CAPÍTULO 43 LARA #3
—No importa cómo lo definamos, es lo de menos. No debemos darle tanta importancia a una simple palabra.
Enzo parece enfadado; me atrevería a decir que lo está. Hay algo que estoy pasando por alto, pero no sé el qué. Por un momento, la idea de que sienta algo por mí se ha cruzado en mi mente, pero la he descartado.
—Esa simple palabra dice demasiado.
—Da igual lo que seamos, amigos o novios falsos. Porque está claro que se ha terminado. Se terminó en el momento que acepté ese papel y mudarme de nuevo a Nueva York. He puesto punto final a lo nuestro, sin saber ni lo que teníamos.
Me acelero, pues las palabras salen a toda velocidad de mis labios. Sabía que, al aceptar, me despedía de él y de lo nuestro. Lo sabía.
—Has nacido para ser actriz, Lara. Es normal que pensaras en ti, y no tengo ningún derecho a exigirte nada. Como tú muy bien has dicho, da igual lo que seamos, ya que nuestros caminos se separan aquí y ahora. Una relación a distancia no se sostiene, ¿no? Ya sea real o ficticia.
—Pero duele —confieso. La realidad duele demasiado.
—Pero es inevitable. Tu vida y tu carrera están en Nueva York. Y desgraciadamente la mía está aquí. Ninguno debe sacrificar algo tan grande como su carrera por amor.
Sus palabras consiguen cortarme la respiración y hacer que mi corazón se salte un latido. ¿Enzo está queriendo decir lo que creo que está diciendo? ¿Acaba de insinuar que siente algo por mí? ¿O empiezo a delirar?
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo que la regla número tres hace tiempo que me la salté —me corta antes de que pueda terminar de formular la pregunta.
El calor inunda todo mi cuerpo. Me quedo paralizada después de esa confesión.
La regla número tres era la más importante: nada de sentimientos. Acaba de decir que siente algo por mí. No miento si os digo que todo mi cuerpo se emociona al escuchar eso, pero…
—Eso solo hace que esta decisión sea aún más acertada.
Veo cómo esa frase impacta directa en su corazón. Su mirada pierde de repente todo el brillo, y sé que no hay vuelta atrás. Le acabo de hacer demasiado daño. Me aguanto las ganas de llorar, me esfuerzo por no dejar escapar esa lágrima que amenaza con salir.
—Uno no puede controlar lo que siente, rubia. Te dije que podía pasar.
—Y yo te dije lo que sucedería entonces.
—Que nos separemos no tiene nada que ver con lo que siento. Ya tenías tomada la decisión.
—Lo sé, pero me la facilita —miento descaradamente. Esto solo lo complica todavía más. Pero ¿qué se supone que debo hacer?
Me niego a una relación a distancia. ¿Cambiaría algo si confesara que me gusta?
No. Como él muy bien ha dicho, mi vida está en Nueva York; y la suya aquí, entre Canarias y Madrid.
Nuestras carreras empiezan a despegar y está claro que ninguno de los dos debe ceder.
No me permitiría en la vida que él abandonara esto para venirse conmigo o viceversa.
Nuestros sueños son lo primero, y ambos lo sabemos de sobra.
Creo que lo he rematado con esas palabras, porque ahora sus ojos están sumidos en tristeza.
—Parece ser que esta sí que será nuestra última vez —dice en un hilo de voz. Le pesan las palabras, y no me extraña.
—Sabíamos que algún día sería la última.
—Fíjate que yo tenía la esperanza de que eso jamás ocurriría.
Sus palabras me calan hondo. Que tuviera esa esperanza dice mucho.
—Me ha encantado conocerte, chico de los tatuajes. No me arrepiento de nada de lo que hemos vivido. Repetiría todo de nuevo, aun sabiendo que este sería nuestro final.
Una lágrima traicionera se me escapa, pues demasiado rato la he contenido. Enzo alarga su brazo y uno de sus dedos consigue atraparla.
—Doy gracias a la vida porque aquella noche nuestros caminos se cruzaran, rubia.
Y, aunque esta haya sido nuestra última vez, no puedo despedirme con un adiós.
Sino con un «hasta la próxima», por si nuestras vidas deciden volver a cruzarse en algún momento.
Te deseo lo mejor, porque te lo mereces.
No olvides nunca que aquí tienes a tu fan número uno.
Sonrío, y él me devuelve la sonrisa sin dejar de acariciarme la mejilla.
—Y tú no dudes que seré la primera persona en escuchar tu single y decir, orgullosa, que ese chico fue alguien especial en mi vida.
—No me lo pongas más difícil, rubia.
Tiene razón. No debemos seguir alargando esto. Es innecesario.
Así que me levanto, rodeo la cama y me pongo a su lado para darle un último beso. Disfruto del contacto de sus labios con los míos antes de apartarme. Suspiramos. Sabemos que es un adiós.
—Créeme; no ha sido fácil para ninguno de los dos —digo en un hilo de voz, antes de abandonar su habitación.
Me giro una última vez, porque no me creo que no vaya a verlo nunca más.
La imagen que ven mis ojos consigue romperme por completo.
Enzo está sentado en su cama, con la mirada fija en mí, mientras las lágrimas ruedan por sus mejillas.
Justo entonces, dejo salir todas las emociones que me he esforzado por contener y las gotas saladas caen, libres, mientras sonrío por lo bonito que ha sido todo lo que hemos vivido.