Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #4
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El segundo día #4

Para entonces Dupin ya había colgado. Nolwenn y la señora Mazago se habían detenido frente a uno de los hermosos edificios antiguos de la ciudad. Dupin aceleró el paso y se unió a ellas.

—Aquí está mi apartamento, en la última planta, en el tercer piso —dijo la señora Mazago, con voz agotada—. Puedo subir sola.

—Como le he dicho, vamos a avisar a los compañeros y en unos minutos habrá alguien ahí.

Nolwenn le sonrió para animarla.

—¿Nos veremos más tarde? ¿Qué va a pasar a continuación?

—Hablaremos por teléfono, señora Mazago —respondió Dupin—. Por desgracia, debemos volver de inmediato a la Bretaña, tenemos algunas citas concertadas.

Y cada vez había más.

—La policía local va a acordonar la fábrica, la BAC, esto es, la Brigada Anticriminalidad y la policía forense lo examinarán todo minuciosamente. Entonces sabremos también si hay más paquetes con cocaína.

Nahia Mazago estaba pálida, tenía lágrimas en los ojos. Había estado conteniéndose con todas sus fuerzas durante las últimas horas, pero a estas alturas ya no podía más. Nolwenn también se había dado cuenta.

—Necesita descansar con urgencia, señora.

—Yo... Muchas gracias. Por todo.

—No hay de qué —dijo Nolwenn con dulzura—. Buenas noches, señora Mazago. Procure dormir.

—Buenas noches, señora —se despidió también Dupin.

Nahia Mazago tecleó el código de la puerta de la entrada y, al instante siguiente, desapareció en el vestíbulo.

Al poco rato se iluminaron las ventanas del tercer piso y Nolwenn y Dupin emprendieron el camino de vuelta a la fábrica de chocolate. Rápidamente acordaron quién se encargaría de qué llamadas y se pusieron manos a la obra.

La primera llamada de Dupin fue para la comisaria Amaïa Unarte.

A pesar de lo pronto que era, logró contactar con ella de inmediato.

Como no podía ser de otro modo, ella quiso saber por qué Dupin no la había puesto al corriente de inmediato.

«Si lo he entendido bien, Nahia Mazago contactó con usted la noche de ayer y le dijo que quería mostrarle algo importante relacionado con un asesinato, algo que es de mi competencia».

Un punto delicado. Dupin respondió que la señora Mazago se había dirigido a él de forma confidencial por ser el comisario encargado de investigar el asesinato de su hermana.

Además, en ese momento, él no sabía si el hallazgo era realmente relevante.

«De todos modos, usted debería haberme informado entonces».

En sentido estricto, la comisaria Unarte tenía razón, por supuesto.

Dupin le prometió con vehemencia que a partir de entonces la mantendría al corriente y le pidió disculpas de manera formal.

«Yo habría hecho exactamente lo mismo que usted», respondió ella.

Con eso el asunto quedó zanjado. Le informó de que iba a enviar un coche patrulla a la casa de Nahia Mazago y que más tarde pasaría a visitarla.

Por supuesto, conocía en persona a la empresaria.

A fin de cuentas, Bayona no era tan grande.

«Los Mazago son una antigua institución vasca».

Hasta el momento no había habido indicios de que en Bayona se traficara con cocaína a gran escala.

De vez en cuando se encontraban alijos de cannabis en la ciudad, pero el último caso importante relacionado con las drogas había tenido lugar en 2014.

En aquella ocasión se había encontrado una tonelada de cocaína oculta en un escondrijo situado en el corazón de la zona industrial.

Dupin recordaba el caso. En el mercado, la cantidad incautada habría tenido un valor de unos cien millones de euros.

La cocaína había sido introducida desde Colombia a través del aeropuerto regional de Biarritz, pero no por vía marítima.

En aquel momento se había detenido a diez hombres de España, Países Bajos, Francia y Colombia.

Las autoridades habían preparado aquella sofisticada operación durante dos años.

La conversación de Dupin con el jefe regional de la BAC, un tal Kevin Pinel, fue menos agradable: el hombre respondió con tono sincopado una relación de al menos dos docenas de preguntas.

Cuando Dupin quiso saber si él y su administración sabían de actividades de tráfico de drogas en Concarneau y Bayona que pudieran estar relacionadas con el caso, se limitó a contestar con tono brusco: «¡Usted manténgase completamente al margen, comisario!

¡Nosotros nos encargamos de esto! Esto le viene grande a la comisaría de Concarneau».

Dupin estuvo a punto de perder los nervios.

«Nuestra labor —había acabado diciendo— consiste en esclarecer el asesinato de Adeline Mazago y detener al culpable.

Para ello, la comisaría de Concarneau hará todo lo que sea necesario».

«Todo lo relacionado con la cocaína es asunto nuestro », repuso el comandante.

En realidad, aquello eran cortinas de humo.

Pero Dupin se sentía obligado a defender su autoridad como investigador.

El comandante le informó de que la brigada se pondría en marcha de inmediato.

—¿Y bien? —preguntó Nolwenn al llegar al coche mientras guardaban los móviles.

Los dos se pusieron al día.

—El equipo ya está totalmente al corriente de todo —dijo Nolwenn poniendo fin a su informe.

Dupin sacó las llaves del coche del bolsillo de sus pantalones.

—Vamos. De vuelta a la Bretaña.

—Es de locos, señor comisario. En este caso todo gira en torno a plantas de Sudamérica. Piénselo: cacao, café, cocaína. ¡Y el tabaco! O el ron, el tequila, el mezcal. La vegetación de allí es realmente especial.

Aquello parecía descabellado, pero no se podía descartar.

Dupin había abierto la puerta del coche y se disponía a entrar.

—No. Ahora conduzco yo —dijo Nolwenn con determinación—. Y usted descanse un poco. Son casi las seis. No hemos dormido ni un minuto y luego vamos a tener que estar en plena forma.

Dupin no podría dormir bien, pero no le vendría mal cerrar los ojos unos minutos.

—Vale. Nos turnaremos. Usted la primera mitad, y yo la segunda.

Dupin le entregó la llave de contacto a Nolwenn y se dirigió hacia el lado del copiloto.

Se subieron al coche.

—¡En marcha!

Nolwenn giró la llave.

Un chasquido suave.

—Tiene que girar la llave por completo.

—Lo he hecho.

Volvió a intentarlo.

De hecho, aquel chasquido era una buena señal. Primero se oía el chasquido y luego, por lo general, el coche arrancaba. Pero ese día no fue así.

Nolwenn repitió el procedimiento varias veces.

—Se lo dije: aquel golpeteo del motor me daba mala espina.

Sin decir nada, Dupin salió del coche y fue al otro lado. No podía ser cierto.

—Déjeme intentarlo.

Abrió la puerta del conductor.

Nolwenn lo miró con el ceño fruncido y se quedó sentada.

—A ver, conozco mi coche. Tiene sus rarezas.

—No solo su coche, señor comisario.

A regañadientes, ella se apeó.

Dupin se sentó, llevó la mano a la llave de contacto... y dudó. Nolwenn lo observaba.

Se armó de valor y giró la llave con gesto decidido.

Nada.

Otra vez, y nada. Y, de nuevo, nada.

—Está averiado. Se lo advertí.

Dupin sacó la linterna de la guantera sin decir nada, salió del coche, levantó el capó y lo sujetó.

Nolwenn se colocó a su lado.

Todo parecía completamente normal. Y eso no era una buena señal. Por lo general, eso solía querer decir que el daño era más grave. Dupin no era un profano, pero tampoco un experto; sin duda, un factor negativo para alguien que conducía un coche tan viejo.

Permaneció en silencio un rato y luego exclamó:

—¡Mierda!

—¿Y su diagnóstico?

Su tono era a todas luces sarcástico.

Dupin dejó oír un profundo suspiro.

—Puede que el ruido fuera por una avería en el motor de inyección. Un exceso de combustible en el cilindro. Una presión excesiva y, de ahí, el golpeteo. En estos casos, a la larga, el motor acaba estropeándose.

Debería haber hecho caso a la advertencia de Nolwenn.

—¿Y ahora qué? Falta poco para las seis. Supongo que no va a poder contactar con un mecánico antes de las ocho o las nueve de la mañana. Y este querrá examinar el coche en su taller. Tendríamos que llamar a una grúa.

Dupin se paseaba de un lado a otro delante del capó.

—Todo esto no puede ser cierto.

—Más allá de reflexiones filosóficas elementales, señor comisario —Nolwenn no se molestó en disimular su suficiencia—, ¿cómo vamos a regresar ahora? ¿Y encima cuanto antes? Desde luego, con este coche no. —Enarcó las cejas—. Nuestras opciones son: un coche de alquiler, el tren o el avión.

Dupin consideró por un instante mencionar el helicóptero, pero desistió.

—Yo... —Se le ocurrió una idea—. Un momento.

Sacó móvil, se acercó a la barandilla de hierro forjado junto al río y marcó el penúltimo número que había marcado.

—¿Diga?

Dupin oyó ruido de motor, seguramente la comisaria debía de ir en coche.

—De nuevo el comisario Dupin al habla.

—Dígame.

—Tenemos problemas con el coche. Necesita ir al taller. —Andarse con rodeos era inútil—. ¿Podría prestarnos algún vehículo para el viaje de vuelta, comisaria Unarte? Yo me encargaré de que se lo devuelvan mañana mismo.

Mientras hablaba, Dupin se dio cuenta de que la situación le resultaba más embarazosa de lo que había creído. El coche había sufrido una avería, ¿qué imagen daba eso de la comisaría de Concarneau?

—En Bayona disponemos de cinco coches patrulla, y todos están en uso. —Siguió una pausa, y luego—: ¡Pero haremos todo lo que esté en nuestra mano por nuestros amigos bretones! Yo me encargo. ¿Para cuándo necesitan el vehículo?

—Para ahora mismo.

—Para ahora mismo es complicado. Pero ¿qué tal en una hora? Hablaré con Biarritz.

—Sería estupendo, comisaria Unarte. ¡Muy amable!

—¿Dónde está usted?

—En el aparcamiento de la fábrica de chocolate.

—Entonces nos vemos allí.

—Muchas gracias.

Colgó de inmediato.

Dupin regresó junto a Nolwenn y su Citroën.

Antes no se había dado cuenta: Nolwenn parecía agotada. Extenuada.

—Vamos a conseguir un coche, Nolwenn. La comisaria Unarte nos va a prestar uno. Estará aquí en una hora.

—¿Una hora?

Nolwenn no parecía nada contenta.