Una última vez CAPÍTULO 13 LARA
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CAPÍTULO 13 LARA

La cena con May, la de inauguración de mi apartamento, se ha acabado posponiendo más de una semana.

Hasta hoy. Sí, como lo lees. Ya el primer día lo cambiamos al día siguiente, pero, después de eso, se ha ido alargando hasta esta noche.

Diría que me sorprende, pero en el fondo no tanto.

Está bastante absorbida por Bruno, y parece que ahora mismo lo único que importa es él y su relación.

Algo que tiende a hacer mucha gente: priorizar tanto la relación de pareja que se olvida de darle el hueco que se merece a la amistad.

Luego pasa lo que pasa, claro. Y vienen las sorpresas.

Yo con esto soy bastante transparente y se lo digo sin rodeos.

Si siento que me está dejando de lado, se lo hago saber, porque sé que May lo hace inconscientemente.

De momento, desde que estoy aquí, no he tenido que decírselo.

Pero no descarto que, conforme pase el tiempo, hable con ella si creo que es necesario.

Espero y deseo que no, que sepa llevar todas las relaciones de su vida sin problema.

No quiero que esté las veinticuatro horas del día conmigo, pero si hemos quedado, como mínimo, que cumpla.

Solo pido eso, y no creo que sea demasiado.

Así que, por fin, vamos a compartir una cena las dos solas, a la luz de la luna, junto con una botella de vino. Un plan que me parece perfecto y estoy deseando hacer.

Tengo un pequeño balcón con una mesa para dos. Tiene unas vistas alucinantes porque da a la playa. Ventajas de estar en primera línea. Preparo todo y espero que sea la hora acordada para que May llegue.

Mientras, aprovecho para contestar los mensajes que tengo pendientes, sobre todo el de mi agente Violet.

Que volvió a escribirme hace un par de días.

He retrasado la respuesta que darle, pero al final me he decantado por decirle que sí.

Es una gran oportunidad. Además, también me estaría abriendo paso en el mundo del doblaje, que para algo también estoy formada.

Todavía no me siento preparada del todo para abrir Instagram.

En algún momento lo haré, pero ahora no es ese momento.

Me conformo con echar un vistazo a TikTok, ya que en esa red social no estoy tan activa como en la otra.

Me entretengo viendo unos cuantos vídeos hasta que May llegue.

Tengo claro que una vez que abres la aplicación te absorbe por completo.

El algoritmo que tiene es una locura y hace que te enganches a los vídeos que te muestra, porque casualmente son de tu interés. Hay que reconocer que está bien hecho.

Detengo mi dedo en uno de ellos. Me quedo parada ante lo que están viendo mis ojos.

Me ha aparecido un vídeo de un chico haciendo una versión pop funk de la canción Nochentera de Vicco.

No he tardado más de un par de segundos en reconocer su voz y su rostro.

Es Enzo, el chico de los tatuajes. Canta mirando a la cámara.

La grabación está montada de manera que en las esquinas aparece él tocando la guitarra eléctrica.

Lleva unos auriculares y una sudadera básica gris.

Debe ser un vídeo antiguo, porque hace demasiado calor para ir con sudadera.

Como lleva la manga arremangada, puedo ver los tatuajes de sus brazos.

Es él, no tengo dudas. Me doy cuenta de que tiene bastantes likes y comentarios en el vídeo.

Dudo si dejarle mi me gusta . Me tienta bastante la idea.

Al igual que la de entrar en el perfil y cotillear.

Sé que, si lo hago, él puede ver quién le ha visto el perfil.

¿Qué debería hacer? Leo su nombre de usuario: «soyenzo», y me quedo con eso.

Las dudas que tengo desaparecen en cuanto suena el timbre de casa. De la sorpresa pego un bote, y el móvil se me cae de las manos y acaba en el sofá. Me levanto a toda prisa para abrir la puerta. He sentido como si mis padres me hubieran pillado haciendo algo que no debía.

—Amiga, te he echado de menos —dice May, en cuanto abro la puerta.

Se lanza a mis brazos para rodearme y yo hago lo mismo, devolviéndole el abrazo.

—Yo a ti también. Ya temía que fueras a dejarme plantada.

—No podía posponerlo más. Nuestra amistad hubiera estado en peligro.

—Tampoco exageres, dramática.

—Yo lo hubiera sentido así.

—Menos mal que tienes una amiga bastante comprensiva.

—Demasiado, diría yo —reconoce.

Ella es consciente de que otra persona en mi situación no reaccionaría igual que lo hago yo. Son cosas que tiene en cuenta, lo sé.

—Nuestra cena romántica ya está preparada —la informo.

He puesto la mesa y servido la comida. Unos espaguetis con queso, que debo admitir que me han salido buenísimos. Una buena chef siempre debe probar su propia comida antes de servirla a otra persona.

—Espero que sea a la luz de las velas.

—Mejor aún, a la luz de la luna.

—Te adoro, amiga. Y estoy deseando ver el piso entero, para cerciorarme de que he hecho una buena elección.

Observa, maravillada, hacia todos lados, pues no quiere perderse detalle alguno. Me recuerda a mí cuando lo vi por primera vez. Quien lo haya decorado tiene mucho gusto.

—Es una maravillosa elección, salvo por el vecino —reconozco. Ahora porque no hay ruido, pero deberíais haberlo escuchado ayer.

—¿Ha pasado algo? —se preocupa al momento.

—De momento nada grave, y espero no tener que ir a más. Le he advertido, creo que será suficiente.

—Espero que no tengáis malos rollos; los líos vecinales son lo peor.

Asiento dándole la razón, y me cuenta lo que le pasó cuando llegó a su bloque.

Al parecer, había una señora en un par de pisos más arriba que siempre que bajaba la basura goteaba toda la escalera.

Un día, May, amablemente, se lo comentó y se ve que se puso hecha una furia.

Incluso estuvo una temporada dejándole regalitos en forma de basura en el felpudo.

Algo que por suerte ya terminó. Tuvo que hacerse una junta de vecinos y la presidenta tomó medidas.

La señora lo negaba, pero, al haber cámaras en todas las plantas y verse reflejada en ellas, no tuvo más remedio que pedir perdón y prometer que no lo volvería a hacer.

Si no, el siguiente paso hubiera sido hablar con la policía.

Y eso es de las cosas más flojas que he escuchado. Te puedes encontrar de todo.

—¿Cómo va tu convivencia con Bruno? —pregunto, una vez que estamos sentadas en la mesa y hemos empezado a cenar.

Observo cómo, antes de sonreír, tuerce un poco el gesto. Es algo casi imperceptible. Si no la hubiera estado mirando, solo hubiera visto la sonrisa que me dedica ahora. Pero esa sonrisa, a diferencia de otras muchas, no le llega a los ojos.

—Creo que tenía las expectativas un poco altas y no se están cumpliendo del todo.

Al convivir se supone que deberíamos pasar más tiempo juntos, ¿no?

—pregunta, aunque sé que no espera respuesta alguna.

Es evidente. La vida en común obliga a compartir más cosas, más tiempo, y ella lo sabe—.

Pues siento que no es así. Ha habido alguna noche que ni siquiera ha venido a dormir —me comenta apenada.

Sus ojos se llenan de lágrimas, pero se contiene, no deja que salgan—.

Está más tiempo su hermano en casa que él.

—¿Cómo está Unai? —me intereso por él.

May siempre se ha llevado muy bien con el hermano pequeño de su novio. Tampoco es que sea muy pequeño, solo un año menos que nosotras. Siempre me ha contado que la ha apoyado mucho. Cuando más lo ha necesitado, él ha estado ahí. Es como su mejor amigo.

—Casi ni lo reconocerías. Ha cambiado mucho desde la última vez que os visteis. —Una pequeña sonrisa asoma en sus labios—. Está mucho más guapo —reconoce—. Sigue ayudándome mucho, y sé que puedo contar con él para todo.

—Por lo que me has dicho siempre, es un encanto.

—Lo es. La chica con la que esté será muy afortunada.

—¿No tiene pareja?

—Todavía no. Aunque alguna vez me ha comentado que hay una chica que le ronda la mente, nunca me ha dado detalles.

Una pequeña idea se cuela en mi mente, aunque es muy descabellada y dudo que sea eso. Pero ¿y si esa chica es mi amiga y por eso no se lo ha dicho? Lo reconozco; me monto películas yo sola. Aunque eso traería muchos problemas, no tengo dudas.

—Seguro que, si es importante para él, en algún momento te lo cuenta.

—Sí, solo es cuestión de tiempo. Sabes que tenemos mucha confianza.

Muchas veces siento que me abro con él más de lo necesario, porque le hablo mucho de su hermano.

Cosa que no sé si está bien o no. Al fin y al cabo, son familia, y algunas cosas que le cuento sé que no le sientan del todo bien.

Incluso me da la sensación de que se cabrea con Bruno.

Entiendo cómo se puede sentir May. Ella se desahoga con él, y luego le reconcome un poco la culpa por haberlo hablado con el hermano de su novio.

—Supongo que no es fácil —reconozco—, pero sois muy buenos amigos. Seguro que sabe separarlo bien. Como tú dices, él es su hermano, pero tú eres mucho más que la simple novia de Bruno.

Asiente dándome la razón. Desde que conoce a uno, conoce al otro. Son relaciones muy diferentes, pero quiere mucho a ambos.

—Eso es verdad. Tenemos una relación muy bonita.

—E imagino que no se perdería si lo tuyo con Bruno se rompe algún día —dejo caer, como quien no quiere la cosa.

—Por supuesto que no. Es un tema que hemos hablado, y ambos tenemos las ideas muy claras. Mi relación con Bruno es una cosa, y la que tengo con Unai otra muy distinta.

—¿Y qué opina Bruno de todo esto? —me aventuro a preguntar.

Tengo entendido que es muy celoso. May siempre me lo ha dicho. Los celos es algo en lo que han tenido que trabajar, porque ha traído muchos problemas a su relación. Me pongo negra solo de pensarlo. Si tienes celos es que no confías, no hay más.

De nuevo aparece esa mueca extraña en su cara.

—Alguna que otra pelea hemos tenido por Unai —reconoce.

No es capaz de mirarme a los ojos al decirlo, porque sabe que eso no debería ser así—.

Y estoy segura de que entre ellos han discutido en más de una ocasión.

Digamos que a veces no ve con buenos ojos que su hermano y yo pasemos tanto tiempo juntos.

Pero somos amigos —aclara, como si necesitara hacerlo.

Estoy segura de que esta explicación se la ha tenido que dar más de una vez a Bruno.

Debe estar cansada de repetirle lo mismo, que son amigos—.

Y eso no pasaría si estuviera más tiempo conmigo.

Cuando me deja plantada, o no aparece por casa, recurro a Unai para divertirme, porque quiero hacer cosas y no quiero estar sola.

—Antes me has dicho que ha habido noches que no ha aparecido. ¿Por qué?

—No te puedo dar una respuesta, porque ni yo misma la sé. Esta semana ha ocurrido dos veces: una, sé con certeza que se enfadó; y, la otra, todavía estoy esperando que me avise de que no venía a dormir.

Me asaltan muchas preguntas, pero tampoco quiero hurgar en la herida. ¿Dónde se va cuando no aparece en el piso? Es lo primero que me viene a la mente. No quiero hacer que desconfíe, porque sé que no le haría bien. No puedo meter más el dedo en la herida.

—Pero, dejando de lado eso, nuestra convivencia es espectacular. —La miro con cara de «no estarás hablando en serio, ¿verdad?»—. Nos entendemos a la perfección. Me atrevería a decir que estamos mejor que nunca.

Esa frase. No sé cuántas veces la he oído, pero siempre que la dice es porque necesita creer que de verdad es así, cuando es todo lo contrario. Siempre lo dice cuando peor están.

—Espero que de verdad estéis bien. Aunque me da la sensación de que tenéis que hablar de muchas cosas. Debe avisarte si no va a ir a dormir, May. Porque te preocupas por él. No puede sentir celos de su propio hermano, eso no es…

—No es sano —termina de decir por mí.

Asiento, porque es justo lo que iba a decir. Me ha quitado las palabras de la boca. Aunque también hubiera añadido la palabra «tóxico» en mayúsculas y subrayado con fluorescente.

—Para ninguno de los tres lo es.

—Hay veces que no sé cómo gestionarlo todo, Lara.

—Debes tener claro lo que quieres en tu vida y lo que no. —Asiente.

—Ese es el problema. Amo a Bruno, pero hay ciertos comportamientos que no quiero.

—Creo que es la primera vez que se sincera tanto.

La primera vez que le escucho decir un «pero» después del «lo amo»—.

Pero se acabó hablar de mí. Se acabó hablar de Bruno.

Siento que siempre es monotema, que aparece en todas mis conversaciones, y estoy cansada de que sea así.

—¿Quién es Bruno? —digo con la esperanza de que se ría, y lo consigo.

—Esta noche las únicas protagonistas somos tú y yo.

Levanta la copa que se ha llenado con vino, y espera a que brinde con ella.

—Es un buen plan. Me gusta.

Al igual que ella, levanto mi copa y hacemos que choquen, brindando por la noche que nos espera. Le damos el primer trago. Con esto inauguramos la noche de chicas, en la que va a estar prohibido hablar de parejas, solo de nosotras.