Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #7
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El segundo día #7

Era posible que Adeline Mazago hubiera sabido lo de la cocaína y tuviera que morir por ello.

Pero ¿cómo se había enterado? A fin de cuentas, fue su hermana, no ella, quien encontró la droga.

¿Y si tal vez Adeline Mazago también había descubierto cocaína en alguno de los sacos de Concarneau?

¿Se lo contó a alguien, quizá a la persona equivocada?

¿Se había enterado de otro modo? ¿Se lo dijo alguien?

Tenía que haber varias personas implicadas.

¿Alguna de ellas se había ido de la lengua?

Había innumerables preguntas sin respuesta. Y eso significaba que todavía no sabían mucho. En realidad, casi nada.

Dupin empezó a revisar sus notas.

«Saco de cacao sin abrir desde su llenado en la plantación», había subrayado. Igual que las demás notas de las últimas horas, el texto estaba tan garabateado que le costaba mucho descifrarlo.

La primera persona con la que debían hablar era Spiquel.

Sin duda. Como jefe de logística, él era quien lo dirigía y controlaba todo.

Como no se trataba de enormes buques portacontenedores que transportaran una cantidad ingente de productos a puertos gigantescos, si algo inusual ocurría en los barcos, eso tenía que llamarle la atención.

Dupin sacó el móvil y marcó el número de Le Ber.

—Buenos días, jefe.

La voz del inspector parecía muy alegre. A veces la resiliencia de Le Ber resultaba difícil soportar.

—Me gustaría poder hablar antes con el jefe de logística y después con la señora Columbani. ¿Usted podría organizarlo?

En realidad, para estas cosas Dupin solía llamar a Nolwenn.

—Delo por hecho, jefe. Nolwenn ya me lo ha pedido.

—¿Cómo dice?

—Me ha dicho que ahora hablar con Nathaël Spiquel es prioritario. ¿No lo han hablado entre ustedes?

—No.

—¡Qué gracia! Entonces a los dos se les ha ocurrido lo mismo y...

—¡Qué gracia!

Nolwenn había dicho que quería dormir. ¿Y qué había hecho? Dedicarse a llamar por teléfono. Eso, por un lado. Por otro: ¿por qué cambiaba citas por su cuenta?

—Nolwenn dice que ahora Spiquel es el principal sospechoso. Aunque ella y su marido lo aprecian mucho.

—Spiquel es tan sospechoso como cualquier otro —murmuró Dupin de mala gana—. ¿Dónde está usted ahora, Le Ber?

—Labat, Nevou, Le Menn y yo hemos quedado a las siete en comisaría, yo acabo de llegar y los demás ya están aquí.

—Nolwenn y yo iremos directamente del aeropuerto al puerto. Nos encontraremos allí.

—De acuerdo, jefe. Nolwenn ya ha conseguido un coche. Un Citroën DS7, dice que así usted se empezará a acostumbrar y...

El inspector se interrumpió de repente.

—¡Le Ber! —se oyó por el auricular. Unos ruidos fuertes, pasos apresurados.

Dupin reconoció la voz. Era Le Menn. Parecía haber irrumpido en la oficina.

—¡Cuelgue ya!

—¡Pero si es el jefe!

—Entonces, mejor que mejor. Dígale que tenemos otro muerto.

—¿Cómo?

Le Ber y Dupin exclamaron al unísono.

Dupin se levantó de la silla con tanta brusquedad que esta cayó al suelo con estrépito.

—Es el hermano. Bixente Mazago.

Dupin se apretó el móvil contra la oreja.

—¿Asesinado? —preguntó Le Ber.

—No hay duda. Una herida mortal en la sien. Lo han hallado ante su casa, en Trégunc. —Le Menn informaba de un modo entrecortado—. Un empleado del servicio de recogida de basura. No lejos de su coche.

—¿Estaba solo?

Esta vez fue Dupin quien gritó al oído a Le Ber.

—Activaré el altavoz, jefe.

Buena idea.

—¿Su mujer estaba cerca?

—No.

—Le Menn y yo nos ponemos en marcha de inmediato, jefe.

—¿Ya hay alguien allí?

—Dos gendarmes de la nueva gendarmería de Trégunc —respondió Le Menn.

—¿Y?

De nuevo Dupin oyó unos pasos, Le Ber parecía abandonar su escritorio.

—Los compañeros acaban de llegar ahí. No tenemos más información.

Una de las muchas malas costumbres de Dupin: hacer preguntas en voz alta con impaciencia, a pesar de ser consciente de que nadie podía responderlas aún.

Sacó a toda prisa un billete de la cartera y lo colocó debajo de una de las dos tazas de café.

Ahí terminaba el festín vasco.

—Los gendarmes están acordonando la escena del crimen. Todo va según el procedimiento —dijo Le Menn.

Dupin se marchó a toda prisa, y tomó el camino por el que había venido.

—¿El arma del crimen?

En unos instantes llegaría al parque.

—Por ahora, ni rastro. Pero, como he dicho, solo llevan allí unos minutos.

Como muy pronto, Nolwenn y Dupin no llegarían ahí hasta el mediodía.

—Mierda.

Estaba cruzando la calle cuando alguien lo llamó.

—¡Señor comisario! ¡Señor comisario!

Nolwenn.

La vio entre dos árboles. Debía de haber cruzado el parque corriendo.

—¡Bixente Mazago! ¡Ha sido asesinado! ¡Ha muerto! —le gritó.

Dupin señaló con la mano izquierda su móvil para indicarle que ya estaba al corriente.

—¡Le Ber, avísenos en cuanto lleguen al lugar! ¡De inmediato!

—Así lo haremos, jefe.

El inspector colgó.

Al instante siguiente, Dupin y Nolwenn se encontraron frente a frente, resollando.

—No podemos llegar al mediodía a... —comenzó a decir él, pero Nolwenn lo interrumpió de inmediato:

—Vamos al estadio de rugby, el helicóptero de la policía nos está esperando allí.

Dupin iba a hacer un comentario, pero se contuvo.

Nolwenn se encogió de hombros.

—Es una excepción absoluta. Una emergencia. Para eso, y solo para eso, están los helicópteros...

—Unarte nos puede llevar en coche hasta allí.

Se lanzaron a toda prisa hacia la fábrica de chocolate.

—¡Esto es una completa locura! —comentó Nolwenn con la respiración entrecortada—. ¡Alguien quiere acabar con los Mazago!

—¿Y bien?

—Acabo de llegar, jefe —dijo Le Ber al otro lado de la línea.

Dupin se apretó el móvil contra la oreja y miró a su alrededor. El helipuerto estaba justo al lado de aquel estadio imponente. El rugby era el deporte favorito de los vascos.

—Fíjese en la potencia —comentó Nolwenn durante el vertiginoso trayecto en el coche de la comisaria Unarte.

No solo la velocidad, sino también el estilo de conducción de la comisaria era muy osado.

Al cabo de unos pocos minutos se detuvo frente al estadio con un chirrido de neumáticos.

Las palas del rotor del helicóptero ya estaban girado, y Nolwenn y Dupin corrieron a toda prisa hacia él.

—¡Informe, Le Ber!

—Bixente Mazago no está frente a su casa.

El ruido del helicóptero dificultaba la escucha.

—¿Qué quiere decir?

—El cadáver se encuentra ante la casa de su hermana.

A tres o cuatro metros, en el camino de grava.

Y junto a él, en la hierba, los gendarmes han encontrado la llave de la casa de Adeline Mazago.

Supongo que su hermano se disponía a entrar allí.

O había estado dentro. —Una pausa—. Estoy justo a su lado, jefe.

Sonaba algo macabro.

—¿Hay algún indicio de que alguien haya forzado la entrada en la casa de Adeline Mazago?

Dupin tenía que gritar. Se detuvo un momento. Esa conversación era demasiado importante.

—No. Los compañeros ya lo han comprobado. Pero, por supuesto, el asesino podría haber estado en la casa después de cometer el crimen, usando las llaves que están ahora en la hierba. Quizá las colocó ahí después. Pero por ahora todo esto son especulaciones.

Le Ber tenía toda la razón.

—De camino hacia ahí hablé por teléfono con la esposa de Bixente Mazago, jefe. Quise que se enterara por nosotros. Los empleados del servicio de recogida de basura encontraron el cadáver y, cómo no, la voz ha corrido como la pólvora.

Esas conversaciones eran las peores de la profesión de policía.

—Bien hecho, Le Ber. —Dupin suspiró—. ¿Cómo reaccionó?

—Yo diría que aún no se ha hecho a la idea por completo. Le he enviado a casa a dos compañeras de Quimper.

—¿Le ha dicho por qué su marido iba tan temprano a Trégunc? A fin de cuentas, al igual que ella, él debe de haber pasado la noche en Quimper, en casa de su cuñada, ¿no?

—Sí, han dormido allí. Bixente Mazago había quedado esta mañana en la fábrica de Concarneau con el director de la filial y otros altos cargos.

Por lo que le dijo a su esposa, antes quería ir a casa para cambiarse de ropa.

Ha salido de Quimper poco después de las seis, así que no hacía mucho que estaba en Loc’h Louriec cuando ha ocurrido todo.

—¿Se sabe a qué hora estaba prevista la reunión con Dehame y los demás compañeros?

—A las nueve.

—¿Y Bixente Mazago era quien había convocado la reunión?

—Sí. Envió un correo electrónico.

—¿Los dos chocolateros, Pichard y Chesneau, también iban a estar presentes?

—Sí.

—Tenemos que partir. —Nolwenn agarró a Dupin del brazo—. Podrá seguir hablando por el teléfono del helicóptero. Con el micrófono del casco. Así no tendrá que gritar tanto.

—Le Ber, vamos a partir.

—De acuerdo, jefe. Van a volar en el Eurocopter AS350, es superrápido, así que estarán aquí en aproximadamente hora y media.

—No se puede mover a Bixente Mazago, Le Ber, ¿entendido? Y tampoco hay que tocar nada de la casa. ¡En ninguna de las dos!

Dupin colgó. Entonces, Nolwenn y él corrieron hacia la puerta corredera del helicóptero, que estaba abierta. Una joven agente les entregó los cascos.

Un minuto después despegaron.

Más cómodo imposible. Aterrizaron en el prado que había junto a los chalets. Durante el vuelo Nolwenn y él hicieron innumerables llamadas telefónicas. Estaba seguro de haber oído al menos dos veces el nombre de Marie. Y una vez la expresión «mercancía voluminosa».

La conversación más difícil para Dupin, con diferencia, fue la que mantuvo con Nahia Mazago. Primero su hermana, ahora su hermano..., un dolor inimaginable.

Al principio, ella se quedó en silencio por unos instantes, y Dupin tuvo que preguntarle varias veces si seguía al teléfono.

Cuando Nahia Mazago empezó a hablar, a duras penas era capaz de articular palabra.

Al poco rato, le llamaron a la puerta. Era la comisaria Unarte.

Dupin se alegró de que hubiera llegado tan rápido.

Él tenía una confianza absoluta en la comisaria de Bayona, y eso era algo poco habitual.