El segundo día #6
El comisario tuvo suerte. El camarero, que era una persona extraordinariamente amable y que estaba preparando la terraza para la jornada, le prometió servirle un café de inmediato, a pesar de que todavía faltaba un cuarto de hora para que el local abriera.
«En cuanto la máquina se haya calentado».
Dupin debió de haberle dado la impresión de que estaba desesperado.
«Dos cafés dobles, por favor». Luego, ya vería.
Dupin eligió una mesa situada en el extremo. Al estar cerca del Adour, era posible ver y oler el río. La combinación única de aromas dulces y salados que solo desprendían las aguas donde se mezcla el mar con el río.
Entretanto, el sol, osado, ya se había elevado por encima del horizonte. La misteriosa bola de fuego había decidido empezar el día sumergiendo el mundo en un delicado color púrpura. La mañana se presentaba tranquila.
La plaza frente al magnífico edificio del ayuntamiento estaba pavimentada con unas grandes losas de granito claro que brillaban con un tono plateado.
A mano derecha, el casco antiguo; a la izquierda, el amplio Adour, en cuya orilla dos gaviotas se peleaban a gritos por un trozo de pan.
En lo alto de un callejón que llevaba al casco antiguo colgaba una gran pancarta: « Bienvenue à la 561e Foire au jambon de Bayonne ».
«Bienvenidos a la 561 edición de la Feria del Jamón de Bayona».
Dupin había oído hablar de este evento para enaltecer el legendario jamón de Bayona.
Los puestos aún estaban cerrados. La perspectiva de poder recorrer toda una calle llena de jamones y probarlos todos resultaba magnífica.
Ya de camino hacia ahí había pensado en ello: «aquí abajo» todo parecía muy diferente a la Bretaña.
La luz, los colores, el ambiente, el aire, el aura...
No era fácil definir de qué se trataba. Tal vez fuera eso: él estaba claramente en lo que los franceses llamaban le Sud , el sur.
De ahí a la frontera española no había ni siquiera veinte kilómetros; se encontraba en el extremo sur del enorme golfo de Vizcaya, que se extendía desde los Pirineos hasta la ciudad portuaria gallega de A Coruña y, en el noroeste, hasta Audierne.
Dupin se propuso regresar allí con Claire; estaba muy entusiasmado. Pero ahora no era, desde luego, el momento de hacer planes de viaje.
Se frotó la cara. El cansancio profundo después de esa noche sin dormir hacía más intensa la sensación de encontrarse en un sueño loco.
Dupin sabía que aquel estado multiplicaba cualquier impresión y nublaba la vista.
Un estado nada bueno para el trabajo de investigación, para el cual hacía falta tener una mente despierta y aguda.
Acababa de sacar su libreta roja cuando apareció el camarero con la bandeja. Y, en ella, los dos ansiados cafés solos.
—¿Le apetece un desayuno vasco? ¡No encontrará nada igual en París!
—¡Bretón! Soy bretón —exclamó Dupin.
—¡Pues mejor aún! Para nuestros amigos bretones solo hay, cómo no, lo mejor de lo mejor.
El camarero le tendió la carta.
—Nuestra tarta de queso es divina. Oscura por fuera, casi quemada, pero solo casi, algo caramelizada, y suave y cremosa por dentro. No ha probado nada igual. Con vainilla fresca. Aquí se come para desayunar. ¿O acaso prefiere algo más contundente?
—Yo...
Dupin la habría rechazado, pero ¿acaso el buen juicio no le exigía, en interés de la investigación, que comiera para, por así decirlo, tener reservas? Quién podía saber cuándo iba a volver a comer algo.
—Un trozo de tarta de queso, por favor.
Tomó la carta.
—En ese caso, yo se lo traigo y usted puede ir mirando con calma qué más le apetece.
Era evidente que ese hombre sabía hacer bien su trabajo.
Además de las bebidas frías y calientes, la carta ofrecía delicias de lo más variado, tanto para el desayuno como para el almuerzo, que aquí se servía hasta las cuatro de la tarde.
Como la Bretaña, el País Vasco era un paraíso culinario; era una lástima no tener tiempo para probar todas esas delicias.
Al pensar en los pintxos, las exquisitas tapas vascas que se servían con pequeños palillos de madera, la boca se le hizo agua.
En las ciudades vascas se organizaban grandes concursos de ellos.
Entonces a Dupin se le ocurrió algo y sacó el móvil. El «archivo» del caso. Encontró con rapidez el número que buscaba.
Sonó durante un rato.
—Dehame al habla. ¿Diga?
Seguramente Dupin acababa de despertar al director de la filial; había olvidado que era muy temprano.
—Aquí el comisario Dupin. Usted dijo que, como director de la filial, es el encargado de supervisar todos los procedimientos.
—Exacto.
—Entonces también es responsable de —¿cómo llamarlo?— la disponibilidad del cacao, es decir, de fijar las cantidades que se piden.
—Sí, forma parte de mis funciones. ¿Por qué?
—Así que me figuro que tiene mucha relación con la plantación de Venezuela.
—No diría que mucha. —Daba la impresión de que Dehame todavía no estaba del todo despierto—. Pero, sí, yo hago llegar el pedido a la directora de la plantación. Sin embargo, no gestiono la logística ni el transporte, de eso se encarga...
—Nathaël Spiquel, ya lo sabemos. Los sacos de cacao que vienen de la plantación están todos marcados y numerados, ¿verdad?
—Por supuesto. ¿Por qué pregunta...?
—Hoy hemos encontrado siete kilos de cocaína pura en uno de los sacos, señor Dehame. ¿Qué puede usted decir al respecto?
Dupin sabía que aquello distaba mucho de ser una estrategia de interrogatorio sofisticada.
—¿Cómo dice?
—Siete kilos de cocaína en un saco de cacao que formaba parte de la última remesa. Llegó a Bayona el martes por la noche.
—No puedo creerlo.
Dehame ahora parecía completamente despierto.
—Esa cantidad es suficiente para pasarse muchos años en prisión. Señor Dehame, si usted tiene algo que ver con esto, más vale que lo confiese ahora mismo. Su actitud cooperativa tendrá un efecto atenuante en la sentencia.
—¿Ustedes..., sospechan ustedes de mí ?
Dupin era incapaz de saber si esa indignación era auténtica. Aquel hombrecillo entrado en carnes parecía tener tendencia al dramatismo.
—Por supuesto, caballero.
Así era.
Daba la impresión de que Dehame luchaba por no perder la compostura.
—¡Esto es una infamia! No pienso quedarme de brazos cruzados, mi primo es abogado. Lo llamaré de inmediato.
—Hágalo, señor. Todo indica que usted ve motivos para defenderse.
—Voy a poner punto final a esta llamada, señor comisario.
—En ese caso, que tenga un buen día.
Dehame colgó.
Una conversación disparatada. Dupin guardó el móvil.
—¡Ya estoy aquí otra vez! —anunció el camarero.
Ya solo el aroma que desprendía aquel trozo de tarta era celestial. Sobre todo, al mezclarse con el aroma del café.
—Et voilà !
En un santiamén, Dupin se encontró con el plato ante él, sobre la mesa.
—¿Qué más le puedo ofrecer?
Dupin estaba abrumado. Estuvo a punto de exclamar: «¡Todo!». Se acababa de dar cuenta de lo hambriento que estaba.
—Le recomiendo nuestros huevos revueltos con chorizo vasco y salsa sakari, otra especialidad de la casa.
Una salsa hecha con aceite de colza, vinagre, pimentón de Espelette, miel y otras diecisiete hierbas aromáticas.
Es fuerte, pero no picante. Y, por supuesto, nuestro brioche perdue con confitura de cerezas negras.
Nosotros el brioche lo tostamos en mantequilla salada y, por supuesto, la confitura es casera. Es para volverse loco.
Dupin le creía por completo.
—Será un placer.
—¿La brioche?
—Las dos cosas.
Dupin cerró la carta.
—Y un trozo de Idiazábal.
El exquisito queso de pasta dura elaborado con la leche sin pasteurizar de unas ovejas muy especiales. A Dupin le encantaba.
—¿Suave o ligeramente picante? ¿Ahumado o no? Si es ahumado, ¿con madera de haya o de espino blanco?
Precisamente en estas diferencias era donde se manifestaba la cultura de una región, eso era Francia, ¡qué maravilla!
—Un trocito de cada.
—Buena elección. ¿Querrá probar también el jamón de Bayona? Lo cierto es que no puede negarse. ¡Ya que nos visita! Puede elegir entre jamones con una curación de siete, nueve o doce meses, y...
—Un pequeño surtido, por favor.
Dupin no quería ser maleducado. Los vascos, como los bretones, eran conocidos por su hospitalidad desmesurada.
Y por su orgullo. Que él, claro, no quería herir en absoluto.
Sin embargo —y a pesar de que todo se hacía por estricto interés de la investigación—, aquella situación empezaba a adquirir proporciones verdaderamente excesivas.
—Y eso será todo —se apresuró a decir.
—¡Qué lástima! ¡Pero bueno!
Dupin se sentía un poco como los dos bretones más famosos del mundo, Astérix y Obélix, que vivían todo tipo de aventuras, también culinarias, con los pueblos vecinos.
—¡Aguarde!
A Dupin le vino a la cabeza algo importante.
—Me llevaré también dos bocadillos grandes con todo el queso y el jamón vascos que puedan ponerles. ¿Lo podría envolver para llevar?
Nolwenn también necesitaba reponer fuerzas.
—De acuerdo.
El camarero se alejó con paso alegre.
Dupin se tomó el primer café solo. La Suprema IV nunca fallaba: el café era perfecto, muy intenso, pero de sabor suave y cremosidad divina.
Dupin tenía que concentrarse. A los hechos.
Mientras con una mano hurgaba en el bolsillo buscando un bolígrafo, con la otra asió el tenedor y se permitió un primer bocado.
El camarero no había exagerado: nunca había comido una tarta de queso como esa.
Aquello era como tener en la boca la dicha terrenal, una ambrosía cremosa.
Dupin cerró los ojos un instante. ¡Esa consistencia, el sabor aterciopelado, la...
¡Concentración! ¡Los hechos! Dupin recuperó la compostura.