CAPÍTULO 11 LARA
Lo miro, embobada. Me fascina la gente que sabe cantar, pero todavía me fascina más que además toquen la guitarra mientras lo hacen. Me tiene cautivada; su voz, sus tatuajes… Es una combinación explosiva.
No es la primera vez que escucho esta canción, porque el grupo me gusta. Como le he dicho, lo sigo desde sus inicios, pero sé que después de hoy no volveré a escuchar Otra lenta de la misma manera.
Cuando llega al estribillo, no lo dudo y me uno a él.
Me sale solo. Simplemente me dejo llevar por el momento.
No suelo cantar en público, porque no se me da bien, pero eso parece no importarme ahora mismo.
¿Dónde ha quedado mi vergüenza? Con él parece que no haya tenido desde que lo conocí. Porque fui bastante lanzada.
— Sé que tú sientes lo mismo, fuego cuando te roza —cantamos al unísono.
Se sorprende porque me haya unido, y no me extraña.
Yo tampoco me lo esperaba. Agranda los ojos y no deja de sonreír, pero sigue cantando—: Yo te busco los labios, tú me quitas la boca.
Y no aguanto otro baile, yo quiero besarte.
Como ponga otra lenta, voy a enamorarme.
Me pierdo en sus dedos tatuados acariciando las cuerdas de la guitarra. Se viene arriba, se le nota que está disfrutando la canción. Yo vuelvo a perderme en su voz y en él. Es demasiado fácil hacerlo.
Mi plan para esta noche no era ni de lejos este, y mucho menos encontrarme con el chico de los tatuajes.
Algo que creía que no volvería a ocurrir.
May iba a venir a cenar a casa, tal y como habíamos hablado esta mañana.
Una cena las dos solas para ponernos al día.
Mucho vino y muchas risas, algo que ambas necesitamos.
Pero en último momento lo ha cancelado y pospuesto a mañana.
De nuevo vuelvo a pensar que todo pasa por algo.
Si los planes no hubieran cambiado, no estaría aquí con él.
Disfrutando de la música y de una noche diferente.
Cuando lo he visto al salir del agua, he tenido claro lo que tenía que hacer. Ha sido como si un imán me atrajera hacia él. Y eso que de lejos no me había dado cuenta de quién era, pero, conforme me acercaba, no daba crédito a lo que veían mis ojos.
Aplaudo cuando deja de cantar y tocar la guitarra. Me ha encantado. Si ya esta canción me gustaba, ahora todavía más. Tiene talento, mucho.
—Me has impresionado —comento sincera.
Cuando lo escuché cantarme al oído la otra noche, ya supe que lo hacía bien. Pero ahora, sin el bullicio de la gente y la música a todo volumen, he podido escucharlo mejor y darme cuenta del talento que tiene.
—¿Te he enamorado? —pregunta alzando una ceja, para acto seguido guiñar un ojo.
Su comentario consigue sacarme una sonrisa. No sé cómo lo hace, pero a lo largo de la conversación consigue sacarme muchas. Vale, yo también soy de sonrisa y risa fácil, para qué mentir.
—No, pero debo admitir que puede ser una buena forma de ligar. Nadie puede resistirse a un chico cantando y tocando la guitarra.
Y mucho menos cuando ese chico está de muy buen ver y tiene tatuajes. Una combinación explosiva, ¿no creéis? Estoy convencida de que mucha gente cae rendida si le cantan al oído.
—Salvo tú, ¿verdad?
Podría seguirle el juego, pero decido ser honesta y decirle la verdad.
—Yo porque ya te he probado. Si no, hubiera caído.
—Puedes volver a caer, rubia.
—No me tientes, chico de los tatuajes.
—Te dije mi nombre, o ¿ya no lo recuerdas?
Está tanteando el terreno. Aunque ha formulado la pregunta despreocupado, sé que le genera mucha curiosidad saber si me acuerdo o no.
—Estoy segura de que, si te digo que no, dañaría tu ego, Enzo. —He hecho una breve pausa antes de añadir su nombre. Cuando lo ha escuchado, una sonrisa de medio lado ha aparecido en su rostro, tal y como me imaginaba.
—Yo estaba convencido de que te acordarías.
—Deseabas que lo hiciera.
—Un poquito —reconoce—. Por cierto, creo que me debes un baño.
Se pone de pie, guarda la guitarra en la funda bastante rápido, y me tiende la mano para que me levante.
—Y yo creo que solo quieres verme las tetas.
—Quiero algo más que verte las tetas.
No aparta su mirada intensa de la mía. Su mano sigue rozándome. Y las imágenes del baño de la discoteca se cuelan en mi mente. Tan rápido pasa eso, un calor me invade. Este chico me pone, no hay más.
—Vamos a empezar por el baño, y ya luego vamos viendo.
—Que no descartes la idea significa demasiado.
—Significa que a mí también me pareció un buen polvo y no me importaría repetir —confieso.
—¿Por mucho que dijiste que sería la última vez? —Otra vez esa sonrisa de medio lado. Algo me dice que me va a traer muchos problemas.
—Una a veces se equivoca. Además, esta sí que podría ser la última vez.
—Una segunda «última vez». Es contradictorio, pero suena bien.
—Pues imagínate hacerlo.
Sin decir nada más, me quito la camiseta que me había puesto y empiezo a correr hacia el agua, esperando que Enzo me siga. Como me imaginaba, no tarda en seguir mis pasos. Me giro en cuanto noto que me tiran agua. No habrá sido capaz, ¿verdad?
Al darme la vuelta, me lo encuentro en la orilla, sonriendo y con cara de no haber roto un plato en su vida.
—No te habrás atrevido a tirarme agua, ¿no?
—¿Yo? —Se hace el inocente, cosa que lo delata todavía más.
—Para darte un baño conmigo, debemos estar en igualdad de condiciones.
—¿Quieres mojarme? —Se ríe mientras formula la pregunta.
Ay, Enzo, todavía te falta mucho para conocerme bien.
—No, pretendo que te quites la ropa. Solo se admite una prenda por persona.
La carcajada no tarda en llegar a mis oídos. Me gusta escucharlo reír. Escuchar reír a la gente es un sonido maravilloso, que creo que une mucho.
—De nuevo vuelves a sorprenderme, rubia. Pero, oye, me parece justo.
Se empieza a quitar la camiseta, y yo contemplo su torso desnudo.
Mis ojos vuelan al tatuaje de la mariposa.
A diferencia del otro día, hoy puedo verlo entero.
Lleva los brazos hasta arriba tatuados, pero no es un tatuaje entero, sino que da la sensación de que se ha ido haciendo poco a poco hasta llenarlos.
Porque observo un escorpión, unas flores, unas montañas…
Y en el cuello también lleva varios. Uno en el medio y otro a un lado, ambos palabras.
—Yo lo digo por tu ropa —hablo un rato después. Me había quedado embobada con los tatuajes—. Si la mojas toda, no sé cómo volverías a casa.
—Sí, seguro que lo dices por eso y no porque quieras verme desnudo.
—Eso es un extra, chico de los tatuajes.
—¿Vas a llamarme siempre así?
—¿Y tú a mí «rubia»? —contraataco.
—Es lo que tiene que todavía no me hayas dicho tu nombre.
—Ups, fallo mío. —Me encojo de hombros, intentando parecer que de verdad se me había olvidado ese detalle.
—¿Piensas decírmelo?
—Igual, si lo hago, pierdes el interés en mí. —Hago lo imposible por contener la risa. Lo que acabo de decir no tiene el más mínimo sentido. De ahí que me mire como si tuviera monos en la cara.
—¿Por qué iba a pasar eso? —pregunta descolocado.
—Porque dejarías de intentar ganártelo —respondo como si fuera obvio.
—No tiene sentido.
—Lo sé —digo riéndome, consiguiendo que todavía me mire más descolocado. A saber lo que debe pensar de mí en estos momentos. Como mínimo, que estoy loca, pero las mejores personas lo están—. Ahora sí que estamos en igualdad de condiciones.
Se ha quitado los pantalones y se ha quedado solo en bóxeres. Unos negros que se ajustan a su cuerpo y dejan poco a la imaginación. Puede que esté mirándole de más el paquete. De hecho, estoy casi segura, porque me da la sensación de que se le pone dura.
—¿Ya puedo bañarme contigo, o quieres seguir mirándome el paquete? —No se corta un pelo al decírmelo, y eso me gusta.
Antes le he dicho lo de las tetas, y ahora él me la ha devuelto sin dudarlo.
—Estás tardando en meterte en el agua. Algo me dice que te va a venir bien que esté tan fría.
—Qué mala eres, rubia.
—Solo digo la verdad.
Sin dejar de reírme, me lanzo al agua de cabeza. Es verdad que está muy fría, pero sienta muy bien que sea así. Un baño refrescante de madrugada te reactiva.
—Hay otras maneras de que esto baje —comenta, cuando saco la cabeza del agua y puedo escucharlo.
—¿Crees que no lo sé?
No dice nada más, simplemente se acerca nadando a donde estoy.
Acortando la distancia que nos separaba.
Cuando lo tengo cerca, el calor invade mi cuerpo, pidiéndome a gritos repetir lo que pasó entre nosotros.
Desde que me ha comido con la mirada los pechos, he querido que lo hiciera de verdad.
Estamos uno frente al otro, en silencio.
Solo se escuchan nuestras respiraciones aceleradas, porque ambos sabemos lo que va a pasar a continuación.
Es evidente, lo ha sido desde que nuestros ojos se han vuelto a cruzar.
La tensión que se ha respirado entre nosotros durante toda la noche es innegable.
No sé quién de los dos da el primer paso, pero acaba cogiéndome en brazos y clavando sus manos en mi trasero.
Siento su polla rozando mi clítoris. Me ha colocado de manera que pueda sentirla a la perfección.
Me muevo por impulso, provocando fricción entre nuestras partes.
Un sonido ronco se escapa de su garganta, y de la mía un leve gemido.
Una de sus manos busca uno de mis pechos.
Lo manosea, juega con él y con el pezón.
A todo esto, nuestras miradas están conectadas, provocándome un escalofrío muy placentero por todo el cuerpo.
—Desde que te he visto, he querido coger esas tetas —confiesa con la voz ronca.
—Has tardado más de lo que imaginaba en hacerlo.
—Voy a besarte —ruge, antes de que sus labios se estampen contra los míos.
Desesperación. Deseo. Nuestras lenguas se buscan con intensidad.
Se nota que ambos queríamos que esto sucediera.
Un gemido. Seguido de otro. No dejo de moverme, provocando que nos rocemos todavía más.
Me muerde el cuello antes de volver a atacar mi boca.
Le muerdo el labio de puro deseo. Tengo ganas de más.
—Espero que hayas traído un condón. Si no, podemos ir a…
—Para lo que tengo en mente, no necesitamos preservativo, al menos por ahora —me corta antes de que pueda terminar la frase.
Vuelve a juntar nuestros labios mientras una de sus manos se cuela debajo de mi bañador.
Empieza haciendo pequeños círculos para luego ir introduciendo sus dedos en mi interior.
Gimo cuando entra el primero. Él me muerde el lóbulo de la oreja mientras me susurra lo mucho que le pongo.
Cosa que consigue que me ponga todavía más a mil.
Fuego. Calor. Llamas.
Mi mano busca desesperada su miembro. Lo agarro con fuerza, provocando un gruñido de puro placer por su parte. Sonrío al tener este efecto en él.
No dejamos de tocarnos, y poco a poco vamos acelerando el ritmo. Lo siento por todas partes. En mis pechos, mi clítoris, mis nalgas, mis labios… Uff, qué sensación.
—Quiero que me folles, Enzo —susurro en su oído—. Quiero sentirte dentro de mí.
Esas palabras lo encienden todavía más. El sonido ronco que escapa de su garganta consigue que se me erice el vello.
Salimos del agua a trompicones y me tumbo en la arena.
Para cuando me doy cuenta, Enzo se ha puesto un condón y se ha colocado encima de mí para introducirse dentro.
Lo hace de una embestida y cierro los ojos de puro placer.
Entra y sale de mí acelerando el ritmo. Cada vez me embiste con más fuerza, más rápido, y llega más adentro.
Me agarro a sus brazos tatuados. Las gotas de agua caen de su pelo a mi rostro. Es un polvo con sabor a sal.
Siento cómo su polla se endurece aún más y sé que no tardará en acabar.
Los gemidos quedan ahogados entre nuestros besos.
Un escalofrío de pies a cabeza me recorre justo en este momento.
Estoy cerca. A mí tampoco me queda mucho para llegar al orgasmo.
Enredo mis piernas alrededor de su cuerpo para sentirlo más pegado a mí.
Una última embestida. Una sacudida. Deja escapar el aire.
Y sé que ha llegado al clímax. Y justo eso era lo que necesitaba para llegar yo.
Una ola de calor va directa al centro de mi clítoris y me dejo llevar.
Corriéndome como ha hecho él hace escasos segundos.
—Joder. —No sé si la palabra sale de mi boca o de la suya. Porque ahora mismo estoy en otro mundo.
—Menuda segunda «última vez».
—Mucho mejor que la primera —reconozco.
Mi mente no puede evitar pensar en cómo sería la tercera. Si las dos primeras han sido así, y el ambiente no es que acompañe mucho…, no me quiero ni imaginar cómo sería repetir en otras circunstancias. En una cama, por ejemplo.
—Ya sabía yo que necesitábamos un segundo polvo. Ahora has podido contrastar. —Esboza una amplia sonrisa.
—Pero esta sí que es la última vez. —¿He sonado creíble? De verdad lo pienso.
Vale, nos hemos visto dos veces y las dos veces ha pasado. Pero ¿qué probabilidad hay de volvernos a encontrar? Lo dejaremos en manos del destino.
—Porque quieres, rubia.
—Lara —suelto en cuanto me dice «rubia». Ha sido instantáneo. Ni siquiera he tenido que pensarlo, se ha escapado de mis labios.
—Parece ser que me he ganado conocer tu nombre.
—Tómatelo como un premio.
—¿Porque ha sido un buen polvo? —se cachondea él, con la sonrisa impregnada en su rostro.
—Porque me has hecho disfrutar dos de dos. Lo mínimo es que sepas cómo me llamo.
—Así la próxima vez puedo gemir tu nombre, me parece bien.
Su comentario logra que me ría. Tiene un sentido del humor que me gusta, bastante afín a mí.
—Ya estás dando por sentado que habrá una próxima vez.
—Por supuesto. Por mucho que me hayas dicho que es la última, sé que, si nos volvemos a cruzar, inevitablemente volverá a pasar. Nuestros cuerpos se buscan y se encuentran.
—¿Y vas a hacer algo para que suceda de nuevo? —me intereso.
Me encantaría entrar en esa cabeza suya y saber lo que piensa.
Habla con tanta seguridad, está tan convencido de que nos volveremos a ver, que igual tiene un plan.
Pedirme el número, el Instagram; lo típico que se hace ahora.
Pero me sorprende al contestar: —Lo dejo en manos del destino, rubia. Hasta la próxima.
Su contestación me gusta más de lo que debería y me deja sonriendo. Él recoge sus cosas y se aleja de mí. Inevitablemente, me pongo a pensar si volveremos a coincidir o, de verdad, esta ha sido la última vez.