Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #5
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El primer día #5

Dupin se dijo que el mundo debía estar profundamente agradecido al suizo, ya que era fundamental que se deshiciera en la boca con una textura aterciopelada.

Al comisario el chocolate le gustaba, desde luego, pero, a diferencia de Claire, por ejemplo, no era algo que le hiciera perder la cabeza.

Su delicado estómago no se lo permitía. Claro que eso no había sido así de niño y de adolescente, entonces el chocolate le encantaba, algo a lo que había contribuido la historia de Charlie Bucket y la fábrica de chocolate del excéntrico Willy Wonka.

La fábrica de chocolate más grande y famosa del mundo, el primer libro favorito de su infancia.

Durante años había deseado navegar con Willy Wonka en el fabuloso barco rosa por el maravilloso río de chocolate.

En aquel lugar había de todo: nubes de malvavisco comestibles y papel pintado que podía lamerse; helado caliente para los días fríos, y vacas que daban leche con chocolate.

Dupin se sabía de memoria las canciones de la versión cinematográfica, y aún se acordaba vagamente de algún fragmento: «¿Adónde se dirige esta travesía?

Nunca se sabía». Algo no solo aplicable a la vida, sino también a la labor policial.

—El joven Lindt tenía claro que debía eliminar la humedad de la masa de chocolate —continuó el chocolatero—. Solo de este modo era posible evitar que el azúcar cristalizara, lo que era la causa de la consistencia amazacotada.

A continuación, la historia adquirió un interés especial.

—Lindt probó entonces con una mezcladora muy novedosa, jefe —continuó Le Ber—.

Utilizó una tina de granito plana y alargada sobre la que colocó unos rodillos que se desplazaban adelante y atrás.

En Grain de Sail todavía es posible ver uno de esos antiguos aparatos.

La fricción generaba un calor considerable que calentaba la masa de chocolate y la volvía más líquida.

Los rodillos golpeaban con fuerza los bordes y...

—Gracias, Le Ber —intervino Dupin. Ya era suficiente.

—Su inspector sabe lo que se dice, hay que admitirlo. Lo ha explicado perfectamente.

El chocolatero dibujó una sonrisa. Aquello resultaba un poco macabro, se dijo Dupin; al fin y al cabo, el cadáver de Adeline Mazago yacía a apenas unos metros de distancia.

—¿Y sabe qué? —siguió explicando el chocolatero—.

El mundo debe este invento tan revolucionario al amor de Lindt por las mujeres.

Disfrutaba mucho de la vida. Un viernes por la noche se citó con una mujer y, con las prisas, olvidó apagar la máquina, que tras funcionar durante setenta y dos horas obró el milagro y produjo una masa divina, mate y delicadamente líquida. Y una explosión de aromas.

Dio unas palmaditas cariñosas a una de las dos máquinas, como si fuera un caballo.

—Estas máquinas son conchas circulares de última generación; en ellas el chocolate se mezcla por medio de brazos giratorios con una capacidad de una tonelada de masa de chocolate cada uno.

Estas máquinas elaboran los matices de sabor más increíbles.

A la temperatura adecuada se evaporan los aromas no deseados, sobre todo el amargor. Obran auténticos milagros.

Parecía un padre orgulloso hablando de los asombrosos logros de sus civilizadas criaturas.

—Durante mucho tiempo Lindt logró mantener el proceso en secreto. —Le Ber había recuperado el ánimo—. La competencia quedó relegada varias décadas atrás. Ganó muchísimos millones en todo el mundo, una cantidad fabulosa.

—¿La señora Chesneau habló con Adeline Mazago sobre ese asunto?

Dupin tenía suficiente sobre la historia del chocolate.

—Solo la señora Chesneau puede responder esa pregunta. Yo no lo sé.

El chef chocolatero parecía molesto por el fin abrupto de la conversación sobre el objeto de su pasión.

—¿Usted...?

—Aquí me tiene. Tan rápido como he podido, señor comisario.

Labat. Acababa de asomar de detrás de una de las dos máquinas conchadoras. Dupin no lo había visto llegar. Era una de las especialidades de su segundo inspector: surgir de la nada.

—Me ha resultado imposible salir de inmediato, señor comisario. Ya sabe, lo del futuro de la labor policial.

Dupin no tenía ni la más remota idea acerca de lo que Labat quería decir. En todo caso, parecía un disparate.

—La gran conferencia.

Dupin seguía sin entender nada.

—No se imagina lo que se puede hacer hoy en día. La IA está dando pie a un hipermegainvestigador prometeico.

Labat adoraba emplear expresiones con «hipermega».

—En breve bastará con introducirle algunos datos y el sistema nos podrá decir quién es el culpable.

Levantó la vista hacia el techo en actitud pensativa.

Entonces Dupin se acordó. La conferencia en Quimper, la de las posibilidades de la inteligencia artificial para su uso en la labor policial. «Oportunidades y riesgos: ejemplos de integración de los últimos modelos de IA en la labor policial». La nueva obsesión de Labat.

—Entonces pronto ya no le haremos falta —comentó Le Ber con sequedad.

Labat se encogió de hombros.

—Ni habrá tampoco novelas policiacas —prosiguió Le Ber, conocedor de los puntos flacos de su compañero—. ¿Qué podría narrar entonces un escritor? ¿El modo en que un investigador alimenta a la IA?

Labat frunció el ceño. Las novelas policiacas eran su gran pasión, aunque no, por supuesto, del género cozy crime , sino las otras, más rápidas y duras.

—Sin embargo, la IA inventará novelas policiacas mucho más emocionantes y...

—¡Le Ber! ¡Labat! —intervino Dupin—. ¡Estamos en medio de una investigación! Y todo indica que es un caso de asesinato.

Aquello era insufrible. Los dos llevaban meses discutiendo de forma apasionada. Le Ber, que era un auténtico entusiasta de las últimas tecnologías, demostraba una actitud muy escéptica respecto a la IA.

—¿Estaba aquí metida?

En un cambio inopinado de tema, Labat señaló la tina de chocolate.

—Así es —confirmó Dupin.

—Seguramente la echaron ahí ya muerta. O, por lo menos, inconsciente o herida de gravedad.

—¿Por qué?

—Por aquí no se aprecia ninguna salpicadura de chocolate. ¡Se habría defendido con uñas y dientes! Eso habría hecho que al asesino le resultara muy difícil meterla dentro cabeza abajo. Además, tendría que haberle mantenido la cabeza sumergida en el chocolate unos minutos.

—Vale, ¿y qué? —Le Ber replicó—. Una mujer menuda, un hombre fuerte y fornido: la agarra, la empuja con fuerza por la parte superior del cuerpo por el borde de la tina y le sumerge la cabeza en el chocolate. En cuanto ella pierde el conocimiento, la mete dentro por completo.

—Pero al ver amenazada su vida, ella...

—Yo, y solo yo, les podré dar a ustedes la respuesta a esta pregunta decisiva, estimados señores.

Salou acababa de asomar por detrás de las máquinas de conchado.

—Pero con el cadáver en este estado no puedo afirmar nada, sería una osadía.

Era como si se estuviera quejando a los investigadores.

—Ordenaré que lo envíen de inmediato a Quimper.

—¿Ve indicios de muerte por asfixia? ¿Por ahogamiento? —quiso saber Le Ber.

—Me niego a hacer afirmación alguna sobre la causa de la muerte en este momento.

—Por cierto, señor comisario, la prensa entretanto ha comenzado a llegar. La noticia está empezando a recorrer la ciudad.

Eso que decía Labat era una noticia pésima.

Por supuesto, no era sorprendente, en absoluto: la historia haría las delicias del público, sonaba demasiado bien: «Atroz asesinato con chocolate en la idílica Ville Close».

Eso más o menos dirían los titulares. Dupin temía que la historia tuviera incluso suficiente interés como para convertirse en noticia nacional.

—Aguardan ante la tienda y reclaman información.

Por el modo en que Labat había hablado de los periodistas, eran como depredadores hambrientos.

—He dejado claro que por el momento no vamos a hacer declaraciones y he dado instrucciones a los compañeros para que les impidan el acceso.

Por el tono de Labat se podía pensar que era, como mínimo, el prefecto. Pero había hecho muy bien, y Dupin estaba satisfecho.

—Vale. Siga ocupándose de la prensa en adelante; no necesito a nadie husmeando por aquí y difundiendo historias inventadas.

Labat asintió con un ademán breve.

—Lo dicho. Ahora mismo me llevaré el cuerpo al Instituto Forense.

Por su tono de voz, Salou parecía ofendido. Al parecer, no se le había dedicado la atención adecuada. Sin esperar respuesta, regresó a toda prisa hacia el cadáver y sus dos ayudantes.

—¡Buenos días!

Cuando Le Menn se detuvo de pronto ante ellos, su larga trenza volteó hacia delante con donaire.

Ella también había surgido de la nada desde detrás de las dos máquinas.

Iba de uniforme: camisa de color celeste de manga corta con hombreras marcadas, pantalones azules oscuros y, desde hacía poco, llevaba incluso la gorra que formaba parte del uniforme.

Antes se negaba en redondo a ponérsela, en cambio ahora la usaba como si se tratara de un accesorio de moda.

—Hemos elaborado una lista de todo el personal que trabaja aquí y que estaba presente esta mañana. Y hemos hecho otra de todos los visitantes, que no son muchos. En estos momentos les estamos tomando declaración.

Dupin asintió satisfecho.

—Acabo de enviarle el enlace al nuevo expediente del caso.