Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día #2
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El segundo día #2

—Solo este. En los otros tres sacos que he revisado —señaló el suelo— no hay nada.

—¿Aún no ha examinado los demás sacos?

—He dejado de hacerlo por si había alguna pista.

—¿Cuántos de estos sacos son nuevos? —Dupin señaló los palés.

—Casi todos. Solo la fila inferior pertenece a un cargamento anterior. Hay treinta nuevas.

Dupin volvió a ir de un lado a otro del almacén.

—Cuando recibí el resultado del análisis y luego me enteré del asesinato de Adeline, supe de inmediato que había una conexión. Esto no puede ser una casualidad.

—Es muy improbable —confirmó Nolwenn, que seguía con la vista clavada en el bloque de cocaína.

—El caso es que hay varios escenarios posibles.

A Dupin la cabeza le iba a toda velocidad.

—Uno es, por supuesto, que usted y sus hermanos —miró a Nahia Mazago— sean quienes practican el tráfico de drogas. Es decir, que ustedes tres, o uno de ustedes, estén haciendo un mal uso de las rutas de transporte y logística.

—Pero, si yo estuviera involucrada, ¿por qué iba a avisarlos?

Ella lo miró perpleja.

—Pero fue Bixente Mazago, su hermano —dijo Nolwenn con voz grave—, a quien se le ocurrió lo de los veleros, ¿no? Fue idea suya. Y, además, ahora piensa hacer de ella una gran empresa de logística que, a su vez, sería la plataforma ideal para este tipo de actividades delictivas.

También a Dupin se le había pasado por la cabeza que, en efecto, eso cuadraría perfectamente.

—Y Nathaël —continuó Nolwenn— es el encargado de organizar toda la logística. Y además, acompaña todos los trayectos en persona. —Hizo una breve pausa—. ¡Vaya! Eso sería genial. Podría supervisar todas las operaciones de forma prácticamente ininterrumpida.

—También yo he pensado en él —dijo Nahia Mazago—. Pero —lanzó una mirada acusadora a Nolwenn— sospechar así de mi hermano es absurdo. Pondría la mano en el fuego por él. Nunca haría algo así. Ni tráfico de drogas ni...

Se interrumpió. Tenía el rostro pálido, casi blanco.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa? Los negocios van muy bien. Zerua va de maravilla. Y no solo Zerua. Todo el negocio de la familia. ¿Por qué iba Bixente a arriesgarlo todo?

—Ahí radica precisamente uno de los grandes defectos de los seres humanos. —Aquel era uno de los temas favoritos de Nolwenn—. La mayoría nunca tiene suficiente. Cuanto más tienen, más codiciosos se vuelven. Son insaciables y...

—¿Por qué no ha informado a su hermano de su hallazgo después de descubrir la cocaína o, al menos, cuando él la ha llamado para comunicarle la trágica noticia? —la interrumpió Dupin.

Tardó en responder.

—Yo... no lo sé. Yo...

Parecía sorprendida de sí misma.

Nolwenn negó con la cabeza.

—Su hermano y Nathaël Spiquel podrían tener cómplices.

¿Por qué no? Por ejemplo, ¿el chef chocolatero frustrado al final de su carrera?

¿La subchef chocolatera con su ambición enfermiza?

¿El director de la filial, siempre dejado de lado?

Todos ellos podrían ambicionar un dinero extra, que no sería poco que digamos.

Quiero decir que, en función de las cantidades enviadas, se trataría de un negocio millonario.

Las especulaciones de Nolwenn eran tan precipitadas como vagas. Sin embargo, desde luego, todo podía ser justo así.

—O puede que su hermana no fuera la persona ejemplar que todo el mundo creía y que traficara con drogas. Algo que, de algún modo, la llevó a su perdición.

Una posibilidad que, a pesar de ser una teoría muy vaga, a Nahia Mazago le resultaba claramente difícil de aceptar.

—Esto es del todo imposible —exclamó—. ¡Nunca! ¡Mi hermana es la víctima, no la culpable! Y, sí, durante toda su vida, ella fue una persona ejemplar.

—Nuestra tarea es sospechar sistemáticamente de todo el mundo, señora, hasta poder descartar las sospechas —le explicó Nolwenn.

Una buena y concisa formulación de la labor policial, se dijo Dupin.

—Creo —aventuró regresando al caso presente— que aquí debe de haber seis o siete kilos.

—Son casi siete kilos exactos —dijo Nahia Mazago—, lo he pesado. Y he investigado un poco. En Sudamérica un kilo de cocaína se paga hoy en día a unos dos mil euros, y con su venta en las grandes ciudades europeas se obtienen unos cuarenta mil euros.

Justo eso era lo que espoleaba ese negocio asesino: el margen de beneficio era inmenso. Ya solo con el paquete que Dupin sostenía, el beneficio sería de unos doscientos cincuenta mil euros. Libres de impuestos.

—¿Por qué no acudió directamente a la policía anteayer por la noche tras el hallazgo? —Dupin entrecerró los ojos—. Su hermana tal vez estaría viva aún.

Una afirmación dura. Pero cierta.

Nahia Mazago se quedó de piedra al oír esas palabras de Dupin. De nuevo, su rostro había perdido todo el color.

—Primero quería cerciorarme de que de verdad era cocaína.

Antes de hacer nada. Antes de ir a la policía.

Si era cocaína, lo tuve claro desde el principio, las consecuencias iban a ser enormes.

Catastróficas. Podía significar el fin de nuestra empresa, de todas nuestras empresas, de todo el holding familiar.

Así pues, quise tener la certeza, ¿comprende? Por eso no reaccioné de inmediato.

—O tal vez —Dupin la miró fijamente— quiso resolver el asunto a puerta cerrada y en familia, como siempre.

Nahia Mazago negó con la cabeza, atónita.

—¿Lo dice de verdad? Soy muy consciente de que se trata de un delito grave por el que se puede ir durante mucho tiempo a la cárcel.

—¿Y si solo fuera este paquete? —intervino Nolwenn de pronto—. ¿Uno solo?

Buena pregunta.

—Es lo primero que debemos averiguar —concluyó Dupin—: si en los otros sacos hay más cocaína.

—Sería raro que no encontrásemos más, ¿no?

—Podría tratarse de un globo sonda —reflexionó Dupin en voz alta.

—¿Quiere decir, para ver cómo funciona todo antes de atreverse con envíos más grandes? —preguntó Nahia Mazago.

Sería una posibilidad.

—O quizá se limitan expresamente a cantidades de este tamaño —intervino Nolwenn—.

Así reducen el riesgo de que la droga se descubra...

y la pérdida, en caso de que eso ocurra.

Se podría tratar de pequeños traficantes.

O incluso una nueva estrategia de los grandes actores.

¿Con qué frecuencia van y vienen los barcos durante el año?

—Seis veces. Se necesitan unos veinticinco días por un trayecto. Suelen pasar cuatro o cinco días en el puerto, dos días para descargar y otros dos para cargar, y luego están listos para volver a zarpar.

—Con dos barcos, eso supondría doce entregas al año. Aunque solo se tratara de un paquete —concluyó Nolwenn—, estaríamos hablando de un beneficio de unos tres millones de euros. —Soltó un silbido—. ¡Vaya! Pas mal du tout .

—¿Cuántos sacos suelen cargar los dos barcos?

Dupin quería recopilar tanta información como fuera posible.

—Ciento veinte.

—¿Y está fijado el destino de cada saco? ¿A qué fábrica de Zerua irá?

—No. Eso no tiene ninguna importancia. Todos los granos son de la misma cosecha.

—Y —dijo Dupin pasando a otro tema— ¿en qué tipo de laboratorio ha estado usted hoy?

—Uno de análisis de alimentos. Adeline...

—Hizo una breve pausa y luego siguió hablando con voz quebrada—.

Lo montó Adeline. En colaboración con el famoso Laboratorio de Análisis Alimentarios de Burdeos.

Ya solo por los vinos, Burdeos se ha convertido en un centro para los laboratorios de alimentos.

Dupin sintió una necesidad apremiante de sentarse.

De repente fue presa de un agotamiento intenso.

Estaba mareado. Había sido un día largo y extenuante.

Un día de locos. Apenas hacía unas horas él se disponía a subirse a un bote tambaleante y diminuto en el puerto de Trévignon para enfrentarse a sus miedos, y ahora, tras hallar a una víctima de asesinato ahogada en chocolate, se encontraba a cientos de kilómetros de su casa, en el corazón del País Vasco con siete kilos de cocaína en las manos.

Y todo eso a las cinco menos cuarto de la madrugada.

Si el asunto giraba en torno a las drogas, el caso adquiría una dimensión completamente diferente.

De ser así, el paquete no sería más que la punta del iceberg.

Dupin jamás se había enfrentado a una situación semejante en la Bretaña.

Aquello no era, por así decirlo, «nada bretón».

Pero las cosas eran así; tenía que admitirlo: el mundo no era nada bretón, y daba la impresión de ir de mal en peor.

Hasta el momento, la Bretaña había sido uno de los últimos oasis de felicidad terrenal. Dupin se recompuso.

¿A qué venían esos extraños pensamientos melancólicos? ¡Menuda tontería! Debía de ser por el cansancio.

—¿Cuántos empleados del laboratorio saben que la muestra es de cocaína, señora Mazago?

El mareo desapareció tan rápido como había asomado. Mientras hablaba, Dupin iba deambulando junto a los palés.

—Solo Francine. La directora del laboratorio. Pero, en realidad, tampoco sabe nada. Quiero decir, solo he tomado una pequeña muestra y no le he dicho de dónde la había sacado.

—¿Y ella no se lo ha preguntado?

—Sí. Pero solo le he dicho que es una larga historia. Creo que ha pensado que es algún asunto privado.

—¿Cuándo exactamente ha encontrado el paquete? —quiso saber Dupin.

—Sobre las nueve de la noche.

—¿Alguien de la fábrica podría haber reparado en ello?

—Era tarde, estaba sola en el almacén. No creo. De hecho, es imposible. De todos modos, alguien podría preguntarse por qué entonces he cerrado el almacén. Y por qué ha permanecido cerrado todo el día. Eso es algo que nunca ocurre.

—Si se ha corrido la voz, y eso es casi seguro —dijo Nolwenn—, entonces el autor o un posible cómplice seguramente se figurarán que se ha hallado la cocaína.

E imagino que estarán en guardia. Cualquier persona implicada con acceso al almacén debía de tener la intención de sacar cuanto antes el paquete del saco.