Una última vez CAPÍTULO 26 ENZO
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CAPÍTULO 26 ENZO

—Nadie puede enterarse de que es una farsa —les comento a Raúl y Hugo, después de haberles explicado todo lo que ha pasado con Lara.

En cuanto han visto los vídeos de TikTok, no han tardado en venir a mi casa a pedirme explicaciones.

La noticia les ha pillado tan de sorpresa como a mí.

Por suerte, Lara ya no estaba aquí, porque, si no, seguro que la hubieran interrogado a ella también.

Estos dos no se cortan ni un pelo, sobre todo Raúl, que es demasiado directo.

No se han conformado hasta que les he explicado la historia al completo.

He tenido que hacerlo. Además, puedo confiar en ellos; no se irán de la lengua.

—Es una gran idea, hay que reconocerlo. No sé cómo se te estaba pasando por la cabeza desmentirlo, cuando está claro que os podéis beneficiar mucho los dos —comenta Hugo, que ha apoyado la idea desde el primer instante. No le parece una locura. Lo ve como Lara: una oportunidad para triunfar.

Yo, desde que ella me lo ha hecho ver de esa manera, también. Ahora solo queda que les siga interesando nuestra historia. Que no sea un boom solo de hoy. Porque entonces no nos serviría de nada.

—A mí esta chica me suena. La he visto antes, bro. —No sé cuántas veces ha soltado ya este comentario, o alguno del estilo. Creo que desde que ha entrado por la puerta no ha dejado de decirlo.

—Nos ha quedado claro, pero, hasta que no sepas decirnos de qué, no nos sirve de nada —insisto. También he perdido la cuenta de la de veces que lo he dicho.

—Intenta hacer memoria, macho. No dejas de decirlo, pero no aportas información nueva.

—Me estoy comiendo la cabeza para averiguarlo, es cuestión de tiempo que ate cabos.

Vuelve a mirar el móvil para ver los vídeos en los que se habla de nosotros. Piensa que, si sigue viendo a Lara, recordará dónde la ha visto antes. Porque está segurísimo de que no es la primera vez que la ve.

Aunque, las veces que he salido de fiesta y coincidido con ella, Raúl también estaba, estoy convencido de que no se han visto.

Porque él ha estado toda la noche en la cabina del DJ.

Se me ocurre que se pudieron cruzar y que él se quedara con su cara, poco más.

Pero, al darle esa opción, casi se enfada y todo.

—No insistáis dando opciones, que daré con la respuesta tarde o temprano.

Hugo y yo intercambiamos una mirada y nos entendemos al momento. Ninguno de los dos va a volver a mencionar el tema, lo tenemos claro.

—Podrías presentarnos oficialmente un día —propone Hugo.

Ellos, a diferencia de Raúl, sí que se vieron la última vez que salimos de fiesta. Así que intuyo que ese comentario no se refiere a una simple presentación, porque eso ya lo hice en aquel momento.

—Te recuerdo que no somos pareja de verdad.

Creo que se le ha olvidado ese detalle. Él sonríe; se refería exactamente a eso.

—Pero a ti esa chica te interesa, no nos engañas. Si no, no hubieras aceptado la oferta. Por mucho sentido que tuviera. Porque, amigo, fingir que sois pareja te saca del mercado. —La sonrisa se le ensancha todavía más. Está orgulloso de su comentario, se le nota en la cara.

—Ni te la hubieras tirado —añade Raúl.

—Está claro que Lara me interesa. —En cuanto digo eso, tengo la atención de los dos. Las sonrisas socarronas ya están ahí—. Pero no de la forma en la que os estáis imaginando.

—Oh, venga ya. Nos habías ilusionado.

—No te creas ni una palabra de lo que dice.

—¿Creéis que no os lo diría? —pregunto, ofendido porque duden de mí.

—Como nunca nos hemos encontrado en esa tesitura, no lo sabemos —explica Raúl, el que no ha dudado en dudar de mí.

—Ahí tiene razón. Ninguna chica te ha interesado para una relación —lo apoya Hugo. Prefiero tenerlo de mi parte; no me interesa que se apoyen mutuamente.

—Y, de momento, sigue siendo así.

—Pero nunca se sabe, no lo olvides. No decidimos por quién sentimos —me recuerda Raúl. De él he sacado esa forma de pensar.

Hace tiempo pensaba igual que Lara, pero Raúl me hizo ver las cosas desde otra perspectiva cuando se pilló de una chica que ninguno nos imaginábamos, ni siquiera él.

—Entonces lo de presentarnos a Lara… —deja caer de nuevo Hugo.

—Como que no.

—Tiene miedo de que se la levantemos.

—Sí, será eso —comento con sarcasmo, sin dejar de reírme.

Esa no es una de mis preocupaciones, más que nada porque Lara y yo no somos nada.

Está en todo su derecho de hacer lo que le dé la gana con quien le dé la gana.

Al pensar eso, me doy cuenta de que no hemos hablado sobre terceras personas.

A ver, ya me entendéis. Si estamos fingiendo que somos pareja, ¿qué se supone que debemos hacer?

Yo no voy a prohibirle estar con nadie si es lo que le apetece, al igual que espero lo mismo por su parte.

Pero, claro, si representa que estamos juntos, no podemos dejar que nos vean intimando con otras personas.

Me apunto en mi lista mental hablar con Lara más tarde sobre este tema, a ver si entre los dos llegamos a un acuerdo.

Aunque lo lógico sería hacer lo que quisiéramos sin ser vistos.

Pero, si os soy sincero, yo ahora no tengo el más mínimo interés por hacer nada con nadie.

—Con toda la emoción por la pareja de moda, se me ha olvidado contaros algo importante —suelta Hugo.

Los dos lo miramos expectantes, a la espera de que nos dé más información.

Él no tarda en darse cuenta de eso, así que sigue hablando—: Tengo una entrevista de trabajo en dos días.

He ido pasando diferentes fases hasta llegar a la entrevista presencial.

Ya me reuní con ellos de forma online . Este es el último paso.

Cuando nos lo explica, la ilusión es más que evidente. No deja de sonreír en ningún momento y le brillan los ojos. Esto es lo que necesita. Un cambio de trabajo es lo mejor que le puede pasar a Hugo. Ambos lo felicitamos al momento.

—Seguro que te cogen. Si has llegado hasta la entrevista presencial, pinta muy bien.

—La verdad es que pinta demasiado bien, pero no quiero cantar victoria antes de tiempo.

Nos comenta en qué consiste el trabajo. Básicamente es lo mismo que está haciendo, pero para otra empresa y el salario que le ofrecen es mejor. Todo son ventajas. Además, ya está demasiado quemado donde está.

—Joder. Ya sé de qué me suena —suelta de repente Raúl, y se empieza a reír sin control.

—¿De qué hablas ahora? —pregunta Hugo. Le ha cortado en plena explicación. La paciencia que tiene es digna de admirar.

—¿De qué voy a hablar? De su chica —dice, señalándome a mí.

—Yo no tengo chica —salto al momento.

—¿Podéis centraros, por favor? —Alza un poco la voz para que lo escuchemos—. Estoy hablando de Lara. He dado con la respuesta, sé de qué la conozco. —Vuelve a aparecer la sonrisa en su boca y una carcajada. ¿Qué le hace tanta gracia?

—¿Piensas decirlo? —pregunta Hugo. Iba a hacerlo yo, pero se ha adelantado.

—Me gusta darle dramatismo al asunto.

—Y a nosotros nos gustaría saber de qué la conoces. —Ahora sí que hablo yo.

—Creo que una imagen vale más que mil palabras.

En cuanto dice eso, se levanta del sofá y va directo a la puerta. La abre como si nada para salir. Al momento, Hugo y yo lo seguimos. ¿Dónde va?

—Tú no estás fino, bro —le dice Hugo cuando estamos a su lado.

Está plantado delante de la puerta de mi vecina. Sí, con la que intercambié notas y me dejó plantado el día del granizado. No sé qué hacemos aquí, pero Raúl no deja de sonreír, y a mí no me está gustando lo más mínimo la situación.

Y, cuando nos despistamos, está llamando al timbre y apartándonos de su lado. De manera que él es el único que queda delante de la puerta.

—Nunca me subestiméis —dice con una amplia sonrisa, segundos antes de que la puerta se abra.

En cuanto se abre por completo, me quedo de piedra por lo que estoy viendo. No puede ser verdad. Raúl se gira hacia mí y me guiña el ojo.

—No me lo puedo creer. —Creo que lo digo en voz alta, pero no estoy seguro.

—Sabía que este momento iba a llegar. —Ahora es ella la que habla.

Todavía estoy asimilando que tengo delante de mí a Lara. La vecina tocacojones es ella. Ahora todo empieza a tener sentido. No fue casualidad que estuviera ese día en Surfer. Se ha estado cachondeando de mí, ¿verdad?

—Te presento a tu verdadero casero —dice Raúl señalándome, y ahora es ella la que se queda de piedra. Le falta poco para quedarse con la boca abierta de la sorpresa.

—Enzo —dice ella en un susurro, acercándose hacia mí.

Me quedo quieto, aunque mi cerebro quería que diera un paso para atrás. Debo reconocer que no me ha sentado bien enterarme de esta manera. Debería haber sido ella la que me lo hubiera dicho, porque está claro que lo sabía.

—Rubia, ¿pensabas decírmelo? ¿Desde cuándo sabes que somos vecinos? —Está a punto de responder la pregunta, pero me doy cuenta de que es estúpida—. Olvida esa pregunta, que está claro que lo sabes desde que subiste por primera vez a mi casa.

—Pensé en decírtelo ese día, pero, al descubrir eso, también me di cuenta de que eras tú el vecino molesto de la música alta. —Sonríe, intentando quitarle hierro al asunto.

Creo que se ha dado cuenta de que no me ha sentado bien esta noticia e intenta arreglarlo de alguna manera.

Haciendo ver que esto no tiene importancia, que es un dato más.

A ver, realmente no es algo por lo que vaya a enfadarme con ella, pero me jode.

Y en estos momentos sí que estoy cabreado.

Pero sé que es por el momento y que se me pasará.

—Y querías divertirte a mi costa —añado en un tono duro.

—No del todo. A ver, pensé que sería divertido no decirte nada todavía. Jugar con esa información que tenía en mi poder y…

—Al menos, ahora eres sincera. —No le dejo terminar la frase.

—Creo que nosotros sobramos aquí. Te esperamos en tu casa —comenta Raúl. Ahora mismo no les presto mucha atención, pero escucho cómo mi puerta se cierra. Estamos solos.

—Siempre he sido sincera contigo. —Enarco una ceja cuando lo dice. Creo que estamos teniendo esta conversación porque no lo ha sido. Ella lo capta y añade—: Solo te he ocultado que éramos vecinos.

Lo sé; tampoco es para tanto. Puedo llegar a entender por qué lo ha hecho. Tal y como me ha dicho, quería jugar con esa información que tenía en su poder. ¿Qué hubiera hecho yo en su situación? No tengo ni idea.

—Eres la vecina tocacojones —digo a modo de explicación.

—Por eso sabía que nadie nos iba a molestar esa noche. —Sonríe y me cuesta horrores no hacerlo a mí, pero me contengo. Es demasiado pronto para que sepa que no estoy cabreado de verdad.

—Me dejaste plantado en Surfer. —Sí, le estoy enumerando las cosas que ha hecho, por si se le ha olvidado.

—Técnicamente nos encontramos allí. Pasamos la noche juntos —me recuerda.

—Ahí ya sabías quién era. Fue cruel no decirme entonces que eras mi vecina.

Ha tenido más de una oportunidad de decírmelo, pero aun así no lo ha hecho.

—Un poco —reconoce—. Me supo mal dejarte plantado, y por eso quise arreglarlo de alguna manera.

—Lo arreglaste —reconozco.

—Intuyo que no estás enfadado —dice esperanzada. En el fondo sé que necesita saber que no lo estoy. Y que hace esa afirmación para preguntármelo indirectamente.

—Puedes estar tranquila, que no voy a echarte de casa. —Suelta una sonora carcajada. Esta es mi forma de hacerle ver que todo está bien.

—Me quitas un peso de encima. Si tú eres el dueño de esta casa, ¿por qué no viniste a entregarme tú las llaves?

—Es una larga historia.

—¿Me la explicas la próxima vez que nos veamos, vecino?

—No lo dudes, rubia.

—Hasta la próxima.

La saludo levemente con la cabeza, antes de dar media vuelta para ir de nuevo a mi piso.

Escucho que ella ha cerrado la puerta de su casa.

Me voy con una sonrisa en la boca. No me puedo creer que seamos vecinos.

Aunque no me ha gustado enterarme así, reconozco que sí que me ha gustado descubrir que Lara es la vecina tocacojones.

Por mucho que el primer día se quejara del nivel de la música y de lo que estaba escuchando. Esto va a ser divertido.