El primer día #4
—¿Qué cargo tenía en la empresa? ¿Había disputas entre los hermanos?
Dupin comenzó a mirar a su alrededor sin esperar respuesta.
Era una sala grande, de unos veinte metros de largo y diez o doce de ancho, repleta de maquinaria de producción.
Objetos redondos, o cuadrados, todos ellos hechos de acero inoxidable brillante.
Los conectaba una maraña de tuberías de diferentes tamaños, un auténtico laberinto que parecía extenderse también a las salas contiguas.
A Dupin le recordó los libros para colorear de su infancia, donde había que seguir un caótico entramado de cuerdas, tubos y pasillos hasta alcanzar el destino marcado.
Le Ber también miró a su alrededor.
—La señora Mazago no participaba en las operaciones comerciales, pero era la mente visionaria de la dirección —explicó el chocolatero—.
Xan Mazago, el padre de los hermanos, murió hace cuatro años; en ese momento los tres ya formaban parte de la dirección y Xan se había retirado.
Su esposa, la madre de Adeline Mazago, había fallecido años antes.
—¿Qué quiere decir con «mente visionaria»? —preguntó Dupin.
—Adeline era la responsable de las grandes ideas. Del concepto general. Bixente se encarga de las finanzas y las ventas, y Nahia, la hermana mayor de Adeline, del marketing y las redes sociales. Se entienden a la perfección, son uña y carne.
Eso era exactamente lo que se solía decir acerca de las familias mafiosas.
—¿Está usted diciendo que no había ningún desacuerdo entre ellos?
—Nunca he presenciado ninguno. Y eso, sin duda, vale para todos. —Pichard había empezado a seguir a Dupin por la sala—. Esto es, para todos los empleados de Zerua.
¡Cuántas veces Dupin había oído eso y no había sido verdad! Al final habían resultado ser eufemismos, mentiras, engaños o, tan solo, ignorancia. Se ponía especialmente alerta cuando la gente hablaba en superlativos.
—¿Los hermanos han sido informados? —preguntó Dupin a Le Ber.
—Probablemente no, aún no. El director de la filial ha intentado localizarlos, y yo también. Hasta ahora no ha habido éxito.
—¿Adeline Mazago tiene familia?
—Divorciada, sin hijos. El divorcio tuvo lugar seis años atrás.
Dupin volvió la mirada hacia atrás. Salou estaba arrodillado junto al cadáver y parecía retirar la capa que lo cubría con un bisturí. Poco a poco, el chocolate se iba endureciendo, haciendo la imagen aún más espeluznante.
—¿Vivía sola?
—Por lo que sé, sí. Pero, por supuesto, no puedo asegurarlo. No sé nada de su vida privada.
—¿Dónde vive..., vivía?
—En Loc’h Louriec. Cerca de Trégunc. Detrás de la extensa playa salvaje. Por cierto, su oficina está aquí y no en la sede central de Quimper.
Dupin sabía dónde se encontraba la sede central de Zerua. Allí la manufactura también tenía una tienda. Había estado en una ocasión con Claire.
—¿Sus hermanos también viven allí?
—Ella y su hermano. La hermana vive cerca de Bayona. Tiene la oficina en la sucursal de allí, y la dirige además de encargarse de todas las demás responsabilidades y actividades.
—No sabía que Zerua también tenía sucursales en el País Vasco.
—Solo en Bayona. Como he dicho, la familia es de allí. El abuelo fue quien llegó a la Bretaña procedente de Bayona a principios de los años sesenta con sus conocimientos sobre el chocolate.
—Ya veo.
De momento ya tenía suficiente historia familiar. Dupin estaba de pie frente a una mesa alta y estrecha de acero inoxidable, sobre la que había varios recipientes cuadrados de plástico blanco con trocitos finos de chocolate.
—De control. Muestras —explicó el chocolatero—. Proceden de las diversas producciones de los últimos meses. Setenta por ciento con trocitos de naranja y almendras; setenta y cinco por ciento, a veces con té Earl Grey, a veces con canela de Java, jengibre confitado o pimentón de Espelette.
Dupin conocía el chocolate con almendras y trocitos de naranja, pero nunca había probado las otras variedades, aunque se imaginaba que debían de estar deliciosas. Se contuvo, la cuestión ahora no era el chocolate.
—¿Y en la empresa? ¿Había algún conflicto? ¿Conoce algún motivo por el que alguien quisiera atentar contra la vida de Adeline Mazago?
Dupin contaba con oír un «no» rápido y decidido, pero Benoît Pichard parecía estar pensando, tenía el ceño fruncido. El chocolatero tardó en responder.
—Bueno, en realidad, no.
—¿Qué quiere decir? —Dupin se detuvo y miró al hombre—. Cuando le he preguntado si había conflictos entre hermanos, no ha necesitado pensarlo.
—Está la señora Chesneau. Eléna Chesneau. Quiere mi puesto.
—¿Su puesto?
—El puesto de chef chocolatero.
Hizo una pausa.
—Háblenos de ello, señor Pichard.
Esta vez fue Le Ber quien le pidió al chocolatero que se explicara.
—En realidad, yo me habría jubilado en verano. Tengo sesenta y dos años. Eléna Chesneau lleva siendo la subchef chocolatera desde hace doce años. Pero al final yo soy quien decide lo que creamos, esto es, la línea Zerua.
Era muy consciente de su importancia.
—La señora Chesneau se presentó como candidata a ocupar mi puesto. Al parecer, Adeline Mazago se opuso. De ser eso cierto, significaría que los dos hermanos también se opusieron.
—¿Qué insinúa con «al parecer»? —preguntó Dupin.
—Que es un rumor.
—¿Y quién es el responsable de ese rumor?
Pareció pensarlo.
—No lo sé.
—¿Y ahora quién será el nuevo chef chocolatero? —quiso saber Le Ber.
—De momento, yo me quedaré otros dos años.
Aquello era un poco confuso, se dijo Dupin.
—Pero no es, en absoluto, una solución provisional. —Pichard hizo hincapié en esta frase—. ¡Ya se verá!
Dupin no había pensado que fuera una solución provisional; sabía que Benoît Pichard era toda una institución.
Una celebridad. En Francia, la creación de chocolate funcionaba como la alta cocina: igual que un chef, un gran maître chocolatier tenía la consideración de un dios o, al menos, de semidiós.
—¿La señora Chesneau recibió la negativa oficial?
—Hace cuatro semanas. Los hermanos se lo comunicaron. Cuando se trata de decisiones importantes, los tres actúan juntos siempre.
—¿Tan importante era esa decisión?
Benoît Pichard enarcó las cejas.
—¿Qué podría ser más importante para una empresa que vende chocolate que el chef chocolatero? ¡Es el encargado de las novedades! ¡Inventa el futuro en la seducción de los sentidos!
Era evidente que Pichard tenía una vena poética.
—Así pues, ¿hubo una conversación personal con la señora Chesneau?
—Sí.
—¿Y?
—No sé nada al respecto. Se podría decir que la relación entre la señora Chesneau y yo se ha enfriado un poco. Por su parte, quiero decir. No por la mía, ¿por qué habría de hacerlo?
—¿A la señora Chesneau le molestó que los hermanos le hayan pedido a usted se quede dos años más?
—Pregúnteselo a ella. Esa fue mi impresión.
Dupin se había detenido entre dos grandes máquinas. Parecían unos barriles tumbados, de un metro setenta de altura, totalmente de acero.
—Nuestras dos conchas.
El maestro percibió la mirada interrogativa de Dupin.
—Máquinas conchadoras —explicó—, un sofisticado mecanismo de calentamiento, mezcla y aireación que confiere al chocolate una textura cremosa y delicada.
—Viene de la palabra española «concha», jefe —añadió Le Ber—.
La venera. Por la forma original de este tipo de tina.
Colón fue el primer europeo en oír hablar a los mayas del chocolate, un símbolo de lo divino, alimento sagrado y valiosa moneda de cambio.
Por entonces aún era líquido y amargo, tal y como lo llevaban consumiendo los olmecas, aztecas y mayas en los dos mil años anteriores.
Aunque fueron los españoles quienes lo llevaron a Europa, fue en el suroeste de Francia donde el chocolate se convirtió en lo que es hoy en día.
En Bayona. Cuando se le añadió azúcar, vainilla y otros aromas.
Le Ber, recordó Dupin, había ido recientemente con sus hijos y su mujer a Morlaix, al museo del chocolate de Grain de Sail, que ofrecía un recorrido didáctico.
Durante días, en la comisaría no se había hablado de otra cosa que de anécdotas y datos sobre el chocolate.
Además, como orgulloso bretón —el más orgulloso de todos los orgullosos, si tal título existiera—, Le Ber era, por supuesto, también un experto en chocolate.
Pichard miró a Le Ber con reconocimiento.
—A principios del siglo XIX —añadió el chocolatero—, el fabricante suizo de chocolate Philippe Suchard inventó el mélangeur , un aparato con el que se mezclaba la masa de chocolate seca en polvo con azúcar, y Rodolphe Lindt, suizo también, inventó a finales de siglo la máquina de conchado.
Toda una revolución en la historia del chocolate.
Le Ber parecía haber despertado el interés del chocolatero por contar historias.
—Hasta entonces, el chocolate en Europa tenía una consistencia dura, algo amazacotada, casi harinosa.
Es gracias a las máquinas de conchado que hoy en día se deshace en la boca.
Fue a partir de entonces que el chocolate triunfó de verdad.
Antes de ello se había trabajado de forma intensa durante dos o tres siglos sin hallar una solución a este problema.