El primer día #18
—Eso es todo, señor Mazago. Muchas gracias. Y no dude en llamarme si se le ocurre algo más.
Dupin sabía que el dolor repentino paralizaba y confundía. A veces, uno era incapaz de recordar nada hasta más tarde.
—Por pequeño e insignificante que pueda parecerle.
Una apostilla importante.
—Lo haré.
Tendió la mano a Dupin. Un apretón firme y cordial.
—Bien, pues ¡hasta la vista!
Bixente Mazago se dio la vuelta y recorrió el camino de grava en dirección hacia su coche. Dupin y Nolwenn lo siguieron a cierta distancia.
—¿Ha encontrado algo interesante? Me refiero a la casa de Adeline.
—Nada que nos ayude a avanzar, no.
Nolwenn abandonó el camino de grava y se dirigió hacia el Citroën de Dupin.
—No se desespere, señor comisario. Todo saldrá bien —dijo—. Quizá la señora Columbani nos resulte de ayuda. Siempre he querido conocerla. —Puso la mano en la manilla de la puerta del copiloto—. Nevou me ha dejado aquí sin más. Podemos irnos juntos.
Dupin arqueó las cejas.
—¿Está diciendo que pretende acompañarme a...?
Su móvil lo interrumpió bruscamente. Echó un vistazo a la pantalla.
Salou. Se apresuró a responder a la llamada.
—¿Qué pasa?
—¡Nuevas pruebas!
En la voz del forense se reflejaba un gran dramatismo.
—Adeline Mazago se ha ahogado de verdad en el chocolate.
Esto es, ha muerto por asfixia. Una muerte especialmente atroz.
—Pausa dramática—. De todos modos, lo más probable es que ya estuviera inconsciente.
El asesino le ha atestado un golpe con el muestreador casi exactamente en la sien.
Acabo de hablar por teléfono con Moschin: la que está pegada en el tubo es, sin duda alguna, la sangre de ella.
Hizo una pausa para que sus palabras llegaran a calar.
Bixente Mazago había arrancado el coche y había partido.
—¿Y dónde está la novedad?
Formuló la pregunta con ánimo polémico, aunque sabía que ciertamente se trataba de una noticia: ahora estaba claro cómo se había producido la muerte.
Nolwenn había abierto la puerta del copiloto.
—Además, he podido determinar la hora de la muerte: tuvo lugar a la una de la tarde. Hora más, hora menos.
Ese día el Gran Salou no hablaba con la arrogancia que acostumbraba.
—Tres cuartos de hora más, o menos —le corrigió Dupin—. A las doce y cuarto Adeline Mazago aún no estaba dentro del chocolate y a las dos menos cuarto su cuerpo fue hallado en el interior de la tina.
—Yo me encargo de los hechos científicos —exclamó Salou con enojo—. ¡No tengo nada que ver con la realidad, Dupin! ¡Eso es cosa suya!
Una frase absurda.
—¿Se han hallado huellas o ADN en el arma del crimen?
—Nada en absoluto. De ser así, lo habría dicho en primer lugar.
Antes de que Dupin pudiera responder algo más, el forense colgó el teléfono.
—Vamos, señor comisario. ¡Tenemos una hora de viaje por delante! —Nolwenn se subió al coche.
—Si lo he entendido bien, ¿usted quiere ir a ver a Maëlle Columbani?
—Por supuesto.
Cerró la puerta.
Dupin rodeó el coche y se sentó en el asiento del conductor.
—Dejando de lado el hecho de que yo conocía personalmente a la víctima, usted me hizo una promesa, señor comisario. El último caso lo resolvió sin mí, ¿recuerda?
Desde luego. Nolwenn entonces estaba de viaje con su marido celebrando sus bodas de plata. Por eso ella no había tomado parte en la última gran investigación.
—Y usted dijo que en el próximo caso yo estaría «en primera línea». Doy por hecho que va a mantener su palabra.
Dupin estaba seguro de no haber hecho ninguna promesa ni tampoco de haber empleado una expresión como «en primera línea». Era absurdo.
Vaciló un instante y luego arrancó el motor con un suspiro largo y profundo.
Las piedrecitas salían despedidas, el coche dejaba tras de sí una espesa nube de polvo, a derecha e izquierda había campos de girasoles que, aún con las cabezas bien cerradas, se levantaban hacia el cielo.
—Necesito un café.
Había momentos en que uno no sabía si había pronunciado una frase en voz alta o solo la había pensado, y eso a Dupin le pasaba a menudo. Hacía horas que se había tomado el último café solo. Era una situación insostenible, así no era raro que no hubieran avanzado aún.
—¡Aquí tiene! —Nolwenn le ofreció a Dupin un trozo de chocolate—.
He comprado varias tabletas en la tienda.
Solo las mejores. Las de pimienta rosa de Chile.
Una de Earl Grey y otra de pimentón de Espelette.
Esta de aquí tiene un ochenta por ciento de cacao y café arábica, y hay otra que tiene incluso un noventa y cinco por ciento.
En cuanto a su efecto estimulante, son armas milagrosas.
Unos estimulantes poderosos, potenciadores neuronales, usted mismo lo ha oído.
Y esta —señaló el trozo que había partido— es la variedad con café.
—Mejor esto que nada —murmuró Dupin y la cogió.
Al principio había estado a punto de decir: «No, gracias».
Sospechaba que detrás de esa amable oferta se escondía una estrategia calculada a largo plazo: Nolwenn quería deshabituarlo del café.
Se había propuesto la misma misión que su médico de cabecera. Y que Claire. Sandeces.
—¡El formato es supercómodo! —comentó Nolwenn entusiasmada—. Estas tabletas son más compactas, finas y alargadas que las normales. Y solo setenta y cinco gramos. Así se come menos.
En opinión de Dupin, aquel razonamiento era arriesgado.
—¡Y encima con un envoltorio tan bonito! Voy a poner unas cuantas tabletas en la guantera. Y me guardo una en el bolso.
Dupin nunca había visto a Nolwenn sin su bolso.
Era un bolso de cuero negro, con forma de bolsa, de un material elegante y suave que, con los años, había adquirido una pátina bonita.
Aquel bolso parecía indestructible. En rigor, no era muy grande, pero resultaba sorprendente lo que llegaba a contener.
Era un fenómeno físico. Como el bolso de Mary Poppins.
Todo, absolutamente todo, parecía caber en él.
—Así tendremos un pequeño almacén de energía. Seguro que nos vendrá muy bien.
Era evidente que Nolwenn se traía algo entre manos.
—De todos modos, quiero café.
Ningún chocolate del mundo, ni el más fabuloso, podía sustituir al café.
Pero quizá fuera una ayuda extra. Al fin y al cabo, contenía cafeína.
Y otros ingredientes mágicos. Teobromina, recordaba Dupin.
¿ Theos no significaba dios? Por otra parte, no había comido nada desde el desayuno. Y ya eran las nueve de la noche.
Se metió el trozo en la boca. Realmente era asombrosa la delicadeza con que ese chocolate al ochenta por ciento se derretía en la boca. Percibió todo tipo de sabores, pero, por supuesto, había uno que destacaba en especial: el de los granos de café. Exquisito.
—Según me ha dicho el señor Mazago, su marido podría intermediar en la venta de otros dos grandes veleros a Zerua.
Dupin dijo en voz alta esta frase, y la segunda —«¡Y usted no me había dicho nada al respecto!»— solo la pensó. Pero, por supuesto, Nolwenn la oyó también.
—Yo no tenía ni idea, mi marido me lo acaba de decir.
Nolwenn no parecía estar a la defensiva. En los catorce años que llevaban trabajando juntos Dupin no la había visto así ni una sola vez.
—Me ha preguntado si no sería mejor que él se mantuviera al margen, al menos hasta que se resuelva el caso.
Dupin se sintió aliviado. De no haberlo dicho ella, él lo habría sugerido.
—Le he dicho que estaba loco.
—¿Qué quiere decir con eso?
Dupin había tomado con demasiada velocidad la curva cerrada situada al final de los campos de girasoles, y el Citroën chirrió de forma amenazadora. Y de nuevo se oyó, alto y claro, aquel desagradable golpeteo en el motor.
Llegaron a la carretera que conducía a Concarneau. Desde allí se incorporarían a la vía rápida de cuatro carriles.
—Pues que no se retirará bajo ningún concepto. Eso resultaría extraño. Casi sospechoso.
—¿No le parece que resulta muy sospech...?
El móvil lo interrumpió.
Un número desconocido.
Aceptó la llamada con el manos libres.
—Comisario Dupin, ¿dígame?
—Soy Nahia Mazago.
Eso era algo inesperado.
—Llevamos intentando localizarla desde el mediodía, señora. —Dupin se sintió aliviado—. ¿Ha...?
—Acabo de hablar con mi hermano. Yo... —Se calló un momento—. Él me lo ha dicho.
Siguió a continuación una larga pausa.
—Es terrible, señora, lo sé. Lo siento sinceramente...
—No me siento capaz de hablar de esto.
Su voz parecía rota.
—Tiene usted que venir a Bayona, señor comisario. Y lo antes posible.
—¿Por qué debería...?
—Tengo que mostrarle algo.
—¿El qué? ¿Qué tiene que mostrarme?
—Lo encontré anoche.
—¿Qué encontró?
—Creo que sé por qué mataron a mi hermana.
—¿Usted conoce el motivo?
—Sí.
—¿Su hermano lo sabe?
—No.
—¿No se lo ha contado?
—No.
La mente de Dupin iba a toda prisa.
—¿La están amenazando, señora? ¿Está usted en peligro?
—No de manera acuciante. Quiero decir que no me persiguen, ni nada parecido. Pero creo —vaciló— que es muy posible que me encuentre en peligro.
—¿No podría darme al menos una pista de lo que...?
—Por favor, señor comisario, venga a Bayona.
—¡Estamos de camino, señora Mazago! —intervino Nolwenn—. ¡No se preocupe!
—¿Quién está hablando?
Parecía claramente desconcertada.
—Soy yo, señora Mazago: Nolwenn Brijantez. Ya nos conocemos. Soy una amiga de su hermana. Estoy trabajando con el comisario Dupin en este caso, voy sentada a su lado en el coche. —Y, con tono decidido, añadió—: Vamos juntos.
—Entiendo.
—¿No sería mejor que le enviara a mi colega de Bayona, señora? Él llegaría ahí en unos minutos y...
—Como ya he dicho, señora Mazago —intervino Nolwenn—, estamos de camino.
Dupin fue a protestar, pero se contuvo. No le gustaba que Nolwenn tomara las riendas como si fuera lo más normal, pero, ciertamente, el viaje a Bayona parecía, en efecto, más urgente que la conversación con la señora Columbani.
—Estamos de camino, señora Mazago.
Dupin pisó el freno. Para ir «abajo», al sur, tenían que ir justo en la dirección contraria.
—¿Van a venir en coche?
—Son las nueve y cuarto de la noche, señora. Es demasiado tarde para coger un vuelo o ir en tren.