CAPÍTULO 49 LARA
—Siempre te las ingenias para que te acompañe en tus locuras —dice May, mirándome con mala cara.
En el fondo sé que le encanta estar aquí. No se perdería esto por nada en el mundo. Cuando le propuse acompañarme, aceptó, y debo reconocer que no me costó mucho liarla para venir. Lo estaba deseando. Si no, ella misma se hubiera autoinvitado.
—Para eso están las mejores amigas, ¿no? —la chincho.
—Quizás deba dimitir de ese puesto. Empiezo a planteármelo seriamente.
—Siento decirte que, una vez que lo has aceptado, es imposible echarse para atrás. Tendrás que vivir toda tu vida siendo mi mejor amiga.
Mi comentario consigue sacarle una sonrisa.
—En verdad estoy feliz por acompañarte en esta bonita locura. —Reconoce algo que ya sabía. Solo que le gusta quejarse a veces y hacer el drama.
—Tu parte cotilla está agradecida de estar aquí.
—No puedo decir que no.
Ahora la que se ríe soy yo.
Poco a poco la larga cola va avanzando. Miro la hora, desesperada y con miedo de no llegar a tiempo.
Mi impulso ha hecho que todo sea demasiado precipitado y que vayamos con el tiempo justo a todas partes.
O, al menos, yo tengo esa sensación. Al ver la noticia lo tuve claro; era la señal que necesitaba para actuar.
—Los minutos pasarán a la misma velocidad, por mucho que mires el reloj. No puedes detener el tiempo, aunque te encantaría tener ese poder ahora mismo —comenta May.
—Daría lo que fuera por poder controlar el tiempo ahora. ¿Pueden ir un poquito más rápido? No puedo perdérmelo.
—Queda más de una hora, así que tenemos tiempo de sobra —dice despreocupada—. Nunca te había visto tan nerviosa.
Nerviosa se queda corto para lo que estoy sintiendo en estos momentos. Me sube un escalofrío de pies a cabeza. Mi barriga es un gran revoltijo ahora mismo. Incluso se me ha acelerado la respiración. Creo que es porque sé que el momento se acerca y no sé si estoy preparada.
—Y si…
—Como termines esa frase, me veré obligada a darte un guantazo, amiga. Si vuelvo a escuchar un «y si…», me pego un tiro. De verdad te lo digo.
Resoplo. Está histérica por mi culpa, pues creo que le estoy transmitiendo los nervios.
Aunque tiene razón; debo parar de suponer posibles situaciones que puedan ocurrir.
Tengo que dejarme llevar y dejar de comerme la cabeza.
Aunque es demasiado difícil. Desde que he salido de casa, el «y si…
» ha salido cada pocos minutos de mi boca.
Me la creo cuando me dice que me pegará una bofetada si vuelvo a soltar una frase similar.
—Igual esta vez era algo positivo —miento. Está claro que la frase que iba a decir no era del estilo «¿y si todo sale bien?».
—No te lo crees ni tú.
La música a todo volumen empieza a escucharse. Mierda. Mierda. Y más mierda. Hasta ahora no se escuchaba música, o al menos no tan alta como en estos momentos.
—Esto empieza ya y nosotras seguimos en la cola —me quejo.
Seguimos esperando. Si lo hubiera organizado mejor, ayer hubiéramos recogido la pulsera para entrar sin tener que tragarnos esta cola hoy.
Por eso mismo habilitan el día de antes, para que no se creen colas interminables.
Al ver la gente con su pulserita que pasa por la otra cola, me entran ganas de chillar.
—Paciencia. No vamos tan mal de tiempo. Te vendrá bien relajarte antes de…
—Ojalá pudiera relajarme antes de verlo, pero, como sé que voy a verlo, estoy más atacada —le corto antes de que termine la frase.
Por suerte para mí, de un momento a otro, la fila parece avanzar más deprisa. Gracias. Gracias. Entregamos las entradas al chico vestido de negro que nos las pide. Nos pone una pulsera para poder entrar al recinto. Ha llegado el momento.
Vuelvo a mirar la hora en el reloj. Queda media hora. Solo tengo que encontrarlo y hablar con él. No puede ser tan difícil, ¿verdad?
—¿Cómo sigue tu plan ahora? —pregunta May, presionándome.
—El siguiente paso es dar con él.
—¿Y cómo piensas hacerlo?
—Pues verás… Yo… Eh… Mierda.
No he pensado nada más. Mierda. ¿Cómo he podido descuidar lo más importante?
Reservé el vuelo, el hotel, y conseguí hacerme con las últimas entradas para el festival. Pero no he planeado cómo encontrarme con él, antes de que cante o después.
—Imaginaba que esto pasaría. Así que de nada por organizarte un plan B —dice ella, antes de guiñar un ojo.
Sonríe satisfecha, la muy cabrona. Ella sabía que esto pasaría. Seguro que ha disfrutado viendo mi cara de terror al darme cuenta de que no tengo cómo contactar con él en estos momentos.
Hemos logrado entrar en el recinto del festival, pero ¿ahora qué? Una muy buena pregunta que ni siquiera me había planteado al organizar todo.
—¿Qué has hecho, May? —Entro en pánico en cuanto la escucho.
—Estaba claro que necesitaríamos refuerzos. No te olvides de que tu mejor amiga piensa en todo. Es solo cuestión de un mensaje y un poco de tiempo. Confía en mí.
Se aleja un par de pasos de mí y empieza a teclear a toda velocidad en su móvil. Veo cómo incluso hace una llamada, porque se lleva el teléfono a la oreja. ¿Qué está tramando? ¿Estará hablando con él? Solo de pensarlo se me vuelve a acelerar el corazón.
—Los refuerzos están a punto de llegar —me informa satisfecha, cuando vuelve a mi lado. La sonrisa que me dedica me enfada.
Me anima a seguir andando hacia el escenario. Hay alguien cantando en estos momentos. Cuando ese cantante se baje del escenario, será su turno. Será Enzo el que se suba ahí arriba para cantar en directo.
Sí, en cuanto me enteré de que participaría en este festival, no lo dudé ni un segundo y organicé todo para venir a Madrid a verlo.
Fue un impulso. Me dejé llevar por lo que sentía.
Tenía claro que no podía perderme un día tan importante para él.
Y, ya que estaba, aprovechar y confesarle todo.
Puede que no quiera saber nada de mí, pero yo necesito hacerlo para quedarme tranquila conmigo misma.
Además, creo que, si no lo suelto, reviento.
De repente, logro distinguir dos siluetas entre la multitud, porque me resultan familiares. No puede ser, ¿no? Pues claro que sí. ¿Cómo iban a perderse sus mejores amigos el concierto?
—Tú tienes algo que ver —la acuso sin dejar de señalar a Raúl y Hugo, que vienen hacia nosotras.
Es imposible no distinguir a Raúl entre la multitud. No solo lo hace destacar su altura, sino su manera de vestir, andar y esas trenzas que lleva en el pelo que tanto lo caracterizan.
—Ellos son mi plan B, amiga. ¿Cómo pensabas acceder a Enzo si no?
—No sé si te odio o te adoro —confieso. Que me lo haya escondido no me hace gracia, pero agradezco que haya pensado en ellos.
—Rubia, me alegro de verte de nuevo. —Raúl es el primero en saludarme. Me da dos besos y un abrazo, que le devuelvo encantada—. Pensaba que ninguno de los dos sería capaz de dar el paso, aunque en el fondo me moría porque lo hicierais.
—Va a flipar cuando te vea —corrobora Hugo—. Y a nosotros nos lo tendrá que agradecer de por vida.
—Dirás que me lo tendrá que agradecer a mí de por vida —interviene May. Ya tardaba en hablar—. Soy el punto de unión, la mente pensante. Sin mí no se reencontrarían.
—Oye, que yo he venido por voluntad propia —me quejo.
—Sin nuestras entradas vips no tendríais nada que hacer —añade Hugo.
¿Soy yo, o les importa demasiado quién se lleve el mérito? Está claro que si esto sale bien es cosa mía, no de ellos. Aunque no olvidaré la ayuda que me han prestado los tres.
—¿Vais a darnos vuestras entradas? —pregunto sorprendida. No me esperaba esto.
—Vamos a cederte nuestro pase para que puedas ir a hablar con él —me explica Raúl—. Nosotros permaneceremos aquí a la espera.
—Cruzando los dedos de manos y pies para que todo salga bien —añade May.
—Y yo que tú no tardaría mucho en ir. Sale al escenario en quince minutos —me informa Hugo.
Me tiende la acreditación, que no tardo en colgarme del cuello antes de empezar a correr. Me han señalado hasta dónde tengo que ir y lo que tengo que decir para que pueda hablar con Enzo. No tengo tiempo que perder.
—Suerte. —Escucho que dicen los tres a lo lejos.
«Gracias», digo para mis adentros. Ya tendré tiempo para agradecérselo después, porque ahora tengo que correr como nunca antes y hablar con Enzo antes de que cante.
Llego hasta donde me han dicho y me detengo al ver dos guardas de seguridad.
Van vestidos de negro y están de brazos cruzados, señal de «ni se te ocurra pasar».
Les enseño la acreditación que tengo colgada.
Fruncen el ceño al ver que, evidentemente, el nombre que pone ahí no se corresponde con el mío.
—Sé que sonará raro, pero mi amigo me ha cedido la acreditación para poder hablar con Enzo Rodríguez. Él está a punto de cantar y yo quiero confesarle lo que siento. Me he callado mis sentimientos y le he hecho pensar que no siento lo mismo por él. Necesito arreglarlo y…
—La canción habla de vuestra historia, ¿verdad? —me interrumpe uno de ellos, dejándome descolocada.
—Tú debes de ser la famosa Lara. —Cae en la cuenta el otro.
—Joder, ¿cómo no lo hemos visto antes? Eres la protagonista de Sin miedo al amor . Mi mujer me ha obligado a ver la serie con ella. Fantástica. Solo espero que no termines enrollada con el estúpido ese. Qué mal me cae.
—Te diré un secreto: en la vida real todavía es más capullo que en la serie. —Mi comentario consigue hacerle reír.
—¿Una foto? Mi mujer no me perdonaría haberte tenido delante y no pedírtelo.
—Por supuesto.
Nos hacemos un selfie . Ha dejado su posado serio para sonreír ante la cámara. Me encanta.
—Nos habían avisado de que vendrías. Adelante.
Ambos se echan a un lado para dejarme pasar. Bien. Estoy un paso más cerca de Enzo.
—Corre, ve a confesarle tus sentimientos. Seguro que, después de eso, escribe otra canción.
Su comentario consigue hacerme reír mientras me alejo.
Avanzo por el pasillo. La gente viene y va como loca de un lado para otro.
Esto es lo que tiene el «detrás del escenario».
Camino sin saber muy bien hacia dónde. Esto empieza a complicarse.
Me topo con una chica que lleva una libreta y un pinganillo.
Seguro que ella sabe dónde puedo encontrar a Enzo.
Me acerco hasta ella y le pregunto. Me despacha rápido porque tiene mucho trabajo, pero, por suerte, me indica dónde tengo que ir.
Con cada paso que doy me pongo más nerviosa. El pulso se me acelera. Estoy a punto de verlo de nuevo, después de dos meses. Voy a hablar con Enzo y confesarle que estoy enamorada de él.
—Me complace anunciaros al artista que viene a continuación. Con tan solo una canción en el mercado, ha conseguido colocarse en el top 3 actual español.
Me quedo congelada al escuchar eso. Van a presentarlo.
Va a subir ahora mismo al escenario, y yo todavía no le he encontrado.
Justo entonces mis ojos topan con él. Enzo está caminando en mi dirección.
Hablando con una de las chicas que lleva pinganillo.
Lleva su guitarra colgada en la espalda.
Se le ve despreocupado. No muerto de nervios, como yo en estos momentos.
Para variar, lleva una camisa abierta que deja entrever el tatuaje de la mariposa.
Eso es su sello de identidad. No repara en mi presencia.
Está sumergido en su mundo. No me imagino lo que debe pasarle ahora mismo por la cabeza.
Pero, en un momento dado, alza la vista y nuestras miradas conectan.
Es entonces cuando mi corazón se salta un latido.
Las ganas de ir corriendo hacia él y comérmelo a besos están muy presentes, pero me contengo.
—Démosle un fuerte aplauso a Enzo Rodríguez, que viene a tocarnos su primer gran éxito: Una última vez .
Esa es la señal que necesita para salir al escenario, pero no lo hace. Se queda inmóvil, sin apartar su vista de la mía. La chica le da un pequeño empujón para que se ponga a andar, y él levanta la mano, como si le estuviera pidiendo un momento, y corre en mi dirección. Mierda. Viene hacia mí.
—Lara —dice en un hilo de voz.
—Enzo —lo imito. Me cuesta pronunciar su nombre, aunque mis labios se morían por volver a hacerlo.
—Estás aquí.
—Tenía que estar aquí. No podía perderme la primera vez que te subieras a un escenario —confieso. No me hubiera perdonado nunca no estar en este festival.
Estoy donde tengo que estar; mi corazón y mi mente lo saben muy bien.
—Tú…
—Tengo muchas cosas que decirte, pero ahora es tu momento. Sal ahí fuera a comerte el mundo, chico de los tatuajes. Te estaré esperando aquí, viéndote muy de cerca cumplir tu sueño.
Asiente. Y puedo notar cómo está asimilando todo lo que acabo de decirle. Escucho que la misma chica lo llama, y él reacciona. Me sonríe antes de dar media vuelta e ir directo al escenario. Joder. Estoy demasiado orgullosa de él.
Un chico me guía hasta que me coloca en un lado del escenario. Puedo ver cómo Enzo sale y la gente empieza a chillar su nombre. Los nervios siguen presentes, pero estos son diferentes. Al verlo, he sentido una tranquilidad que hace tiempo que no experimentaba.
Me permito disfrutar de verlo cantar en directo. Ya tendré tiempo para procesar que, en cuanto baje de ese escenario, hablaré con él.