CAPÍTULO 10 ENZO
La inspiración viene cuando menos te lo esperas.
Como ahora mismo, que estaba metido en la cama intentando conciliar el sueño, pero no podía.
No he dejado de dar vueltas, y, cuando eso pasa, sé que me va a costar dormir.
Además, una nueva idea ha aparecido en mi mente.
Una simple frase se ha colado como si nada, provocando eso, que no deje de darle vueltas.
Y, al hacerlo, me es imposible dormir. Así que en vez de resistirme e intentar coger el sueño, cosa que sé que tardará mucho en pasar, porque a mí eso de contar ovejitas no me vale, decido levantarme y hacer lo que el cuerpo lleva rato pidiéndome.
Cojo la guitarra, el bloc de notas junto con el bolígrafo, y me pongo lo primero que pillo.
Una camiseta y un pantalón que tenía desperdigados por la habitación.
No me molesto en ponerme bambas. Total, para donde voy a ir, lo mejor que puedo hacer es ponerme chanclas.
Así, sin más, salgo de mi casa casi a las dos de la madrugada.
Una buena hora para no encontrarse a nadie y disfrutar del silencio.
Lo que me ayuda para que fluyan mis ideas.
Cruzo la calle directo a la playa. Esto es uno de los privilegios de vivir justo enfrente del mar. Puedo venir aquí siempre que me apetezca, y solo me lleva un par de minutos. Se escuchan las olas rompiendo contra las rocas. Creo que no hay nada que me relaje más que ese sonido.
Me siento en la arena, cruzándome de piernas, y desenfundo la guitarra.
Cuando deslizo mis dedos por las cuerdas y suenan los primeros acordes, me inunda una paz inexplicable.
Hace tiempo que intento dar con la canción perfecta.
Cosa que solo conseguiré a base de ensayo y error.
Y hoy una nueva frase, seguida de una melodía muy concreta, se ha colado en mi mente, provocando que esté justo donde estoy.
Apunto esa frase en la libreta para que no se me olvide.
Puede que este sea el inicio de esa canción que tanto estoy esperando.
La página deja de estar en blanco, ahora puede leerse lo que he escrito: «Intercambiamos miradas, no podíamos hacer como si nada».
Y sonrío, satisfecho, porque es un primer avance.
Sigo tocando la guitarra, intentando dar con la melodía exacta que se ha colado en mi mente.
Estoy tan inmerso en mi mundo que no me doy cuenta de que tengo a alguien delante hasta que un par de gotas de agua me caen encima.
Alzo la vista por acto reflejo y lo que me encuentro delante de mí me reseca la boca.
No puede ser verdad. Me quedo en shock durante un par de segundos, asimilando que la tengo delante.
Y no solo eso. Sino que va en bañador. Bueno, solo lleva la parte de abajo, dejando al descubierto sus tetas.
Mis ojos van a parar solos a sus pechos, disfrutando de las vistas que me ofrece.
Aunque no quiero incomodarla y aparto la mirada, volviendo a la realidad después de haberle dado un buen repaso.
—Parece ser que sí que iba a haber próxima vez, rubia. —Sonrío de medio lado.
Ella no aparta su mirada de la mía, y veo cómo una pequeña sonrisa aparece en sus labios ante mi comentario.
—Cuando lo dije, de verdad pensaba que no íbamos a volver a cruzarnos.
Se sienta a mi lado como si nada. No sé dónde debe tener sus cosas, pero parece no preocuparse lo más mínimo.
Todavía estoy asimilando que la chica que conocí en la discoteca esté sentada a mi lado.
Fue un buen polvo. Mi mente recuerda el momento, y le suma que la tengo en tetas a mi lado.
Cosa que no está siendo de gran ayuda para mi autocontrol.
En el sentido de que creo que, como sigamos así, puedo empalmarme de un momento a otro.
—Te despediste diciendo «Hasta la próxima» —cito sus palabras.
—Lo típico que se dice en esos casos, aunque no pienses que vaya a pasar.
—Yo estaba deseando reencontrarme contigo.
—He dejado huella.
—Un buen polvo no se olvida tan fácil.
Suelta una sonora carcajada, provocando que sonría con ella.
—No estuvo mal —contesta indiferente, pero puedo ver cómo la sonrisa amenaza con dibujarse en sus labios de nuevo. Ha intentado mostrarse seria, pero no lo termina de conseguir.
—No fue lo suficiente bueno como para desvelarme tu nombre.
—Cualquiera diría que te ha jodido.
—En absoluto. —Ahora soy yo el que intenta mostrarse serio y seguro de lo que dice, pero creo que no lo consigo.
—¿Tocas la guitarra? —pregunta interesada, cambiando radicalmente de tema.
Todavía tengo la guitarra entre mis piernas. Ella la mira, curiosa. Cuando se ha acercado a mí, su mirada observaba la guitarra. Bueno, cómo yo estaba tocándola.
—Es solo una forma de impresionar. He escuchado que los chicos que tocan la guitarra ligan más.
—Eso solo funciona si saben hacerlo bien. —Me sigue el juego, y debo reconocer que me fascina que lo haga—. Puedes enseñarme cómo lo haces y te doy mi más sincera opinión.
—Puedes admitir que estás deseando oírme tocar.
—Ya que te pones, puedes cantar también. —La carcajada se escapa de mi garganta.
—Temo enamorarte si lo hago.
—Asumo el riesgo.
Me gusta. Me gusta ella y sus contestaciones.
Me giro para quedarme cara a cara con ella.
El pinchazo que me da en la polla al hacerlo consigue volverme loco.
No olvidemos que sigue con sus pechos al descubierto.
Me doy cuenta de que tiene los pezones duros.
Madre mía. Esta mujer va a acabar conmigo de un momento a otro.
Y sé que le gusta tener ese tipo de control sobre mí, porque sonríe al darse cuenta de dónde tengo mi mirada fijada.
—¿Qué música te gusta? —Carraspeo. O hablaba ya o no había vuelta atrás. Ya que voy a cantar y tocar para ella, quiero hacer algo que le guste.
—¿Vas a poder concentrarte en tocar sin dejar de mirarme las tetas? Tengo la sensación de que te estoy distrayendo.
—¿La verdad? Me estás poniendo mucho —confieso. No tiene sentido negarlo cuando es evidente.
—No ha sido intencionado.
—Que me pongas así tampoco lo es. —Bajo, sutil, mi mirada a mis pantalones. Por suerte la guitarra me hace de barrera, porque, si no, ahora mismo estaría viendo la tienda de campaña que tengo entre las piernas.
Vuelve a reír, un sonido que estoy disfrutando de escuchar esta noche.
Se levanta sin decir nada, se aleja un par de pasos. Veo cómo se agacha y se pone una camiseta, antes de volver a venir donde estoy.
—No quería ser una distracción para tu arte —comenta, a modo de explicación, cuando se sienta otra vez enfrente de mí.
—Tenía mejores vistas antes. Después de la canción, puedes volver a quitártela —comento de cachondeo.
—Solo si te bañas conmigo.
—¿Así de fácil? Trato hecho.
Acepto al momento. ¿Cómo no voy a hacerlo si estoy deseándolo?
—Pero primero la canción.
Sé que la otra noche le gustó que le cantara al oído ese trozo de canción. Me hizo un comentario sobre eso, aunque no recuerdo cuáles fueron sus palabras con exactitud. Pero sé que dijo algo.
—Vuelvo a hacerte la pregunta: ¿qué música te gusta?
—Siempre me ha gustado el flamenco —confiesa.
—No quieres ponérmelo fácil, eh.
—Soy difícil de impresionar.
—Ya veo, ya. —Me pongo a pensar qué puedo cantarle de ese género. Es uno de los más difíciles, sobre todo para tocar con la guitarra. Así que haré lo que pueda. Le doy vueltas y termino dando con un grupo que es ideal—. ¿Conoces Fondo Flamenco?
La sonrisa que me dedica la delata. Está claro que sí. Sonrío para mis adentros. Acertar con esto es una gran victoria para mí.
—Desde sus inicios.
—Pues entonces seguro que te suena esta canción.
Carraspeo antes de empezar. Es una de mis manías. Siempre hago eso cuando empiezo a cantar. Ahora mismo tengo toda la atención de la chica rubia. Todavía no sé cómo se llama, pero algo en mi interior me dice que esta noche me lo dirá.
— Yo te miro, tú me miras y entre medio saltan chispas —canto, mirándola directamente a los ojos. No he podido escoger una canción mejor. Otra lenta , de Fondo Flamenco, nos viene como anillo al dedo—. Se dibuja una sonrisa. En tu cara y en la mía.
Mientras canto, no dejo de pensar en cómo nos conocimos en la discoteca. Como ha dicho la canción: unas miradas y unas sonrisas. El resto es historia.