Una venganza bretona (Comisario Dupin 14) El primer día
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Una venganza bretona (Comisario Dupin 14)

Una venganza bretona (Comisario Dupin 14)

Por Jean-Luc Bannalec

© inepub.com

El primer día

No tenía ninguna gracia.

Notaba un sudor frío en la frente. Tenía la respiración demasiado agitada, el corazón le latía desbocado.

Jamás debería haber accedido a eso. Había sido un error mayúsculo, pero era demasiado tarde.

De pronto tuvo la sensación de que el mundo se había inclinado hacia un lado.

El mar parecía haber perdido el equilibrio, haberse desplomado hacia el horizonte.

No cabía duda. Estaba ladeado. En unos instantes, el Atlántico se zarandearía, se formaría una ola gigantesca, apocalíptica, que iría creciendo hasta perder su posición estable y catapultarse por fin contra la Tierra.

Georges Dupin, el comisario de policía de Concarneau, se estremeció. Notó un extraño sabor metálico en la boca.

El bote que le aguardaba al final de la oxidada escalera de hierro era minúsculo.

Se agitaba de un lado a otro, entre sacudidas inquietantes, a pesar de que las aguas estaban absolutamente en calma no solo ahí, en la dársena resguardada del puerto de la punta de Trévignon, sino también mar adentro; no se adivinaba ni una sola ola, ni la más mínima.

Dupin lo había comprobado una y otra vez.

Contempló la embarcación. El comisario estaba seguro de no haber visto jamás una zódiac tan pequeña.

«Es el modelo para dos personas», se había limitado a decir Edith Pallu al percatarse de la mirada inquieta de Dupin.

Como todas las zódiacs, esta era de una goma especial, muy resistente, prácticamente indestructible.

En teoría. Un asiento, dos remos para emergencias, un motor fueraborda.

Eso era todo. De color azul marino, un color bonito, pero eso no servía de nada.

Como, de hecho, tampoco lo hacía ninguna otra cosa en estos casos.

El comisario estaba de pie en el estrecho muelle que se erigía intrépido sobre el mar en esa pequeña localidad situada a pocos kilómetros al sur de Concarneau.

Le gustaba la tranquilidad de Trévignon, iba ahí a menudo.

Por los bares y restaurantes del lugar como Le Noroît —uno de sus locales favoritos— ; La Marinière, una crepería fabulosa; o Le Casier, un excelente bistró.

Y por Philippe, el pescador que llegaba ahí todos los días en torno a las cuatro de la tarde con su pequeño barco azul y rojo y vendía su captura.

Pêche à la ligne , pesca costera sostenible, sin redes.

Todo pescado al sedal. Se compraba lo que el mar y Philippe ofrecían ese día; una variedad continua, pero siempre deliciosa.

Abadejos, lubinas, eglefinos, maragotas, bacalao, san pedros, rapes...

En verano, de abril a finales de octubre, a Dupin le gustaba especialmente acercarse allí para admirar la puesta de sol y, aunque a veces iba solo, la mayoría de las veces lo acompañaba Claire.

Entonces, sentados en el muelle, comían, bebían, hablaban, y sobre todo guardaban silencio mientras admiraban juntos el espectáculo que se repetía cada atardecer.

Cada vez diferente, cada vez cautivador.

Así que, por lo general, Trévignon era un lugar de felicidad luminosa. No así aquel día.

—¡Ha llegado la hora de la verdad!

La voz de Edith, la coach, una mujer bajita y robusta de Concarneau de pelo corto rubio oscuro y flequillo, adoptó un aire solemne. Se había empeñado en tutearlo.

—Piensa en los enormes progresos que has hecho en la exposición mental, Georges. ¡Fenomenal! ¡Tú puedes! Te lo aseguro: ¡tú puedes!

Cada palabra hacía sentir más y más ridículo a Dupin.

Esa «exposición mental» había sido la primera fase de la «terapia de confrontación» a la que el comisario se había visto «empujado».

Y, además, desde diversos frentes, pues había surgido una alianza muy inusual.

Que Nolwenn y Le Ber hicieran causa común era algo habitual, que Claire se uniera a ellos resultaba menos frecuente, pero que el prefecto tomara parte también ya suponía algo sin precedentes.

Entre todos le habían convencido. Se trataba de la «talasofobia» de Dupin, en concreto, de que la superara.

El miedo al mar, en el caso de Dupin era a estar en el mar, y más concretamente en un barco.

Por muy grandes, cómodos, sólidos, seguros e incluso insumergibles que fueran los barcos, sentía un pánico absoluto hacia ellos.

Para ellos su último gran caso, a finales del verano pasado en la isla de Ouessant, había sido la gota que colmó el vaso tras catorce años soportando la fobia del comisario a regañadientes.

En el caso del prefecto, había sido el día en que aterrizó en su escritorio la factura por el uso del helicóptero de la policía.

Eran vuelos que a Dupin le habían ahorrado el trayecto en barco de ida y vuelta a la isla.

A esto había que sumar la factura de una costosa operación de rescate al final del caso que, en opinión de Dupin, no debía tenerse en cuenta.

Sea como fuere, aquella cifra en torno a los sesenta mil euros había hecho saltar por los aires todos los presupuestos.

«¡Usted y esa manía estúpida nos llevarán a la ruina! », había protestado Nolwenn.

Dupin debía admitir que, ciertamente, era una suma obscena.

El prefecto había tenido que dar explicaciones a su superior de Rennes y, tanto a este como a la administración nacional de la policía, les había hablado sin tapujos de esa fobia de Dupin.

Como de costumbre, se había mostrado dispuesto a traicionar a cualquiera.

«¡Un comisario bretón no puede marearse en el mar, y punto!

», habían decidido en Rennes y, por absurdo que parezca, también en París.

«¡Por indiscutibles que sean sus logros, esto no puede seguir así!

». El problema era, sin embargo, que nadie sabía muy bien qué hacer, pues en la historia de Bretaña aquel era el primer caso de un comisario costero con miedo al mar.

Al final habían enviado a Dupin al médico jefe de la policía bretona, un tipo huraño que, a su vez, lo había derivado a un psicólogo de la policía, el cual, por su parte, lo había dirigido a Edith Pallu, la última parada de aquella sucesión en cadena de disparates.

«El empleo de helicópteros en investigaciones rutinarias deberá limitarse a situaciones de emergencia absoluta», habían estipulado desde lo más alto, desde Rennes. «Máxime porque el cuerpo policial del departamento de Finistère dispone de una flota impresionante de lanchas rápidas».

Como no podía ser de otro modo, a Dupin no le había hecho ninguna gracia que, poco antes de Navidad, su caso fuera puesto en conocimiento de todas las comisarías de Bretaña por medio de una «ordenanza urgente».

Como consecuencia, todos los agentes del cuerpo de la policía bretona debatieron durante días sobre esa fobia del comisario de Concarneau.

Incluso se había publicado un artículo en Ouest-France .

«Un conocido comisario bretón padece graves ataques de ansiedad en el mar».

Por supuesto, todo aquello era más que embarazoso.

«Desde el punto de vista ecológico, lo que usted nos está haciendo a nosotros y al planeta es un desastre, señor comisario», le había dicho Nolwenn, indignada.

«¡Cuando se jubile, será el responsable de un grado de calentamiento global!

Esto tiene que acabar de una vez por todas».

La gota que colmó el vaso fue cuando Claire, a quien él había tenido la imprudencia de hablarle del asunto, trató de persuadirlo.

«Georges, tú amas el mar. Vives junto al mar, trabajas junto al mar, nadas en el mar, te pasas prácticamente todo el día mirando el mar».

«¿Y qué?», le había replicado él de malhumor.

No debería haber dicho nada. «¿Cómo que “y qué”?

¿No te parece ridículo que tengas ese miedo, Georges?

¡No es posible que te resignes a ello! Los miedos hay que afrontarlos.

Basta con que uno ceda un centímetro ante ellos para que se adueñen de un metro, y una vez lo tienen, se hacen con diez...

». A Dupin le habría gustado replicar con vehemencia: hasta entonces él no había desarrollado ninguna otra fobia.

A lo sumo, el temor a los espacios subterráneos, pero eso no contaba.

Que no le gustaran los espacios subterráneos y pequeños era algo normal desde el punto de vista psicológico; al fin y al cabo, a todo el mundo le pasaba lo mismo.

Pero Dupin no había dicho nada. Por otra parte, lo cierto era que Claire y todos los demás tenían razón, en principio.

Incluso a él su fobia le hacía sentir mal.

Sin duda, era una limitación considerable, no solo en el ámbito profesional.

A Claire, la normanda, le encantaban los barcos, a todos sus amigos les encantaban los barcos.

En la costa bretona no eran un lujo, sino una parte de la vida.

Sin embargo, lo que finalmente le había llevado a aceptar la «terapia» había sido otra cosa: el trauma de Ouessant.

Dupin se había perdido en un pequeño barco por las aguas del Atlántico y no fue hasta pasadas unas horas que había sido rescatado por un helicóptero.

Aquel recuerdo lo perseguía incluso entonces.

—Ha llegado el momento. Ahora subiremos al barco, Georges.

Primero yo, luego tú —le indicó Edith—. Nos sentaremos y prestaremos atención a nuestras reacciones, emocionales y físicas.

¡Serán cinco minutos! ¡Solo cinco! Durante ese rato me irás diciendo lo que sientes y todo lo que imaginas que podría pasar.

Luego abandonaremos el barco. ¡Eso es todo!

¡Nada más! —Pallu hizo una pausa breve para asestar entonces teatralmente su golpe de gracia—.

¡Y entonces serás un triunfador! ¡Un triunfador extraordinario!

Es lo que digo siempre: «Un pequeño paso para la humanidad, pero un gran salto para un fóbico».

Una ocurrencia estrafalaria. Y en absoluto graciosa.