Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #9
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El primer día #9

Habían quedado. A las cuatro de la tarde, para tomar un café, después de la terapia de confrontación; él se había pedido la tarde libre expresamente.

Se suponía que los padres de ella iban a acompañarlos.

«Hélène y Gustave» —parecía una fórmula fija, como si solo existieran en pareja— estaban de paso hacia La Rochelle para visitar a la hermana de Hélène.

Cada vez que los padres de Claire hacían ese viaje daban un «pequeño rodeo» y «pasaban un momentito por Concarneau».

Esta vez, por suerte, no se quedaban a dormir; tenían previsto continuar el viaje por la noche.

A Dupin sus suegros le caían bien. De verdad.

Lo único es que eran... un poco complicados.

Es decir: lo sacaban de quicio. Hélène no daba tregua a la lengua, ni tampoco a los oídos; cualquier pensamiento, por vago que fuera, o cualquier sentimiento, por leve e indefinido que fuera, ella lo convertía en palabras.

En definitiva: que Claire había logrado convencerlo de quedar con ellos.

«Un café. En la terraza del Amiral, vale», había accedido al final. Para luego arrepentirse de inmediato.

—No puede ser cierto.

Dupin se apartó unos pasos y respondió a la llamada en voz baja.

—Claire, yo...

—¿Dónde estás, Georges? ¿Qué estás haciendo?

—Claire, dime, ¿cómo es morir ahogado en chocolate líquido?

A Claire le gustaba que él le consultara cuestiones médicas. Era una buena forma de iniciar una conversación difícil.

—¡Te estamos esperando, Georges!

No estaba contenta.

—Tenemos un asesinato, Claire. —Dicho de forma clara—. Acaban de encontrar el cadáver.

—¿No será una de esas excusas descabelladas cuando se trata de mis padres?

—Nunca me inventaría un asesinato.

Sin embargo, Claire sí parecía creerlo capaz.

—¿Y quién se supone que es? ¿Y dónde?

—Conoces a la familia Mazago, ¿verdad? Los de Zerua.

Claire adoraba a Zerua.

—Claro.

Una respuesta muy breve.

—Adeline Mazago. La encontraron muerta en una tina de chocolate. Según parece, ella...

—Entonces ¿es cierto?

—Por supuesto.

—¿Y se ha ahogado en una tina de chocolate?

—Aún no lo sabemos con certeza. Quizá ya estuviera muerta.

—Espero que fuera así. No hay nada peor que la muerte lenta y agonizante por ahogamiento.

—Lo dicho, nosotros...

—Vale, esto significa que probablemente no podrás venir.

—Eso es.

—Y que yo me quedo sola con los dos.

—Lo siento mucho.

Sonó como si le estuviera dando el pésame.

—Mi madre justo acababa de decir que seguro que había otro cadáver. Y que tú no podrías venir.

—¡En la última visita no hubo ningún fallecido! —Fue en febrero. Un mes tranquilo—. Solo fue una vez, yo...

—¡Al menos, esta vez ha sido aquí mismo y no vas a tener que investigar en islas lejanas con sirenas misteriosas.

—Eso fueron...

—Entonces, hasta la noche, Georges. Seguramente no llegarás hasta tarde.

—¡Te llamo, Claire!

—¡Hazlo!

—Y saluda a tus padr...

Claire ya había colgado.

Dupin se quedó inmóvil por un instante, luego se espabiló y regresó con los demás.

—¿Todo bien, jefe?

Fue Le Ber quien preguntó, pero Dupin vio curiosidad en las miradas de todos.

—¡Manos a la obra! —exclamó.

—Iré a echar un vistazo a los dos veleros del puerto —anunció Labat.

—Es más importante investigar las actividades delictivas en el mundo del chocolate —aclaró Dupin—. Yo...

—¡Acompáñeme! —Nolwenn ya había alcanzado la puerta de la terraza—. ¡No pierda el tiempo, señor comisario!

¿Qué se traería Nolwenn entre manos?

La sala alargada era de un blanco tan aséptico como el de la sala de producción.

En cambio, los aromas que colmaban la «cámara del tesoro» no eran asépticos en absoluto, sino extraordinariamente agradables a los sentidos.

No solo olía a chocolate, sino también a café.

Café amargo, con un deje dulce. Una fragancia difusa.

Como un perfume embriagador. Dupin percibió el olor a heno, madera, humo.

Y a setas frescas, el olor acre que desprenden en cuanto son recogidas del bosque.

En la pared del fondo había más de una docena de palés de madera sobre los que se acumulaban grandes sacos de lino grueso repletos, apilados en siete u ocho capas, casi hasta la altura de la cabeza.

Un membrete en negro mate: «Zerua. Product of Venezuela».

Debía de ser suficiente para centenares de tabletas de chocolate.

En la pared de enfrente, Dupin vislumbró una puerta estrecha.

Junto a ella, un único armario de aspecto abandonado.

Nolwenn entró en la sala antes que él. De hecho, Dupin quería preguntarle por qué pretendía asistir al interrogatorio con Eléna Chesneau, pero decidió dejarlo para más tarde.

—Aquí no está —constató Nolwenn casi indignada mientras escrutaba los palés con los sacos de lino, como si alguien pudiera esconderse entre ellos.

Dupin se encaminó directamente hacia la puerta estrecha, que parecía entreabierta. Nolwenn fue tras él.

Entraron entonces en otra sala pintada de blanco.

También en ella había todo un ejército de aparatos.

De nuevo, de acero inoxidable. Y, de nuevo, conectados entre sí por un laberinto de tuberías y conducciones, algunas de las cuales desaparecían en las paredes.

La fabricación del chocolate debía de ser un proceso muy complejo.

Delante de una de las máquinas había una carretilla de ruedas de goma que tenía encima uno de los sacos del almacén.

Inclinada sobre ella había una joven. Tenía que ser ella.

Eléna Chesneau. Aunque no se la veía muy bien.

Llevaba una bata de trabajo de color azul claro que le llegaba casi hasta las rodillas y una cofia higiénica, que le cubría el pelo y no dejaba que asomara ni un solo mechón de pelo.

Debajo de la bata se veían unos pantalones de pana ajustados de color marrón y unas zapatillas deportivas blancas. No eran unas Vejas.

La joven no había reparado en su presencia. Sin duda, a causa del estruendo que reinaba en la sala. Una gran variedad de sonidos a la vez: pitidos, zumbidos, crujidos, golpeteos.

Lo que también envolvía la sala era una locura de fragancia, mucho más intensa incluso que en la cámara del tesoro. Frutas tropicales, higos, dátiles, cítricos y naranjas, y también ciruelas, pasas, jazmín y rosas.

Nolwenn y Dupin se aproximaron a la mujer, que sostenía un tubo de acero inoxidable en la mano y que, a su vez, estaba metido dentro de la bolsa de lino.

—¿Señora Chesneau?

Nolwenn se dirigió hacia ella en voz alta.

La chocolatera se incorporó de pronto, parecía sobresaltada.

—¿Sí?

—Somos de la policía y tenemos algunas preguntas importantes que hacerle.

Ni saludos ni preámbulos. Nolwenn fue, como de costumbre, directa al grano.

—Comisaría de policía —añadió Dupin con un tono deliberadamente más suave—. Ella es Nolwenn Brijantez. Mi nombre es Georges Dupin.

—Lo sé.

Miró a Nolwenn y a Dupin con seriedad.

—Quiero decir, los conozco. Es espantoso.

Ese comentario quedó suspendido de forma extraña en el aire. Eléna Chesneau parecía alterada.

—Por desgracia, no puedo aportar nada al esclarecimiento del caso. Ya se lo he dicho a su colega. No he notado nada especial. Ni hoy, ni tampoco estos últimos días. Y la señora Mazago parecía completamente normal.

—¿Cuándo la vio por última vez? —quiso saber Dupin.

—Esta mañana hemos hablado unos minutos, ha estado aquí conmigo.

Eléna Chesneau tenía un rostro de rasgos nítidos y decididos.

—¿Y de qué han hablado?

—De fruta y ópera.

—¿Fruta y ópera?

—Ambas creíamos que ahora, para el verano, deberíamos hacer algunas creaciones con fruta bretona. Arándanos, frambuesas, fresas. Ya lo intentamos el año pasado. Pero el señor Pichard se opuso. —Una breve vacilación y luego—: Este año ha estado de acuerdo.

Nolwenn se colocó justo delante de ella.

—¿Quién ha asesinado a Adeline Mazago, señora Chesneau? ¿Qué cree usted?

—La verdad, no tengo ni idea.

La chocolatera inspiró hondo, los labios le temblaban ligeramente. Seguía sosteniendo el tubo en la mano.

—Era una persona tan maravillosa que, por más que lo intento, no consigo imaginar por qué alguien querría hacerle algo así.

—Nos han dicho que usted tenía un conflicto con ella. —Dupin clavó la mirada en la señora Chesneau y prosiguió—: Sobre su ascenso, el cargo de chef chocolatera. Al parecer, Adeline Mazago estaba en contra.

Dupin tenía que apretar un poco más las tuercas.

—No lo creo.

La respuesta no se había hecho esperar.

—No tengo ni idea de quién ha podido difundir ese rumor.

En cualquier caso, es malintencionado. Fue un acuerdo de los tres hermanos.

Además, me explicaron su decisión en el curso de una conversación muy franca.

Me dijeron que querían «observarme con buenos ojos» durante un tiempo antes de confiarme una responsabilidad tan grande.

—¿Habló alguna vez a solas con la señora Mazago sobre este asunto?

—No.

La intensidad disparatada de los olores resultaba casi embriagadora, se dijo Dupin.

Igual que el modo como se solapaban, entremezclándose entre sí.

Empezaba a percibir también aromas especiados, quizá canela, regaliz, cuero, tabaco, todo a la vez.

Y también perfumes tostados, un toque de caramelo. Un poco de miel. Y madera y humo.

—¿Por qué el señor Pichard se opuso a la idea de usar esas frutas?

La joven miró a Nolwenn con sorpresa.

—Eso se lo tendrá que preguntar a él. A mí no me lo dijo.

—El señor Pichard cree que usted le guarda rencor por la decisión de que él se mantuviera en el cargo dos años más.

—¡Menuda tontería! —La cofia blanca que llevaba en la cabeza se agitó de forma alarmante—. Estoy completamente de acuerdo con el compromiso que adopté con los tres. Además, la idea de esos dos años fue de los hermanos, no de Pichard.

—Realmente parece usted enfadada —constató Nolwenn.

—Y lo estoy. Me comporto con toda normalidad con el señor Pichard. Pero él es incapaz de soportar la idea de que alguien vaya a sucederle a él, el legendario Pichard. Y, para colmo de males, una mujer más joven.

—¿Eso lo ha dicho él?