El primer día #19
—Van a llegar en mitad de la noche.
—No hay un modo más rápido, señora —dijo Nolwenn.
—¿Dónde se encuentra usted ahora? —quiso saber Dupin.
—En nuestra fábrica de chocolate. En el casco antiguo de Bayona. Aquí estoy a salvo.
—Iremos allí. Si pasa alguna cosa, avísenos de inmediato, señora Mazago.
—Eso haré.
Colgó.
Dupin giró con un chirrido de neumáticos y pisó el acelerador.
—Por cierto, señor comisario —Nolwenn adoptó un tono de voz severo—, su colega en Bayona es una mujer. La comisaria Amaïa Unarte, ¿no se acuerda del artículo que le dedicó el Ouest-France el año pasado? Desmanteló una gran red de contrabando.
—Vagamente.
Ya no se acordaba del nombre.
—¿Qué habrá descubierto Nahia Mazago?
Esa era la pregunta que les rondaría la cabeza hasta que llegaran a Bayona.
—Ya lo veremos —murmuró Dupin.
En Pont-Aven habían tomado la N-165. La autopista bretona. Hasta entonces, ambos habían hecho una serie de llamadas telefónicas, ya que todo el mundo tenía que estar al día. También habían informado a la señora Columbani del cambio de planes.
—A esta hora, con las autopistas tan despejadas, y a la velocidad a la que conduce, el trayecto nos llevará seis horas —resumió Nolwenn, que se había encargado de planificar la ruta—. Si todo va bien, estaremos ahí entre las tres y las cuatro de la madrugada.
La aguja del cuentakilómetros se agitaba indicando los ciento setenta kilómetros por hora.
El trayecto discurría justo a lo largo de la costa atlántica, siempre de forma paralela al mar, describiendo una gran curva.
—Contando con que pasemos allí dos horas, volveremos a partir entre las cinco o las seis de la mañana, de manera que estaremos de vuelta sobre las once o doce, esto si evitamos el tráfico de la hora punta.
Vannes, Lorient... Si encontraban tráfico ahí, no podrían hacer nada para evitarlo.
—Mañana podríamos ir directamente a visitar a la señora Columbani. Y desde allí regresar a Concarneau para ver a Nathaël Spiquel.
—Por supuesto.
El único problema era que el plan de Nolwenn no contemplaba ni margen para imprevistos ni para dormir. Aunque Dupin no necesitaba mucho descanso, un poco sí.
Al parecer, Nolwenn le leyó el pensamiento.
—De vez en cuando pararemos por el camino para tomar algunos cafés. Y no olvide que llevamos chocolate con alto contenido en cacao. De ochenta y de noventa y cinco.
Tal y como lo dijo Nolwenn, parecían calibres de armas.
—Entonces nada puede salir mal.
Aunque eso no quería decir que no fuera a ser una paliza.
Nolwenn echó el asiento hacia atrás todo lo que pudo. Dio la impresión de querer ponerse cómoda.
—Cuando usted no pueda más, ya tomaré yo el volante. Hasta entonces, yo trabajaré.
Metió la mano en el bolso que tenía entre los pies, sacó su portátil pequeño y lo abrió. Acto seguido empezó a teclear con destreza su móvil.
—Perfecto, ya está listo el centro móvil. ¡Casi tan bueno como desde la comisaría! Estamos viajando con 5G y una VPN segura. Fantástico.
Dupin quedó impresionado.
Su primer destino era la gran gasolinera próxima a Lorient. Los cafés de allí eran absolutamente aceptables, pero también ridículamente pequeños. Siempre había que pedir varios. Allí además también se abastecerían de sándwiches. Unas botellas de Coca-Cola. Y agua.
Nolwenn siguió tecleando en su móvil.
—Voy a tener que hacer algunas llamadas privadas rápidas.
—Claro.
Era inevitable que, durante las muchas horas metidos en el coche, llegaran a formar una comunidad más cercana.
Nolwenn se recostó en el asiento del copiloto lo más posible hacia la derecha y apoyó la cabeza contra la ventanilla.
—Hola, ¿Marie?
Al otro lado de la línea, la otra persona debía de hablar en voz baja, Dupin no oía nada.
Nolwenn bajó la voz:
—Por desgracia, el acto de mañana por la mañana no va a poder ser, Marie... No, no, no es por la policía. Tengo trabajo, estamos con un caso... Sí, eso es. Adeline Mazago. Ahogada en su propio chocolate... Claro, vamos a necesitar rápido otra fecha para el acto.
Como siempre que Dupin oía por casualidad algo de la vida privada de Nolwenn, eso le sonó misterioso.
Sabía que su ayudante participaba activamente en varios proyectos sociales, iniciativas y movimientos.
Siempre estaba metida en alguna acción. Protestas.
Grupos de piquetes. Marchas solidarias. Dupin no tenía ninguna duda de que Nolwenn estaba en el lado correcto, pero, aun así, consideraba que era preferible preguntar más detalles.
El concepto de «legalidad» era algo bastante elástico para Nolwenn, al menos cuando se trataba de sus múltiples compromisos.
—Sí, sí. Ahora no puedo hablar, Marie. Te llamo después.
Nolwenn ya había colgado.
Sin hacer el menor gesto por comentar la conversación, marcó otro número.
—Buenas noches, soy Nolwenn Brijantez. Llamo por la entrega de mercancía voluminosa.
¿Había dicho «entrega de mercancía voluminosa»?
—Exacto, por eso llamo. Tendríamos que atrasar la entrega. Mañana no va a ser posible. Me pondré en contacto en los próximos días para fijar una nueva fecha... ¡Estupendo! Hasta entonces.
Al momento había puesto fin a la siguiente conversación misteriosa. Para marcar a continuación otro número.
—¿Hola? ¿Es la empresa de alquiler de maquinaria agrícola de Pierre de Soy...? Le habla Nolwenn Brijantez, buenas noches. ¡Menos mal que lo he podido localizar! Llamo por mi reserva. Lamento tener que cancelarla por ahora... Excelente. Me pondré en contacto con usted... Sí. Hasta pronto.
Colgó.
—¿Qué ha...? —Dupin lo dejó estar.
—Ya casi he terminado, señor comisario. Solo me quedan dos llamadas.
Dupin echó el asiento un poco hacia atrás. A continuación pisó el acelerador a fondo.
Llevaban ya una hora y media de viaje y, hasta el momento, todo había ido sobre ruedas, es decir, Dupin se había procurado café: se había tomado dos y se había llevado otros dos para el viaje además de tres sándwiches de jamón y queso —los clásicos—, dos de los cuales ya se había comido; tres botellas de refresco de cola, y una botella de agua.
Nolwenn también se había abastecido de alimentos.
En ese momento atravesaban el Loira a setenta metros de altura.
El puente, con su elegante curva, se elevaba audaz y azul sobre un paisaje llano.
Era espectacular. Dupin seguía conduciendo a demasiada velocidad.
Ya le habían multado cuatro veces, y en el puente le multaron por quinta y sexta vez.
El papeleo sería enorme, ya que estaban atravesando ocho departamentos, esto es, ocho administraciones distintas.
«Da igual», había comentado Nolwenn sin más.
Ella, por su parte, se había puesto en contacto con Nathaël Spiquel, que se encontraba en una «cena de negocios» al término de la cual la llamaría. Sería una buena oportunidad para intercambiar algunas palabras con él.
—Señor comisario, algo no va bien en el compartimento del motor. Si quiere saber mi opinión, ese golpeteo suena mal.
Dupin no quería saber su opinión al respecto.
—¿No estuvo el coche en el taller hace poco? ¿Por una reparación costosa?
Una pregunta retórica.
Habían alcanzado ya la orilla sur del Loira. Pronto atravesarían Pornic. Ahí, dos años atrás, Claire y Dupin habían iniciado su luna de miel y se habían visto envueltos en un complicado caso.
—Este trayecto es un buen ejemplo, señor comisario.
Dupin debería habérselo figurado: ella aún no había terminado con el tema:
—¡Seguro que con un coche nuevo llegaríamos una hora antes! ¡Piénselo!
Ese argumento era absurdo. Ni siquiera con un deportivo habría podido conducir más rápido. Aunque no había muchos coches en la carretera, tampoco es que fueran solos por la vía.
—Eso es una tontería, Nolwenn.