El primer día #7
—Espero que lo conozca —dijo Nolwenn—. Mi marido y ella jugaban en el mismo equipo. Acababan de ganar los campeonatos del departamento en Ploudaniel. ¿No se acuerda?
Dupin cayó en la cuenta. Por supuesto. Había sido un gran acontecimiento, media ciudad lo había celebrado por todo lo alto.
Sabía que el marido de Nolwenn había participado.
Petanca. El gran deporte nacional de Francia.
Al norte, al sur, al este, o al oeste, todo el país jugaba a la petanca, aunque algunas regiones con más pasión que otras.
—Es un duro golpe. Para el equipo. Para mi marido. Le caía muy bien Adeline. —Tras una pausa, Nolwenn añadió—: Pero, por supuesto, en primer lugar, para sus hermanos. Sus amigos. La empresa.
Ya era hora de que los mencionara.
Química alimentaria, empresaria visionaria, apasionada de la ópera, amante del arte y de la cultura en general, gourmet y ahora también una jugadora magistral de petanca. Adeline Mazago había sido una persona muy polifacética.
—Adeline vino a comer a casa varias veces.
Dupin sacó su libreta.
—Yo siempre le hacía jarrete de cordero. Su plato favorito. Souris d’agneau . Cocido a fuego lento durante todo un día con tomillo y miel.
También aquel era uno de los platos favoritos de Dupin. Se le hizo la boca agua.
—¿Cuándo la vio usted por última vez?
—Oh.
Un «oh» extraño.
—Hace dos fines de semana. En el partido contra el Pont-Aven.
—¿Y bien? ¿De qué hablaron? ¿Parecía diferente de lo habitual?
—Estaba muy contenta. Hablamos de la espectacular victoria en el campeonato. Y de las últimas creaciones de Zerua. El chocolate al noventa por ciento con pimienta rosa. Increíble. Me encanta.
Nolwenn era lo que en Francia se denomina una amatrice de chocolat , de las cuales había muchos millones en el país, un título de gran prestigio. Una apasionada del chocolate.
—Sobre todo, hablamos del escándalo del chocolate con menta.
—¿Qué escándalo?
—¡Que ya no existe! Es algo inaceptable. Antes, toda empresa chocolatera que se preciara fabricaba chocolate con menta, un clásico de toda la vida, absolutamente delicioso. Hoy es imposible encontrarlo. Adeline quería ocuparse de este asunto.
Dupin suspiró.
—¿Adeline Mazago tenía pareja?
—No. Se podría decir que tuvo muy malas experiencias. Era demasiado lista para los hombres. O, dicho de otra manera: los hombres eran demasiado estúpidos. Al menos, la mayoría. —Nolwenn sonrió con benevolencia—. La gran mayoría.
—Necesito un café. Estábamos a punto de ir al comedor de la empresa.
Con Nolwenn, Dupin no tenía que inventarse excusas.
—A mí también me vendrá bien uno. Y un lambig... ¡Con ese susto!
El obligado aguardiente bretón de manzana.
Dupin no estaba seguro de si Nolwenn estaba bromeando.
Al poco rato habían llegado a la salida; Le Ber, Nevou, Labat y Le Menn los seguían.
Se sentaron en torno a una de las mesas redondas de color naranja de la pequeña terraza del comedor.
Ya no había nadie en la barra, y aunque la imponente cafetera ya había sido limpiada, había una de esas máquinas automáticas.
Dupin tenía que admitir que, en los últimos años, desde que el café se había puesto de moda, habían mejorado.
Cada uno de ellos se había llevado la taza a su mesa.
El comedor estaba en la última planta —la segunda— de un edificio que hacía esquina y que era parte de las instalaciones de Zerua, situado justo detrás de las imponentes murallas de la ciudad.
Entre ellos discurría la rue Militaire, una estrecha callejuela que se cruzaba en ángulo recto con la rue Vauban.
Aquella casa de granito antigua era lo bastante alta como para poder mirar por encima de las murallas de la ciudad.
El panorama era fantástico. Se veía la dársena protegida por la isla de la Ville Close, que se dividía en dos mundos claramente distintos.
A la izquierda estaba el puerto pesquero, con dos o tres docenas de barcos de colores, el enorme muelle y los grandes edificios de la lonja.
A la derecha, el inmenso y laberíntico puerto industrial, con sus muelles, activo día y noche.
Justo delante de ellos estaba el Chantier, uno de los restaurantes favoritos de Dupin.
La temperatura era agradable, el calor aún no resultaba excesivo.
El sol de mayo refulgía con una luz brillante y desorbitada.
Para Dupin los días soleados de la segunda mitad de aquel mes eran los más hermosos del año.
La luz, con su intensidad por fin recuperada, parecía querer desahogarse, probar el exceso, excederse y lanzarse con ímpetu hacia el pleno verano.
Dupin estaba contento, la primavera había sido inusualmente lluviosa y triste.
El aire en torno a la dársena olía de forma intensa y se percibía incluso ahí, en la terraza.
Algas, sal y yodo. De vez en cuando se oían los chillidos estridentes de las gaviotas, y daba la impresión de que en algún lugar se estaba produciendo una pelea.
Huelga decir que el puerto pesquero era el lugar favorito de estas aves, incluso de las más grandes, que a Dupin siempre le inspiraban un gran respeto.
Al llegar los barcos pesqueros traían docenas de ellas a remolque.
Durante la descarga, siempre caía alguna que otra delicia para esas intrépidas acróbatas del aire, pero la fiesta mayor era cuando los trabajadores de las lonjas les lanzaban las sobras.
De camino hacia el comedor, Nolwenn se había quedado un poco rezagada del grupo hablando por teléfono con su marido; en ese momento colgó.
—¡Yannaïck dice que es horrible!
A Dupin eso le parecía quedarse bastante corto. Pero el marido de Nolwenn era como ella: más bien brusco.
—Esto de aquí es una creación hecha de trigo sarraceno tostado y flor de sal.
Le Ber señaló un cuenco que había traído de la máquina de café y que contenía pequeñas tabletas de chocolate.
—También hay algunas con trufa y avellana y...
—¿Se le ocurre algo al respecto, Nolwenn? —la interrumpió Dupin. No estaban ahí para degustar chocolate—. ¿Por qué motivo querría alguien acabar con la vida de Adeline Mazago?
Dio un sorbo a su café.
—No se me ocurre nada. Pero ya sé —Nolwenn sacudió la cabeza— que es lo que todo el mundo dice después de un asesinato cuando es interrogado...
—Hablando de interrogatorios —gruñó Nevou—.
Hasta ahora, nada interesante. Por supuesto, todos los empleados y visitantes tienen coartada...
Que no se puede reconstruir con exactitud.
Cualquiera podría haber hecho una visita rápida a la sala de las conchadoras.
Nadie tiene ni idea de cuál podría ser el móvil.
Todos se limitan a decir lo popular que era Adeline Mazago.
—Tiene que haber gente a la que no le cayera bien, siempre la hay. O que quizá incluso la odiara. Así son las cosas —apuntó Le Menn encogiéndose de hombros con indiferencia—. Era una empresaria de éxito, sabía imponer su voluntad. Algún conflicto tiene que haber habido.
El estilo prosaico de Le Menn. A Dupin le gustaba el realismo descarnado de la agente.
Nolwenn se quedó mirando a Le Menn un momento. Dupin no estaba seguro de cómo acabaría aquello.
—¡Tiene toda la razón! Muy bien, Le Menn —la elogió Nolwenn—. La pregunta es ¿a quién no gustaba? ¿Quién quería deshacerse de ella?
—¿Conoce a los dos hermanos, Nolwenn? ¿A Bixente y Nahia Mazago?
Dupin dejó la taza y sacó su libreta.
—A Nahia un poco, sí. A Bixente solo por encima. Pero Adeline siempre hablaba muy bien de ellos. —Reflexionó—. Aunque tampoco es que los mencionara a menudo.
—¿Comentó algún desacuerdo en la fábrica? —intervino Le Ber—. Últimamente se debió de discutir sobre quién iba a suceder al señor Pichard como maestro chocolatero.
El inspector resumió lo que habían averiguado.
Dupin desenvolvió una de las tabletas de chocolate.
La de trigo sarraceno tostado. Sensacional, tenía que admitirlo.
El trigo había sido triturado en trocitos del tamaño de los cristales de la flor de sal.
Los sabores del chocolate negro, el trigo tostado y el alforfón se mezclaban con el de la sal, de un modo tan bien dosificado que no sabía salado, en absoluto, era una locura.
Y una maravilla. Por otra parte, además, por alto que fuera el porcentaje de chocolate, la tableta conservaba su cremosidad.
—Por lo que sé, los hermanos se llevaban muy bien. Y de ese asunto de la sucesión yo no sé nada.
—¿Y otros conflictos? ¿De verdad nunca mencionó nada?
—No. Siempre decía que tenían al mejor personal. Mi marido le procuró el segundo barco e incluso le encontró al capitán, que también es un encanto.
—¿Su marido hizo qué?
Dupin empleó sin querer un tono brusco.
—Zerua compró un segundo velero hace medio año. ¿No lo leyó en el periódico?
Miró a Dupin con aire inquisitivo.
—Transportan el cacao que cultivan en su plantación con sus propios barcos. Cero emisiones. Grandes veleros que navegan directamente de Venezuela a la Bretaña, desde Cumaná a Concarneau. En el viaje de vuelta transportan mercancía de la Bretaña a Venezuela y...
—¿Qué quiere decir con que su marido le procuró el segundo barco? —la interrumpió Dupin.
—Bueno, el Rysfall. Un velero imponente. Un bergantín-goleta de tres mástiles. Cuarenta y siete metros de eslora. Un tonelaje de casi trescientas toneladas, ahí caben un montón de granos de cacao. Está ahí delante. Y también el Aventur, el primer barco de Zerua.
Nolwenn señaló hacia la izquierda, donde comenzaba el muelle este.
Dupin contempló los dos barcos con sus altos mástiles, y se dijo que pronto los vería más de cerca.
—Su marido, Nolwenn, ¿qué tiene que ver con el barco?
—Como ya le he dicho, se encargó de procurárselo a Zerua. Una auténtica belleza de los mares, cubierta amplia de teca, velas blancas: seiscientos setenta metros cuadrados de superficie vélica. Alcanza los once o doce nudos...
—¿Cómo consiguió su marido el barco?
Dupin seguía sin entenderlo.