Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #8
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El primer día #8

—Conoce a su antiguo propietario. Nathaël Spiquel.

Un capitán de barco con muchísima experiencia.

Nathaël llevaba un tiempo pensando en venderlo.

Y mi marido sabía que Zerua estaba buscando una segunda embarcación, así que negoció el trato.

Luego Bixente Mazago contrató a Nathaël como capitán.

Desde la primavera, él también es oficialmente responsable de la logística.

—¿Dónde se efectúa la descarga de ambos barcos? —preguntó Labat—. ¿Aquí, en el puerto de Concarneau?

—Aquí mismo, sí. Esa es la ventaja. Zerua tiene también tres camiones eléctricos con los que transporta los granos del puerto a las fábricas.

Nolwenn estaba bien informada.

Dupin contempló dos zódiacs de un rojo intenso navegando por las aguas de color petróleo de la dársena del puerto rumbo al lado norte de la Ville Close.

Allí había una empresa de alquiler. Petit Atlantique.

Location bateaux à moteur sans permis . Alquiler de lanchas a motor sin licencia.

Para él siempre había sido un misterio por qué no hacía falta permiso para conducir esas naves, ya que, a pesar de su pequeño tamaño, eran capaces de alcanzar velocidades impresionantes.

—En Quimper, Zerua tiene una gran instalación solar para los camiones —continuó explicando Nolwenn—. Y para la producción allí, ellos...

—¿Su marido se lucró con ese trato?

Dupin quería hacerse una idea precisa de todo ese asunto.

—Por supuesto que se lucró. Es un hombre de negocios.

Hasta entonces, esto es, después de catorce años, Dupin seguía sin saber exactamente a qué se dedicaba el marido de Nolwenn. «Importación-exportación». «Negocios diversos». Siempre le había parecido un poco misterioso. Mafioso. Siempre había evitado preguntar con más detalle.

—¿Qué mercancías llevan los barcos a Venezuela? —Labat volvió a la logística.

—De todo. Sidra. Vino. Cerveza. Galletas. Productos bretones.

¿Qué si no?

—¿Alguna vez ha habido problemas con las mercancías?

Nolwenn lo miró desconcertada.

—¿Problemas con las mercancías? ¿A qué se refiere?

—¿Algo ilegal?

—¿Por qué habría de haber...? —Nolwenn se interrumpió—. No, que yo sepa no. Y, en cualquier caso, nos habríamos enterado en comisaría.

Las dos zódiacs rojas habían desaparecido de la vista. La mirada de Dupin siguió a otras embarcaciones; una se acercaba, otra se alejaba, era una coreografía alegre.

—¿Se sabe —preguntó Labat— cuándo arribaron los dos veleros de Zerua?

—Hace dos días —respondió Le Menn—. Con un nuevo cargamento de cacao. Según parece, los barcos siempre hacen el trayecto juntos.

—¿Sabemos dónde se encuentra la hermana de Adeline Mazago? —Dupin notó que se estaba inquietando, quería entrar en acción—. ¿Está en Bayona?

—Sí. Pero todavía no hemos conseguido localizarla. Aunque, según su secretaria, debería estar en casa.

—¿Y al hermano tampoco?

—Ya le habríamos informado de ello —respondió Le Menn secamente.

—¿No tiene secretaria, o secretario?

—Él no, no. Y los empleados solo saben que tenía una cita. A primera hora de la tarde. Pero no saben dónde.

Dupin sentía que su inquietud iba en aumento.

Desde el caso de Ouessant, se había vuelto muy cauteloso.

Cuando en una investigación por asesinato no lograban localizar a una persona importante durante mucho tiempo, le saltaban las alarmas, incluso si las razones por las que no era posible dar con ella parecían plausibles.

—Bixente Mazago se mudó hace solo medio año a una aldea cerca de Trégunc, donde también vivía Adeline Mazago.

Con su mujer. La pareja tiene dos hijos varones, que ya se han independizado.

Antes, la familia vivía en Quimper. También Bixente Mazago trabaja sobre todo desde casa.

La dirección figura en la base de datos.

En ese caso, había muchos lugares. Muchas oficinas.

—Tenemos que localizar a los hermanos cuanto antes.

—Solo podemos seguir intentándolo. —Le Menn se encogió de hombros.

Dupin no tenía claro a quién interrogar primero. ¿A Eléna Chesneau, la segunda chocolatera? ¿Al director de la filial? ¿O tal vez a Maëlle Columbani, la amiga de la fallecida y jefa de Les folies du chocolat?

—Todo este complejo —comentó Nevou con tono agrio— es un auténtico laberinto. Hay un total de ocho casas, aunque por lo general pequeñas, conectadas entre sí.

Se calló.

Todas las miradas se posaron en ella, que parecía dispuesta a no comentar nada más al respecto.

—¿Adónde quiere llegar?

Dupin quería saberlo de verdad.

—Digo que hay cinco caminos diferentes hacia la sala donde probablemente ocurrió todo. Acabo de comprobarlo.

Tenía razón. Era un laberinto. Igual que la fantástica fábrica de chocolate de Willy Wonka, en la que Dupin no podía dejar de pensar.

En ese instante llegaba al puerto uno de los barcos que conectaba las islas Glénan con el continente.

Una embarcación blanca y elegante. El contraste con el azul intenso y pretencioso del cielo y el azul petróleo oscuro de la dársena era maravilloso, las poderosas olas de popa dibujaban una estela blanca sobre la superficie del agua.

—Hay también un asunto desagradable, señor comisario —comentó Nolwenn adoptando una expresión grave— ; por desgracia no puedo evitar mencionárselo.

Dupin se alarmó.

—¿Qué vamos a hacer con el prefecto?

En efecto, se había olvidado por completo de él.

Por lo común, Guenneugues ya habría llamado con una retahíla de ofensas y reproches por no haber sido informado de inmediato por el comisario en persona.

Según la versión oficial que él mismo había redactado, el prefecto se encontraba disfrutando de «unas merecidas vacaciones».

En concreto, en Canadá. Cerca de Montreal.

Junto a un lago, «haciendo senderismo». En realidad estaba pasando dos semanas en una lujosa clínica de adelgazamiento, escondida en el idílico interior de la Costa Azul.

Allí donde las estrellas y los famosos, los ricos y los guapos iban para perder unos kilos antes del verano.

Según la versión oficial, la dificultad para localizarlo durante esas dos semanas se debía a la falta de cobertura en los bosques canadienses.

El hecho de que regresara de las vacaciones mucho más esbelto se explicaría por las numerosas excursiones de senderismo.

Era ridículo. Sobre todo, porque, aunque a estas alturas casi todo el mundo conocía el secreto, todos le seguían el juego.

Él solo se lo había confiado a unas pocas personas para tratar sobre posibles situaciones de emergencia.

Pero esas historias eran así: cuando más de dos personas sabían algo, todos lo sabían.

—Nos limitaremos a informar a su asistente. Ella ya le informará sobre lo que considere importante —dijo Dupin.

—Creo —intervino Labat— que el prefecto debería ser informado de inmediato y en persona, para que pueda intervenir en cualquier momento...

—Se hará como he dicho. Y usted, Labat, se encargará de informar periódicamente a la asistente del prefecto —lo interrumpió Dupin.

El inspector se quedó algo confundido. Luego ocurrió lo que Dupin había supuesto: el orgullo de poder informar directamente al prefecto y a su secretaria se impuso.

—Eso significa que todos me proporcionarán de forma permanente toda la información más importante...

—Por supuesto —lo interrumpió Dupin—. Usted será el responsable de todas las comunicaciones. —Se le ocurrió algo más—. También con la prensa.

La sonrisa de Labat cada vez era mayor.

—Ahora voy a ir a hablar con la subchef chocolatera, la señora Chesneau —decidió Dupin—.

Luego, con el director de la filial. Después echaré un vistazo a la oficina de Adeline Mazago.

—Se volvió hacia Nolwenn. Ella solía encargarse de organizarlo todo a la perfección, pero esta vez no parecía sentirse aludida—.

A continuación iré a Trégunc. Quiero echar un vistazo a la casa de Adeline Mazago.

Más tarde interrogaré a la señora Columbani.

—La señora Chesneau todavía tiene trabajo en la cámara del tesoro. La encontrará allí —le informó Le Menn—. El señor Corentin Dehame, el director de la filial, se encuentra en su oficina, encima de la tienda de la rue Vauban. Por cierto, la oficina de Adeline Mazago está justo encima, en el ático.

—Cuando terminemos con los interrogatorios, mandaremos a todos los demás empleados a casa —añadió Nevou.

—¿La cámara del tesoro?

Dupin miró a Le Menn con curiosidad.

—Es como llaman al almacén de cacao. Está al fondo, se accede desde la rue Militaire.

La callejuela que bordeaba la muralla de la ciudad.

Dupin se levantó:

—¡Pues vamos! Nevou y Labat, ustedes investiguen acerca de delitos relacionados con la industria chocolatera.

Le Menn y Le Ber, investiguen a las personas que acabo de mencionar.

—Dupin reflexionó—. Le Ber, siga intentando localizar a Bixente Mazago y a su hermana.

Y Le Menn, pregunte a la señora Columbani dónde se encontraba en el momento del crimen. Nolwenn, usted...

—Yo lo acompaño.

Nolwenn se levantó.

Esa frase no tenía nada de pregunta; era una afirmación categórica. Entretanto, todo el mundo se había levantado.

—Yo... —comenzó a decir Dupin, pero lo interrumpió el penetrante sonido de su móvil.

Claire.

—¡Maldita sea! —se le escapó sin querer.