Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #3
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El segundo día #3

Ese era un punto importante, Dupin ya se lo había planteado: ¿por qué esa persona no había puesto la cocaína a salvo de inmediato? Sin duda debía de ser consciente de que el riesgo de que se produjera un hallazgo casual aumentaba a cada hora.

—Me gustaría que nos facilitara una lista de los empleados que trabajan en esta zona o que frecuentan el lugar —le pidió Dupin a Nahia Mazago.

—A mí me parece —intervino Nolwenn— que todos los empleados podrían ser sospechosos, no solo los que frecuentan este sitio. Recoger el paquete con la cocaína sería cuestión de minutos si se sabe en qué saco está escondido.

—Pero ¿por qué esa persona no lo hizo en Concarneau?

Nahia Mazago había planteado una pregunta importante.

—¿En el puerto, durante la descarga? ¿O durante el transporte en camión?

—Es evidente —Nolwenn tomó aire y lo expulsó con gesto elocuente— que tenía que hacerse aquí. Con tranquilidad. Durante la descarga en el puerto hay mucho ajetreo. Supongo que aquí fue donde por primera vez desde su llegada a Francia los sacos de cacao estuvieron sin vigilancia.

Nahia Mazago parecía reflexionar.

—Tiene usted toda la razón.

—¿El saco estaba cerrado? ¿Cerrado e intacto? —preguntó Dupin.

—Sí. No noté nada.

Todos los sacos tenían una apariencia completamente normal. Lo cual, como sabía Dupin, no quería decir nada.

—¿Usted supone que desde que se rellenó en la plantación de Venezuela el saco no se abrió?

—Es lo que parece.

Dupin se apartó de los palés y clavó la mirada en Nahia Mazago.

—Es muy posible que se encuentre usted en peligro, señora.

Su voz sonó más amenazadora de lo que pretendía.

—Pero, por supuesto, la protegeremos. No le pasará nada —dijo Nolwenn—. No se asuste.

Eso precisamente era lo que indicaba la expresión de Nahia Mazago.

—Daré orden para que la vigilen las veinticuatro horas del día hasta que el asunto se haya aclarado —intentó tranquilizarla Dupin.

—Yo... —Nahia Mazago se interrumpió.

—Vamos a acompañarla a casa, señora Mazago.

Nolwenn se esforzó por adoptar un tono cálido y alentador.

—¿Dónde vive?

—A las afueras de la ciudad, hacia las montañas.

Dupin recordó que, en las afueras de la ciudad comenzaban las primeras cadenas montañosas de los Pirineos.

—Pero tengo un apartamento en la ciudad, muy cerca de aquí. Apenas unos minutos a pie.

—Lo dicho, señora, la acompañaremos.

No querían correr ningún riesgo.

—Gracias. Se lo agradezco mucho.

—Bien, pues, vamos.

Nahia Mazago se puso en marcha con Nolwenn andando a su lado. Dupin las seguía a cierta distancia.

Salieron a la calle a primera hora de esa mañana de principios verano. Dupin notó entonces que el ambiente era muy templado. Debía de hacer unos veinte grados.

Anduvieron junto al río, cruzaron una calle magnífica y llegaron a un parque no menos magnífico. No había ni un alma, ni coches siquiera. Nada, el silencio absoluto.

Dupin se había quedado algo más rezagado.

Había intentado en vano ponerse en contacto con Le Ber. Pero se dijo que sin duda Labat sabría más sobre este tema. El narcotráfico internacional era precisamente su especialidad.

Labat respondió de inmediato. Increíble, eran las cinco de la mañana.

—¿Es usted, señor com...?

—¡Labat! Hallazgos importantes de drogas en la Bretaña, cocaína en particular. ¿Recuerda algún incidente reciente?

—Saint-Nazaire, el 18 de abril. Treinta agentes, liderados por la BAC, incautaron catorce kilos de cocaína en un sótano —espetó Labat.

BAC, la Brigada Anticriminalidad, era una unidad de ámbito nacional muy bien dotada que libraba la difícil lucha contra la delincuencia relacionada con las drogas.

—Un duro golpe para la mafia de la droga —añadió.

Era justo lo que Dupin había pensado. Saint-Nazaire. Habían pasado antes por ahí. Un puerto enorme y los imponentes astilleros situados ahí donde el puente cruzaba el Loira.

Habían atravesado el parque. Nahia Mazago y Nolwenn se encontraban ahora veinte o treinta metros por delante; estaban pasando junto a un magnífico palacio, el Hôtel de Ville . El ayuntamiento.

—¿De dónde procedía la cocaína?

—Por lo que sé, se transportó en barco desde México.

—¿Y cómo se introdujo?

Llegaron a una amplia plaza frente al Hôtel de Ville , iluminada de un modo muy agradable. Bajo unas hermosas cascadas de luz había mesitas y sillas de una cafetería.

Nolwenn y Nahia Mazago estaban inmersas en una animada conversación, Dupin observó cómo su compañera gesticulaba con vehemencia.

—No está claro. Hay diez hombres detenidos. La mayoría, delincuentes de poca monta. Pero hay también dos cabecillas. Sin embargo, hasta ahora han guardado silencio. Es lo que hacen siempre. Saben que si hablan están muertos, que ni siquiera la cárcel los protegerá.

—¿Franceses?

—Sí.

Entonces cruzaron un puente amplio que atravesaba un río que iba a parar al Adour. Al otro lado había un bonito barrio del siglo XIX.

—¿De dónde?

—Uno de Orleans, otro de Burdeos. Pero —Labat bajó la voz de forma dramática—, déjelo, señor comisario. Yo ya lo he comprobado.

—¿De qué está usted hablando, Labat?

Dupin no tenía ni la más remota idea.

—Bueno, de lo de las drogas. Si nuestro caso tiene que ver con drogas. Si la familia Mazago u otra persona se sirve de los veleros para traficar. He examinado ambos barcos con un perro.

—¿Que ha hecho qué?

—Pero si le dije que iba a ir al puerto a echar un vistazo.

Habían doblado por una de las encantadoras callejuelas del casco antiguo. Rue Frédéric Bastiat. Unos edificios elegantes adosados de cuatro pisos. También en este caso, con pátina agradable a la vista. La belleza había podido conservar su encanto y estilo.

—¡Labat, usted no ha mencionado sospecha alguna de que en los barcos de cacao se estuviera traficando con drogas!

—No solo he pensado en drogas duras. También podría tratarse de contrabando de tabaco a gran escala. O de alcohol: ron, tequila, mezcal... ¿Sabe usted la dimensión gigantesca que tiene el contrabando de cigarrillos?

—¡Tampoco ha dicho nada de eso!

—Pero usted dice siempre que debemos pensar por nosotros mismos, no solo seguir el hilo.

—Eso es cierto, pero...

Era inútil.

—¿Nathaël Spiquel estuvo presente todo el rato mientras usted examinaba los barcos?

—Por la tarde sí, pero a primera hora de la noche, cuando regresé con el perro, ya no.

—¿De dónde sacó el perro antidrogas?

—Lo solicité a Rennes.

—¿Lo solicitó a Rennes? Pero entonces...

Aquello era un despropósito.

Dupin se imaginaba perfectamente la situación. Labat al frente de la operación antidroga. El gran jefe.

Dupin volvió al asunto que le ocupaba.

—Entonces ¿el perro no alertó de nada?

—No. Después fui al almacén de Zerua, y allí tampoco. De hecho, las drogas se pueden descartar, incluso si...

—En uno de los sacos de cacao hay unos siete kilos de cocaína pura, Labat. La he tenido en mis manos hace un momento. En Bayona, en el almacén de Zerua.

—¿Cocaína? ¿En Zerua?

—Exacto.

—¡Imposible!

—Un paquete sellado, plano y alargado. Proviene del cargamento que llegó a Bayona el martes por la noche directamente desde el puerto de Concarneau.

—Entonces yo estaba totalmente en lo cierto. Tenía toda la razón. Es un asunto de drogas. ¡Es un crimen relacionado con las drogas!

Labat no parecía para nada horrorizado.

—Cocaína en Concarneau. Como en Caracas. Concarneau y Caracas, ¿quién lo hubiera pensado? —Una breve pausa—. Pero actuaremos con contundencia.

—Lo que haremos, Labat, es investigar con rigor.

Vamos a aclarar a quién pertenece, quién la ha traído aquí de contrabando.

Y todo esto con un único objetivo: saber si la cocaína tiene algo que ver con el asesinato.

¿El traficante es el asesino o tal vez es un cómplice?

¿Cómo ocurrió todo esto? ¡Esas, Labat, son las preguntas que nos ocupan! ¿Lo entiende?

Tenía que expresarse del modo más contundente posible.

—¡Dejemos la lucha contra el narcotráfico internacional en manos de la BAC!

—Entendido.

Labat parecía profundamente contrariado.

—Los registros repetidos de las embarcaciones, el almacén y la fábrica no son asunto nuestro. De eso se encargan los expertos, ¿queda claro?

—Sí.

Dupin ya veía los titulares: «Cocaína en Concarneau: el azote blanco irrumpe en la ciudad azul»... «Nieve en la Bretaña»... Ahora todo seguiría su curso, no había modo de parar aquello.

—Bien, pues eso es todo, Labat. ¡Y ahora siga durmiendo!

—¿Qué vamos a hacer con la prensa? —preguntó Labat antes de que Dupin colgara.

—¿Con la prensa?

—He convocado una pequeña rueda de prensa para mañana, bueno, para hoy.

—¿Una qué?

Labat había perdido la cabeza por completo.

—Usted me ha encargado oficialmente toda la estrategia de comunicación, ¿se acuerda?

—¡Pero no para que organizara ruedas de prensa!

—A nivel informal, señor comisario, informal. Me parece más inteligente proporcionar información a todo el mundo a intervalos regulares.

—¿Lo ha llamado «rueda de prensa»?

—Sí.

—En ese caso corríjalo por «actualización provisional sobre el estado presente de la investigación».

A Dupin se le ocurrió algo más.

—Me parece que el prefecto insiste mucho en su derecho exclusivo a celebrar ruedas de prensa.

En efecto, era así. De hecho, pareció que Labat necesitaba un poco más de tiempo para reflexionar.

—Desde luego, desde luego. Lo corregiré.

—Dígame, Labat, ¿qué pretendía darles a conocer en realidad?

—Creo que nosotros...

—Vamos a dar la mínima información posible, ¿entendido? Aún no sabemos nada, y por el momento ni creemos ni suponemos nada. Usted se limitará a informar de los hechos sabidos, y punto.

Aunque permitir que Labat hablara de manera informal con la prensa era un riesgo incalculable, a Dupin le alegraba que se ocupara de la comunicación. Le venía muy bien no tener nada que ver con eso.

—¿También lo de las drogas?

Era un asunto delicado, habría un gran revuelo. Pero solo era cuestión de tiempo que los medios se enteraran.

—Solo los hechos. Presentados sin más. ¿Entiende lo que quiero decir?

—De acuerdo —murmuró Labat con tono contrariado—. Pero tiene que admitir que yo lo sabía, yo...