Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #8
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El segundo día #8

Había ido llamando a Le Ber a intervalos regulares para preguntarle por el estado de la investigación en Trégunc. El inspector, que conocía las manías de Dupin, le había explicado pacientemente cada una de las veces que no había novedades y que, de ser así, se las comunicaría de inmediato.

Nevou y Labat habían comenzado a preguntar a las personas que constaban en el expediente del caso acerca de su coartada para la supuesta hora del asesinato.

La nueva comunicación telefónica con el jefe de la BAC, el comandante Pinel, había sido extremadamente desagradable.

Ese hombre era un macho alfa de manual. Valiéndose de una orden urgente de París, Pinel había logrado declarar los dos veleros, las cuatro fábricas de Zerua en Quimper, Concarneau, Morlaix y Bayona, así como las casas particulares y las oficinas de los Mazago, territorio de su competencia exclusiva.

A partir de entonces, Dupin y su equipo tendrían que pedirle permiso para poder investigar en ellos.

Por supuesto, el interés de la policía de narcóticos —Dupin lo entendía perfectamente— no se centraba en los asesinatos y menos aún las víctimas.

Esos eran personajes secundarios, tristes daños colaterales de un cruel conflicto.

El objetivo de Pinel consistía en desmantelar una red internacional.

Y, aunque la lucha contra los cárteles de la droga era importante, la tarea de Dupin era otra.

A él le interesaban las dos personas a las que se les había arrebatado la vida de forma repentina y violenta, Adeline y Bixente Mazago. Un crimen así no podía quedar impune.

La crispada discusión entre Dupin y el jefe de la BAC había terminado en una especie de empate por agotamiento.

Con muy buena voluntad, las últimas palabras de Pinel se podían interpretar como que la comisaría de policía de Concarneau podía hacer todo lo necesario para esclarecer los asesinatos.

Bajo la premisa de que, en caso de surgir nueva información de importancia, se informarían mutuamente.

Dupin se dijo que lo que entrara dentro de esa categoría era cuestión de interpretación.

En todo caso, salvo por una pequeña avanzadilla, el equipo de Pinel no llegaría a Concarneau hasta el mediodía.

El jefe de brigada ya había dado una noticia importante: no se había hallado cocaína en los otros sacos que se encontraban en el almacén de Bayona. Aún quedaba por examinar la mercancía de las fábricas de Quimper, Morlaix y Concarneau.

—¡Bienvenidos de nuevo! —dijo Le Ber. Le Menn y él habían salido al encuentro de Dupin y Nolwenn.

—¿El cuerpo de Bixente Mazago se ha movido?

—No, jefe. Tal y como acordamos. Y, jefe, Salou está fuera de sí. Solo quería avisarle. Amenaza con llamar al prefecto.

Dupin salió a toda prisa, seguido por Le Menn y Le Ber.

—¿Y qué hay del camino de grava? ¿Alguna pista útil?

—No. El asesino no nos ha hecho ese favor. Seguramente se mantuvo entre la hierba espesa. En cualquier caso, la policía científica no ha hallado nada.

Dupin llegó hasta el cadáver.

El aspecto de Bixente Mazago era malo. Realmente atroz.

La cabeza, todo su lado derecho, estaba destrozado.

El objeto que había utilizado el asesino tuvo que ser más contundente que el muestreador en forma de tubo con que había atacado a Adeline Mazago.

Era como si hubiera recibido un golpe directo en el ojo, tenía una apariencia espantosa.

Estaba todo hinchado y no se distinguían la sangre, la piel, la carne y los fluidos viscosos de diferentes tonalidades.

Dupin se puso en cuclillas.

Había visto un buen número de cadáveres mutilados, pero aquella visión era especialmente brutal. Tragó saliva. Más o menos ahí donde ahora yacía Bixente Mazago era donde la tarde noche anterior se habían despedido.

—¡Esta vez ha ido usted demasiado lejos, Dupin! Esto tendrá consecuencias. Tanto disciplinarias como profesionales. ¡Llamaré al prefecto a Canadá! ¡En persona! ¡Aunque esté de vacaciones! No me importa en absoluto.

Dupin no pudo evitar esbozar una sonrisa, Salou debía de ser el único que no sabía en qué consistía la Operación Canadá.

—¡Se lo advierto, Dupin! Guenneugues me dará la razón.

¡Usted boicotea mi trabajo! Y, además, dificulta la investigación del asesinato de Bixente Mazago.

El cadáver ya podría estar en el laboratorio y usted tal vez tendría información para resolver el caso.

¿Cuántas veces más ha ocurrido esto en el pasado?

Dupin se había levantado y en ese momento caminaba lentamente alrededor del cadáver. No le apetecía responder. ¿Para qué?

—Ni una sola vez, doctor —dijo Le Menn con tono lapidario—.

Pero estaría bien que alguna vez fuera así.

Nos alegraría mucho no siempre tener que resolver los casos solos.

—Hizo una breve pausa y luego añadió—: Por cierto, ya tenemos información importante.

Bixente Mazago salió de Quimper a las seis.

Así que habrá llegado aquí sobre las 6.25.

Y a las 6.42 su cadáver fue encontrado por el servicio de basuras.

Una hora de muerte que puede acotarse a diecisiete minutos.

Pocas veces sus cálculos son tan precisos.

Dupin estaba exultante. Sin embargo, la agente aún no había terminado:

—En cuanto a la causa de la muerte, yo apostaría a que fue un traumatismo craneal.

Le Menn había logrado desconcertar por completo a Salou, que tardó un poco en reaccionar.

—El hecho de que la herida ahora esté tan hinchada hace que sea mucho más difícil determinar qué tipo de objeto utilizó el asesino como arma homicida —dijo él con voz débil.

Dupin entretanto se había colocado en el camino de grava, de espaldas al mar, a cuatro o cinco metros del cuerpo de Bixente Mazago. Luego había dado unos pasos hacia la izquierda y hacia la derecha, con la mirada fija en el camino, el cadáver y la entrada de la casa.

—¡Impertinente! —Salou tenía el rostro enrojecido—. ¡Del plantel de Dupin! Infames como su maestro —gritó enfurecido—. ¡Pero no tengo que pasar por esto! Lo arreglaré con el prefecto, ¡ya verán lo que les espera!

Se marchó de ahí mientras iba soltando imprecaciones.

Dupin volvió a agacharse y se concentró. Luego se levantó y se acercó directo hacia el cadáver.

—Creo que Mazago fue sorprendido al llegar. Aparcó el coche, se dirigió hacia casa de su hermana y fue atacado a pocos metros de la puerta de entrada. Muy probablemente la agresión lo pilló desprevenido, no parece que haya habido forcejeo.

—A mí también me resulta el escenario más plausible, jefe —confirmó Le Ber—. En cualquier caso, no se cambió de ropa. Aunque tenía intención de hacerlo, o al menos eso dijo.

Con esa afirmación, Le Ber indicaba un matiz importante.

—Le he preguntado a su mujer qué llevaba cuando salió de casa esta mañana en Quimper.

Bien pensado. Muy bien pensado.

—Si es verdad que Bixente tenía previsto ir a casa de su hermana —intervino Nolwenn—, seguro que había una buena razón para ello. Tenía algo que hacer ahí.

—En cualquier caso, debía de ser algo importante —murmuró Dupin mientras se dirigía hacia la puerta principal—. Quizá quería recoger alguna cosa.

—O simplemente echar un vistazo —dijo Le Menn.

—O colocar algo ahí —añadió Nolwenn.

—Todo es posible —murmuró Dupin.

En efecto.

—¿Más cocaína, tal vez?

Le Ber habló con voz siniestra.

—¡Adeline no tenía nada que ver con la cocaína!

¡Eso nunca! —protestó Nolwenn—. Es posible que le colocaran la droga a ella o a su familia...

—Abrió mucho los ojos—. ¡Tiene que ser eso!

De pronto encontramos un paquete de cocaína en casa de Adeline.

Uno que no estaba cuando usted y la científica la registraron.

¡Qué vileza! —Nolwenn apretó el puño—. De ser así, sería el asesino quien había venido para traer algo, y no Bixente.

Dupin asintió. Esa también era una posibilidad.

—¿Se han examinado ya las llaves de la casa que había en la hierba? —preguntó Dupin a Le Ber.

—Sí. Lo que la científica podía hacer aquí ya lo ha hecho. Y no han encontrado nada que nos sea de ayuda.

Le Ber mostró una bolsa de plástico. En su interior había un grueso manojo de llaves.

—Me las he llevado yo.

Dupin recordó que el día anterior el llavero ya le había llamado la atención, cuando Bixente Mazago había abierto la puerta. Tenía la forma de una tableta de chocolate con el diseño típico de Zerua.

—¿Y qué hay de su móvil?

—Lo tenía en el bolsillo del pantalón, la policía científica se lo ha quedado. Un iPhone, el mismo modelo que el de su hermana. Protegido, claro está, con una contraseña.

—¿Registro de llamadas?

—Solicitado.

—Bien —asintió Dupin—. Entremos.

Se agachó para pasar por debajo de la cinta amarilla de acordonamiento.

—Luego, la policía científica volverá a inspeccionar la casa, jefe. Hemos quedado en que los avisaré cuando hayamos terminado.

—Bien.

Le Ber se puso los guantes finos y sacó el llavero; le llevó un poquito encontrar la llave adecuada.

Se oyó un clic.

El inspector empujó la puerta.

Empezaron dando una vuelta rápida por la casa. A golpe de vista, no se apreciaban cambios, todo estaba tal y como lo había encontrado Dupin en su primera visita, hacía unas catorce horas. Lo único que faltaba era el portátil, los de la científica se lo habían llevado.

Volvieron a registrar con minuciosidad todas las estancias. Tampoco ahí Dupin notó nada especial.

—La BAC también va a examinar la casa en breve, jefe —dijo Le Ber—. Son expertos en estas cosas, saben encontrar cualquier escondite.

Entretanto, se habían reunido todos en la «sala de vivir» de Adeline Mazago.

—Maldita sea.

Dupin se sentía tremendamente insatisfecho. Además, cada vez notaba más el cansancio. Empezaba a preguntarse cómo lograría sobrellevar ese día.

Se pasó la mano por el pelo con un gesto brusco.

—Quiero ver también la casa de Bixente Mazago.

Se dirigió deprisa hacia la salida seguido por Nolwenn, Le Ber y Le Menn.

Acababa de salir cuando sonó su móvil.

Labat.

—Sí, exacto, soy yo —respondió malhumorado—: el comisario Georges Dupin en persona.