Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #5
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El segundo día #5

—Y yo me pregunto: ¿qué impresión da esto?

¡Ya ve usted en qué situación han puesto a nuestra magnífica comisaría usted y su absurdo apego por un coche viejo!

—Por suerte, al parecer, decidió no seguir insistiendo en el tema—.

He buscado vuelos. A las ocho y media hay uno de Biarritz a París.

Desde París podríamos volar a Brest en uno a las diez y cuarto.

Llegaríamos entonces a las once y cinco minutos.

Seguro que allí tendríamos un coche a disposición, ahora mismo llamaré a los compañeros.

—Miró la hora—. Con el tráfico de la hora punta, en coche llegaremos mucho más tarde.

Piense en el cuello de botella que se forma en Burdeos. Es desastroso.

Dupin se sentó abatido en el coche, se dijo que lo intentaría una última vez.

Ocurrió lo mismo que antes: nada. Tan solo aquel chasquido.

—¡Maldita sea!

Seguía sin poder creérselo: su coche estaba destrozado. Roto sin remedio.

Estaban perdiendo un tiempo precioso. Y, lo peor: él no podía hacer nada al respecto. No había nada que odiara más que la sensación de impotencia.

—Vale, de acuerdo. Iremos en avión.

Resignado, salió del coche.

—Entonces, reservo de inmediato.

—Hágalo.

Entretanto, él daría un paseo por la orilla del río.

Un azul profundo, oscuro y, al mismo tiempo, brillante e iridiscente.

Había empezado la hora azul. El indicio del momento de cambio: la noche había terminado, y el día aún no había nacido.

Según le había contado Claire, la última fase de este tiempo se llamaba «la hora dorada», algo que, para Dupin, era una exageración poética que llevaba a confusión.

En realidad, apenas duraba unos minutos.

En cualquier caso, era verdad: por unos instantes, el mundo se iluminaba con un resplandor dorado, justo antes de que el sol se elevara por encima del horizonte.

—¿Todo bien? —Nolwenn interrumpió de golpe los pensamientos de Dupin. Ella seguía junto al coche y le había hecho la pregunta a voces. Dupin se volvió y se apresuró hacia ella.

Ella ya lo tenía todo organizado.

—Ya he comprado los billetes y la compañía aérea está informada.

Tenemos que estar en la puerta de embarque como máximo a las ocho y cuarto —dijo cuando Dupin llegó al coche—.

Es un aeropuerto pequeño, desde aquí en taxi no tardaremos ni diez minutos.

—Echó un vistazo rápido al reloj—. Eso significa que aún podemos dormir un poco, señor comisario.

Y si quiere saber mi opinión, creo que deberíamos hacerlo, sin duda.

Ella señaló con la cabeza el coche de Dupin.

—¿Se refiere a...? Gracias, no, no tengo sueño, Nolwenn. —Por supuesto, aquello no era cierto—. Pero si quiere dormir un poco, adelante.

La idea de echarse una siesta en el coche, hombro con hombro con ella, lo incomodaba. A pesar de toda la simpatía que le tenía, era una compañera de trabajo.

—Se lo ruego, señor comisario. Si no, acabará desmayado. Ya no tiene treinta años. Probablemente nos enfrentamos a delincuentes internacionales, cárteles que no se detienen ante nada. Ante nada en absoluto. Tenemos que estar muy atentos.

—No creo que...

Un ruido ensordecedor. El estrépito de unas sirenas de la policía, como surgidas de la nada, resonaban sobre el río.

—Me figuro que ahí viene su nueva amiga. Con todo el equipo. Puede que incluso la acompañe la BAC.

Al cabo de un instante, los vehículos cruzaban el puente a toda velocidad y se detuvieron en el aparcamiento de la fábrica de chocolate con un chirrido de neumáticos.

Eran dos SUV oscuros, un Citroën grande y nuevo —un vehículo privado con un faro de luz azul encendido— y tres coches patrulla más pequeños.

Eso les pasaba por no haberse marchado a tiempo. Dupin iba a tener que hablar con todos. Y todos se enterarían del asunto del coche viejo de la policía de Concarneau, que era incapaz incluso de resistir el trayecto hasta el País Vasco.

—Tome ejemplo, señor comisario, fíjese. ¡Un elegante DS7! ¡Podría conducir usted uno igual! —Nolwenn se enfureció—. ¡Se lo advierto! Hasta aquí ha llegado mi paciencia. Después de este desastre, vamos a comprar un coche nuevo. Y si usted no lo hace, ¡yo lo haré por usted!

La mujer que conducía el Citroën salió del coche y se acercó a ellos.

—¿Es este su coche?

Aquel comentario sustituyó el saludo.

—Sí, este es mi coche.

Dupin irguió la espalda.

—Un XM Exclusive, tres litros, veinticuatro válvulas, doscientos caballos y además en azul noche. ¡De locos! De principios de los noventa, supongo. ¡Es precioso! ¡Una pieza de coleccionista!

Dupin no supo qué decir a eso. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.

—Por cierto, buenos días. —La mujer saludó con la cabeza—. Soy la comisaria Unarte. Pero seguro que eso ya lo habrán adivinado.

La comisaria era joven, rondaba los treinta y cinco años, más o menos. Tenía el pelo largo y negro de color azabache. Llevaba tejanos y una camiseta blanca holgada. Tenía una sonrisa cálida y hoyuelos en las mejillas.

—Por mí, podemos intercambiarnos los coches, yo me quedo con el suyo, aunque esté averiado, ¡no hay problema! —Señaló con la barbilla su DS—. Es una máquina estupenda, no cabe duda, pero este —miró con cariño el XM de Dupin— es un coche con carácter.

Pocas veces Dupin había visto en Nolwenn una expresión de tanta decepción.

—Opino exactamente lo mismo.

La comisaria Unarte rodeó el coche de Dupin con los ojos brillantes.

—Está muy bien cuidado, desde luego. Y esos ángulos, los hay por todas partes.

¡Y no esas curvas indulgentes que se pusieron de moda más tarde!

¡Un diseño visionario! ¡Aquí intervino un diseñador que aún creía en las utopías técnicas!

Pero —se interrumpió de pronto ante Nolwenn y Dupin— basta de entusiasmo.

Está todo organizado. Tengo un coche para ustedes, y...

—Es usted muy amable, comisaria Unarte —la interrumpió Dupin con voz suave—, pero al final hemos decidido ir en avión. Así nos ahorraremos mucho tiempo. Y no hace falta que le diga lo mucho que...

—Tiene toda la razón. ¿Van a ir en el vuelo de las ocho y media a París?

—Exacto. Espero que no le haya supuesto mucho trabajo conseguir un coche para nosotros.

—¡No hay problema! —respondió ella con una desenvoltura impresionante—. Por cierto, mi coche particular es un CX GTI Turbo, del 85, color verde bosque, y tengo el mejor mecánico de toda la costa. Si lo desea, me ocuparé de que eche un vistazo al suyo.

Dupin la habría abrazado.

—Sería fantástico. ¡Mil gracias!

—Bien, pediré una grúa. Pero volviendo al tema: desde su llamada de hace un rato, he estado pensando en los sucesos ocurridos aquí. ¿Y sabe?

Una pregunta retórica.

—No creo que la familia esté involucrada. ¿Los Mazago y las drogas? Imposible. Alguien tiene que haberla colocado.

—¿Cómo está tan segura?

—Es una corazonada. Los conozco a los tres, sobre todo a Nahia.

Los Mazago son una familia vasca con solera.

Una familia muy orgullosa. En ocasiones pueden parecer sectarios, pero es solo porque defienden las tradiciones y los valores de sus antepasados.

Son unos empresarios ejemplares. Con valores sociales y ecológicos.

Además son mecenas del arte y la cultura, la ciencia y el deporte.

No se limitan a dar grandes discursos como la mayoría de los demás, sino que realmente hacen mucho bien.

Por la zona y más allá. No soy ingenua, seguro que deben de tener secretos oscuros. ¡Pero no drogas ni asesinatos!

Se apartó de la cara un mechón rebelde.

—De todos modos, claro está, podría estar equivocada.

—Una sonrisa pícara asomó en sus labios—.

Ya ha pasado alguna otra vez. En contadas ocasiones, pero ha ocurrido.

En fin, de momento voy a examinar a fondo todo esto de aquí.

Y además —señaló los dos todoterrenos negros—, me aseguraré de que las fuerzas especiales no hagan demasiadas tonterías. ¿Quiere volver a entrar, comisario?

Dupin estuvo a punto de exclamar con enfado: «¡Ni hablar!». No tenía ningunas ganas de tener otra discusión con el jefe de la brigada especial, con la llamada telefónica había tenido suficiente.

—He visto cuanto quería ver.

Lo que decía sonó ridículo.

—Es decir, le ruego que me informe si hay alguna novedad.

—Lo mantendré al corriente.

—Gracias.

—Siempre, claro está, que usted haga lo mismo.

—Yo... —Dupin vaciló.

Le incomodaba muchísimo comprometerse a informar a alguien en el curso de una investigación. Ese era el indefectible punto de discordia con el prefecto. Pero no tenía otra opción.

—Vale, así lo haremos.

—Pues manos a la obra.

La comisaria se dispuso a marcharse.

—Solo una cosa más —se apresuró a decir Dupin—. ¿Dónde se puede tomar un café decente a estas horas?

—Esa es una pregunta agradable. —La comisaria sonrió—. Soy adicta sin remedio a la cafeína.

Increíble, cada vez era mejor. La comisaria era una persona absolutamente extraordinaria.

—La cafetería de delante del ayuntamiento abre a las siete. Tienen una Suprema IV. La que tiene ese sistema de preinfusión. Una locura.

Tras pronunciar esas prometedoras palabras, ella se dio la vuelta y se encaminó hacia la fábrica.

Dupin se quedó allí un momento, pensativo. La Suprema era una de sus cafeteras favoritas. Completamente mecánica, ningún elemento plástico, solo acero inoxidable.

Nolwenn abrió la puerta del coche.

—Vale, pues yo voy a descansar un poquito, y usted póngase cómodo en ese paraíso suyo con la Suprema. Ya se verá cuál es la mejor estrategia.

Raramente Nolwenn estaba malhumorada. Esta vez, sí.

—Lo recogeré a las ocho menos cuarto delante de la cafetería para ir hacia el aeropuerto.

Aquel parecía un buen plan.

—De acuerdo.

Nolwenn entró en el coche y reclinó el asiento.

Dupin se apresuró a sacar de la guantera una de las tabletas de chocolate y se la guardó en el bolsillo del pantalón, por si acaso; luego fue a dar su segundo paseo del día por la orilla del río.