Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #15
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El primer día #15

—Queremos utilizar veleros y camiones eléctricos que funcionen exclusivamente con energía ecológica. Viento, agua, energía solar... Y todo a precios económicos, los cinco mil kilómetros de transporte no cuestan ni un céntimo de combustible.

—¿Y esos nuevos barcos, también los comprará a través del señor Brijantez?

El marido de Nolwenn. A Dupin no le sorprendería.

—Nathaël también está en conversaciones con él, sí. Quedamos muy contentos con su intervención con el Rysfall. Y así es como conocimos a Nathaël. Una gran suerte para nosotros.

Dupin había incluido al capitán en la lista, cada vez más larga, de personas con las que quería hablar cuanto antes.

—¿Pagó usted al señor Brijantez por sus servicios?

—Por supuesto.

—¿Qué es lo que producen sus empresas?

Dupin cambió de tema de repente. Seguía de pie frente a la mesa: además de libros, CD, periódicos y revistas, encontró el folleto de una ópera — Parsifal , una representación en París—, una cámara fotográfica, unos tomos ilustrados gruesos, postales de Biarritz, el manual de instrucciones de una batidora, dos navajas, una antigua bombonera, varias velas gruesas, piedras, conchas, un sombrero para el sol, crema solar, una cesta de fruta y dos botellas de vino tinto.

—Aquí arriba, quiero decir, en la Bretaña, producimos principalmente chocolate.

Además de galletas bretonas y otros productos de bollería.

Como el Kouign-amann, un famoso pastel bretón.

Tenemos sede en Concarneau, Quimper y Morlaix.

También hay algunas panaderías en el norte de Finistère y todas tienen anexa una cafetería.

En torno a la zona de Morlaix. Seis establecimientos.

Allí vendemos, entre otras cosas, el chocolate y las galletas; son, por así decirlo, nuestras tiendas insignia.

Incluso ofrecemos una gama reducida y cuidadosamente seleccionada de alimentos para el consumo diario que funciona muy bien.

Verduras, frutas, lácteos. Todo ecológico, local y de temporada.

La santísima trinidad bretona.

—Adeline tenía pensado integrar minilibrerías. Era su última ocurrencia. La literatura era una de sus grandes pasiones, ya ve todos los libros que hay por aquí. Se trataría de una selección pequeña pero primorosamente elegida, pensada también para ser hojeada en la cafetería.

La idea sonaba genial.

—Con estas panaderías con salón de degustación tenemos la intención de expandirnos el año próximo al oeste y al sur de Finistère.

Primero habrá una sucursal en Quimper, y luego otra en Concarneau.

Era el proyecto favorito de Adeline, todo el concepto era suyo.

Incluso había diseñado el interiorismo de la tienda.

—La voz de Bixente Mazago se volvió a quebrar—: El diseño de interiores era una de sus pasiones.

Señaló la mesa con la barbilla. Côté Ouest, Côté Sud, Marie Claire Maison, Maison Française .

Todo parecía haberse reunido allí. Dupin conocía esas revistas de Claire.

Entre ellas había dos especializadas en química: Química Aplicada y Química de los Alimentos .

A juzgar por las portadas, se trataba de revistas completamente científicas.

Bixente Mazago había seguido la mirada de Dupin.

—Ese era, por así decirlo, el origen de Adeline: la química de los alimentos. Aunque en sentido estricto ya no tenía nada que ver con ello, la química siempre fue uno de sus grandes intereses.

—Una afición que compartía con la señora Chesneau —comentó Dupin, que había cogido uno de los ejemplares. Interacciones entre aromas y polímeros en el vino tinto , rezaba el título.

—Desde luego, sí. Adeline apreciaba mucho a Eléna Chesneau. Ambas compartían la pasión por los aromas moleculares.

Hizo una breve pausa que Dupin notó.

—Pero no solo por eso, era en general. Adeline la tenía en gran estima, igual que Nahia y yo. Eléna Chesneau tiene un gran futuro por delante, estoy convencido. Es posible que hoy en día en el mundo del chocolate francés no haya un talento más interesante que ella.

Unas grandes palabras.

—Es extraño, caballero. Se dice que Adeline Mazago tenía reservas a la hora de darle el puesto principal cuando el señor Pichard se jubilara.

—He oído ese rumor. —Inspiró hondo—. Tonterías. Es al revés. Ella la apreciaba enormemente. Los tres la apreciamos muchísimo. No había ninguna discrepancia en esta cuestión.

—¿Y entonces?

—Simplemente no queríamos precipitarnos.

No es solo la filial de aquí, de Concarneau, sino el futuro de toda la línea de Zerua.

En el mejor de los casos, ella marcaría, y esa es nuestra intención, la orientación de nuestra empresa durante varias décadas.

Como comprenderá, un paso así debe sopesarse detenidamente.

Incluso desde el punto de vista económico, todo dependería de ella.

Tenemos que estar muy convencidos antes de dar un paso así.

Saltaba a la vista que Bixente Mazago sentía la necesidad de defenderse.

—Además, primero tenemos que convencernos de sus otras cualidades.

—¿Qué significa eso exactamente?

Seguían de pie junto a la larga mesa.

—Capacidad de liderazgo y de gestión.

Dupin deslizó la mirada por las estanterías. No habría sabido decir qué estaba buscando, pero eso no era nada raro en él.

—¿Y para qué necesita eso? Quiero decir, como chef chocolatera.

Bixente Mazago lo miró desconcertado.

Dupin se levantó de la mesa y se dirigió a la estantería.

—Pensaba que la cualidad más importante de un maestro chocolatero era tener una creatividad extraordinaria. Se supone que es un artista, ¿no? ¿Y un artista debe tener cualidades de gestión?

—Por supuesto, lo principal es el aspecto creativo. Pero hoy en día también se necesitan otras habilidades en estos puestos. Los tiempos han cambiado.

Quizá ese era el problema. Por eso, por todas partes, había directivos en puestos que necesitaban ideas que cambiaran el mundo, tanto a pequeña como a gran escala.

Ideas poderosas e innovadoras, la esencia de todas las cosas.

Y precisamente la imaginación y la creatividad faltaban por doquier.

Así que en el mundo cada vez había menos innovaciones emocionantes, en tanto que lo antiguo y lo mediocre, lo predecible, se gestionaba de forma cada vez más «eficiente».

Aquel era un tema que podía sacar a Dupin de sus casillas.

—¿Y su hermana Adeline opinaba lo mismo?

Una breve vacilación.

—Los tres estábamos completamente de acuerdo, créame.

Cuando alguien invocaba la armonía de una forma tan categórica, algo no cuadraba. Además, no podía haber relaciones humanas profundas sin ambivalencia y discrepancias.

—¿Qué va a pasar ahora con Eléna Chesneau?

—Exactamente lo que le comunicamos ya de forma oficial. Vamos a observar con atención durante un tiempo cómo se desenvuelve y luego tomaremos una decisión definitiva. De hecho, no tengo la menor duda de que lo conseguirá.

Dupin se apartó de la estantería —un batiburrillo impresionante de libros de ficción y no ficción, de clásicos y de novedades, franceses e internacionales—, y se dirigió hacia la gran pared acristalada que daba al mar. Allí había un escritorio estrecho.

—Así que, según usted, su hermana solía trabajar aquí, en esta estancia, no en su estudio.

Una vista maravillosa. Una franja de color verde difuminado, el viejo murete, otra franja de color verde y —no se veía la playa que caía en pendiente— encima, el azul fundiéndose con un azul aún mayor, el mar y el cielo casi no se podían diferenciar.

—Exacto. Pero no solo en este escritorio. También en el sofá, en la mesa del comedor, en la terraza. Siempre con su ordenador portátil.

Bixente Mazago señaló la cristalera, y solo entonces Dupin reparó en la puerta corredera. Daba la impresión de que se podía abrir todo el lado derecho, era como si viviera al aire libre.

Dupin vio sobre el pequeño escritorio un portátil cerrado de color azul noche. En torno a él había montones de libros.

—¿El portátil de su hermana?

—Sí.

Dupin abrió con cuidado la pantalla y pulsó una tecla.

Al instante apareció una ventana para que introdujera la contraseña.

Moschin tenía un experto en informática en su equipo, él se encargaría del portátil.

Sin embargo, por lo general, tampoco acostumbraba a poder acceder.

Debido a los avanzados sistemas de seguridad, que ni los propios fabricantes eran capaces de burlar, seguramente no podrían acceder a los datos.

—¿No sabrá por casualidad la contraseña de su hermana?

—No.

Dupin cerró el portátil y examinó el escritorio.

Un libro sobre la historia del chocolate.

Con una gran cantidad de notas adhesivas en él.

Junto a este, otro libro: La química del chocolate .

Dupin lo cogió y lo hojeó. Un índice detallado, un auténtico mamotreto, también con docenas de notas.

Y además con subrayados y comentarios. Dupin era un fanático de las anotaciones; después de que los hubiera leído él, sus libros resultaban casi ilegibles para los demás.

Buscó pasajes que, a diferencia de buena parte del libro, no consistieran solo en representaciones químicas y fórmulas.

—¿Se presentó alguna otra persona para el cargo de chef chocolatero?

—No. Al menos, no directamente.

Bixente Mazago se encontraba a unos pasos de Dupin y lo miraba con curiosidad.

«El cacao y sus componentes» se titulaba uno de los capítulos.

Ciertamente parecía haber cientos de sustancias; la lista ocupaba varias páginas y, encima, con letra diminuta.

Ahí estaba la sustancia milagrosa: la teobromina.

«La teobromina tiene un efecto estimulante en el sistema nervioso central y aumenta la frecuencia cardiaca y la excreción de orina».

La chocolatera no había mencionado esto último.

—¿Qué quiere decir con «no directamente»?