nolwenn—. Pero no parece que haya estado nadie aquí últimamente.

En efecto. La cama no estaba hecha. También aquí Dupin echó un vistazo al armario. Al menos, en él había un montón de camisetas y, colgadas de la barra, había una chaqueta y dos camisas de color azul claro.

La cuarta habitación era el dormitorio de Bixente Mazago y su esposa.

Era como si Adeline Mazago la hubiera amueblado.

Todos los muebles eran de roble claro. Ropa de cama de lino beige, una alfombra de pelo largo de color azul paloma, todo parecía muy acogedor.

Dupin también examinó los armarios. Estaban repletos de ropa.

—No he encontrado nada llamativo, jefe. —Le Menn entró en la habitación—. No, al menos, a primera vista.

Dupin asintió lentamente.

En un rincón había un escritorio con la clásica bandeja para el correo.

Un compartimento para la correspondencia sin abrir y otro para la ya abierta.

Dupin sacó los documentos que había arriba.

Taxe foncière , el impuesto sobre bienes inmuebles.

Debajo, una notificación de la compañía eléctrica EDF y una oferta para instalar un sistema solar en el tejado con subvención estatal. La factura de un jardinero.

En apariencia, todo aquello eran documentos privados.

—Le Menn, revise todo esto minuciosamente, incluso las cartas sin abrir.

—¿Antes de que llegue la científica?

—Antes de que llegue la científica. Y la tropa de Pinel —confirmó Nolwenn antes de que Dupin pudiera responder.

La BAC. Nolwenn había oído la desagradable conversación telefónica con el comandante.

—Bueno, pues, aquí ya hemos terminado.

Dupin salió del dormitorio, echó un vistazo rápido al cuarto de baño y se dirigió hacia la salida.

—Me voy al puerto —anunció hablando por encima del hombro.

—Le acompañaré. Al fin y al cabo, conozco a Nathaël.

Aquel no era un argumento contundente. Pero Nolwenn empleó un tono que no admitía réplicas.

—¡Jefe! ¡He terminado! Al final no había tantas marcas —exclamó Le Ber.

Dupin y Nolwenn ya habían salido a la calle y el inspector lo hizo tras ellos.

—¿Y bien?

—Nada que, a primera vista, pudiera ser relevante para nosotros. Pero he fotografiado todos los fragmentos destacados y los he subido al expediente del caso. Así los podrá revisar luego usted mismo.

—Lo haré.

Dupin se puso en marcha.

—Por cierto, el coche de alquiler lleva retraso. Use mi Peugeot, jefe. Yo iré más tarde con Le Menn. Y luego tomaré prestado el coche de mi mujer.

Dupin había olvidado por completo que tenía el suyo aún en Bayona. Gimió.

Como era de esperar, Nolwenn no pudo evitar un comentario mordaz:

—¡Un problema que no tendríamos sin ese sentimentalismo grotesco suyo y su terquedad!

—Puede usar el coche hasta que termine la investigación, jefe —dijo Le Ber—. Por supuesto.

—Mil gracias, Le Ber.

Dupin estaba sinceramente agradecido a su inspector. Se dirigió con paso firme hacia los coches que había aparcados. De pronto se detuvo en seco. Nolwenn estuvo a punto de chocar con él.

—¡Falta algo ahí! —En ese momento se le ocurrió—. Estoy seguro, falta alguna cosa.

—¿Se encuentra bien, señor comisario?

Nolwenn parecía preocupada.

—¡En la casa de Adeline Mazago!

Dupin estaba convencido de que no se equivocaba.

De repente dio media vuelta y corrió hacia la vivienda de la difunta.

—¿Es esta una de sus famosas intuiciones?

No lo dijo con sorna, sino más bien con tono esperanzado. Le Ber y Le Menn se apresuraron a alcanzar a Nolwenn y Dupin.

—Anoche todavía estaba allí.

El comisario se detuvo frente a la puerta principal.

—Le Ber, la llave.

—Enseguida, jefe.

Le Ber abrió la puerta.

Dupin entró sin decir palabra, se volvió a poner los guantes y giró a mano derecha, hacia la «sala de vivir» de Adeline Mazago. Se encaminó directo al escritorio.

Ahí había un libro. La verdadera historia del chocolate . Con muchas notas y marcas. Igual que el otro libro que estaba al lado, solo que este ahora no se encontraba allí. Había desaparecido.

—¿Qué busca? —quiso saber Nolwenn.

—Ayer aquí había un libro más. Cuando estuve con Bixente Mazago. Y ahora ha desaparecido.

—¿Qué libro?

— La química del chocolate . Un libro técnico.

—¿Todo un libro dedicado a la química del chocolate?

Le Menn parecía incapaz de creérselo.

—La composición química del chocolate es extraordinariamente compleja —comenzó a decir Le Ber como por reflejo—. Basta con...

—Alguien se lo ha llevado —lo interrumpió Dupin mientras se dirigía a la estantería.

—¡Búsquenlo todos por el bungalow! —ordenó a sus compañeros—. La química del chocolate . Libro de gran formato. Con una tableta de chocolate estilizada en la portada.

Nolwenn sacó el móvil y marcó rápidamente un número.

—Ah, señor Moschin. ¡Al habla Nolwenn! Tengo una petición muy urgente. Eche un vistazo de inmediato a las fotos que ha hecho del escritorio de la casa de Adeline Mazago.

Nolwenn era brillante. ¡Por supuesto! En las fotos el libro tenía que aparecer.

—No, no el escritorio del despacho, en la mesa de la sala grande.

—Sí, espero.

Tardó un rato. Le Menn y Le Ber también se habían reunido expectantes alrededor de Nolwenn.

—Bien, ¿ve un libro ahí? El título en la portada es La química del chocolate ... Estupendo. ¿Podría enviarnos la foto ahora mismo?

—¡Pregunte a Moschin si se lo ha llevado o lo ha dejado en otro sitio!

Nolwenn no tuvo que repetir la pregunta de Dupin, ya que el comisario la había formulado en voz tan alta que el jefe de la policía científica la oyó.

—Señor comisario —Nolwenn se volvió hacia Dupin—, me pide que le pregunte si de verdad quiere saber si el jefe de la policía científica, con una experiencia de muchos años, ha sustraído o movido objetos de la casa de una víctima de asesinato durante una investigación.

Dupin negó con la cabeza, contrito.