Una última vez CAPÍTULO 19 LARA
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CAPÍTULO 19 LARA

Todavía me estoy riendo por no haberle abierto la puerta a Enzo. Sabía que jugar con la ventaja de saber que somos vecinos iba a traerme cosas buenas.

En cuanto ha puesto la canción de Pignoise, he tenido claro que tenía que escribirle una nueva nota.

Como esta vez sabía quién era, he sido mucho más suave que la primera vez.

No me ha salido escribirle de tan mala hostia.

Además, a diferencia de la primera ocasión, el volumen de música no me estaba molestando lo más mínimo y la canción me gusta.

Solo lo he hecho para fastidiar un poco y por las risas.

Me ha sorprendido que viniera a picarme.

Debo reconocer que he estado algo lenta en la huida.

Y eso ha hecho que le diera tiempo a ver cómo se cerraba la puerta de mi casa.

Algo que no quería que descubriera tan rápido, pero qué le vamos a hacer, si así se han desarrollado los hechos.

Sé que es solo cuestión de tiempo que me descubra o que yo misma me delate.

Porque ayer la tentación de decírselo fue muy grande.

Además, tampoco imaginaba que saliera tan rápido.

¿Le habrá dado tiempo siquiera a leer lo que he escrito?

En un principio había pensado que sí, cuando ha picado por primera vez.

Pero luego, cuando se ha puesto hecho una furia, algo me ha dicho que no la había leído.

Porque, a ver, he sido muy simpática, además de graciosa.

Le he preguntado si tiene buen gusto con las series porque la canción que sonaba era la cabecera de una de mis series favoritas de hace años.

No era una nota desagradable como la otra.

Aquí he sido maja. No he entendido que se pusiera a gritar de esa manera y a querer declararme la guerra.

Entonces todo ha cuadrado cuando me he dado cuenta de que no ha leído la carta, sino que solo la ha visto y acto seguido ha salido para intentar ver quién era.

Tiene que ser eso, sí. Es lo único que me cuadra.

El timbre de casa me sobresalta. ¿Puede que sea él?

Es lo primero que pienso. Para comprobarlo me levanto al momento.

Cuando estoy llegando a la puerta, me doy cuenta de que hay una nota en el pasillo.

Vaya, vaya, chico de los tatuajes, te has unido a mis notitas. Esto se empieza a poner interesante.

Sonrío en cuanto empiezo a leer la nota y descubro que sabe muy bien relacionar esa canción con Los hombres de Paco . No me has defraudado, Enzo, punto positivo para ti. No me sorprende que me guste lo que dice; el tono que utiliza, más bien. Me lo estoy imaginando a él diciéndolo.

Pienso en la respuesta que voy a darle y se me ocurre algo al momento. Las palabras salen solas y, cuando me doy cuenta, ya le he escrito la carta. Solo tengo que dejarla en su casa.

Debo reconocer que tu gusto por las series no está nada mal. Punto positivo para ti por saber que Nada que perder es sinónimo de Los hombres de Paco.

Te propongo descubrir si tu gusto por los granizados es bueno, como en las series, o debe mejorar, como en la música.

Además, así puedes considerar lo de ser amigos.

¿Qué me dices? Si te atreves, ven al local Surfer, vecino.

Es mi forma de compensarte por la primera nota, porque en lo de no abrirte la puerta estamos en paz.

Me he venido arriba con lo de proponerle quedar.

Pero es que lo estoy visualizando entrando al local y viéndome sentada.

De nuevo creerá que es fruto del destino, pero esta vez el destino soy yo, solo que él no lo sabe.

Me río para mis adentros solo de pensarlo.

Además, no atará cabos. Porque nunca pensaría que yo soy su vecina y, por ende, la de las notas.

Es algo que seguro que no se le pasa por la cabeza.

Eso sí, no sé si aceptará mi propuesta, porque es bastante locura. No sabe quién soy, así que estaría quedando con una desconocida. ¿Aceptará? No dejo de hacerme esa pregunta mientras le dejo la nota debajo de la puerta y pico, para acto seguido salir corriendo a mi casa.

***

Estoy sentada en la terraza de Surfer tomándome un granizado de fresa. He salido poco después de dejarle la nota en casa a Enzo. No sé si aparecerá o no, pero de momento estoy esperando.

No sé cuánto tiempo pasa, pero, al mirar al frente, mis ojos se cruzan con los suyos.

Viene directo hacia mí, con una sonrisa de oreja a oreja y con cara de sorpresa.

Lleva una camisa veraniega con estampado de flores blancas y negras, con unas bermudas blancas.

El tatuaje de la mariposa se entrevé desde aquí.

No puedo evitar sonreír conforme se acerca. Ha venido.

—Voy a empezar a pensar que me sigues, chico de los tatuajes —comento, cuando está lo suficientemente cerca como para escucharme.

Me mira de arriba abajo, sin dejar de sonreír.

—Si eso fuera posible, seguro que lo haría, rubia. Pero no sé dónde vives ni por dónde te mueves.

—Pues siempre te las ingenias para estar donde estoy.

Aunque esta vez soy la responsable de que eso sea así, pero esto no se lo digo.

—Podría decir lo mismo. No sé cómo ni por qué, pero siempre coincidimos.

—¿No habíamos quedado en que era el destino?

— Touché.

—¿Quieres sentarte? —le propongo, señalando con la cabeza la silla que tengo enfrente.

—¿Me estás proponiendo una cita? —inquiere, enarcando una ceja.

—No pongas palabras en mi boca que yo no he dicho.

—Lo siento, rubia. Me encantaría acompañarte, pero he quedado con alguien.

—¿Con quién? —pregunto al momento, con una sonrisa en los labios.

—¿Celosa? —Sonríe travieso.

—Curiosa, más bien.

—Pues, verás, es una historia graciosa. He quedado con la vecina tocacojones. Creo que te hablé de ella. —Asiento.

—¿Habéis hecho las paces? —pregunto, haciéndome la tonta.

—Parece que podríamos llevarnos bien. Tiene cierto interés en que seamos amigos.

—Igual ella sí que te propone una cita.

—Prefiero que me la propongas tú. —Me guiña un ojo al decírmelo.

—Has rechazado mi oferta. Hay trenes que solo pasan una vez en la vida.

—Esperaré al siguiente, que seguro que en algún momento vuelve a pasar.

—Suerte con tu vecina. —Vuelvo al tema inicial.

—Si te digo la verdad, no sé cómo voy a saber quién es, porque no la he visto nunca. Espero que venga ella a mí. Quiero creer que sí que sabe quién soy.

—Seguro que ahora lo descubres.

—Disfruta de tu batido de fresa. Hasta la próxima, rubia.

Se acerca a mí para darme dos besos, y me los da muy cerca de la comisura de mis labios. Sonrío por el gesto. No me lo esperaba.

—Nos vemos, chico de los tatuajes.

Veo cómo entra dentro del local y se pide un granizado de limón.

Creo que es de ese sabor por el color. Se sienta en una de las mesas a esperar.

Al verlo ahí sentado, con la sonrisa en la boca mientras bebe, me siento un poco mal por la situación.

Porque está esperando a alguien que nunca llegará.

La verdad es que ya no me río. Pensé que resultaría más gracioso, pero ahora siento que he sido cruel.

¿Debería hacer algo? ¿Debería decírselo?