Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #6
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El primer día #6

El comisario suspiró y sacó el móvil. El nuevo programa «basado en la nube» de la policía bretona que, entre otras cosas —en palabras de Nolwenn disponía de «muchas más funciones prácticas»—, servía para agrupar en un documento a todas las personas relevantes de un caso.

Permitía el acceso simultáneo en línea a todos los investigadores.

Nolwenn estaba entusiasmada. «De esta manera ya no tendré que esperar a que usted me haga llegar los datos necesarios para mis pesquisas».

Dupin no entendía a qué se refería, ya que en sus casos se pasaba el día llamando a Nolwenn.

El programa estaba vinculado a la base de datos policial.

Ciertamente, era una novedad muy útil, pero Dupin abogaría por su pequeña Clairefontaine roja hasta el final de su carrera profesional.

Era mucho más que una «libretita», que era como la llamaba Nolwenn en tono despectivo; se trataba de un sofisticado método de procesamiento de información. Era, por lo menos, su método.

—Por cierto, ¿dónde está Nolwenn?

Era extraño. Por lo general, cuando se producía un incidente, ella solía ponerse en contacto de inmediato.

—Hasta ahora no hemos podido localizarla —dijo Le Ber—. Seguiré intentándolo.

Dupin abrió el enlace. Allí estaban las listas: «Empleados y empleadas de Zerua» y «Visitantes del 17 de mayo».

Le Ber y Labat también habían abierto el programa en sus teléfonos móviles.

—Los empleados marcados en azul oscuro se encontraban hoy en la empresa —explicó Le Menn.

Aquello era impecable y maravillosamente claro, Dupin tenía que admitirlo. En el caso de los visitantes se indicaban incluso las horas de la visita.

—¿Bixente Mazago? ¿El hermano de Adeline Mazago ha estado aquí esta mañana?

—Desde las once hasta poco después de las doce.

—¿Se sabe por qué?

—Haga doble clic en el nombre. Así verá lo que ya sabemos sobre cada persona.

Dupin no había asistido a la jornada de formación sobre ese programa.

Se abrió una nueva ventana. Estaba vacía.

—Aún no lo sabemos —explicó Le Menn secamente—. Hasta ahora no hemos podido localizar a Bixente Mazago.

Entretanto, la mirada de Dupin se había posado en otro nombre.

—¿Maëlle Columbani? ¿La directora de esa empresa de chocolate de Morlaix?

Días atrás, el Ouest-France había publicado un reportaje a toda página sobre ella.

Dupin había quedado impresionado. Todo muy bretón: una empresa joven y volcada en hacer muchas cosas de forma muy diferente.

Colaboraba con productores bretones de productos ecológicos que les suministraban delicias de temporada (hierbas, especias, frutas) para sus creaciones de chocolate, y también con varios restaurantes en cuyas cocinas el chocolate tenía un papel destacado no solo en la carta de postres.

Maëlle Columbani debía de ser una cocinera fabulosa.

Dupin recordó que había mencionado maravillas divinas: pierna de cordero asada con salsa de chocolate y pasas, o pierna de corzo con salsa cazadora hecha con chocolate, zanahorias y vino tinto.

Había tomado fotos de las recetas para enseñárselas a Claire, pero luego se le había olvidado.

A ella le encantaban los experimentos culinarios y, como Dupin, disfrutaba especialmente de las combinaciones de dulce y salado.

La creación más osada era una que combinaba hígado de pato frito con una salsa de piel de naranja, chocolate y armañac.

—Exacto, jefe —confirmó Le Ber—. La empresa se llama Les folies du chocolat. Locuras de chocolate. Es la fundadora. Tiene mucho éxito.

—¿Y por qué ha venido hoy la señora Columbani? —preguntó Dupin.

«De 10.40 a 11.30, aproximadamente», se leía en el archivo.

—¡Haga un doble clic! —le recordó Le Menn.

«Visitó a A. Mazago en su despacho», leyó Dupin. «Amiga de Adeline Mazago. Se ven con regularidad, pero no en la empresa. Última visita aquí hace tres o cuatro años».

—Hablaremos con ella.

Dupin hizo una anotación en su libreta bajo la mirada escéptica de Le Menn.

—¿Algún empleado o visitante ha notado algo inusual hoy? —El comisario se centró en la cuestión más importante.

—No. Según dicen todos los que la han visto hoy, la señora Mazago estaba de muy buen humor, parece que gozaba de mucho aprecio. Buena parte del tiempo lo ha pasado en su despacho, en la buhardilla. Nadie sabe en qué se ocupaba.

Dicho de este modo, aquello parecía muy misterioso.

—Entretanto también ha estado por el edificio —continuó diciendo Le Menn—. Cuando viene aquí, le gusta ir de un lado a otro y charlar un rato. Y se toma un café en el pequeño comedor de la empresa.

A Dupin aquello le pareció un gesto muy simpático. Y además le dio pie para otra cosa.

—¿Allí ahora también se puede tomar café?

Dupin notó cómo su cuerpo se ponía en movimiento sin más. Eso era lo que necesitaba: un café. Urgentemente.

—En cualquier caso, hay una máquina impresionante. Nosotros...

Entonces Le Menn fue interrumpida por un enérgico «Buenos días».

Nevou. También ella había surgido de detrás de una de las dos conchadoras. Aquella escena se estaba convirtiendo en una especie de representación teatral: cada pocos minutos aparecía un nuevo personaje y, de vez en cuando, otro desaparecía.

—Acaban de llegar dos compañeros más de la policía científica —informó Nevou.

El equipo ya estaba al completo. Semanas atrás, Nevou se había teñido el pelo corto de rubio, y Dupin aún no se había acostumbrado.

—Ya es hora de marcharse —dijo sin querer; en realidad, había hablado solo para sí.

El bullicio iba en aumento.

—Labat y Le Menn —dijo—. Investiguen delitos relacionados con el chocolate. En las bases de datos de la policía, la prensa, en internet, donde sea.

Dupin no conocía ningún caso, y menos aún, de asesinato. Pero eso, por supuesto, no quería decir nada.

—Puede que el asesinato no tenga nada que ver con el chocolate —se apresuró a intervenir Labat—. Podría tratarse de un asunto privado. El IARPAD nos ha recordado los motivos más habituales de asesinato.

—¿IARPAD?

Nevou no parecía especialmente contenta.

—Inteligencia Artificial para la Resolución ProActiva de Delitos.

Para Dupin aquellas siglas dejaban mucho que desear.

—Las ofensas y las heridas a la autoestima continúan ocupando de forma indiscutible la primera posición entre los motivos, seguidas por la codicia y la venganza. Le siguen los celos, el odio, el amor y los motivos sexuales.

—¡Qué novedad! —comentó Le Menn con un deje de ironía.

—Quiero hablar con Bixente Mazago sin falta.

Dupin se puso en marcha con energía.

Por el rabillo del ojo vio que Salou y su equipo estaban metiendo a la señora Mazago, cubierta de chocolate, en una de sus bolsas especiales.

—Y con esa subchef chocolatera —añadió Dupin mientras echaba un vistazo a su libreta—, Eléna Chesneau. Y con Maëlle Columbani. Y el director de la filial, por supuesto. Llamaré a Nolwenn, ella...

Dupin rodeó precipitadamente una de las conchadoras y chocó contra otra persona. Con bastante fuerza.

Necesitó unos instantes para comprender lo ocurrido.

—¿Nolwenn?

—¿De verdad es Adeline, señor comisario?

Aquella pregunta, por supuesto, no era tal. La expresión de Nolwenn se encontraba a caballo entre el espanto y la indignación.

Sin esperar respuesta alguna, pasó corriendo junto a Dupin.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó sin mirar atrás. Llevaba el cabello— castaño, con un corte bob largo, escalado y con flequillo —más revuelto que de costumbre.

Vestía unos pantalones de tela azul oscuro y una blusa a juego, y su bolso de mano, una maravilla, se balanceaba peligrosamente mientras se dirigía decidida hacia Salou y sus empleados.

—Quiero verla —ordenó Nolwenn al detenerse ante ellos.

—¿Y por qué, si se puede saber? —Salou adoptó un tono aún más desagradable de lo habitual—. ¿Por qué motivo la secretaria de un comisario debería ver a la víctima de un asesinato?

Dupin temió lo peor. En el mejor de los casos, una explosión. Un terremoto. El apocalipsis. En los últimos años la palabra «secretaria» no se había pronunciado en la comisaría. Nadie se atrevería.

Nolwenn se quedó inmóvil por un instante.

Muy cerca de Salou. Le Ber, Labat, Nevou y Le Menn tenían la vista clavada en los dos, igual que Pichard, incluso el maestro chocolatero parecía sentir que se avecinaba una tormenta.

Sin decir nada, Nolwenn se agachó y abrió la cremallera de la bolsa de cadáveres hasta que el rostro quedó a la vista.

El chocolate se había endurecido y se había vuelto quebradizo en algunos puntos, probablemente debido al alzamiento del cuerpo.

Todo sucedió con tanta rapidez que Salou y sus dos ayudantes reaccionaron demasiado tarde.

—¡Esto es una infamia! —protestó el forense—. ¡Aparte las manos de mi cadáver! ¡Esto es una infracción gravísima de...!

—El cadáver aún es nuestro —intervino Dupin. Se había colocado ante el forense, al cual le sacaba una cabeza. Comparado con el comisario, Salou era apenas una línea en el paisaje.

Dupin había hablado en voz baja; una señal de alarma, tal y como sabían todos los que conocían un poco al comisario. Salou era uno de ellos.

—Yo...

No siguió hablando. Había palidecido.

Nolwenn volvió a cerrar la bolsa; era como si no hubiera oído a Salou. Luego se levantó.

—Nos la llevamos —empezó Salou de nuevo—. A la fallecida, quiero decir —se apresuró a añadir.

Al instante dio media vuelta y se dirigió hacia la salida.

La joven agarró las dos asas de la bolsa por la parte de la cabeza, y el joven, las de los pies.

—A la de tres —le dijo ella—. Un, dos, tres.

Al momento, el cadáver era trasladado en volandas por ambos.

—Parece que usted conocía bien a Adeline Mazago, ¿no? —le preguntó Dupin a Nolwenn.

—Bueno, yo, en realidad, no tanto. Era la compañera de equipo de mi marido.

—¿Compañera de equipo?

—Douric Ar Zin.

—¿Qué quiere decir con eso?

Dupin frunció el ceño.

—Es un club de petanca legendario. De aquí, de Concarneau, jefe —dijo Le Ber.