Una última vez CAPÍTULO 12 ENZO
26%

CAPÍTULO 12 ENZO

Los días pasan rápidos. Siempre que llega el verano parece que el tiempo se acelere.

Estás esperando todo el año a que lleguen estas fechas para coger vacaciones y luego, en un abrir y cerrar de ojos, se ha acabado.

Por suerte, estoy aprovechando cada día y cada noche al máximo.

Estoy grabando mucho contenido para redes sociales y trabajando en la idea que me vino hace más de una semana.

Aquella noche que no podía dormir y acabé acostándome con la chica rubia, Lara, en la playa.

Sonrío al recordarlo. Creía que no iba a decirme su nombre, pero al final lo hizo cuando menos me lo esperaba.

Tengo la sensación de que esta será la canción; tengo clara la melodía y las primeras frases de la letra.

Ahora solo falta que consiga terminarla y esté satisfecho con el resultado.

Eso último es lo más difícil de todo y lo que me ha llevado a no lanzar ninguna de las canciones que he compuesto.

Soy muy exigente conmigo mismo, además de perfeccionista.

Dos cosas que juntas son una explosión y me traen muchos quebraderos de cabeza.

Hoy he quedado con mis amigos en casa. El plan es comer y beber un poco, antes de irnos a la playa.

Comer, beber y playa son tres palabras que resumen a la perfección lo que va a ser mi verano.

Seguro que el primero en llegar, como siempre, será Raúl.

Nunca falla, es el más puntual de los tres.

Aunque en el grupo de amigos somos seis, nosotros tres somos como hermanos.

Hicimos una piña especial hace tiempo y todavía la mantenemos.

Dicen que las mejores amistades son en grupo de tres, y yo lo corroboro.

Pongo la música a todo volumen. Reproduzco una lista de Spotify que he creado yo mismo con música mítica de reguetón.

Ahora mismo me apetece escuchar ese género, aunque escucho de todo.

Nunca sabes la música que voy a poner, puedo llegar a sorprender mucho.

No le tengo asco a nada. Eso sí, tengo géneros y artistas preferidos.

La música me acompaña allá donde vaya. Me encanta estar en casa cantando a todo pulmón mientras voy haciendo cosas.

Como ahora, que me pondré a cocinar. La primera canción que suena es Soy peor de Bad Bunny, y reconozco que la vivo al máximo, como todas las canciones que canto.

Y así voy escuchando canción tras canción, hasta que una llamada me interrumpe.

Me entero porque mi móvil está conectado al altavoz y suena por allí.

Si no, probablemente hubiera ignorado la llamada.

—Bro , ¿piensas abrirme? —pregunta Raúl al otro lado del teléfono. Su tono de voz es enfadado; cualquiera diría que lleva aquí mucho tiempo—. No sé cuántas veces he picado ya al timbre. Creo que te lo he fundido incluso.

—Te habrás equivocado de piso, porque aquí no ha sonado nada —comento mientras voy hacia la puerta, dispuesto a abrirle.

— A mí me da que la música a todo volumen ha tenido algo que ver.

Cuelgo sin decirle nada más, porque ya he abierto. Es una estupidez seguir hablando por teléfono, cuando en unos segundos lo tendré enfrente. Al momento, vuelve a reproducirse la canción que estaba sonando por el altavoz.

—Confirmamos que la música te dejará sordo —dice en el umbral de la puerta.

Me falta poco para reírme. Tiene gracia que justo él, que se dedica a ser DJ, me diga que me voy a quedar sordo por culpa de la música. ¿No debería decírselo yo a él?

—Eres un exagerado —me limito a contestar.

—Se oye desde fuera. Y no me has escuchado cuando he picado.

No va a salir de ese bucle. Cuando se le mete una cosa entre ceja y ceja, puede llegar a ser muy pesado. Además, no se rinde hasta que le doy la razón. Le gusta salirse con la suya.

—Igual no va bien el timbre. —Solo pongo esa excusa para sacarlo de sus casillas.

Me asesina con la mirada. Está a punto de perder la paciencia, lo sé.

—Eso, tú no reconozcas que es por la música.

—La música nunca puede ser un problema, sino todo lo contrario.

— Bro , no estás fino —termina por desistir—. ¿Qué es esto? —Veo que se agacha para coger algo del suelo, pero no logro ver el qué—. ¿No tienes buzón como las personas normales y corrientes?

—Claro que tengo buzón, inútil.

A veces pienso que mantenemos conversaciones de besugos. Este sería un claro ejemplo.

—Pues ya me dirás cómo ha llegado esto aquí. —Me enseña lo que ha cogido del suelo y parece una especie de carta—. Es una nota. —Desdobla el papel y, antes de que empiece a leerlo, se lo quito de las manos.

—Es privado. Lo último que me faltaba es que lo leyeras.

Vale. No tengo ni la más remota idea de qué es esto y por qué está en el suelo de mi casa. Pero, como más vale prevenir que curar, lo mejor será que solo la lea yo por ahora. Y quizás, luego, dependiendo de lo que sea, comparta esa información con mi amigo.

—¿Es de una amante? ¿Una vecina a la que has dejado insatisfecha después de tirártela? —Empieza a bombardearme a preguntas.

—¿Te estás divirtiendo imaginando las posibilidades?

—Déjame ser feliz, joder. —Hace una breve pausa, antes de añadir—: Me encantaría que fuera la segunda opción, la vecina insatisfecha que reclama más sexo.

Se ríe él solo. No necesita nada más que sus propios chistes. ¿Y lo peor de todo? Tiene una risa demasiado contagiosa, que hace que me una a él por mucho que quiera pegarle en estos momentos.

—Lo siento por ti, pero no me he tirado a ninguna vecina. —Solo me faltaba complicarme la vida de esa manera. ¿Enrollarse con una vecina y tener que cruzarte a menudo con ella? No, gracias, no hay necesidad.

—Eso es porque todavía no te has cruzado con la nueva. Ya te lo dije, pero te lo repito: está de muy buen ver.

Al decir eso último, lanza al sofá el gorro de pescador que llevaba puesto y se sienta, despreocupado. No me había fijado hasta ahora en cómo iba vestido Raúl. Viene totalmente equipado de playa. Mi colega es un negro con estilo.

—Igual debería ir a presentarme. Al fin y al cabo, soy yo el…

—Ni se te ocurra. —No me deja terminar la frase—. Yo la vi primero, y para ella yo soy el anfitrión. Tú ni siquiera existes, campeón.

—Puede que no le gustes.

—Nadie se puede resistir a mis encantos.

Me río; como para no hacerlo. Me ha puesto morritos y todo cuando lo ha dicho.

—Hugo acaba de llegar, voy a abrirle —dice, levantándose del sofá.

Raúl se mueve por mi casa como si fuera la suya. Pasa gran parte de su vida aquí, ya que mi casa es el centro de todas las quedadas.

—Has llegado en el momento perfecto. —Escucho que le dice Raúl a Hugo—.

Enzo acaba de recibir una carta de una admiradora secreta.

Yo creo que está insatisfecha por el sexo que le ha proporcionado y viene a que le den lo suyo, como es debido.

No sé si Enzo estará a la altura. Depende cómo sea la chica, yo me presto voluntario para…

—Que no te inventes cosas —le corto antes de que diga una tontería más—. No te creas ni una palabra de lo que ha dicho —advierto a mi otro amigo.

Lo último que me falta es que se alíe con Raúl y empiecen a decir gilipolleces.

—Nunca lo hago —contesta Hugo. Le aplaudo sin dudarlo.

—Qué ataque más gratuito. —Se hace el ofendido.

—La realidad es que me ha llegado una carta, pero no sé de quién. Y este de aquí —señalo a Raúl, que sonríe orgulloso— está deseando saber qué esconde. Como no va a leerla, se tiene que inventar cosas.

Cuando pronuncio eso último, me mira sorprendido. Agranda los ojos como si no se pudiera creer lo que he dicho, pero ha escuchado bien. Es mi carta, y solo yo voy a conocer el contenido.

—Eso de que no voy a leerla todavía tenemos que hablarlo.

—Está más que hablado.

—Pues yo no he sido partícipe de esa conversación.

—Ni falta que hace.

—Veo que seguís en vuestra línea —interviene Hugo riéndose.

Raúl y yo siempre estamos igual, no es ninguna novedad. Nuestra relación se basa en esto: picarnos e insultarnos. Es nuestra manera de demostrarnos amor.

—No puedes dejarme con esta incertidumbre. No voy a poder dormir —se queja Raúl. Empieza a hacerse la víctima, ya estaba tardando. Suele hacerlo para salirse con la suya, aunque nunca le sale bien.

Mientras él empieza un monólogo alegando las razones por las que debería leer la carta en voz alta, le enseño a Hugo la nota. Para que vea el drama innecesario que está montando.

—No tiene sobre, es una simple nota que ha tenido que dejar un vecino —comenta Hugo.

Yo también lo pienso. La ha tenido que colar por debajo de la puerta, y, para poder hacer eso, la persona tiene que vivir en este edificio.

—O una vecina —interviene Raúl—. Mi teoría empieza a tener sentido. Vecina en busca de sexo reclama la atención de Enzo.

—Mira que llegas a ser pesado cuando te lo propones.

—Es uno de mis talentos naturales.

—Voy a leerte la maldita nota, solo para que te calles —termino por decir.

—No era tan difícil. —Sonríe, orgulloso, porque se ha salido con la suya. Le ha costado, pero termino claudicando por el bien de todos.

—Has tomado una buena decisión. Si no, nos iba a dar el día.

Hugo tiene razón, y por eso mismo lo he hecho. Aguantar todo el día a Raúl así es imposible. No se hubiera callado hasta conocer el contenido de la nota. Mejor acabar con esto ahora y que el tema de conversación del día no sea este, que era lo que hubiera pasado si me la guardo.

Desdoblo la nota que me había guardado en el bolsillo del pantalón. Me aclaro la garganta antes de empezar a leer. No hay más que un par de líneas escritas a boli, así que será rápido.

—«Vecino, me veo en la obligación de escribirte una nota, porque lo de abrir la puerta cuando tocan tu timbre no lo llevas muy bien».

—Raúl exclama un «ohh» cuando digo eso. No me esperaba que empezara así de fuerte.

¿Soy yo, o la mala hostia ha traspasado el papel?

—. «He intentado ser simpática, pero he terminado perdiendo la paciencia.

BAJA EL VOLUMEN DE LA MÚSICA». —Eso está en mayúsculas, subrayado y con muchas exclamaciones al final—.

«No vives solo. Y no a todo el mundo nos gusta ese tipo de música.

Así que, por el bien de nuestra convivencia de ahora en adelante, deja de ser tan egoísta y piensa en tus vecinos».

La sonora carcajada de Raúl resuena por todo el piso. Parece que la situación le hace gracia. Hugo me mira con cara de circunstancias, aunque sé que en el fondo se está riendo.

Quienquiera que haya escrito esta carta se ha quedado a gusto. Desde luego, ha sido directa.

—Ves como la música estaba alta. Ya te lo dije yo —comenta Raúl, sacándome de mis casillas. Lo último que le faltaba es terminar teniendo la razón.

—No tengo nada que añadir. Al final, va a ser verdad lo de malfollada.

Me ha enfadado recibir esta nota. A ver, estoy en mi casa y si quiero poner música, lo hago.

No es la primera vez que la pongo a todo volumen, pero sí la primera que alguien se queja.

Desde que vivo aquí, nunca nadie lo ha hecho.

Ahora en verano viene mucha más gente, así que no sé quién habrá podido ser.

—Respeto, colega —comenta Hugo—. No conoces a la chica o señora, para decir eso. Además, no hay relación directa entre que folle, o no, y que tú pongas la música demasiado alta.

—Deberías contestarle —propone Raúl.

—¿Y dónde dejo la nota? Si no sé quién la ha escrito.

—Bien visto, colega. Menos mal que uno de nosotros, a veces, piensa.

—Puedes colgarla en el tablón de anuncios de la comunidad —propone Hugo.

No es mala idea, ¿no? Aunque quizás lo mejor es no entrar en el juego. Olvidar esta carta y seguir como si nada. Poniendo música al volumen que quiera.

—Creo que no debería darle importancia.

—¿No quieres entrar en su juego? Puede ser divertido —me tienta Raúl.

—También puedes hacer lo que pide: bajar un poco la música.

Raúl y yo lo miramos como si acabara de decir una completa locura. Parece que no me conozca. Poner la música alta mientras cantas es un modo de vivir, y es el mío.

—Vale, retiro la idea —dice al ver nuestras caras—. Sigue igual por ahora, hasta que te llegue otra nota o algo peor.

—¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Una amenaza de muerte? ¿Llamar a la policía? —Raúl empieza a soltar cosas, algo que le encanta.

—Lo peor que puede pasar es que le empiece a gustar el reguetón —comento de cachondeo, provocando que ambos se desternillen de la risa.

Y en eso se resume nuestro día. Reírnos mucho y disfrutar de nuestra compañía.