Una última vez CAPÍTULO 32 ENZO
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CAPÍTULO 32 ENZO

Los días juntos en Madrid pasan volando.

Lara se pasa gran parte del día liada con el doblaje de la serie.

Tuve la oportunidad de acompañarla uno de los días y ver en primera persona cómo se realiza un doblaje desde dentro.

Me sorprendió la gran cantidad de personas que están involucradas.

Lo que me lleva a pensar y afirmar que en todos los procesos artísticos se requiere mucha gente para que salga bien.

El arte no es algo individual, sino que se necesita a un gran equipo detrás.

Todavía no se lo he dicho, pero me faltan dos capítulos para terminar de ver Sin miedo al amor , la serie que protagonizó y de la cual está haciendo ahora el doblaje.

Le dije que la vería, y demasiado he tardado en hacerlo.

La empecé al día siguiente de estar aquí.

Es lo que tiene tener mucho tiempo libre y un gran televisor en la habitación con acceso a todas las plataformas.

Cuando la termine de ver, se lo haré saber.

Igual que ella reconoció que veía mis vídeos de TikTok, yo le confesaré que he visto su serie. Estamos en empate.

Reconozco que tiene talento. La serie es buena; nunca he sido un apasionado de las series románticas, pero debo admitir que estoy enganchado.

Sí, creo que la culpa la tiene la protagonista, que me tiene enganchado.

Verla en la pantalla es una sensación inexplicable, así que no me imagino lo que debió ser para ella. Orgullo. De eso estoy seguro.

Durante estos días, también he aprovechado para crear contenido destinado a las redes sociales. Siempre tengo programadas las cosas que quiero subir, ya que las grabo con suficiente tiempo para organizarme.

Ayer salí a la calle, con mi guitarra en la mano, dispuesto a cantar en el primer sitio que el cuerpo me pidiera.

Terminé en una bonita plaza, compartiendo con el mundo mi voz.

Las personas iban y venían. Algunas se detenían delante de mí, me grababan o felicitaban.

No necesitaba nada más. No quería dinero, monedas ni billetes; solo ver la cara de felicidad de la gente que se paraba a escucharme.

Eso es con lo que me quedo. Una bonita mañana que me permitió disfrutar de la música.

Se acercaron varias personas que me conocían de redes sociales para pedirme fotos.

Me sentí importante. Me gustó la sensación.

Lo he recopilado en varios vídeos, que subiré esta semana a las redes sociales.

Cuando se lo expliqué a Lara, me recriminó que no la avisara del concierto que estaba haciendo en las calles de Madrid. Consiguió hacerme reír, para variar.

Es pensar en ella, tener que sonreír y venirme la inspiración.

Rescato de la maleta la libreta que metí de milagro.

Menos mal que lo hice, porque, si no, ahora tendría que tirar de las notas del móvil.

Algo a lo que recurro más de lo que me gustaría.

No se siente igual escribir a mano que teclear.

Aquella madrugada me vino una frase de la nada, y tuve que irme a la playa a escribirla y a empezar con la melodía.

Desde entonces no he dejado de darle vueltas, pero los versos parecían no encajar y no aparecía ninguno nuevo.

Hasta ahora. Como la última vez, lo escribo rápido, antes de que desaparezca de mi mente.

No puedo desaprovechar los momentos de inspiración como este.

Con la guitarra en la mano y la libreta abierta encima de la cama, empiezo a tocar y a cantar.

— Ahí supe que tú y yo encajábamos. Por cómo nos besamos, por cómo nos tocamos… —Sonrío al escuchar lo bien que suena con la melodía.

Me encanta. Creo que de aquí puede salir algo decente, algo suficientemente bueno como para gustar, y no solo a mí. Sigo escribiendo alguna frase más, aprovechando el momento. No dejo de tocar la guitarra, ya que escuchar la melodía de fondo me ayuda.

—¿Estabas tocando? —La voz de Lara consigue sobresaltarme.

¿En qué momento ha entrado? No he escuchado el sonido de la puerta, ni a ella hasta que ha hablado. Seguro que ha hecho ruido, pero estaba tan concentrado en lo que estaba haciendo que he ignorado todo lo que pasaba a mi alrededor. Suele pasarme cuando estoy metido en mi mundo.

—Puede.

—No dejes de hacerlo porque haya llegado yo.

Ella se acerca hasta donde estoy. Se quita los zapatos en un rápido y ágil movimiento, antes de sentarse delante de mí en la cama.

Cruza sus piernas para acabar sentada a lo indio.

No aparta su mirada de mí y de mis cosas.

Curiosa, observa la libreta que está abierta encima de la cama.

Antes de que pueda leer algo, la cierro.

—¿Quieres que toque algo en especial? —pregunto. Sé que quiere que lo haga, pues la forma en la que me mira la delata.

—La que estabas tocando cuando he llegado sonaba bien.

Ese comentario va directo a mi corazón. Ella no es consciente, pero sus palabras consiguen darme un chute de energía positiva. «Sonaba bien». Sonrío. Es un gran cumplido.

—Rubia, esa canción por ahora solo está en mi mente.

—¿Es tuya? —pregunta sorprendida. Abre los ojos más de la cuenta y le aparece una gran sonrisa en los labios.

—Lo será cuando esté terminada. Todavía estoy trabajando en la letra.

—Si en algún momento necesitas una opinión sincera, puedes contar conmigo.

—Si consigo acabarla, serás la primera en escucharla —afirmo seguro.

—Seré toda una privilegiada cuando eso pase, que pasará.

—Yo también creo que lo conseguiré. Siempre he compuesto, pero nunca nada me ha terminado de convencer. Espero que esta canción rompa esa racha.

—Es algo que depende de ti.

Asiento, porque así es. Está en mis manos acabar la canción y hacer algo con lo que me identifique.

Sería mi carta de presentación en el mundo de la música.

Sería la primera vez que presentaría algo propio al mundo.

Acojona y mucho, pero al mismo tiempo doy saltos de alegría ante la idea de que eso pueda pasar.

—Como todavía no puedes tocar y cantar tu canción, puedes dedicarme otra.

—¿Esta es tu manera de pedir que toque para ti?

—Tú has sido quien lo ha propuesto primero, así que sí.

Sonríe orgullosa. Yo he sido el primero en decir que iba a cantar una canción, así que ahora no voy a echarme para atrás, porque la verdad es que no quiero hacerlo.

—Con una condición… —Al decir eso, consigo captar todavía más su atención—. Que cantes conmigo.

—Creo que ya te he demostrado que lo mío no es cantar. Eso hay que dejárselo a las personas que tienen talento, como tú.

—Cantar en compañía puede llegar a ser muy divertido, aunque arruines la canción.

Me río, y ella suelta una sonora carcajada a la vez que me da un golpe con la almohada.

Ha repetido un par de veces el comentario de «qué malo eres», pero lo ha dicho entre risas.

Le he devuelto el golpe sin pensármelo dos veces.

Y así, sin más, nos hemos metido en una guerra de almohadas cargada de sonoras carcajadas.

—Lo que llegas a hacer por escaquearte de cantar —comento cuando paramos. Me he rendido, porque, si no, podría haber sido interminable.

—Tú has provocado la guerra, yo solo te había dado un golpecito con la almohada.

Abro mucho los ojos y la boca, provocando que mi expresión falsa y sobreactuada consiga hacerla reír de nuevo. ¿He dicho ya que escucharla reír me da la vida?

—Y ahora no te escaquees y dedícame esa canción.

—A sus órdenes, rubia.

Cojo la guitarra, me siento en la cama mirando hacia ella. Lara hace lo mismo. Nuestras miradas no tardan en encontrarse y conectar. No le doy más vueltas, y empiezo a tocar y cantar la primera canción que me ha venido a la mente.

— Sonríeme una vez más, verás que soy capaz de alargar esta noche. —Sonríe, y al momento sé que he elegido bien la canción—. Quédate a dormir, al lado de mí.

— Cuéntame un poco de ti —empieza a cantar, pillándome por sorpresa. Me la quedo mirando con cara de bobo mientras no dejo de tocar—. Tu dolor lo sentí. Aunque te cueste hablarlo, me lo puedes decir. En tus ojos verdes vi un poco de gris.

Seguimos así, intercambiando las frases. Yo canto la parte de Aitana, mientras que ella canta la de Sebastián Yatra. Obligo a mi mente a memorizar cada uno de sus movimientos. No quiero perderme detalle alguno y quiero guardar este recuerdo en mi memoria para siempre.

— Quedamos tú y yo, mirando al cielo. — Ahora cantamos los dos al unísono—. Esperando una aurora que no llega, y ¿qué más da, si estamos tú y yo, que no brille el cielo? No importa. Tú me alumbras mucho más, y esa luz nunca se irá.

— Akureyri es una canción preciosa —comenta al acabar. Y, con una sonrisa tímida en los labios, añade—: Gracias.

Sé que ese gracias es sincero, porque le ha llegado a los ojos. Que en estos momentos están brillantes.

—Gracias a ti por regalarme este momento.

—Has tenido que aguantar mis berridos durante toda la canción. No sé cómo has sido capaz.

—Me lo esperaba mucho peor.

Nos pasamos lo que queda de tarde hablando entre canciones. Hasta que llega la hora de cenar y decidimos salir a dar una vuelta por Madrid. Cuando la compañía es buena, el plan es lo de menos.