El primer día #20
Dupin se disponía a oponerse de forma enérgica cuando el móvil lo interrumpió con su intenso pitido. Ese ruido era totalmente insoportable, Dupin estaba seguro de que provenía directamente del infierno.
Un número desconocido.
—Al habla Nathaël Spiquel. Creo que querían hablar conmigo.
Más escueto imposible.
—En efecto. Entre otras cosas, para comunicarle que iremos a verlo mañana por la tarde.
—¡Qué mal!
—¿Cómo dice?
—Mañana es un mal día.
—Lo siento, caballero, pero eso a nosotros nos da igual.
—Es que mañana llega mercancía. La verdad es que el viernes sería mucho mejor.
No sonaba en absoluto agresivo. Más bien empleaba un tono profesional, como si revisara su agenda de forma concienzuda.
—Estaremos allí sobre las tres de la tarde, señor Spiquel. Nos veremos junto a los barcos.
Dupin entonces cayó en la cuenta de que Labat no había dado señales de vida desde que anunció que iría a echar un vistazo por ahí. Nunca era buena señal no saber nada de Labat durante una investigación.
—Pero si ya le he contado todo al inspector. —Entonces sí parecía molesto—. Ese hombre me ha acribillado a preguntas. Un tipo insistente de verdad.
—¿El inspector Labat?
—No aflojaba.
—Le prometo que mañana seremos breves, caballero. Pero, permítame que le pregunte lo más importante: ¿ha estado hoy al mediodía en los veleros? ¿Entre las doce y cuarto y las dos menos cuarto?
—Estos días estoy en los barcos desde primera hora de la mañana hasta la noche.
—¿Tiene testigos que lo hayan visto allí durante esa hora y media?
—Voy mucho de un lado para otro. De vez en cuando me quedo en el camarote. En el ordenador. Es mi oficina.
—¿Quiere usted decir que entonces está allí solo?
—En efecto.
Los veleros, sin duda, disponían de botes auxiliares; con ellos no debía de llevar más de tres o cuatro minutos llegar al embarcadero del lado norte del casco antiguo. Y desde allí se llegaba a la fábrica de chocolate en un santiamén. Al patio desde donde se distribuía el chocolate.
—Así pues, no hay testigos de su presencia continuada en los barcos.
—No.
—Eso, claro está, es una lástima para usted, señor. —Dupin dejó un momento que la frase surtiera efecto—. Mañana hablaremos de todo lo demás. A las tres de la tarde, junto a los barcos.
No era un simple comentario, era una orden. Con el mismo tono, Dupin añadió: «¡Buenas noches!».
Al otro lado de la línea se oyó un breve gruñido y, a continuación, Spiquel colgó.
Dupin se volvió hacia Nolwenn:
—¿Conoce bien al señor Spiquel?
—Muy poco. Mi marido lo conoce mejor.
—¿Son amigos?
—Eso es mucho decir. A veces toman una cerveza juntos en uno de los bares del puerto.
Pero no muy a menudo. Spiquel tiene un carácter difícil.
Parece más brusco de lo que es. En realidad...
—Ladeó la cabeza—. En fin, ¿quién sabe? Lo dicho, yo no lo conozco muy bien.
Ahora que me encuentro investigando sobre el terreno no debería decir estas cosas, yo...
El pitido del móvil.
Dupin reconoció el número de inmediato: era el suyo. Su teléfono fijo. Claire había vuelto a casa.
Respondió la llamada con tono empático.
—¿Te ha ido todo bien?
—Por el momento, sí. Nos hemos acomodado lo mejor posible. Y he cocinado algo especial para ti, espero que te guste.
No era Claire.
—Mi pot-au-feu normando de ternera que tanto te gusta. Ese con seis verduras distintas. Lleva cocinándose a fuego lento desde las nueve. ¿Cuándo estarás por aquí, Georges?
La madre de Claire. No podía ser verdad.
—Estoy en medio de una investigación, Hélène.
—Pero eso no significa que no puedas comer, ¿no? ¿Cómo vas a resolver un caso de asesinato si estás sin fuerzas? Eso es...
—Ahora mismo estoy de camino al País Vasco. No regresaré hasta mañana al mediodía.
—¿Al País Vasco? ¿Y qué vas a hacer allí?
—Es por el caso.
—¿Y el pot-au-feu ?
—Tú dices siempre que estos platos mejoran cada vez que se recalientan.
Una buena respuesta. Y, además, cierta.
—Pero eso solo es cierto durante seis o siete días, luego...
—Me lo comeré mañana, Hélène. Me apetece mucho.
—Le añadí esos nabos morados que tanto te...
—Tengo que seguir, yo...
—¿Eso significa que no vas a volver a casa esta noche? ¿Claire ya lo sabe?
—Tengo..., tengo que colgar, Hélène. Luego llamaré.
Dupin colgó rápidamente.
No pudo evitar dirigir una breve mirada a Nolwenn. Tenía una sonrisa divertida.
—Es un completo disparate —comentó el comisario sin querer.
Permanecieron en silencio durante un rato.
—Para ir a Clisson, habría que tomar esta salida.
Dupin no sabía a qué se refería Nolwenn.
—La Tigresa.
—¿La Tigresa?
—Jeanne de Belleville, la Tigresa bretona. Allí está su castillo. En Clisson.
—Ya veo.
La heroína de Nolwenn. La causa del apodo con que era conocida en la comisaría.
La primera pirata de la historia. Vivió a mediados del siglo XIV, algunos siglos antes del nacimiento de su famosa tocaya, Juana de Arco.
La Tigresa se enfrentó a la flota de un decadente rey francés para vengar la decapitación de su gran amor.
—Tiene que ir allí con Claire.
Dupin asintió pensativo.
La frontera no quedaba muy lejos. Pronto abandonarían la Bretaña.