Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #9
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El segundo día #9

—Pero si esto ya lo sé, comisario —respondió Labat desconcertado.

—¿Qué ocurre?

—Nevou y yo hemos terminado con los interrogatorios. Nos ha llevado algo de tiempo localizar a todos.

—¿Y?

—Todo está en el expediente del caso, comisario.

Dupin gimió.

—Informe de forma resumida, Labat. ¡Solo lo más importante!

—¿Una exposición?

—¡Informe!

Dupin se detuvo y activó el altavoz. Así no tendría que repetirlo todo.

—Como he dicho, está todo resumido en...

—¡Labat!

—Vale. En resumen: nadie tiene una auténtica coartada.

Dupin aguardó. Parecía, en efecto, que el inspector quería dejarlo ahí.

—¡Labat!

—Todos afirman que entre las seis y cuarto y las siete menos cuarto estaban acostados durmiendo.

—¿Y eso es lo que dice el expediente? —comentó Dupin sin querer.

—Sí, usted...

—¿El señor Pichard, la señora Chesneau, el señor Dehame, Maëlle Columbani y Nathaël Spiquel? ¿Todos dormían? ¿Y además, solos? Seguro que Spiquel ya estaba en pie, hoy se entregan mercancías.

—Dice que se ha acostado a las tres de la madrugada y que se ha despertado a las siete. Y sí, solo. Al igual que la señora Columbani y Eléna Chesneau. El señor Pichard, por su parte, estaba en la cama con su esposa. El señor Dehame también ha declarado que estaba durmiendo.

Aquello era ridículo, Labat había adoptado un tono insolente e infantil.

—Por supuesto, no podemos verificar estas declaraciones. Según parece, las esposas del señor Pichard y del señor Dehame dormían también. Por lo tanto, si sus maridos se hubieran ausentado una hora, puede que ni lo notaran.

Dupin pensó en Claire. Cuando dormía, lo hacía tan profundamente que él podría organizar una fiesta en el dormitorio sin que ella se diera cuenta.

—Además, también podrían mentir para proteger a sus maridos.

—Poco antes de las siete —Dupin reflexionó— he hablado con el director de la filial.

Casi había olvidado aquella llamada tan desagradable.

—En ese momento él estaba... —Dupin se calló, quería decir que todavía estaba en la cama. Pero, a decir verdad, no lo sabía, aunque Dehame le había parecido somnoliento. Lo había llamado al móvil, así que él podía encontrarse en cualquier parte.

—¿Y dónde estaban los interrogados cuando han hablado con ellos?

—A Spiquel lo hemos localizado hace un instante. Afirma que lleva en el puerto desde las ocho menos cuarto.

—¿Y por qué no han podido hablar con él hasta ahora?

—¿Tal vez porque estaba ocupado?

—¿Y los demás?

—Columbani estaba en el coche, de camino a la fábrica. Los tres empleados de Zerua aún se encontraban en su casa. Bixente Mazago los había citado a las nueve. De hecho, al parecer, esta reunión tendrá lugar igualmente, incluso sin Bixente Mazago.

—Entiendo. ¿En la fábrica?

—En el Amiral.

—¿En el Amiral?

—¿Y por qué no?

Dupin estuvo a punto de responder: «Porque ese es mi sitio».

Era una sensación extraña cuando lo profesional y lo privado se mezclaban de ese modo.

—¿Algo más, Labat?

—Ahora vamos a examinar las cuentas de todos. Puede que encontremos transacciones sospechosas. Pero, por supuesto, también podría haber cuentas ocultas. Ingresos escondidos.

—¿Qué hay de la rueda de prensa? ¿Ha corregido el anuncio?

Dupin casi lo había vuelto a olvidar.

—«Actualización provisional sobre el estado presente de la investigación», así es como se anuncia ahora.

Labat empleó un tono de voz apagado, eso era algo que ocurría en raras ocasiones.

—¿Cuándo tendrá lugar eso?

—A las once.

—¿Y qué va a hacer hasta entonces?

Por prudencia...

—Informaré a la secretaria del prefecto.

—¿Cómo dice?

—Bueno, soy el responsable de...

—Hasta luego, Labat.

Dupin colgó.

Todos los que le rodeaban habían escuchado con atención.

—Sin comentarios —dijo Dupin y se encaminó directamente hacia la casa de Bixente Mazago.

—El director de la filial, el capitán y los dos maestros chocolateros: estos son los empleados clave, ¿no?

Hablaba sin volverse. Nolwenn, Le Ber y Le Menn iban justo detrás de él.

—En la filial, sí. En Quimper hay otro comercial que se encarga de toda la producción de chocolate y café de las cuatro filiales.

Aunque forma parte de la dirección, no es director general.

Los directores generales son —Le Ber carraspeó—, bueno, eran los tres hermanos.

Esto significa que ahora la empresa pertenece al cien por cien a Nahia Mazago.

Dupin ya había dado vueltas a eso durante el trayecto en helicóptero.

En veinticuatro horas el patrimonio de Nahia Mazago se había triplicado.

En este caso, la pregunta clave sobre quién era el mayor beneficiado del crimen era fácil responder.

Y no pocas veces la respuesta a esta cuestión les había conducido hasta el culpable, incluso en los casos más complicados.

De todas formas, por el momento, no podían descartar que hubiera alguien más que sacara provecho de la muerte de los hermanos.

—¿Y ese comercial, qué tipo de persona es?

Era la primera vez que oía hablar de él.

—De hecho, jefe, está descartado. Está de vacaciones. Desde hace casi dos semanas. Está en Creta. Regresa el domingo.

—He estado hablando con él por teléfono durante un buen rato —intervino entonces Le Menn.

Casi habían llegado ante la puerta de entrada de la casa de Bixente Mazago—.

Ayer lo hice y, hace un momento, una segunda vez.

Un hombre relativamente joven. Treinta y dos años.

Normal y corriente. Pero con tres hijos.

Para Le Menn, esos dos hechos no encajaban entre ellos.

—Desde luego, estaba afectado, pero no se vino abajo. Supongo que no será propio de él.

—¿Ve alguna razón por la que debamos investigarlo más a fondo?

—Por el momento, no —dijo Le Menn.

Le Ber abrió la puerta de entrada.

Entraron al vestíbulo. La casa de Bixente Mazago parecía idéntica a la de su hermana, solo que invertida.

—Lo que debemos investigar de forma exhaustiva es la plantación de Venezuela —afirmó Nolwenn con énfasis—. ¿Quién la dirige?

—Sandrine Thépault. Cuarenta y cuatro años —dijo Le Menn—. Química alimentaria, igual que Adeline Mazago y Eléna Chesneau.

—La cocaína tuvo que ser colocada ahí, en el momento de rellenar y cerrar el saco —supuso Nolwenn.

Dupin asintió. Era muy apropiado investigar el lugar donde todo había comenzado.

—Los forenses —añadió Le Ber— han vuelto a examinar las costuras del saco de lino que contenía la cocaína. Descartan que se abriera y luego se volviera a precintar. Con este material, algo así se notaría.

Un dato importante. Dupin se había quedado en el vestíbulo y había sacado su pequeña Clairefontaine.

—Hace media hora he hablado por teléfono con la señora Thépault —dijo Le Menn—. En este momento una unidad especial venezolana está acordonando la plantación. Lo van a poner todo patas arriba.

—Aunque no puede haber cometido los asesinatos, sí podría ser una figura clave —afirmó Le Ber—. Ni siquiera tiene por qué estar involucrada en el negocio de la droga, podría haber sido sobornada. En los cárteles de Sudamérica es una práctica habitual.

—Estoy a favor de traerla aquí de inmediato —dijo Nolwenn.

—Aunque es francesa, de hecho, bretona, ahora mismo no la podemos obligar. —Le Ber no lo veía claro.

—En ese caso, se lo pediremos —decidió Dupin—, de forma vehemente.

—Ya me encargo yo —dijo Nolwenn.

La estancia que Adeline Mazago utilizaba en su hogar como «sala de vivir» universal aquí era un simple salón-comedor.

Aunque la decoración de su hermana revelaba un acusado sentido de la estética, Bixente Mazago se había contentado con colocar varios muebles modernos sin ton ni son.

Nada encajaba. En las paredes colgaban fotografías marinas de gran formato.

—¿A qué se dedica la mujer de Bixente Mazago?

Dupin y los demás se habían reunido en torno a la mesa del comedor.

—Sylvie Mazago. Directora de un instituto de secundaria de Quimper —informó Le Ber—. Le Menn y yo queremos ir a visitarla a continuación; sigue en casa de su hermana. Hasta ahora solo he hablado con ella por teléfono.

Eso era importante. Por supuesto. De hecho, a Dupin le habría gustado hacerlo él, pero por el momento el resto de las conversaciones tenían prioridad. Debían dividirse.

—Encárguense ustedes.

Dupin se acercó al sofá, largo y estrecho. Diseño minimalista, cuero negro, no parecía especialmente cómodo.

—¿Está a menudo en casa de su hermana?

—Eso parece. La hermana y su marido tienen una gran mansión en la rue Élie Freron.

Dupin conocía la calle. Durante unos años Claire había vivido muy cerca de allí, después de mudarse a la Bretaña por él.

—Allí la pareja tiene una pequeña vivienda anexa que a Sylvie Mazago le gusta usar. Pero parece que incluso su marido también se ha quedado allí a dormir en más de una ocasión.

Enfrente del sofá había un enorme televisor, Dupin calculó que al menos era de setenta y cinco pulgadas. Parecía ser el punto central de toda la estancia. Nunca había visto una pantalla tan grande en un espacio privado.

—Los dos veleros disponen de webcams , jefe. Bixente Mazago podía seguir el trayecto por el Atlántico desde el televisor —dijo Le Ber, al reparar en la mirada de asombro de Dupin.

Sobre la mesa junto al sofá se apilaban periódicos y revistas.

Dupin vio el Ouest-France y Le Figaro , así como algunos números de Marie-Claire .

Solo había un libro: Planeta océano: nuestra vida depende del mar .

Al lado había un archivador. De un grosor impresionante.

Dupin lo tomó. «Descripción informativa sobre importaciones de mercancías. Venezuela».

—¡Qué interesante! —comentó Nolwenn, que se había colocado junto a Dupin.

Parecía tratarse de un documento oficial del Gobierno venezolano.

Eran unas trescientas cuarenta páginas. Dupin repasó el índice: «Declaración de aduana / Documentos de transporte / Importación transitoria / Zonas francas / Arancel aduanero / Impuesto sobre productos industriales / Impuesto sobre el valor añadido sobre las mercancías...

». Mientras tanto, también Le Menn y Le Ber se agruparon en torno a Dupin.