Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #12
26%

El primer día #12

—Todo el mundo. Claro que, cuando se está en la zona de producción, hay que seguir las normas de higiene, es decir, llevar bata y cofia.

Pero eso es solo en la zona de producción, en el almacén no hace falta.

Probablemente allí es donde se encuentran la mayoría de los muestreadores.

En el armario que hay junto a la puerta.

—Al que todo el mundo tiene acceso —concluyó Nolwenn.

—Así es, sí.

—Además, estos muestreadores se pueden ocultar con facilidad —murmuró Nevou—. Por ejemplo, por debajo de la bata.

—Quiero saber cuanto antes si realmente se trata de la sangre de Adeline Mazago —le dijo Dupin a Moschin. De todos modos, parecía evidente.

—Haré que lleven el muestreador al laboratorio de inmediato —suspiró Moschin—. Por lo demás, ya hemos terminado aquí abajo. Ahora nos ocuparemos de la oficina de Mazago.

—Antes quiero echarle un vistazo —respondió Dupin—. Deme cinco minutos.

Moschin asintió resignado, ya conocía al comisario. Dupin necesitaba ese tiempo. Examinar las estancias de una persona fallecida ofrecía, más allá de la posibilidad de encontrar pistas o indicios, una visión de la vida y la personalidad del difunto.

—Cinco minutos.

Moschin se marchó de mala gana.

—Señor Dehame —Dupin se volvió hacia el director de la filial—, ¿tiene alguna idea de qué pudo haber motivado el asesinato de Adeline Mazago?

—¿Yo?

Dehame parecía casi indignado.

—Es usted el director —intervino Nolwenn— ; si hace bien su trabajo, entonces conocerá la empresa y al personal mejor que nadie.

—Ya se lo he dicho a su compañera: no. No tengo ni la más remota idea de lo que ha podido ocurrir aquí. Por mucho que me lo pregunte.

Su rostro se enrojeció aún más. Dupin sospechó que tenía tendencia a la ira.

—¿Adeline Mazago tenía algún conflicto con alguien? ¿Alguna discrepancia? —Dupin intentó adoptar un tono ecuánime.

—Lo dicho: de esas cosas yo no sé nada.

Respondió de inmediato.

—¿Y en general, en la empresa? —insistió Le Ber.

—Todo el mundo sabe que el señor Pichard y la señora Chesneau no estaban precisamente a partir un piñón.

—¿Por el tema de la sucesión?

—No solo por eso.

—¿Por qué más? —se apresuró Nolwenn a preguntar.

—Digamos que hace un tiempo que la señora Chesneau se muestra impaciente. —Al responder, no miró a Nolwenn, solo se dirigió a Dupin—. Tiene ganas de tomar el control de todo. No solo es el cargo de Pichard. Tiene un concepto muy concreto y diferente de lo que debería representar Zerua.

Una cosa era evidente: tampoco Dehame era un fan de Eléna Chesneau.

—Sin duda, un poco de aire fresco le vendría bien a Zerua, señor Dehame. ¡Un aire nuevo y femenino! —comentó Nolwenn con tono cortante—. Hay muchos hombres que simplemente no saben cómo comportarse cuando las mujeres pisan fuerte y con decisión. ¿Y si solo fuera eso?

Por fin el director de la filial le dirigió la mirada. De nuevo, el rubor de su piel se había intensificado; había gente así, Dupin conocía a muchos, gente a quien la hipertensión se le mostraba de forma evidente.

—Lo he comentado de un modo totalmente neutral. —El director de la filial intentaba justificarse—. Lo único que pretendo es ayudarlos con la investigación.

—No ha sonado para nada neutral —intervino Nevou.

—¿Había otros conflictos entre ambos? —preguntó Dupin.

—A la señora Chesneau le habría gustado —Dehame vaciló— experimentar más.

Lo que quiero decir es que ella concedía una gran importancia a los nuevos descubrimientos de la química.

El señor Pichard es más bien, cómo decirlo...

—Dehame hacía un esfuerzo por mostrarse diplomático—. De la vieja escuela. Un gran artista.

Los dos hombres hacían piña entre sí, saltaba a la vista.

—¿Han llegado hoy del puerto nuevos sacos de cacao? —Nevou cambió de tema.

—Fue ayer. Los dos barcos fueron descargados ayer por la mañana. El cacao se distribuyó entre las cuatro plantas de producción: Quimper, Bayona, Morlaix y Concarneau.

—¿Y el control de calidad? ¿Cuándo se realiza? ¿Inmediatamente después de la entrega?

—A más tardar cuando un saco se retira del almacén para la producción. Para asegurarse de que la materia prima está realmente en perfectas condiciones al inicio de la producción. A veces, solo se aprecian las consecuencias de la humedad al cabo de semanas o meses.

—¿Y quién toma las muestras? —Nevou insistió.

—El señor Pichard o la señora Chesneau, según el caso.

Es algo que solo les compete a ellos. Son los únicos que pueden dictaminar si los granos cumplen con sus requisitos de calidad.

El cacao es un producto natural, por lo que se dan diferencias naturales, incluso con la selección más cuidadosa.

Antes de ser enviados aquí, los granos se fermentan y se secan tras la cosecha en nuestra plantación de Venezuela, un proceso delicado en el que muchas cosas pueden ir mal. Y luego está el largo transporte.

—Parece que la plantación es muy grande.

Por el modo en que Nevou dijo esas palabras, sonó casi como un reproche.

—Catorce hectáreas. Hay otras mucho más grandes.

Pero en ese caso se trata de monocultivos, de grandes productores.

Nuestra plantación se gestiona de acuerdo con unos estrictos criterios ecológicos.

Hay tres familias de agricultores, tenemos quince empleados fijos y varios ayudantes para la cosecha. Un pequeño pueblo.

—Señor comisario, la científica aguarda, deberíamos echar un vistazo a la oficina.

Nolwenn parecía haber perdido interés por aquel hombre menudo.

Dupin asintió, ella tenía razón. Ya no solo por la científica, que tenía que hacer su trabajo, sino también por el número considerable de entrevistas pendientes.

—Antes he pedido que me dieran la llave maestra.

Nolwenn la sostuvo en alto, como si se tratara del pequeño identificador de un guía turístico.

—Muchas gracias por todo, señor Dehame —dijo Dupin—. En breve seguiremos con nuestra conversación.

—Yo... —Daba la impresión de que Dehame no sabía qué decir—. Por supuesto, con mucho gusto... Quiero decir, estoy siempre a su disposición.

A menudo, el aspecto colérico no era sino la cara opuesta del sumiso y oportunista. Una mezcla peligrosa, en ocasiones inescrutable.

La oficina estaba cerrada con llave y no había ningún indicio de que alguien hubiera entrado a la fuerza en ella.

La buhardilla había sido convertida en una especie de loft.

El elemento más destacado de su arquitectura era que las paredes orientadas al norte y al sur eran por completo de cristal.

A ambos lados, en una estructura de aluminio discreta, había unas grandes puertas correderas de cristal que daban a un estrecho balcón.

Toda la estancia hacía pensar en un invernadero.

Era una sala sensacional. Sin embargo, más sensacional aún era la vista que se desplegaba ante ellos y que subrayaba cuánto merecía Concarneau el título de «ciudad del mar».

A un lado estaba la dársena del puerto, que también se podía ver desde la terraza del comedor; por el otro, era posible admirar los bonitos tejados de pizarra de las casas medievales y la imponente muralla de la ciudad a lo lejos con su puerto deportivo y sus innumerables veleros y el océano Atlántico al fondo.

El mar lucía en un elegante azul cobalto, al que esa tarde no perturbaba ningún destello, ni siquiera un reflejo del sol.

Nolwenn y Dupin ya habían inspeccionado la estancia antes.

En el centro había una larga mesa de roble rodeada de sillas antiguas con apariencia de ser piezas únicas.

En una pared lateral había un sofá alargado, con gran profundidad de asiento y apariencia acogedora de color amarillo azafrán, y varias mantas de lana de tonalidad rojiza.

Dos altavoces altos, un equipo de música de aspecto caro y una estantería para CD que llegaba hasta el techo daban testimonio de que la señora Mazago también cultivaba ahí su pasión por la ópera y la música clásica.

En la pared opuesta había un largo escritorio de roble claro con un elegante ordenador, ante el cual se detuvieron.

En la pantalla había un salvapantallas. Una presentación de fotos.

Paisajes bretones, mediterráneos, caribeños, tal vez de Venezuela. De vez en cuando, alguna persona.

—¡Ahí está, ahí! ¡Esta es Adeline!

Dupin contempló a una joven con una camiseta descolorida y unos tejanos sucios. Estaba de pie delante de un arbusto lleno de bayas de color rojo intenso.

—¿También se dedican al cultivo de café?

Dupin había reconocido de inmediato las bayas rojas. Una de sus plantas favoritas.

—Desde el principio Zerua también tuvo una pequeña producción de café —dijo Nolwenn—. Todavía existe, pero sigue siendo modesta. Más bien como una afición. El café solo se vende en Bayona.

Hasta entonces nadie había hablado de eso.

Entonces pasaron a ver nieve. Una pista de esquí. Un cielo de un color azul pretencioso. Los Alpes, supuso Dupin. Adeline Mazago y una mujer esquiando, riendo.

—Es su hermana. Nahia.

A continuación apareció un paisaje desértico y vacío. Unas enormes dunas de arena.

La aleatoriedad de las imágenes hacía que la secuencia resultara estrafalaria.

Dupin sabía algo de aquellas presentaciones de fotos: el algoritmo recopilaba momentos alejados por décadas, miles de kilómetros y, sobre todo, vidas muy diferentes.

Incluso aquellas que hacía tiempo que se habían dejado atrás.

—Se trata de una gran y antigua familia de empresarios. Fabrican de todo.

—¿Zerua?

—En Bretaña solo producen chocolate y galletas. Además, los hermanos también tienen algunas panaderías. En Morlaix y alrededores.

Tampoco nadie había hablado de eso hasta ese momento.

—Ya le he pedido a Le Menn que haga una lista completa de todos los negocios. Quizá la cuestión no gire en torno al chocolate.

Dupin asintió. A estas alturas, aún todo era posible. Absolutamente todo.

—¿Sabe usted que los vascos y los bretones se sienten unidos por un vínculo especial?