CAPÍTULO 43 LARA #2
No tarda en abrirme. Como de costumbre, se apoya en el marco de la puerta, dejándome suficiente espacio para pasar.
Sin embargo, antes de caminar hacia el interior del apartamento, lo miro de arriba abajo.
Necesito hacerlo, porque puede que sea la última vez que lo tenga tan cerca.
Está completamente despeinado, y mi mano va sola hasta su pelo para enredar mis dedos en él.
Me ha abierto con un simple pantalón de chándal, que deja poco a la imaginación.
Lleva el pecho descubierto y sus tatuajes me piden a gritos que los acaricie, así que eso mismo hago con la mano que tengo libre.
Lejos de preguntarme qué estoy haciendo, sonríe.
Con esa sonrisa que consigue dejarme sin respiración y a la que me he acostumbrado demasiado rápido.
La echaré de menos. Lo echaré de menos a él.
Su brazo va directo a mi cintura y me atrae hacia él, hasta que me topo con su pecho. Cierra la puerta detrás de mí, y creo que esa era la señal que necesitaba. El pistoletazo de salida para lanzarme directa a sus labios. Que me esperaban hambrientos.
Ninguno dice nada, solo se escuchan nuestros jadeos.
No sé quién de los dos necesitaba más esto, aunque puede que el significado sea muy diferente para ambos.
Porque yo tengo claro que esto es un polvo de despedida; estamos haciendo el amor por última vez.
Y esta vez sí que será la última de verdad.
Avanzamos a trompicones hasta su cama. Se deshace de mi vestido, dejándome solo en ropa interior. Su mirada se ha vuelto mucho más oscura de puro deseo. Me desea. Algo que nunca he dudado, ni siquiera la primera vez que nos acostamos.
—Te deseo, Enzo. —Las palabras se escapan solas de mi boca. Como si llevaran tiempo ahí retenidas y ahora por fin salieran libres.
Gime como respuesta, y os juro que no podría haber habido mejor contestación.
Me atrae todavía más a él para que pueda notar lo empalmado que está.
Y vaya si lo noto, joder. Ahora la que gime soy yo.
Me muerde el labio mientras una de sus manos empieza a jugar con mi pezón.
Sabe exactamente dónde y cómo tocarme. Es lo que tiene que nos hayamos acostado tantas veces, que conoces mejor al otro y sabes lo que le gusta.
Por eso mismo me agacho, pillándolo por sorpresa, y le quito los calzoncillos.
Antes de darle tiempo a nada, me llevo su miembro a la boca y lo saboreo. De nuevo gime, mucho más que antes.
—Joder, Lara. Vas a acabar conmigo.
Acelero el ritmo. Pierdo la noción del tiempo; solo disfruto saboreándolo y viéndolo disfrutar.
—Quiero hacerte mía —dice jadeante, consiguiendo que me separe de él.
«Ay, si supieras que ya lo soy». Pero me guardo esas palabras para mí. Me he dado cuenta de que lo soy, y por eso mismo esto es lo mejor que puedo hacer.
En un rápido movimiento se pone un preservativo. Lo empujo para que caiga en la cama y me subo a horcajadas encima de él. Si esta va a ser nuestra última vez, quiero grabarme a fuego su cara, para no olvidarlo jamás. Quiero memorizarlo todo, hasta el más mínimo detalle.
Sus manos van directas a mis nalgas y me agarra con fuerza, acompañando cada movimiento que hago. Mis manos, en cambio, van a su cara. Lo acaricio antes de besarlo con ganas. Nuestras lenguas se enredan, dispuestas a librar una batalla de pasión.
Sus manos apretándome, él en mi interior, nuestras bocas sedientas el uno del otro…
Todo eso consigue que una ola de calor me envuelva por completo.
Me dejo llevar mientras grito su nombre, y él hace lo mismo a los pocos segundos.
Joder. La conexión que tengo con Enzo en la cama va a ser difícil de superar.
Agotada, me tumbo en la cama. Desde mi posición abrazo a Enzo.
Mi mano se posa encima de su pecho mientras acaricio el tatuaje de la mariposa.
Una de mis piernas le pasa por encima mientras la otra busca las suyas.
Veo cómo sonríe, pero esa sonrisa no le llega a los ojos. No como siempre, no como de costumbre.
—Tienes algo que decirme, ¿verdad? —pregunta, después de unos minutos en silencio.
Estaba disfrutando de esto, e inconscientemente alargando el momento.
Lo miro, sorprendida. ¿Cómo puede saberlo? No he dicho nada que le haya podido dar indicios. Apenas he hablado; solo me he dejado llevar por lo que quería.
—Lo he sabido en cuanto has puesto un pie en mi casa. Tu mirada te ha delatado, rubia. Y, por cómo ha sucedido todo, me temo que…
—Me sorprende lo mucho que me conoces, chico de los tatuajes. Tengo algo que decirte, sí. —Confieso algo que él ya sabe.
—Será mejor que nos vistamos entonces, ya que algo me dice que es importante.
—Es una buena noticia —comento. Pero me lo pienso mejor y añado—: Depende de cómo lo mires.
No sé si llega a escuchar eso último, porque lo he dicho en un hilo de voz mientras empezaba a vestirme. Busco mi ropa interior y mi vestido, antes de volverme a sentar en la cama. Enzo se sienta enfrente de mí, dispuesto a escucharme.
Los nervios vuelven a aparecer. Como le he dicho, es una buena noticia, pero… esa noticia significa muchas cosas. No quiero darle más vueltas. Sacudo la cabeza y empiezo a hablar: —Me han dado el papel —suelto a bocajarro.
Él abre mucho los ojos y sonríe ampliamente. Esta vez sí que le llega a los ojos.
—Hubiera sido una cagada no dártelo. Sabía que lo conseguirías, Lara.
Acorta la distancia que nos separa y me abraza. Acto seguido, me da un beso rápido que consigue hacerme sonreír.
—Siempre has creído en mí.
—Igual que tú en mí, y no es para menos, rubia. —Me guiña un ojo, un gesto que echaré de menos.
—Voy a protagonizar una película. —Alzo la voz de la emoción—. Volver a rodar, prepararme para el papel… Uff, estoy deseando empezar.
—Tu sueño de ser actriz hace tiempo que dejó de ser un sueño.
Asiento, porque tiene razón. Se ha presentado una nueva oportunidad en mi vida, y es una noticia de la hostia. Entonces, ¿por qué no estoy tan contenta como se supone que debería estarlo?
—Vuelvo a Nueva York —suelto, y esa es la respuesta a la anterior pregunta. Porque, al volver, me separo de él.
—Sabíamos que eso pasaría si te daban el papel. —Vuelvo a asentir. Claro que lo sabía, pero no esperaba que fuera tan difícil.
—Tenemos lo que queríamos, así que ha llegado el momento de separar nuestros caminos. —No sé de dónde saco fuerzas para pronunciar esas palabras.
Enzo estudia mi rostro, y me mantengo firme. Es lo que tenemos que hacer; he venido por eso.
—¿Estás rompiendo conmigo? —pregunta sorprendido. No está dolido, eso no es lo que demuestra su voz.
—Tenemos que romper nuestra relación falsa, pues no tiene sentido que continuemos con ella.
Tú has firmado por una discográfica y yo he conseguido un papel en una película.
Era lo que deseábamos cuando iniciamos esto, ¿no?
Además, una relación a distancia, con tantos kilómetros de por medio, es insostenible.
—Visto así, tienes razón —se limita a decir.
—Debemos ser libres, ya sabes, por si aparece alguien que de verdad te interese. —No sé cómo descifrar la cara que pone en estos instantes—. Sabíamos que esto terminaría algún día.
Lo sabíamos, ¿verdad? Claro que sí.
—Sí, sabíamos que era una relación destinada al fracaso.
No me gusta esa frase, yo no diría eso, pero tiene razón. Era una relación de mentira que debía terminar en algún momento, y parece que ha llegado.
—Ha sido una relación maravillosa de la que hemos sacado provecho. Y, si te soy sincera, me ha sido muy fácil fingir que éramos pareja. Supongo que ha ayudado que nos hayamos hecho tan amigos —me sincero con él.
—¿Amigos, Lara? —La risa falsa que suelta me hace ver que no le ha gustado lo más mínimo esa palabra, pero ¿qué se supone que tenía que decir? ¿Qué somos?—. No sé yo si utilizaría esa palabra para definir nuestra relación.
—¿Y cómo la definirías? —me aventuro a preguntar, aunque no sé si estoy preparada para la respuesta.
Sé que tiene razón. Yo tampoco diría que Enzo y yo somos amigos, pero me ha salido esa palabra, no sé por qué.
—De muchas formas, pero jamás utilizando la palabra «amistad». Porque ambos sabemos que tú y yo no somos amigos. La manera en la que hemos conectado no es de una simple amistad. —Asiento, dándole la razón indirectamente. Pero, entonces, ¿qué somos?