El primer día #2
—¡Ve despacio! —Edith Pallu bajó por la escalera con una destreza pasmosa—. ¡Respeta tus límites, pero amplíalos! Y, sobre todo, respira tal y como hemos aprendido. Inspirar, espirar, inspirar...
Desde luego, eran muchas instrucciones, se dijo Dupin.
Se volvió y se agarró a la parte superior de la escalera. Edith ya estaba sentada en la embarcación.
La primera fase de la confrontación había tenido lugar en la consulta de la terapeuta, donde, en el curso de dos sesiones de noventa minutos, Dupin había tenido que contemplar unas imágenes bajo la supervisión de Edith.
En un monitor enorme. Primero imágenes del mar en calma, luego del mar agitado.
Mer agitée . La tercera sesión de terapia había sido un paseo por la costa, allí mismo, en Trévignon.
Habían caminado hasta el islote que había ante la costa, al que solo se podía llegar por medio de un muelle temerariamente estrecho.
Justo enfrente estaba la terraza del Noroît.
Apenas unos instantes atrás, Dupin había estado ahí sentado y se había tomado dos cafés solos.
Había partido antes hacia ahí a propósito.
Un instante de calma antes de que estallara el horror.
Dupin bajó el primer travesaño, el segundo, el tercero, el cuarto y el quinto, y luego hizo una pequeña pausa.
A esa hora, con la marea baja, había que bajar unos tres metros.
—Bien, muy bien. Lo estás haciendo fantástico, Georges.
La coach se percató de su vacilación y también de que había mirado alrededor con disimulo.
—No te preocupes, Georges. Aquí no hay nadie. Además, si hubiera alguien, la gente diría: «¡Qué hombre tan fuerte! ¡Sabe enfrentarse a sus miedos!».
Dupin se contuvo y no respondió. Por suerte, aparte de los dos pescadores de caña que estaban al final del muelle, no se veía a nadie.
Llegó al último travesaño y se detuvo. La pared cubierta de algas desprendía un olor tan intenso a yodo, sal y otros aromas marinos que casi le dio náuseas.
—Ha llegado el momento —anunció Edith.
Tampoco es que nunca se hubiera subido a un barco durante sus años en Bretaña, eso era algo inevitable.
Extendió el pie derecho. En realidad: intentó extenderlo. Pero había un problema. El pie se negaba. Él y toda la pierna. Dupin permaneció en la posición en la que se encontraba.
—¡El primer pie, Georges! Respira hondo y...
Un sonido fuerte y muy penetrante la interrumpió. Edith se sobresaltó y Dupin estuvo a punto de perder el equilibrio, a pesar de que conocía muy bien ese sonido. Estaba tan presente en su vida como el murmullo del mar en la costa: su móvil.
—Te había pedido que lo apagaras para nuestro ejercicio —le reprendió Edith Pallu—. Para tu ejercicio.
Dupin permaneció quieto.
El teléfono sonó durante un rato y luego enmudeció. Pero solo para volver a sonar de inmediato.
Con cuidado, Dupin separó la mano derecha del travesaño y se acercó más a la escalera con la otra, apoyándose a ella con el torso. Confió en que funcionara.
El comisario se metió la mano en el bolsillo delantero del pantalón y sacó el aparato.
Le Ber. Su primer inspector. Era increíble. Si sabía que tenía sesión de terapia.
El comisario respondió a la llamada con tono malhumorado.
—Le Ber, este es un momento de lo más inoportuno, le llamo en...
—Tenemos un cadáver, jefe.
—¿Cómo?
Dupin soltó un grito. Y de nuevo estuvo a punto de perder el equilibrio. Habría caído sobre Edith. Habrían naufragado antes incluso de soltar las amarras.
—En Concarneau.
—¿Cómo dice?
Dupin volvió a gritar.
Edith miraba al comisario asustada. Los dos pescadores también se habían vuelto hacia ellos.
—Una mujer. Muerta. Ahogada. Pero no en el mar, jefe.
El asunto era cada vez más raro.
—¿Y entonces dónde?
—En chocolate.
Se produjo una pausa.
—¿En qué ha dicho usted?
—En chocolate.
Dupin se apretó con todas sus fuerzas contra la escalera.
—¡No me venga con bromas, Le Ber!
Dupin no estaba en absoluto de humor para eso.
—No es broma, jefe. Es cierto, en chocolate líquido. En una tina grande. En el Zerua, en la Ville Close.
—¿El Zerua?
Todo aquello no podía ser cierto. La chocolatería más famosa de Cornualles, una de las más prestigiosas de toda la Bretaña. Dos años atrás, el Zerua había recibido la codiciada medalla nacional Meilleur Ouvrier de France . Mejor obrador de Francia. Un gran honor.
—En la sala de producción que tienen. Una...
—¿Cómo es posible ahogarse en chocolate?
—No soy médico, jefe, pero supongo que ocurre de un modo muy parecido al agua y al resto de líquidos.
—Le Ber inspiró profundamente—. En primer lugar, el llamado reflejo de inmersión detiene la respiración al instante, ralentiza la frecuencia cardiaca y provoca que la circulación sanguínea se concentre en los órganos vitales.
Si la situación adversa se prolonga, el cuerpo activa otro mecanismo de protección, el espasmo de la glotis, que evita que el líquido entre en los pulmones. Entonces...
—Nadie se cae sin más en una tina de chocolate.
—Por supuesto que no, jefe. No ha sido ningún accidente. La mujer está boca abajo ahí dentro.
—¿Cree que alguien la empujó?
Una pregunta innecesaria.
—Estamos ante un asesinato, jefe. ¿Qué si no?
—Vamos a necesitar al forense.
—Ya está avisado, el doctor Salou debe de estar al caer.
El forense con el que Dupin siempre estaba en pie de guerra.
—Y los de la científica también están de camino, jefe.
—¿Dónde está usted, Le Ber?
—En el coche.
—¿Quién está en el lugar?
—Le Menn y Nevou.
—Cuelgo, Le Ber. Nos vemos allí, llegaré en quince minutos.
Dupin guardó el móvil y subió rápidamente por la escalera.
—Debo irme —le dijo a Edith Pallu mientras evitaba volver a mirar hacia abajo.
—Pero ¿y nuestra...?
—Otra vez será.
Hasta ahí la terapia de confrontación por ese día. Cuando llegó a lo alto, Dupin se detuvo un momento. ¿De verdad Le Ber había hablado de una mujer ahogada en chocolate?
La visión no podía ser más siniestra. Los pies y las pantorrillas de la fallecida —con zapatillas deportivas, pantalones de tela verde— sobresalían de la masa marrón y viscosa.
A lo largo de su carrera como policía, Dupin había visto muchas cosas curiosas, pero aquello lo superaba todo.
Toda la sala estaba impregnada de un apetecible aroma entre dulce y amargo que desentonaba por completo con aquel crimen presumiblemente atroz.
Se absorbía con cada respiración: auténtico aire de chocolate.
La reluciente tina de acero inoxidable tenía una dimensión impresionante. Dupin calculó casi un metro y medio de diámetro y una altura similar. Estaba llena hasta justo por debajo del borde. El cadáver se encontraba ligeramente inclinado, con las piernas apoyadas en la pared de la tina.
—Jefe, la fallecida es Adeline Mazago. Propietaria y directora general de Zerua. Dirigía la empresa con su hermano Bixente y su hermana Nahia Mazago.
Dupin acababa de entrar en la estancia. Le Ber estaba junto a un hombre alto que llevaba una bata blanca de manga corta. El hombre debía de tener unos sesenta años. Era un tipo delgado, de rasgos marcados, pelo corto y espeso, de tono rubio oscuro. No había ni rastro de Nevou y Le Menn.
—¿Cómo lo sabemos?
—Benoît Pichard —Le Ber señaló con un ademán de cabeza el hombre de la bata—, el famoso maître chocolatier , maestro chocolatero, de Zerua.
La voz de Le Ber destilaba una enorme veneración.
—El Meilleur Ouvrier de France y ganador en el World Chocolate Masters.
El mejor obrador de Francia, Masters... A Dupin todo eso le sonaba a profesional del tenis o del golf.
La profesión de aquel hombre hacía aún más notable su complexión fibrosa: o comía poco de sus propias creaciones —algo nada probable— o era la demostración palpable y más convincente de que el chocolate no necesariamente engorda.
—¿Cómo sabe usted —le preguntó Dupin al chocolatero— que es la señora...? —Se detuvo.
—Mazago, jefe —intervino Le Ber—. Adeline Mazago.
—Caballero, ¿cómo ha reconocido usted a la señora Mazago?
—Por el calzado y los pantalones.
La fallecida llevaba unas zapatillas Veja blancas, como tanta otra gente. Como Claire, por ejemplo.
—Estoy del todo seguro, señor comisario. Es ella —insistió el chocolatero. El hombre estaba claramente conmocionado, pero aun así era capaz de mantener la compostura.
Dupin se acercó a la tina y observó las zapatillas.
—¿Acaso, según usted, en Zerua, ninguna otra empleada lleva este tipo de calzado? ¿Este modelo?
Dupin rodeó la tina describiendo un semicírculo.
—Es posible que haya otras. Pero muy pocos compañeros tienen acceso a la zona de producción.
Y de ellos, solo Adeline lleva esos zapatos.
Además, hoy ha estado toda la mañana por la fábrica, la he visto varias veces.
Con estos pantalones y estos zapatos. Al regresar de la pausa para comer, he entrado y...
Se interrumpió. Era evidente que estaba impresionado.
—¿De qué hora a qué hora ha hecho su pausa para comer? —preguntó Dupin.
—De 12.15 a 13.45. Como siempre.
Una pausa larga para comer, pero nada inusual en Francia: el trabajo estaba al servicio de la vida, y no al revés.
—¿Y después de la pausa para comer ha venido aquí de inmediato?
Pichard asintió con la cabeza.
—¿Y ella ya estaba ahí dentro?
—Exactamente así.
—¿Y antes no?
Una pregunta absurda.
—Quiero decir, ¿estuvo usted aquí en la sala antes de la pausa y no notó nada inusual?
—Nada. Hoy he iniciado la producción de dos nuevas creaciones.
Setenta y cinco por ciento de criollo puro de Venezuela con trocitos tostados y triturados de granos de cacao y café, unas variedades de arábica antiguas —Dupin vio un brillo en los ojos del maestro—, y ochenta y cinco por ciento de criollo con caramelo de jengibre y flor de sal.
Dupin tenía que admitir que aquello sonaba delicioso, sobre todo esa versión con trocitos de café tostado.
—El criollo es uno de los dos... —comenzó a decir Le Ber, sintiéndose obligado a dar una explicación. Dupin lo interrumpió de inmediato.
—¿No ha notado nada inusual hoy, señor Pichard?