Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #13
28%

El primer día #13

Era una pregunta retórica, Dupin lo sabía, por supuesto.

Los bretones se sentían vinculados con todas aquellas regiones francesas con un carácter independiente, más en concreto, las regiones más rebeldes.

Dicho de otro modo, con todas las regiones que tradicionalmente habían tenido los conflictos más intensos con París.

—Nosotros aceptamos a los vascos. —Nolwenn formuló esa frase como si fuera la cabecilla de algún clan—.

Nadie tiene una tradición y una cultura tan únicas como el País Vasco y nosotros.

Y, encima, una lengua propia. Somos hermanos y hermanas en espíritu y carácter.

—Nolwenn parecía conmovida por sus propias palabras—.

¡Atlánticos! ¡Amantes de la buena vida y de la comida!

Elementos existenciales básicos.

—Ambas regiones producen una sal especial; la una para refinar su mantequilla y la otra para curar su jamón.

Otros elementos básicos, tuvo que admitir Dupin.

—Y en ninguna otra región francesa se celebra con tanto exceso como en el País Vasco y en la Bretaña.

Nolwenn parecía haber llegado por fin al meollo del asunto.

Inspiró profundamente; daba la impresión de que todavía no había terminado.

—En el País Vasco también beben sidra. La verdad es —bajó la voz— que fueron los vascos quienes la inventaron. Los vascos, y no nosotros.

Aquella era una confesión inconcebible para una bretona, Dupin no daba crédito a sus oídos. Al fin y al cabo, los bretones eran los inventores de todo cuanto era bueno y bello, y la sidra era un elemento fundamental de la cultura bretona.

—Y, por último, ninguna de estas dos regiones dista mucho de Francia.

Dupin conocía ese chiste. Un humorista agudo había afirmado en una ocasión que la Bretaña era «muy bonita y no estaba muy lejos de Francia».

—¡Pero ahora deberíamos concentrarnos en el caso, señor comisario!

Como si Dupin la hubiera distraído.

Él pulsó la barra espaciadora para poner fin a la secuencia de fotos de la pantalla del ordenador y, al instante, apareció la solicitud de contraseña. Dupin no había supuesto que el ordenador de Adeline Mazago estuviera desprotegido, pero, aun así, quiso intentarlo.

—Moschin pronto estará aquí.

—¡Jefe!

Era como un déjà vu : Le Ber y Nevou entrando a toda prisa en la estancia.

—¿Qué ha pasado?

—Hemos localizado a Bixente Mazago. El hermano.

Se detuvieron justo delante de Dupin y Nolwenn.

—Está completamente abatido. Tenía una reunión larga. Lo hemos localizado en el coche.

El ritmo en staccato al estilo de Le Ber.

—Ahora se dirige a Quimper, quiere ver a su hermana, esto es, su cadáver. De todos modos, está cerca, iba de camino a visitar a su mujer cuando dimos con él.

—Me pregunto si es buena idea conducir en ese estado, y además estando solo —comentó Nolwenn.

—Queríamos enviar un coche para recogerlo, pero insistió en conducir él mismo.

—¿Ha dicho algo? —preguntó Dupin, pasando a la pregunta más importante—. ¿Tiene alguna sospecha de cuál podría haber sido el motivo?

—La noticia le ha causado una gran impresión. Dice que no tiene ni idea de lo que puede haber ocurrido. Que es algo completamente inimaginable.

—¿Dónde tenía ese encuentro?

—En Auray. Una reunión. A las dos de la tarde.

—¿Y nadie tenía noticia de ello? ¿Ningún empleado, ningún secretario?

—No.

—Resulta sospechoso —murmuró Nolwenn.

—También le pregunté cómo podíamos localizar a su hermana mayor. Ha dicho que por SMS y WhatsApp. Pero eso ya lo hemos intentado, jefe.

—Quiero hablar con él, ¿se lo han dicho también?

—Sí, jefe. Y le he propuesto que se reúnan en Loc’h Louriec. Delante de la casa de Adeline Mazago. A fin de cuentas, usted quería ir a echar un vistazo. Además, él tiene las llaves. Vive justo al lado.

—¡Bien pensado! —aprobó Nolwenn, que normalmente organizaba las reuniones de Dupin—. ¡Excelente!

Daba la impresión de que ella había decidido no hacerse responsable en este caso de todas esas actuaciones.

—Acabamos de revisar la lista de llamadas de Adeline Mazago de las últimas ocho semanas.

Teléfono móvil y fijo. Las llamadas más frecuentes son a su hermano, su hermana y a su amiga Maëlle Columbani.

Algunas a Chesneau y Pichard. Hay muchas otras llamadas que aún estamos revisando.

En general, hasta el momento, nada llamativo, ni siquiera en los últimos días.

Hoy solo hay una llamada de Maëlle Columbani.

A las 9.47, de apenas veintisiete segundos.

Dupin hizo algunas anotaciones.

—Por cierto, al final el móvil sí estaba en el fondo de la tina de chocolate.

Una imagen desagradable.

—Como siempre, solo con suerte los expertos podrán dar con el PIN.

Dupin suspiró. En efecto.

—Envíeme la lista con las llamadas, Le Ber.

Luego él le echaría otro vistazo.

—En el expediente del caso, jefe. Allí encontrará...

—Nos vamos —lo interrumpió Dupin poniéndose en marcha.

—Solo quiero ver un momentito a mi marido y luego le sigo, señor comisario. Empiece usted sin más.

Sin esperar respuesta, Nolwenn salió de la habitación.

Dupin tuvo que entrecerrar los ojos y hacer visera con la mano. El blanco de la arena de la playa de Kerlaëren deslumbraba bajo el intenso sol de mayo, que inundaba el mundo con su luz renovada. Y eso incluso ahora, casi a las siete y media.

Al comisario le encantaban esas semanas previas al día más largo del año.

Eran una auténtica fiesta de la luz. Entendía perfectamente por qué desde siempre tantas culturas celebraban esa fecha.

Aunque el día en sí tenía siempre algo de una profunda tristeza.

Dupin ya lo sentía así de niño: aunque el verano acababa de empezar y alcanzaría su cénit en julio y agosto, a partir de entonces la luz ya comenzaba a disminuir.

En los puntos donde el fondo marino era arenoso, el agua refulgía en impresionantes tonos turquesa, cian y azul.

Había muchas cosas que convertían la playa de Loc’h Louriec en la más bonita de la zona, y apenas estaba a un paso de Concarneau, pero Dupin rara vez la visitaba.

Eso sí, cada vez que lo hacía, se preguntaba cómo no iba más a menudo.

Justo detrás de la playa se alzaban unas dunas de arena empinadas con la típica hierba brillante en color verde plateado, con esa apariencia de haber sido rota a pedazos de un modo antojadizo.

Como si acabara de ser barrida por una tormenta intensa.

Tras las dunas se ocultaban regueros serpenteantes de agua.

Un paisaje pantanoso bañado en agua dulce.

La mayoría de esos étangs , estanques, de los que había más o menos una docena entre Trévignon y Concarneau, estaban conectados entre sí.

Lugares bucólicos, campestres y tranquilos. Y, además, paraísos para las aves.

Dupin dejó vagar la mirada. Lo más impresionante de esa playa era su extensión. Parecía infinita.

El camino de grava que conducía a las dos casas situadas en el extremo de la aldea a través de un bosquecillo cubierto de muérdago no tenía nombre, como tantas otras pequeñas vías bretonas.

No había llovido en casi tres semanas y el polvo se arremolinaba violentamente por la zona cuando Dupin llegó ahí con el coche.

Desde hacía unas semanas, su querido y viejo Citroën XM hacía unos ruidos extraños al acelerar, un golpeteo sordo proveniente del compartimento del motor.

Iba a tener que llevarlo al taller. Lo que implicaba volver a mantener conversaciones molestas con Nolwenn.

Ella insistía en que debía comprarse un vehículo nuevo.

«Creo que la elección del coche que utiliza es, solo en cierta medida, una decisión personal, señor comisario.

¡Lo conduce por la Bretaña y por los bretones, por toda Francia!

—Aquel había sido el punto clave del descabellado argumento de su secretaria unas semanas antes—.

Imagínese que se le escapa un asesino múltiple solo porque su viejo coche es demasiado lento o se avería durante la persecución.

Y todo por culpa de su obcecación». Nolwenn ya había estado a punto de encargar «el nuevo» un par de veces, pero Dupin había logrado impedirlo en el último momento.

Desde un punto de vista objetivo, aferrarse a su XM era, por supuesto, una tontería.

A principios de año ya había tenido que someterlo a varias reparaciones importantes que habían ascendido a cuatro mil setecientos euros, una cantidad que superaba el valor del coche.

Pero no se trataba de eso. Se trataba del valor sentimental.

Dicho de otro modo: era una extravagancia suya, Dupin lo admitía sin tapujos.

El comisario había dejado el Citroën bastante alejado de las dos casas.

El señor Mazago aún no había llegado. No había nombres en los buzones junto a las puertas de entrada ni tampoco en los timbres.

Probablemente, los carteros y repartidores ya sabían quién vivía allí, pero, por lo demás, los Mazago parecían preferir el anonimato.

Las casas distaban entre sí a lo sumo unos doscientos metros. La de la izquierda era la última de la aldea; a partir de ahí comenzaba la naturaleza. Un lugar solitario.

Eran unos chalets elegantes de madera, de un blanco plateado con reflejos, construidos probablemente en los años setenta por el mismo arquitecto.

En las amplias terrazas había unas sombrillas blancas y mesas largas.

En torno a los dos edificios se extendían unos prados silvestres, delimitados por muros de piedra de media altura.

Aquí y allá, arbustos de retama en flor, de un amarillo intenso y de gran envergadura.

Una belleza árida y áspera, un paisaje mínimo y, precisamente por eso, muy estético.