Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #16
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El primer día #16

—En el sector la gente se conoce. Sabemos bien los talentos que tienen las otras empresas interesantes. —Su tono de voz era muy resuelto—. Y, por supuesto, hablamos entre nosotros. Todo el mundo sabe que la era de Pichard está tocando a su fin. Así que algunos nos dan, digamos, señales discretas.

—¿Hay alguien que haya demostrado un gran interés por el puesto?

Por supuesto, la cuestión podía girar en torno a este tema. Los desaires, las humillaciones, las ofensas, ya fueran reales o imaginarias, eran algunos de los motivos más habituales para cometer un asesinato.

—No. Al menos yo no sé nada al respecto. Pero Adeline tenía contactos mucho más estrechos con el mundo creativo.

Dupin siguió hojeando el libro. Miró algunas de las frases subrayadas.

—¿Su hermana le habló alguna vez de alguien a quien ella apreciara de un modo especial y a quien le hubiera gustado tener en Zerua?

—Seguro que había algunas personas que le parecían interesantes, aunque no las recuerdo en concreto. De todos modos, estaba firmemente convencida de que en nuestra empresa ya tenemos el mejor talento.

Dupin dejó el libro de química y cogió uno sobre la historia del chocolate. También aquí había marcas, exclamaciones, notas... Miró algunos pasajes y lo dejó a un lado.

—Si no me equivoco, hay además otras empresas suyas que no están aquí arriba, sino en el País Vasco.

Una sonrisa tímida asomó en el rostro de Bixente Mazago.

—Ya desde niños, los tres siempre hemos hablado de «arriba» y «abajo». La costa atlántica de arriba y la de abajo. Le pays breton. Le pays basque . Entre Pornic, el extremo sur de la Bretaña, y Capbreton, al norte del País Vasco, apenas hay un paso.

Un paso de gigante. Si Dupin no se equivocaba, había entre cuatrocientos y quinientos kilómetros.

—Y «abajo», ¿qué tipo de empresas hay allí?

—Empresas vascas tradicionales que nuestra familia dirige desde hace generaciones.

Todo seguía siendo muy vago.

—¿En concreto?

—En el sector alimentario producimos tres especialidades vascas: jamón de Bayona, queso Idiazábal de oveja latxa y pimientos de Espelette.

Dupin estuvo a punto de exclamar «¡Qué delicia!».

—Además tenemos una empresa textil. Argia, el mayor y más antiguo fabricante francés de alpargatas. Todo un icono vasco. Las exportamos a todo el mundo.

Entre otros, a los pies de Dupin. Las alpargatas le encantaban, no había nada mejor para los días calurosos.

Ligeras, ventiladas, de lino, con suela de cuerda de cáñamo.

A pesar de su apariencia frágil eran todo lo contrario: un calzado extremadamente resistente.

Y lo mejor de todo: eran el símbolo del verano.

La temporada de alpargatas ya había comenzado, hacía dos o tres semanas que Dupin había empezado a llevarlas, y eso le ponía de buen humor.

Dejó atrás el escritorio y se encaminó al sofá. Aquí también había velas, colocadas sobre unas pequeñas bases de colores.

—Tienen ustedes grandes negocios. Desde luego es un buen patrimonio.

Dupin, cómo no, conocía Argia. Todos los franceses conocían Argia.

Igual que todos conocían el magnífico pimiento de Espelette.

Toda Francia lo usaba. Sabor picante delicado, nada intenso, como una guindilla sofisticada.

Una de las tres cosas, aparte de una carne maravillosa, de las que era preciso disponer para preparar un entrecot perfecto.

Además de ello, bastaba solo con flor de sal y pimienta fresca.

Primero se asaba el pimiento con la sal en la sartén, luego se añadía la carne y, ya cuando el entrecot estaba en el plato, se añadía la pimienta.

—Por cierto, «argia» significa «luz» —explicó Bixente Mazago.

Más allá del carácter icónico de todos estos productos, Dupin no sabía que los tres hermanos fueran tan ricos.

—Todo esto no es mérito nuestro, nosotros nos limitados a continuar lo que los Mazago anteriores a nosotros crearon en su momento.

En sus palabras un tono adecuadamente humilde. Y también, sin duda, mafioso. «Los Mazago».

—Todo empezó con la pequeña fábrica de chocolate de un osado antepasado nuestro de principios del siglo XVIII, Xabi Mazago. El chocolate fue la base de todo. Por eso, nuestra hermana se ocupa con tanto esmero de nuestra fábrica vasca de chocolate.

De momento, Dupin había terminado con la «sala de vivir» — la pièce pour vivre — de Adeline Mazago.

—Me gustaría echar un vistazo a las otras estancias.

Se encaminó hacia la puerta seguido por Bixente Mazago.

—¿Las empresas son todas propiedad al cien por cien de usted y sus hermanas? ¿Y a cada uno de ustedes les corresponde una tercera parte?

—Así es.

Entraron en una habitación mucho más pequeña. El despacho. También en él la pared que daba al mar estaba totalmente acristalada. El escritorio, mucho mayor que el de la otra sala, parecía emplearse sobre todo como estantería para libros, folletos y revistas.

—Ahora supongo que su hermana Nahia y usted poseen el cincuenta por ciento cada uno, ¿no?

En principio, un motivo muy poderoso.

La respuesta fue inmediata; aquella cuestión no parecía incomodar en absoluto a Bixente Mazago.

—En efecto. Los estatutos de la empresa contemplan que, en caso de fallecimiento de un socio sin que haya herederos legítimos, sus participaciones se quedan en la familia y pasan a la empresa.

Dupin se detuvo ante al escritorio.

—Es decir, a usted y a su hermana.

—A la empresa. Que ahora nos pertenece a Nahia y a mí.

—¿Y en caso de que usted fallezca?

La pregunta sonó desagradable sin querer.

—En principio, todo pasaría a Nahia, la cual, a su vez, a su muerte, dejaría la empresa a nuestros hijos, esto es los de ella y los míos.

Los tres siempre estuvimos de acuerdo en que la empresa debía permanecer íntegramente en la familia, esto es, todas las participaciones.

Es el único modo de mantener nuestra independencia.

Igual que se ha venido haciendo durante los últimos trescientos años.

—¿En los últimos tiempos ha habido desacuerdos entre ustedes en cuanto a la gestión de la empresa?

—Nunca. No.

Una respuesta categórica.

—Eso, caballero, cuesta mucho de imaginar. Ustedes han tenido que tomar decisiones continuamente: pequeñas, grandes, muy grandes..., ¿seguro que no han tenido a veces opiniones diferentes?

—Sobre cuestiones menores, sí, claro. Pero no en el caso de decisiones importantes, de peso.

Dupin se había apartado del escritorio. En la estantería, que era bastante más pequeña que la del salón, había sobre todo libros de química. Y archivadores, una docena al menos.

—Son los apuntes de la carrera de Adeline —explicó Bixente Mazago.

—¿En los últimos tiempos de qué iban las grandes decisiones?

—Sobre todo, de la nueva empresa de logística de la que le he hablado hace un momento. Y de la expansión de nuestras cafeterías-librerías.

Dupin había sacado uno de los archivadores y empezó a hojearlo.

Parecían, en efecto, los típicos apuntes de clase.

«Cultivos microbianos de los diferentes alimentos...

Importante: ¡relación entre la actividad enzimática y la actividad acuosa en los alimentos secos!

». Dupin no entendía ni una palabra. «Enzimas: biocatalizadores que controlan el desarrollo de determinadas reacciones químicas.

Se dan en todos los organismos. En total, entre mil quinientas y dos mil enzimas, la mayoría de ellas relevantes también para la química de los alimentos... ».

—Cuando, hace un par de semanas, Adeline estuvo en París acordó una colaboración con la colección «Classiques» de Livre de Poche.

A partir de otoño, nuestros cafés contarán con una especie de rincón de los clásicos, con una selección de cien títulos de la colección.

Empezaremos así. Adeline decía siempre que hay que poner al alcance de todos las cosas más refinadas.

Dupin, de nuevo, quedó impresionado. Por las ideas y las distintas pasiones de esa mujer tan extraordinaria en apariencia, pero sobre todo por su actitud.

—¿Y a su hermana le interesaba tanto como a usted la idea del negocio logístico, señor Mazago?

—No, desde luego. Pero la apoyaba porque yo estaba convencido de ella. Además, Adeline estaba a favor de todos los proyectos que implicasen un compromiso ecológico integral.

Bixente Mazago se había vuelto hacia la cristalera con vistas al mar, con la mirada perdida en la lejanía del océano.

—Con este proyecto no solo queremos contribuir a evitar un mayor calentamiento global, sino también la destrucción progresiva de los mares y la biodiversidad. Este aspecto siempre fue muy importante para Adeline.

En los labios de su hermano, parecía un eslogan publicitario.

—Aunque se llegara a resolver el problema del CO2, la destrucción del planeta seguirá sin más si no cambiamos de manera radical nuestra economía.

Y de eso precisamente es de lo que va este proyecto.

De un nuevo tipo de intercambio de mercancías, de una reorientación ecológica de la producción, el transporte, el comercio y el consumo.

Y, sí, por supuesto, esto interesaba muchísimo a Adeline.

Todo aquello para culminar en esa última y enfática afirmación.

Al volver a colocar la carpeta en su sitio, Dupin observó la fina capa de polvo de los bordes de las estanterías. No había ningún indicio de que alguna de las carpetas hubiera sido retirada recientemente.

—Aunque hubiera habido discrepancias serias entre ustedes, quizá nunca habrían salido a la luz. —Dupin habló con calma—. Nadie se habría enterado.

Bixente Mazago intentó esbozar una sonrisa.

—No somos una secta, solo una familia muy unida. Esa es precisamente nuestra fuerza.

Dupin regresó al pasillo para echar un vistazo a la habitación siguiente. Bixente Mazago lo siguió sin protestar.

—¿Por qué vino su padre a la Bretaña?

—Por amor. Se enamoró de una bretona. Nuestra madre. Una concarnesa de pura cepa. Él tenía veintiocho años, y ella, diecinueve.

—¿Y antes él ya fabricaba chocolate?

—Sí.

Entraron en la habitación de invitados. Dupin se paró en seco.