Una última vez CAPÍTULO 25 LARA
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CAPÍTULO 25 LARA

Sonrío, encantada porque quiera seguirme el juego.

Lejos de parecerle una idea descabellada, le ha encontrado sentido a la propuesta que le he hecho.

Está claro que tenemos que sacar provecho de la situación que nos han servido en bandeja.

El idiota de mi ex lo hizo sin que lo supiera, así que es mi momento.

—Yo también lo creo. —Estoy de acuerdo con Enzo. Nos vamos a divertir mucho haciendo esto—. Pero tenemos que pactar ciertas cosas.

—¿Vas a poner reglas? —pregunta en un tono entre decepción, sorpresa y cachondeo. Una mezcla muy extraña.

—Algo así; unas normas para que salga lo mejor posible.

—Te escucho entonces.

—Primera norma: no confirmar nada. —Su cara es de no estar entendiendo nada.

Acabo de descolocarlo con esto. Pero tiene sentido, de verdad que sí—.

Me explico. Si ya confirmamos que somos pareja, también desaprovechamos la oportunidad.

Lo que hará que se sigan interesando por nosotros es que no confirmemos nada, y mucho menos que lo desmintamos.

Necesitamos darles de qué hablar. Y luego, pasado un tiempo, no mucho, llegará la confirmación que tanto estarán deseando.

No tarda en asentir. Genial, debe de estar de acuerdo. Si hoy mismo dijéramos que es cierto o que es falso lo de nuestra relación, ya no les interesaríamos lo más mínimo. Tienen que seguir teniendo contenido de nosotros, ya que es la única manera de mantenerlos enganchados a nuestra historia.

—Me gusta cómo piensas. Vuelves a estar en lo cierto, rubia. Me voy a aventurar a decir otra norma: nuestra relación debe continuar como hasta ahora. Podemos seguir besándonos y follando sin problema, porque todo eso lo hará más creíble.

La sonrisa que se le dibuja me encanta, consigue revolucionarme. No me esperaba que fuera a decir eso. Este chico no deja de sorprenderme. Que una de sus preocupaciones sea que nuestra relación no cambie, debo reconocer que me gusta más de lo que debería.

—Te sacrificas por el plan, ¿verdad? —comento de cachondeo.

—Exacto, únicamente por eso.

—No hay ningún interés detrás.

—En absoluto —dice, guiñándome un ojo.

Ambos nos reímos, es imposible no hacerlo.

—Tranquilo; los besos y los polvos, como vayan surgiendo. ¿Esta es tu manera de asegurarte una próxima vez?

—Sabes que no me gusta pensar que habrá una última vez entre nosotros.

—Tercera norma con la que seré muy tajante: nada de sentimientos. Si alguno de los dos empieza a sentir algo por el otro, deberemos cortarlo de raíz.

A esta norma le he dado muchas vueltas antes en casa. No podía irme de aquí sin decírselo. Quiero disfrutar y divertirme con él, pero no quiero que ninguno de los dos se pille por el otro. Eso solo complicaría las cosas, y no estoy dispuesta.

—¿Te da miedo enamorarte, rubia? —Su tono es juguetón, intenta que sea una pregunta sin más, pero sé que en el fondo le interesa mucho. Su mirada lo delata, que ya empiezo a conocerlo.

—Ahora mismo prefiero evitar que eso pase.

—Siento decirte que eso es algo que no depende de ti. No puedes controlarlo.

—Intentaré hacerlo, y de ahí que haya esa norma entre nosotros.

—Podría decirte que no te preocuparas por esa norma.

Pero la realidad es que, cuando se trata de sentimientos, no se puede asegurar nada.

—La profundidad de sus palabras me cala.

Me gusta lo que ha dicho y, sobre todo, cómo lo ha dicho—.

Tendrás que arriesgarte —termina por decir, encogiéndose de hombros.

—Yo sí puedo asegurar que no me enamoraría de ti —digo convencida.

Él sonríe canalla. Creo que no termina de creerse lo que he dicho, pero de verdad lo pienso.

—No me tientes, rubia. Pillarse por alguien es mucho más sencillo de lo que puede parecer, y mucho más al pasar tiempo juntos. Algo que inevitablemente vamos a tener que hacer si fingimos que somos pareja. Y, por qué no decirlo, que te enamoraras de mí no es algo imposible.

—Pero sí algo que se podría evitar.

—Nada de sentimientos, entonces. —Repite la norma con una sonrisa enorme. Yo asiento, porque eso es lo que he dicho que quiero que pase.

Si en algún momento empiezo a sentir algo por él, más allá de la atracción física, deberemos cortar lo que tenemos. Por mucho que sea falso, alargarlo podría conllevar que alguno de los dos saliera jodido. No digo con el corazón roto, porque para eso se necesita mucho más.

—A no ser que sean correspondidos. —Oigo que dice, casi en un susurro. No sé si quería que lo escuchara o no, pero he terminado haciéndolo. Eso sí, decido ignorar el comentario, porque la posibilidad de que haya sentimientos y que encima sean correspondidos no quiero planteármela.

—Cuarta norma: pasar tiempo juntos.

Estoy a punto de añadir algo, pero, antes de que pueda hacerlo, se me adelanta: —¿Has tenido que crear una norma para eso? Ya sabía yo que estabas deseando pasar tiempo conmigo, rubia.

—La he creado para que no se nos olvide la importancia de que se nos vea juntos. Además, esta norma no solo implica eso. También engloba que, en ese tiempo que pasemos, creemos contenido juntos en el que se nos vea como a una pareja.

No debemos olvidar la importancia de las redes sociales. Si queremos que se hable de nosotros, también hay que provocarlo un poco. ¿Y qué mejor manera que esa?

—Y, hasta que confirmemos —hace comillas con los dedos al decir esa palabra— que lo somos, lo dejaremos entrever para que se hable todavía más de nosotros.

—Me has leído la mente.

—Ya estoy visualizando el plan de fingir que somos pareja.

—Es muy sencillo: no confirmar nada todavía, pasar tiempo juntos para que se hable de nosotros, besos permitidos, y nada de sentimientos de por medio. —Hago un pequeño resumen para que lo tengamos claro. He dicho las tres normas que traía pensadas de casa.

—No te olvides de lo del sexo —me recuerda al momento.

—En el sexo somos el Enzo y la Lara de verdad, no los que fingen que son pareja.

—Me gusta cómo suena eso.

Estamos un buen rato hablando de cosas que consideramos importantes.

Incluso hacemos una lista con planes que podemos hacer juntos.

Somos conscientes de que con el tiempo tendremos que disolver esa mentira, algo que ahora no supone un problema.

Ni creo que en un futuro lo haga, porque las parejas cortan a menudo.

—Creo que ha llegado el momento de que me des tu número de teléfono. No sería creíble que tu novio no lo tuviera.

—¿También vas a mandarme mensajes cursis?

—Sé que lo estás deseando.

—Y yo sé que estabas deseando pedirme el número desde el primer momento en el que cruzamos miradas.

—Conseguí algo mejor que tu número: bailar contigo y todo lo que vino después.

—¿Te refieres al sexo? —pregunto directa.

—Entre otras cosas. —Me guiña un ojo, y no puedo evitar reírme.

Intercambiamos teléfonos para que cada uno apunte su número.

Al hacerlo, en vez de poner mi nombre, escribo «rubia» con un corazón en llamas rojo al lado.

Porque lo nuestro ha sido puro fuego desde el principio.

Con el número de teléfono del otro y las redes sociales, ya tenemos la manera de contactar.

Está claro que habrá una próxima vez. Nos hemos asegurado de tener los medios necesarios para que pase.

Sabemos que ya no hay vuelta atrás. Llevaremos a cabo el plan y, si tenemos suerte, saldrá como queremos.

A ambos nos llegará alguna oferta que nos interese.

Solo nos queda esperar a que eso pase, y ganárselo, porque no todo depende de la suerte.