Una última vez CAPÍTULO 31 LARA
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CAPÍTULO 31 LARA

Podría ser peor. Sí, lo sé. Yo solita me he metido de lleno en la boca del lobo. Un lobo que canta demasiado bien y me atrae más de lo que debería. Para qué vamos a negarlo cuando todas sabemos que es así.

Me han ofrecido en bandeja la escapatoria, pero, contra todo pronóstico, la he rechazado.

No podía dejar de mirar a Enzo, y lo único que me transmitía eran las ganas de pasar juntos todas las noches.

Y he aceptado, así sin más. He rechazado la oferta de otra habitación para quedarme compartiendo la suite con él.

Si a mí me ha sorprendido mi propia respuesta, imaginaos la cara de Enzo cuando se lo he dicho.

Es de esos momentos que guardaré siempre en mi memoria.

No suelo actuar bien bajo presión. He corroborado algo que ya sabía de antes.

La decisión la debía tomar rápido y, yo qué sé, han sido un cúmulo de cosas las que me han llevado a compartir habitación con él.

Ya está hecho. Total, ¿qué puede pasar? Sí o sí debíamos compartir dos días juntos, así que ¿qué más dan unos cuantos más?

Así me ahorro tener que trasladarme y esas cosas.

Porque estaba claro que la que iba a abandonar la suite era yo.

No sé si todo esto ha sido una estrategia de Enzo. Si lo ha sido, hay que reconocer que le ha salido redondo. Mejor de lo que él mismo se esperaba, seguro.

Por suerte para mí, la cama de matrimonio que hay en la habitación es lo suficientemente grande como para no tener que tocarnos.

Pueden caber perfectamente cuatro personas.

Puedo dar varias vueltas haciendo la croqueta hasta encontrarme con él.

Esto no lo he probado, pero estoy segura de que es posible.

Había cruzado los dedos para que tuviera dos camas de matrimonio.

Muchas suites las tienen, pero la cama extragrande tampoco es una mala opción.

—Puedo dormir en el sofá —insiste Enzo. He perdido la cuenta de la cantidad de veces que me lo ha dicho.

Esta mañana, cuando hemos entrado, ya lo ha propuesto; y ahora, que estamos a punto de irnos a dormir, vuelve a sacar el tema. Pensaba que ya estaba zanjado, pero veo que no.

Estoy agotada. Solo tengo ganas de lanzarme a esa cama, hacerme una bolita y ponerme a dormir.

Hemos pasado todo el día dando vueltas por la Gran Vía de Madrid, andando sin parar de arriba abajo.

Me he dejado guiar por Enzo, ya que no es la primera vez que está aquí.

No se le da nada mal eso de ser guía. Como empiezo el doblaje mañana, hoy era el único día entero que teníamos para estar juntos.

Me ha gustado. Me duelen los mofletes de todo lo que me he llegado a reír.

—Como vuelvas a decirlo, al final vas a dormir en el pasillo —lo amenazo de nuevo.

Por suerte este tema solo lo hemos hablado dentro de la habitación, porque, si no, me hubiera dado el día. Eso sí, no estoy dispuesta a que me dé la noche. Tengo paciencia, pero hasta cierto punto. Estoy cansada y la cama me hace ojitos; solo espero que no siga diciendo tonterías.

—Tanto que no querías dormir conmigo, y ahora te mueres porque me meta en tu cama. Aclárate, rubia.

Sonríe de medio lado. No me puedo creer que encima se las dé de chulito. Lo que me faltaba. Si es que ya sabía yo que aceptando se le iba a subir a la cabeza.

—Aclárate tú —digo, antes de lanzarle una almohada.

Mi cuerpo me pedía a gritos que lo hiciera.

Demasiado he tardado. Desde que ha mencionado de nuevo lo de dormir en el sofá, he querido lanzársela.

Él la esquiva sin problema y se ríe—. Estabas loco por dormir conmigo, y ahora solo buscas excusas para no hacerlo. ¿Tienes miedo, chico de los tatuajes?

El que no quiere acercarse ahora es él, así que… que no me venga con cuentos. Que se aclare ya con lo que quiere hacer. Si dormir en la cama o en el sofá. Es evidente que lo primero, pero intenta ser un caballero ofreciendo lo segundo. Poco le va a durar.

—¿Miedo por meterme contigo en la cama? Lo que tengo son ganas. —Un paso en mi dirección me deja entrever sus intenciones.

—No es lo que estás demostrando, aunque sé que es lo que quieres —digo, segura de mis palabras.

Por mucho que no haya dejado de ofrecer la opción del sofá, sé que lo que quiere de verdad es la cama. Ya en su casa me propuso dormir juntos, y, ahora que va a pasar, está claro que no desaprovechará la oportunidad. A mí no me engaña. Así que por eso me parece ridícula esta conversación.

—Rubia, no me tientes… —Aparece su voz ronca. La advertencia me gusta más de lo que debería. Algo que no admitiré nunca.

—¿Vas a meterte en la cama de una vez por todas?

—No sabía que me tuvieras tantas ganas. —Vuelve a sonreír. Y esa sonrisa deja todavía más claras sus intenciones.

—A meterte en la cama para dormir —aclaro—. A todo le buscas el doble sentido.

—Me lo estás poniendo a huevo.

—Y tú no desaprovechas la oportunidad.

—Soy de aprovechar al máximo lo que me ofrecen. Por esa razón voy a aceptar tu propuesta de meterme contigo en la cama.

—Me estás haciendo un favor, ¿verdad? —comento con sarcasmo.

—Nos lo estoy haciendo a los dos. —Me guiña un ojo antes de avanzar en mi dirección. Cada vez la distancia que nos separa es más pequeña—. Eso sí, debo advertirte de una cosa: duermo en ropa interior. —Esto último me lo susurra al oído.

Ya ha acortado toda la distancia. Su cuerpo está a escasos centímetros del mío, que reacciona demasiado bien ante su murmullo y contacto. Mierda.

—No te preocupes, que no eres el único que no ha traído pijama —confieso. Al hacerlo, le aparece una sonrisa cargada de lujuria, y me atrevería a decir que se le han dilatado las pupilas ante esa idea—. ¿Qué? Pensaba que iba a dormir sin compañía —me excuso, aunque no era necesario que lo hiciera.

—La noche mejora por momentos.

—No te hagas ilusiones.

—Rubia, ya es tarde para eso.

Suelto una sonora carcajada. Me gusta él, me gustan sus comentarios y las salidas que tiene. Siempre es muy directo y sincero, con la sonrisa impregnada en el rostro, como en estos momentos.

—Me gusta escucharte reír —confiesa, pillándome desprevenida.

—Y a mí que consigas que lo haga con tanta facilidad. —Las palabras salen solas de mi boca.

Si no me he puesto roja, poco me ha faltado después de escucharle decir eso. No me lo esperaba.

Nos quedamos mirándonos fijamente a los ojos durante unos segundos. Parece que el tiempo se para a nuestro alrededor. Me pierdo y vuelvo a encontrarme en su mirada.

—Creo que va siendo hora de quitarnos la ropa y meternos en la cama —termina por romper el silencio.

—Luego soy yo la que te tiene ganas.

—Yo en ningún momento he negado que te las tenga.

Se quita la camisa sin dejar de mirarme. Me quedo embobada con todos y cada uno de sus movimientos. Los tatuajes consiguen hipnotizarme por completo. Su cuerpo también.

Sus manos van directas al botón de su pantalón, y es entonces cuando reacciono.

—Yo también debería desvestirme —comento, caminando hacia el lavabo. Me ha faltado poco para echar a correr.

No lo hago delante de él porque sé que no es buena idea. El ambiente está demasiado caliente como para seguir metiendo leña en el fuego.

—Si necesitas ayuda, no dudes en pedírmela. Sabes que no se me da nada mal lo de quitar ropa. —Escucho que dice, justo antes de que cierre la puerta del baño.

De manera automática, abro el grifo para mojarme la cara. La temperatura allí fuera no ha hecho más que subir. ¿Cómo ha sido posible si solo se ha quitado la camisa? Vale, reconozco que la conversación tampoco es que estuviera siendo de gran ayuda. Con tantas pullitas e indirectas.

Lo estaba devorando con la mirada, no me escondo. Y sé que, si ahora mismo estuviera ahí con él, ya me hubiera lanzado a sus labios. Mierda. Mis manos querían atacar, ir a por el tatuaje de la mariposa para acariciarlo. Todo él me atrae, y no puedo disimularlo.

Vamos a dormir juntos. En la misma cama. Y sin ropa. Bueno, con ropa interior. ¿Voy a ser capaz de aguantar las ganas? ¿Quiero acaso aguantar esas ganas? Sonrío a mi propio reflejo. Tengo claro lo que quiero hacer. ¿Desde cuándo le doy tantas vueltas a las cosas en vez de dejarme llevar?

Camino directa a la cama, bajo la atenta mirada de Enzo.

Si yo antes lo he devorado con la mirada, él ahora no se queda atrás.

Sus ojos recorren cada parte de mi cuerpo, y, lejos de incomodarme, consigue revolucionarme.

Siento que el pulso se me acelera. Llevo un conjunto de ropa interior bastante sexy .

Por suerte para mí. Vestir con ropa interior que me gusta me hace sentir pibón.

Me sube la autoestima. La ropa que llevaba ha quedado atrás, en el suelo del cuarto de baño, para ser exactos.

Enzo no aparta su mirada de mi cuerpo, hasta que nuestras miradas se encuentran y no necesitamos más que eso.

—Vas a desgastarme de tanto mirarme.

—Estoy dispuesto a correr el riesgo.

Está sentado en el borde de la cama. Solo lleva puestos unos bóxeres negros. Y la situación no se me hace tan extraña como debería. Entre nosotros hay mucha complicidad y conexión, consiguiendo que esté cómoda con el momento que estamos viviendo.

—Te diría que estás demasiado sexy con ese conjunto, pero estoy seguro de que ya lo sabes.

—No está de más escucharte decirlo.

—¿Derecha o izquierda? —pregunta, dejándome descolocada. Debe darse cuenta de que no estoy entendiendo nada, porque añade—: He estado esperando a que salieras por si tenías alguna preferencia.

—No soy de compartir cama, así que, si tú prefieres un lado, adelante.

—Soy todo un privilegiado entonces.

En cuanto dice eso, se lanza directo al lado derecho de la cama. No puedo evitar sonreír, pues le ha salido del alma hacer eso. Mientras, yo voy caminando hacia el lado izquierdo sin quitarle el ojo de encima.

—Si te incomoda dormir conmigo o en ropa interior, podemos…

—¿He dado indicios de que me incomode algo? —le corto antes de que pueda terminar la frase. ¿Ya empezamos? El discursito de irse al sofá otra vez no, por favor—. Enzo, te he visto desnudo. No estoy asustada porque vayas en calzoncillos.

—¿No se te hace raro todo esto? —se aventura a preguntar.

—Sorprendentemente no —confieso. Sé que debería parecerme raro, pero ni de lejos. Hay algo en él que consigue hacer que esto sea lo más normal del mundo.

Y sí, señoras y señores, estamos tumbados en la cama mirando hacia el techo, solo con la ropa interior. Algo que para mucha gente puede requerir un grado extra de confianza, de intimidad. Pero, por lo que sea, él y yo lo tenemos. O, al menos, así lo siento.

—Entonces me quitas un peso de encima. Porque esta situación, lejos de incomodarme, me gusta.

—¿Qué es lo que te gusta exactamente? —Ahora la que se aventura a lanzar la pregunta soy yo.

Al hacerlo, me he dado media vuelta para quedarme mirando hacia él. Enzo ha hecho lo mismo al momento. Sonríe antes de contestar: —Tú.

Una palabra. Dos letras. Consiguen revolucionarme por dentro y hacer que mi corazón se salte un latido.

Sin previo aviso y sin darle muchas vueltas, me lanzo hacia él, haciendo que nuestros labios se junten.

Nuestras lenguas no tardan en hacer acto de presencia y buscarse la una a la otra para enredarse.

Mis manos buscan desesperadas su cuerpo, y las suyas hacen lo mismo con el mío. Ambos necesitábamos con urgencia esto.

—Sabíamos que esto volvería a pasar —dice él entre besos.

—Deseabas que esto volviera a pasar —le rectifico.

—Creo que no era el único.

Atrapa entre sus dientes mi labio inferior, provocando que suelte un leve gemido.

Sus manos ya están en mis pechos; se ha deshecho del sujetador en un visto y no visto.

Ahora mismo solo nos separan dos finos trozos de tela, y me parece demasiada ropa entre nosotros.

Parece que él tiene la misma sensación, porque se quita los bóxeres, y yo aprovecho para quitarme el tanga.

Aunque levantarme rompa el momento, es necesario hacerlo.

Busco rápido, en el neceser del lavabo, lubricante.

Una siempre va preparada a todos lados. Cuando vuelvo a la cama, veo que él también ha ido a buscar algo.

Porque, a diferencia de antes, ahora lleva puesto un condón.

Lanzo el que había cogido de mi neceser.

Aunque me fijo en donde cae por si lo necesitamos más tarde.

—Tenía que venir preparado —explica, al darse cuenta de que no dejo de mirar su miembro.

—Ya somos dos.

Me subo a horcajadas encima de él y volvemos a besarnos con desesperación.

Muevo las caderas al ritmo que decido marcar.

Sus manos me ayudan, aunque me deja todo el control a mí.

Poco a poco voy intensificando el ritmo, hasta que termino botando encima de él.

A Enzo cada vez se le acelera más la respiración y no deja de gemir.

Sus manos se mueven de mis nalgas a mis pechos sin parar.

Están en todas partes, provocándome más placer.

Hoy tengo yo todo el poder, cosa que me pone todavía más.

No sé cuánto rato estamos así, pero, en una de esas embestidas, Enzo me agarra con más fuerza que antes y sé que se va a dejar llevar de un momento a otro.

Así que acelero el ritmo, provocando que se corra.

Sonrío, satisfecha, y él hace lo mismo antes de dejarse caer en la cama.

—Buena manera de empezar la noche —dice, mirando al techo. Ha cruzado los brazos detrás de su nuca. Está en una posición de relajación total.

—Querrás decir de terminar —le corrijo.

En cuanto me escucha, se incorpora en la cama, sin apartar su mirada de la mía.

—Rubia, esto no ha hecho más que empezar. Ahora es mi turno de hacer que llegues al orgasmo.

La sonrisa que tenía dibujada en los labios me debería haber dado alguna señal.

Pero esta vez no había visto sus intenciones hasta que las ha dicho directamente.

Debo reconocer que me encanta la propuesta.

Pero esto tampoco lo admitiré en voz alta, aunque la sonrisa que tengo ahora en la cara puede que me delate.