Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día #3
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El primer día #3

—Todo iba como siempre. Y también la señora Mazago estaba como de costumbre. —Una breve vacilación—. Al menos, eso me pareció.

—¿Cuándo la vio...?

—¡Caballeros!

Los interrumpió una voz malhumorada. Yan Moschin, el siempre huraño jefe de la policía científica.

Un hombre de pocas palabras. A Dupin le caía bien.

Tanto él como su acompañante —aquella mañana solo eran dos, aunque normalmente solían acudir cuatro— llevaban los obligados monos blancos de Tyvek y cargaban a la espalda unas mochilas grandes y prácticas.

Sin mediar palabra alguna y, sobre todo, sin demostrar el menor asombro, Moschin se acercó a la tina de chocolate que contenía el cadáver, como si se enfrentara a casos como ese a diario.

Únicamente cuando terminara su trabajo, Dupin le oiría la voz, y eso solo si de verdad tenía algo que decir. El comisario retomó el hilo:

—¿Cuándo vio por última vez a la señora Mazago antes de su pausa para comer, señor Pichard?

El chocolatero pareció reflexionar.

—Debían de ser alrededor de las once. Quizá un poco más tarde.

—¿Ella solía venir aquí, a la fábrica, con regularidad? —quiso saber Le Ber.

—Mejor manufactura, señor comisario. Es manufactura, no fábrica —le corrigió el chocolatero—. No. De hecho, cada vez menos.

—¿Y por qué hoy estaba aquí? —preguntó Dupin.

—No sabría decirle.

Benoît Pichard se encogió de hombros.

—Le Menn y Nevou están interrogando al personal, jefe —dijo Le Ber—. Hoy hay un total de treinta y dos personas trabajando aquí. Por si han notado algo distinto, si han hablado con la señora Mazago, o si había conflictos o disputas.

—Perfecto. —Dupin estaba satisfecho—. ¿Se ha encontrado algún móvil?

—Hasta ahora no. No se puede descartar que lo llevara consigo o que esté en el fondo de la tina. Pero ya hemos solicitado el registro de llamadas.

Zerua tenía más personal de lo que Dupin hubiera imaginado.

La fábrica de chocolate se encontraba en medio de la Ville Close, el casco antiguo medieval, completamente conservado, de Concarneau, que estaba situado en una isla en la dársena del puerto, bañado por un lado por el río Moros y por el otro, por el mar.

Zerua era propietaria de todo un conjunto de casas antiguas y estrechas entre la rue Vauban y la rue Militaire.

Los edificios, adosados unos a otros, habían sido vaciados por dentro y estaban conectados entre sí de modo que Zerua había alojado allí sus instalaciones de producción y sus oficinas.

En la rue Vauban, la calle principal de la Ville Close, se encontraba la famosa tienda.

—Pero, bueno, ¿qué tenemos aquí?

Dupin, Le Ber y el chocolatero se giraron de golpe.

Era el médico forense, René Salou. El doctor que se consideraba a sí mismo el mejor forense del mundo se encaminaba hacia ellos con paso decidido.

Pelo suelto en media melena. Tan bronceado como engreído.

Pantalones de tela de color camel con pinzas, polo del mismo color.

Tras él una mujer y un hombre jóvenes, ambos vestidos con unas batas elegantes de laboratorio, acarreaban el instrumental de su eminencia.

Unas grandes maletas de aluminio plateadas.

—Es lo que siempre digo: un exceso de azúcar no es bueno para la salud.

Una sonrisa narcisista asomó en su rostro; a Salou su chiste le parecía de lo más divertido.

—Buenos días. —El chef chocolatero saludó educadamente. Le Ber asintió con gesto mecánico, Dupin no movió un músculo. Moschin, que todavía estaba ocupado trabajando en la tina, suspiró de forma audible.

Los ayudantes dejaron las maletas en el suelo y René Salou se puso los finísimos guantes sanitarios con un gesto teatral.

—La fallecida es Adeline Mazago —informó Le Ber—. La muerte tuvo lugar al mediodía. A las doce y cuarto la señora Mazago aún no estaba en la tina, pero sí a las dos menos cuarto.

Dupin esbozó una sonrisa burlona, Salou solía armar un gran revuelo con la determinación de la hora de la muerte.

—¡Eso es lo que usted se cree! ¡Claro! Cualquier profano haría lo mismo. Un científico, en cambio, procede con rigor e ignora las evidencias. ¿Cómo sabe usted que la señora no fue arrojada allí estando muerta? Quizá no murió en el chocolate y llevaba muerta mucho más tiempo.

—A las once todavía fue vista con vida —repuso Le Ber. De todos modos, Salou estaba en lo cierto. Aún no se había determinado la causa de la muerte y, por supuesto, sería bueno conocer la hora del fallecimiento con la máxima precisión posible.

—¿Qué tenemos aquí? —Salou se acercó a la tina.

Estiró la barbilla hacia delante con un gesto teatral—.

El «alimento de los dioses», se llama. ¡Y con razón!

Es un elixir. Y, por cierto, también una verdadera medicina; de hecho, en el siglo XIX médicos de renombre lo utilizaban como tal.

Inventado por los olmecas en las húmedas tierras bajas de la costa del golfo de México, ¡hace tres mil quinientos años!

¡Extraordinario! Hace un tiempo viajé por esa zona.

—Ese tono presuntuoso típico, insoportable, aunque fuera solo por cómo había enfatizado la palabra «extraordinario»—.

Esta, supongo, proviene del árbol criollo.

Debe de tener un porcentaje de entre setenta y ochenta.

Una delicia. Es usted un verdadero maestro, señor Pichard.

—Salou elogió al chocolatero sin mirarlo a la cara.

Con una mirada de experto, examinó la masa viscosa—.

Usted sabe cómo eliminar el desagradable deje amargo al chocolate más oscuro y darle encima más untuosidad. ¡Es usted todo un artista!

Dupin jamás habría incluido a Salou en el grupo de los apasionados del chocolate porque, en principio, era incapaz de asociar cosas buenas y bellas con el forense.

Sin embargo, el chocolate tenía una enorme importancia en la Bretaña; a decir verdad, en toda Francia, pero sobre todo en la costa atlántica.

Cada francés consumía al año una media de doce kilos de chocolate.

Había miles de pequeñas manufacturas maravillosas, y prácticamente los pasteleros de todas las localidades elaboraban su propio chocolate. Le chocolat era parte de la vida.

Salou se volvió hacia sus colaboradores:

—Saquemos a la señora de su dulce tumba y examinémosla más de cerca.

—Yo aquí ya he terminado.

Moschin y su compañero despejaron el terreno de mala gana.

Los ayudantes de Salou habían acercado las dos maletas de aluminio y se habían encaramado sobre ellas. Salou extendió un gran plástico sobre el suelo.

—¡Ahora! —les indicó al terminar. Retrocedió unos pasos. Saltaba a la vista que no tenía intención de echar una mano.

La mujer y el hombre se inclinaron sobre la tina y agarraron las piernas de la difunta.

Fue una tarea dura, primero sacaron la parte inferior del cuerpo y luego hicieron un descanso.

La visión era espantosa. Las piernas de Adeline Mazago colgaban inertes por el borde de la tina, mientras que el torso, los brazos y la cabeza seguían sumergidos en el chocolate.

La joven miró al hombre y prosiguieron.

Poco a poco asomó el torso. Era una escena que parecía sacada de una película de terror. A continuación, los hombros, los brazos y la cabeza. Todo aquello cubierto por una masa pegajosa que colgaba entre los dedos de las manos, como si fuera una membrana interdigital.

Finalmente, al cabo de un rato, el cadáver quedó tendido boca arriba sobre el plástico. Salou se quedó de pie junto a él con actitud satisfecha. Abrió una de las maletas y sacó algo de ahí; luego se dirigió a Dupin y Le Ber.

—Me va a llevar un rato, señores. Pueden seguir con sus pesquisas, ya les informaré cuando me haya hecho una primera, y rigurosa, opinión. En cualquiera caso, solo podré realizar afirmaciones válidas cuando haya examinado el cuerpo en el laboratorio.

Dupin no tenía ninguna intención de permanecer allí parado observando a Salou el divino en sus genialidades. Se acercó al cadáver y se agachó. Salou lo miró con escepticismo.

—Una cobertura completa de chocolate... ¿Qué espera ver ahí?

Dupin no respondió. La capa gruesa y desigual daba a la muerta un aspecto deshumanizado; el rostro se había convertido en una máscara espantosa.

Tenía los ojos ocultos bajo la masa negra; la nariz era un abultamiento deforme y tenía mechones de pelo adheridos al cuello.

Pero lo más inquietante era que Adeline Mazago tenía la boca abierta. Estaba repleta de chocolate.

Dupin se forzó a apartar la mirada. Observó el resto del cuerpo.

No se apreciaban lesiones graves, pero la verdad es que ni siquiera tal cosa se podía afirmar con rigor.

En este caso, lo cierto era que Salou solo podría informar de algo concluyente después de someter al cadáver a una limpieza exhaustiva.

El comisario se levantó.

—Señor Pichard, háblenos de la señora Mazago —le pidió Dupin al chocolatero—. ¿De dónde viene ese apellido?

No era bretón, como tampoco lo eran los nombres de pila de los hermanos. El comisario, claro está, conocía el nombre de esa familia y sabía que la manufactura era una estrella brillante en el firmamento chocolatero, pero no sabía más.

—Es un nombre vasco, jefe. Los Mazago son originarios de Bayona.

Le Ber, como siempre, lo sabía todo.

—Ya veo.

—También «zerua» es una palabra vasca que significa «cielo» o «paraíso».

Cuando oía hablar de «los Mazago» a Dupin siempre le había parecido que sonaba un poco a mafia italiana, como si fuera un antiguo clan siciliano.

—Adeline Mazago era una persona maravillosa y extraordinariamente inteligente —comenzó a decir Benoît Pichard—.

Muy culta, muy leída e interesada en el arte y la cultura, aunque estudió Química.

Química de los alimentos. Y una entusiasta de la ópera.

Va con regularidad a París para ver representaciones, bueno, quiero decir, iba.

—¿Qué edad tenía?

Dupin había sacado su pequeña libreta roja. La clásica Clairefontaine.

—Treinta y siete. Aún muy joven. Sus hermanos son bastante mayores.