Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El segundo día
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El segundo día

Eran casi las cuatro, iban avanzando bien. Otras dos paradas reparadoras para tomar café y una para repostar, no había habido más pausas.

La noche estaba despejada, no se veía ni una sola nube en toda la costa —La Rochelle, Saintes, Burdeos—, pero sí una luna casi llena que bañaba con su luz pálida los eternos pinos marítimos que había a ambos lados de la calzada.

Claire acababa de llamar, había llegado a casa a las dos de la madrugada.

Y, obediente, había tomado una ración de pot-au-feu en mitad de la noche.

Hélène se había quedado despierta «esperando a la niña».

Dupin se sentía realmente agradecido a su suegra: Claire le había parecido completamente agotada, aunque todo había salido bien.

«El paciente está vivo. Lo hemos salvado».

Una frase aquella que Dupin nunca podía decir, ni siquiera tras un trabajo bien hecho.

De todos modos, tampoco estaba mal decir: «Tenemos al culpable».

—La manufactura está en pleno centro. Allées Marines. Al lado del pequeño jardín Léon Bonnat. A la orilla del río Adour. ¿Conoce usted Bayona?

—Un poco.

Dupin había estado allí una vez, y solo un día.

Con Véro, una ex, hacía mucho tiempo; por lo menos, catorce o quince años.

Habían pasado una semana en Bidarte, una pequeña localidad costera al sur de Biarritz.

En lo alto de un valle virgen de un verde intenso que desembocaba en una bahía impresionante.

La playa de Erretegia. Flanqueado por unos acantilados imponentes, el mar se agitaba alegre.

Como las corrientes impedían que la arena blanca se mantuviera en su sitio, cada ola la arrastraba consigo, creando en el mar los tonos más disparatados de turquesa y azul celeste.

Desde allí habían hecho una excursión a Bayona.

A Dupin le había gustado mucho la ciudad.

Había agua por todas partes: tenía varios ríos, como el impresionante Adour, que llevaba el mar hasta la ciudad y dejaba sentir el olor salado del Atlántico.

Además, precisamente ahí, a lo largo de la orilla, estaba la zona más animada de la ciudad.

Un buen número de cafeterías, situadas una junto a la otra.

La gente vivía al aire libre. Un casco antiguo magnífico de pequeñas callejuelas no renovadas de forma ostentosa, sino marcadas por la pátina de varias décadas.

Una localidad verdaderamente auténtica. Tal y como le gustaba a Dupin.

—Aquí a la derecha, por el puente —le indicó Nolwenn—. Tenemos que ir a la otra orilla del Adour.

Nolwenn se había pasado casi todo el camino con el portátil en el regazo haciendo pesquisas y facilitando información a Dupin.

Artículos de periódico sobre la familia Mazago.

«Les Mazagos». Sud Ouest, La République des Pyrénées, Ouest-France .

Todo indicaba que ahí «abajo» eran algo así como un mito.

Por desgracia, las investigaciones de Nolwenn no les habían proporcionado ningún resultado relevante.

En cambio, sí había logrado una cosa: poner nervioso al comisario con sus comentarios sobre el golpeteo del motor.

Iba en aumento. Por desgracia, era cierto.

Resultaba evidente que tenía que pasar sin demora al taller.

Excepto por un fuerte ataque de cansancio poco antes de la una, el estado de Dupin se había mantenido extraordinariamente estable.

El último refresco de cola, el último sándwich y el chocolate con alto porcentaje de cacao (una tableta entera) habían contribuido a ello.

Sobre todo, Dupin tenía que admitirlo, eso último.

El Adour refulgía con palidez bajo la luz de la luna; al poco tiempo alcanzaron la otra orilla.

—Ahora otra vez a la derecha. Siempre a lo largo del río.

Al cabo de unos minutos entraban en el aparcamiento para visitantes de la fábrica de chocolate.

Un hermoso edificio industrial antiguo, probablemente de principios del siglo XX, construido íntegramente en ladrillo, un poco laberíntico, pero modernizado con esmero.

Una auténtica fábrica de Willy Wonka, se dijo Dupin.

Acababa de apagar el motor cuando asomó en la ventanilla del conductor un rostro. Se sobresaltó.

—Es Nahia Mazago —dijo Nolwenn.

Dupin abrió la puerta y salió del coche.

—Me alegro de verlo, señor comisario. Mucho.

—Encantado, señora.

—Encantada, señora Brijantez —dijo Nahia Mazago dirigiéndose a Nolwenn, que también había salido del coche y se había acercado a ellos.

Nahia Mazago no aparentaba la edad que tenía; Dupin le habría echado unos cuarenta años, pero sabía que ya había entrado en los cincuenta.

Cabello castaño rojizo, recogido en una coleta descuidada con elegancia, con varios mechones rebeldes cayéndole sobre la cara.

Boca amplia y sonrisa cálida. Llevaba un jersey negro sencillo y pantalones negros también.

Alpargatas negras con tacón. En el País Vasco, las alpargatas eran como los jerséis de rayas de la Bretaña: la gente realmente las llevaba, solo eran un cliché para quienes no conocían la zona.

—Espero que haya tenido un buen viaje.

—¿Qué nos quiere enseñar, señora?

No era momento para charlas.

—Acompáñenme.

Se puso en marcha al momento, como si estuviera esperando la señal.

Se encaminaron hacia un gran portón abierto con una rampa de hormigón.

—Aquí es donde se entregan todas las mercancías. Anteayer a última hora llegó el nuevo cargamento de cacao. Los transportan dos veleros directamente desde nuestras plantaciones en Venezuela hasta...

—Estamos al corriente de ello —interrumpió Dupin.

Nahia Mazago, con Dupin y Nolwenn pisándole los talones, subió a toda prisa los escalones situados al lado de la rampa y entró en el edificio. En el interior también el ladrillo de la antigua arquitectura industrial se había conservado y se realzaba gracias a unos focos potentes en el techo.

—Aquí está nuestro almacén —explicó Mazago.

—La cámara del tesoro —comentó Nolwenn.

—Exacto.

Nahia Mazago sonrió. Una sonrisa débil.

En la pared del fondo había unos palés sobre los cuales estaban apilados grandes sacos de lino de color natural. Como en el almacén de Concarneau.

En el suelo había tres sacos, cortados por el centro casi en toda su longitud, con los granos de cacao esparcidos por las baldosas desprendiendo su intenso aroma. En un camión había otro saco, también abierto con un corte.

Nahia Mazago se acercó al camión.

—Anteayer a última hora tomé muestras de la mercancía.

Señaló un muestreador que había en el suelo. Junto a él había dos cuchillos.

—Y entonces descubrí esto.

Nolwenn y Dupin se habían colocado justo al lado de la mujer.

Nahia Mazago sacó un paquete plano y alargado de la bolsa. Estaba envuelto en papel de aluminio verde.

—Actualmente estamos experimentando con la conversión de los granos en masa de cacao in situ , en la plantación de Venezuela.

Hasta el momento los granos se molían en nuestras fábricas.

La idea sería prensar la masa en bloques de esta forma y tamaño y envasarlos al vacío para su transporte.

—Señaló con la barbilla el paquete que tenía en la mano—.

Pero estamos en fase de pruebas. Todavía no lo hacemos.

Primero nuestros chocolateros quieren examinar si realmente los aromas no se pierden cuando entre ambas fases transcurren dos o tres semanas.

—¿Adónde quiere llegar?

Dupin no tenía ni idea de lo que Nahia Mazago pretendía decirles.

—¿Y por qué ya hay ahora un bloque así en el saco? —preguntó Nolwenn.

—Eso es. Yo también me hice esa pregunta precisamente. Y lo he examinado con detenimiento.

Nahia Mazago señaló el paquete.

—¡Fíjense!

La esquina del revestimiento plástico estaba cortada.

—El tamaño, la forma, el peso..., todo es más o menos como lo habíamos imaginado. Pero —metió el dedo en la abertura— esto no es chocolate.

Nahia Mazago retiró el dedo con cuidado. Un polvillo blanco se desprendió del paquete. Y era como si la yema de su dedo estuviera espolvoreada de harina.

Por un instante reinó el silencio.

—Cocaína. —Por fin Nolwenn rompió el silencio—. Es cocaína, ¿verdad?

La voz le temblaba de forma audible.

—Sí.

—¿Me permite?

Dupin asió el bloque.

—Desde luego.

Dupin metió un dedo en el polvo y se lo llevó a la boca.

—Créame. —Nahia Mazago pronunció esas palabras en voz baja—: Es cocaína. Muy pura. He mandado analizar una muestra en nuestro laboratorio de Burdeos.

—¡Es de locos! —exclamó Nolwenn.

—No puede ser —dijo Dupin sin darse cuenta.

—Ahora ya está claro de qué va este asunto —afirmó Nolwenn con sus ojos, de color verde azulado, muy abiertos—: tráfico de cocaína con los sacos de cacao.

De Sudamérica a Francia. —Hizo una breve pausa y continuó—: Esconder cocaína en cacao o café es uno de los métodos más eficaces.

Los perros o los detectores químicos electrónicos no tienen prácticamente ninguna opción.

¿Y qué podría ser menos sospechoso? Los veleros de una reputada empresa bretona de chocolate ecológico.

En este caso, como mucho, se hacen un par de pruebas aleatorias de vez en cuando, y listos.

Dupin había empezado a andar de un lado a otro por la cámara del tesoro, a la vez que se revolvía el cabello.

Ciertamente, lo que Nolwenn describía era un escenario plausible.

El tráfico de drogas aumentaba de año en año, y hacía tiempo que los narcotraficantes habían descubierto que era mucho menos peligroso operar a través de puertos pequeños que en los grandes.

Tenían los modos más imaginativos posibles de engañar a la policía de narcóticos y ocultar la mercancía.

Hasta el momento Dupin aún no se había enfrentado a ello en Concarneau, pero leía al respecto en los boletines policiales que se enviaban a todas las comisarías de la costa francesa.

—Una idea ingeniosa. ¡Casi perfecta!

Dupin lo diría de otra manera, pero Nolwenn no andaba equivocada.

—¿Solo es este paquete? Me refiero a en este saco.

Dupin se había parado delante del camión.