El primer día #14
La ubicación de aquellas viviendas era impresionante.
Más allá de los muros de piedra, en dirección al mar, había unos metros de prado y, justo después, la fina arena blanca.
Aquello era como vivir en la playa. En las dunas había una larga mesa de color rojo amapola rodeada de ocho sillas.
Fermob, la mítica marca francesa de muebles hechos para el aire libre, el verano, los días luminosos y las noches templadas.
Un sueño. Ese día, sin embargo, con un deje siniestro si uno consideraba que tal vez la noche del día anterior Adeline Mazago había estado ahí sentada admirando la puesta de sol, mientras que en esos instantes era sometida a una autopsia en la camilla metálica del laboratorio forense de Quimper.
Dupin había llamado al timbre de las dos casas, las había rodeado a pie. Había gritado. Nada.
Al final se sentó en uno de los muretes y se dedicó a contemplar el mar. Se alegró de poder estar unos instantes a solas. Durante un caso necesitaba esos momentos de silencio. Sacó su libreta de notas y la hojeó.
Su obligado cuadro de personajes ya tenía un aspecto impresionante: «Bixente Mazago / Nahia Mazago / Benoît Pichard, maestro chocolatero / Eléna Chesneau, chocolatera / Corentin Dehame, director de la filial / Maëlle Columbani, amiga y directora de Les folies du chocolat».
El silencio era casi absoluto; solo en la lejanía, quizá cerca de los étangs , se oían algunos pájaros.
No soplaba ninguna brisa; el mar, el imponente Atlántico, inmutable y liso como un espejo, se extendía callado ante él.
Dupin se secó el sudor de la frente, le habría venido bien una gorra.
Los tejanos que vestía eran demasiado gruesos.
Llevaba esperando casi una hora. ¿Qué pasaba?
Al sacar el móvil, este empezó a sonar.
Claire.
Normalmente, cuando sabía que estaba en medio de una investigación, no lo llamaba.
—Hola, Claire, yo...
—Georges, tengo una urgencia en el hospital, estoy de camino a Quimper con el coche. Es probable que me lleve bastante tiempo. Mis padres han decidido quedarse a pasar la noche. Mi madre insiste en preparar algo de comida para cuando lleguemos tarde a casa.
—¿Cómo?
Dupin no tenía claro cuál de las dos noticias era, de hecho, la auténtica emergencia.
—Solo quería avisarte, Georges. ¡Nos vemos luego!
Al instante siguiente, colgó.
De repente oyó que un coche se acercaba. Un motor ruidoso. Dupin se levantó. Un SUV. Range Rover. Luego ya pensaría en la llamada de Claire. Pero ¿a qué le podía dar vueltas? De todos modos, era demasiado tarde.
El conductor dirigió el vehículo a la zona no asfaltada de aparcamiento situada entre los dos chalets. Frenó de forma abrupta. Poco después se abrió la puerta. Un hombre salió del coche.
Bixente Mazago se acercó a Dupin. No aparentaba estar bien entrado en los cincuenta, parecía mucho más joven.
Tenía aspecto mediterráneo, pelo negro y piel bronceada.
Un rostro atractivo, anguloso; era un hombre apuesto, sin duda.
Llevaba pantalones de tela grises y un polo de felpa del mismo color.
Las gafas de sol clásicas de aviador que lucía se las quitó en ese momento.
—Señor comisario, buenos días, soy el hermano de Adeline. Bixente Mazago.
Intentaba adoptar un tono firme de voz, pero no lo consiguió.
—Mi más sentido pésame, señor Mazago. —Dupin lo miró atentamente—. Debe de haber sido insufrible ver a su hermana de ese modo. Nos enfrentamos a un crimen atroz.
Bixente Mazago guardó silencio durante un rato, con la mirada perdida y vacía clavada en el mar.
—No entiendo nada. Es... —Volvió a callarse y luego miró a Dupin—.
Es que no lo entiendo. Es demasiado horrible.
Su aspecto, en la camilla... La he visto esta mañana.
Aquí, en casa. Pasó un momento por la nuestra, estuvo con mi mujer y conmigo.
Antes de ir a la fábrica. Estaba de muy buen humor.
Había ido a nadar, cuando se ha marchado con el coche todavía tenía el pelo mojado. Y ahora ahí, en esa camilla...
Tenía lágrimas en los ojos y el rostro contrito de dolor.
—Nos encargaremos de que el culpable de todo esto responda por ello, señor Mazago. Se lo aseguro.
Aunque eso ni devolvería la vida a su hermana ni aliviaría su dolor.
Bixente Mazago asintió.
—¿Cuál es la casa de su hermana?
—Me han dicho que quería verla.
—Es algo que debemos hacer, señor.
—¿Es cierto que la mataron y luego la metieron dentro del chocolate? El forense de Quimper se ha negado a decirme nada. Me ha dicho que no había terminado.
—Eso parece, sí.
Bixente Mazago se dio la vuelta y se encaminó hacia la casa que marcaba el final de la aldea. Dupin lo siguió.
—Mi mujer y yo solo llevamos medio año viviendo aquí. Cuando los niños aún estaban con nosotros, vivíamos en la ciudad. Era más práctico. Ambas casas pertenecen a Adeline, ella siempre quiso que nos mudáramos aquí. Durante mucho tiempo alquiló la segunda casa.
Se encaminaron hacia la puerta de entrada de madera. Bixente Mazago sacó un grueso manojo de llaves de su bolsillo, Dupin se puso los finos guantes de látex y le pasó un par a Bixente Mazago sin decir nada.
—¿Últimamente su hermana tuvo alguna visita?
—El fin de semana pasado. De Nahia.
Eso también era una información nueva. Tenían que localizarla con urgencia.
—¿Con la familia o vino sola?
—Sola.
—¿Venía a menudo a la Bretaña?
—En los últimos años, no. Adeline y Nahia se habían distanciado un poco, antes eran inseparables.
Desde que tuvo a sus hijos Nahia ha estado muy ocupada, normal, tuvo gemelos.
—Bixente hablaba despacio y en voz baja—.
Nahia tenía entonces cuarenta y dos años.
Y, aun así, siguió trabajando como una loca. Siempre hay algo pendiente.
Una vez más, la tristeza pareció abrumarlo por completo.
—Adeline quería mucho a las dos niñas, era la madrina de Nea.
Bixente Mazago abrió la puerta. Mentalmente parecía estar muy lejos de ahí.
—¿Hubo otras razones por las que la intensidad de la relación aflojara?
Entraron en un pasillo alargado del cual partían varias habitaciones.
—Esa..., esa es una buena pregunta. Yo también me la he planteado. La verdad, no lo sé. Hable con mi hermana, ella...
—No podemos localizarla.
—Lo sé, su compañero ya me lo ha dicho. Por supuesto, yo también lo he intentado. Y le he dejado dos mensajes. Ella... —De nuevo, una pausa—. Seguro que pronto se pondrá en contacto.
—¿Me enseña un poco la casa?
En realidad, Dupin tenía la intención de inspeccionar la casa solo, pero seguro que el hermano de Adeline Mazago la conocía bien. Por otra parte, de este modo ahorraría tiempo, ya que de otra forma habría tenido que hablar con él al terminar.
La respuesta tardó un tiempo en llegar.
—Por supuesto.
Bixente Mazago se puso en marcha.
—¿Dónde está su esposa?
—Está en casa de su hermana. En Quimper. Se llevan muy bien.
—Entiendo —murmuró Dupin.
Bixente Mazago se dirigió hacia la puerta de delante. Dupin lo siguió mientras se sacaba del bolsillo del pantalón la pequeña libreta roja.
—Aquí se llega directamente al corazón del hogar de Adeline: su pièce pour vivre , su «sala de vivir», como ella la llamaba.
Lo que se desplegó entonces ante ellos fue una generosa combinación de cristal, madera y luz.
Dupin nunca había visto una habitación igual.
La pared que daba al mar, que parecía sorprendentemente cercano, era toda de cristal.
En el resto de la estancia se alternaban grandes superficies de cristal y de madera.
Roble claro, a poro abierto, aceitado en blanco.
La larga mesa de comedor, las sillas y la mesita frente al sofá azul celeste también eran de esta madera.
Dos altavoces de pie. Como en la oficina de Adeline Mazago, aquí también había grandes estanterías repletas de CD y libros.
Sin embargo, el espacio no parecía bastar, ya que también había libros y CD repartidos por toda la estancia, en el suelo, en el sofá, en la mesa, formando pilas innumerables, peligrosamente altas e inclinadas.
A la derecha había un pasillo que daba a una pequeña cocina, una estancia independiente de la vivienda. Tal y como se veía a través de las paredes de cristal, había cuatro estancias más, todas integradas entre sí.
—Hay otro dormitorio, un estudio y una habitación para invitados. Pero Adeline solo vivía aquí. Aquí es donde hacía su vida y trabajaba. A menudo incluso dormía aquí, en el sofá.
Dupin se había acercado a la larga mesa.
—¿Qué ha hecho usted esta mañana en la planta, señor Mazago?
Sobre ella reinaba un maravilloso desorden.
—Nada en particular. Charlar con el director de la filial y con algunos empleados. Todo temas de ventas. Y una breve reunión con Nathaël Spiquel.
—¿Quién es?
—El capitán del Rysfall, nuestro nuevo barco. También es el responsable de logística.
El hombre del que Nolwenn había hablado antes.
—¿Del transporte del cacao?
—No solo de eso, también de todas las mercancías que llegan de Venezuela a la Bretaña y de todas las que hacen el camino inverso.
—¿Se han encontrado en la planta?
—Sí.
Dupin abrió el nuevo programa en su móvil. Allí estaba el nombre.
—¿De qué trató la reunión?
—Principalmente de dos temas: de la disposición de las mercancías para el viaje de regreso de los barcos a Venezuela, y de la compra de otros dos grandes barcos.
—¿Más cacao?
—No. La capacidad de los dos barcos cubre nuestras necesidades. Queremos ofrecer el transporte de mercancías con nivel cero de emisiones de CO2 a través del Atlántico como un servicio propio a gran escala. Y no nos limitaremos a eso.
—¿A qué se refiere?
—Una logística integral y estrictamente ecológica. Desde el punto de producción hasta el lugar de fabricación y distribución. El comercio con los países sudamericanos está en auge, el interés es enorme. Piense solo en Brasil. Recibimos solicitudes de todas partes.
Era la primera vez que Dupin oía hablar de un proyecto logístico de ese tipo.