El primer día #17
Daba la impresión de que alguien se acabara de levantar de la gran cama, que ocupaba un tercio de la habitación.
La colcha, de color azul claro, estaba medio tirada en el suelo, igual que una de las almohadas.
Sobre el colchón había una gran taza de cerámica roja con restos de café con leche, y en la mesita auxiliar, un plato con medio cruasán.
Sobre una silla colgaba una toalla de baño rosa.
—Parece como si su hermana hubiera tenido visita.
—Tiene razón. —Bixente Mazago parecía desconcertado—. Pero no hemos visto a nadie. Quiero decir, mi mujer y yo. Ni otra persona ni otro coche. Ni ayer ni anteayer.
—¿Quién podría haber pasado la noche en casa de su hermana?
Aquello podía ser muy importante para el caso.
Dupin sacó el móvil.
—No sabría decirle.
Él parecía estar reflexionando.
—Quizá Maëlle. Maëlle Columbani. Su amiga, la jefa de...
—Sí, ya sé.
—Esta mañana ha ido a la oficina a visitar a Adeline, la he visto un momento. Quizá vino anoche y se quedó a dormir aquí.
—Un momento, por favor, caballero. Tengo que hacer una llamada. Será un instante.
Bixente Mazago lo miró con perplejidad.
Dupin volvió al pasillo y marcó el número de Le Menn.
Como siempre, la agente respondió al instante.
—¿Qué hay?
—Maëlle Columbani. ¿Ha dicho algo sobre haber pasado la noche en casa de Adeline Mazago?
—Ni una palabra. Yo misma he hablado con ella. Estaba muy abatida. Realmente afectada.
—Ha regresado a Morlaix, ¿verdad?
—Eso es. Y sabe que usted quiere hablar con ella. Hoy mismo. Su número de móvil está en el archivo. Solo tiene que decirle cuándo y dónde.
Dupin tenía que hablar con Nolwenn sin falta. Sin su ayuda decidida, todo empezaba a resultar complicado.
—Lo haré.
Lo mejor sería que fuera directamente desde allí a casa de Maëlle Columbani. Tardaría algo más de una hora, pero no había otra opción.
—¿Alguna otra novedad, Le Menn?
—El doctor Salou ha dejado recado. Dice que pronto se pondrá en contacto con usted.
Típico: esa gran estrella de la medicina forense no se limitaba a ponerse en contacto, sino que hacía saber que lo haría...
—Y la policía científica aparecerá en breve en su casa. Usted todavía tenía cosas que hacer en la fábrica.
—¿Qué se sabe de Labat?
Dupin debería haberle pedido que le contara cuáles eran exactamente sus intenciones en el puerto y los veleros, no fuera que Labat estuviera de nuevo entregado a alguna de sus excentricidades, cada vez más frecuentes desde que había recibido una gran herencia dos años atrás.
La enorme suma de dinero no había cambiado su carácter —ya antes era narcisista—, pero sí su actitud.
Si antes ya no se tomaba muy en serio la autoridad de Dupin, ahora tenía una actitud de casi indiferencia.
—No lo sé.
—Bueno, hasta luego, Le Menn.
Dupin colgó. Se quedó de pie en medio del pasillo.
Abrió el expediente del caso. Hizo doble clic sobre el nombre de Maëlle Columbani.
Ahí estaba. El número de móvil.
Cuando Dupin casi había perdido la esperanza, por fin alguien respondió.
—¿Sí?
Una respuesta en voz baja, casi como desorientada.
—¿Señora Columbani?
—Yo misma.
La mujer se esforzó por adoptar un tono firme, pero era casi como si Dupin la hubiera despertado.
—Comisario Georges Dupin, de la comisaría de policía de Concarneau.
Ella tardó en reaccionar.
—Ah, es usted.
Otra pausa.
—Todavía no me hago a la idea. Es demasiado horrible.
—Desde luego. Estamos investigando al máximo. Señora, como sabe, me gustaría verla. Creo que, como muy tarde —Dupin miró el reloj—, estaré en su casa a las diez de la noche. Pero antes tengo una pregunta importante: ¿anoche durmió usted en casa de Adeline Mazago?
—Sí, así es. Sí. Tenía una cita en Lorient a las ocho de la mañana.
De pronto parecía tranquila.
—Adeline me invitó ayer por la tarde, cuando hablamos por teléfono.
De vez en cuando me quedo a dormir en su casa.
Aunque ayer no llegué ahí hasta poco antes de las once.
Las dos estábamos agotadas, ni siquiera llegamos a tomarnos una copa de vino entera.
Esta mañana he tenido que salir a toda prisa, por desgracia suelo calcular mal el tiempo.
Adeline me dijo que lo dejara todo tal cual.
Incluso me trajo un cruasán y café. Era una madrugadora convencida.
—¿Y después de su cita se pasó a ver a Adeline Mazago en su oficina?
—Fue algo espontáneo. Concarneau estaba de camino, la llamé por teléfono y pasé por allí. Tomamos un café y luego regresé a Morlaix.
—En esa breve reunión, ¿hablaron de alguna cosa en concreto?
—No.
—¿Y su amiga le pareció que estaba como siempre?
—Estaba de muy buen humor.
—Luego hablaremos más detenidamente, señora, ahora tengo que irme.
Dupin, claro está, tenía muchas más preguntas.
—Yo ya estoy en casa, no en Morlaix, pero usted tiene mi dirección.
—Así es, en efecto. Hasta luego, señora.
—¡Hasta luego!
Tras colgar, Dupin se puso en marcha.
—Señor Mazago —dijo Dupin hacia el interior de la habitación de invitados al pasar junto a la puerta—, ya he terminado mi llamada.
Al momento siguiente entraba en la última estancia.
Miró a su alrededor.
Un dormitorio muy acogedor. En el centro: una cama enorme de cabecero alto del mismo roble claro que el resto del mobiliario.
Sin duda, todo había sido fabricado por el mismo carpintero.
Lo mejor era que desde la cama se podía ver el mar a través de la cristalera.
Y, por supuesto, el cielo. Era un panorama impresionante.
Dormir ahí debía de ser una sensación increíble.
La ropa de cama era de lino fino de un color llamado glaz , el color bretón del mar, un tono a medio camino entre azul, verde y gris.
—¿Ha descubierto algo?
Bixente Mazago apareció en el umbral de la puerta.
—No. He hablado con la señora Columbani. En efecto, fue ella quien pasó la noche aquí y tuvo que marcharse apresuradamente esta mañana.
—Me lo imaginaba.
Dupin estaba delante de un armario empotrado que ocupaba toda la pared izquierda del dormitorio. Sin tiradores, las puertas tenían un mecanismo de presión oculto.
—¿Busca algo en concreto, señor comisario?
Dupin se volvió hacia Bixente Mazago y lo miró fijamente.
—Todo lo que pudiera ayudarnos a entender de qué va todo esto, caballero.
Esperó un momento. El hombre le sostuvo la mirada.
—A veces, las pistas se esconden en los lugares más insospechados. Puede tratarse de pequeños detalles sorprendentes.
Así era. A veces.
Dupin dejó de mirar a Mazago. Abrió una de las puertas del armario y echó un vistazo en su interior.
Ropa, ropa y más ropa. Y, además, sábanas y toallas, mantas y almohadas. Nada llamativo.
Dupin se dirigió hacia la puerta. Quería marcharse.
—Gracias, señor Mazago, yo...
—¡Ah! ¡Aquí está usted, señor comisario! ¡Señor Mazago!
Nolwenn. De repente asomó en la puerta.
—Mi más sentido pésame, señor Mazago.
—Muchas gracias. —Él asintió, visiblemente conmovido—. Sé que usted conocía a Adeline. Usted y su marido. Ambos juegan, jugaban, en el mismo equipo de petanca.
—Y de forma magistral. Su hermana era una mujer absolutamente maravillosa, señor. En todos los sentidos. Y eso hace que su crimen sea aún más horrible. Haremos todo lo posible, señor Mazago —Nolwenn se inclinó hacia delante—, haremos de verdad todo lo posible para que el asesinato de su hermana...
Parecía buscar la palabra adecuada.
—Para que el culpable obtenga el castigo que merece. —Dupin concluyó la frase rápidamente.
Entonces cayó en la cuenta de que hasta ahora, en todos los casos, Nolwenn no había conocido nunca a una víctima tan bien como a Adeline Mazago. Esto significaba que era preciso actuar con cautela. Ella estaba implicada de un modo personal.
—Sea como sea —la voz de Nolwenn temblaba—, atraparemos al culpable. O a la culpable. Y entonces...
—He terminado aquí, Nolwenn. He hablado por teléfono con Maëlle Columbani y hemos quedado en su casa. Voy a ir directo hacia allá.
Dupin se puso en marcha.
—Buena idea —corroboró Nolwenn con énfasis.
—¿Y usted, señor? —preguntó el comisario a Bixente Mazago.
—Voy a ver a mi mujer. Está en casa de su hermana, en Quimper. Me esperan allí.
De pronto, Bixente Mazago parecía completamente exhausto. Era comprensible.
—Hágalo, señor Mazago. Le sentará bien.
Como entretanto habían llegado a la puerta principal, salieron al exterior.
—¿Me informará usted tan pronto como se produzca alguna novedad, señor comisario?
—Por supuesto. —Dupin asintió—. Solo una pregunta más, señor.
Bixente Mazago lo miró con curiosidad.
—¿Qué era esa misteriosa cita que tenía a las dos de la tarde en Auray? Ni siquiera su secretaria sabía con quién se iba a reunir.
—Perfecto, así debería ser. —Bixente Mazago arqueó las cejas—. Solo era una reunión exploratoria.
Los mantuvo un momento en vilo.
—Estoy manteniendo algunos contactos con la empresa Brûlerie d’Alré sobre la posibilidad de que en el futuro transportemos a la Bretaña su café procedente de Sudamérica y África.
Brûlerie concede una gran importancia a que estas conversaciones por el momento sigan siendo estrictamente confidenciales.
Por supuesto, cuentan ya con un proveedor de servicios logísticos.
—¿Brûlerie d’Alré?
Bixente Mazago asintió de forma significativa.
Por un momento, el rostro de Dupin se iluminó de felicidad.
Su café bretón favorito. Léa-Blend Maison era el nombre de su café favorito del tostadero de Auray.
Cien por cien arábica, aromático, fuerte y a la vez muy delicado, aterciopelado en boca y, sí, achocolatado.
—Auray está a menos de una hora en coche de Concarneau. Usted salió de la fábrica en torno a las doce, la cita era a las dos. ¿Qué hizo en el tiempo que le quedaba?
Bixente Mazago dirigió por un momento una mirada de incredulidad a Dupin, luego sus rasgos se relajaron.
—Tiene que preguntarlo, ya lo sé.
Sonaba abatido.
—Me compré un helado en la entrada de la Ville Close y di un paseo, ya que tenía tiempo. El coche estaba en el aparcamiento junto al Chantier. No muy lejos de nuestros barcos.
Dupin conocía la heladería. Una delicia.