CAPÍTULO 7 LARA
No volví a ver a May en la discoteca hasta que se quiso ir.
Estuvo el resto de la noche con Bruno, haciendo a saber qué.
Probablemente lo mismo que hice yo, disfrutar de una noche de sexo.
Aunque lo suyo seguro que fue después de haberse reconciliado.
Deben estar acostumbrados a eso. Eso sí, siempre he escuchado decir que los polvos de reconciliación son los mejores. ¿Será verdad?
Agradezco haberme topado con Enzo, alias el Chico de los Tatuajes.
Porque, si no, no sé qué hubiera hecho sola toda la noche.
No puedo evitar sonreír al rememorar todo lo que ocurrió.
La manera en que no dejábamos de intercambiar miradas y sonrisas, hasta que pasó lo que los dos deseábamos que pasara.
Se quedó con las ganas de saber mi nombre; me encantó ese tonteo que tuvimos.
Y, lo admito, el sexo no estuvo nada mal para ser la primera vez que nos acostábamos.
Un lavabo de una discoteca tampoco es que sea el sitio ideal, pues hay muchos factores que dificultan que sea un polvo perfecto.
Pero, oye, estuvo mejor de lo que pensaba, dado lo que teníamos.
¿Repetiría? Pues no os digo que no, aunque las posibilidades de encontrarnos de nuevo son muy pocas.
He venido a disfrutar del verano y en mis planes se incluye tener sexo.
¿Por qué? Simplemente me apetece y quiero experimentar.
Creo que estoy en ese momento de mi vida, sí.
El chico de los tatuajes consiguió que fuera una gran noche.
La puerta de mi habitación se abre de golpe.
Sin ni siquiera haber picado antes de pasar.
Me pilla por sorpresa, provocando que me incorpore de golpe en la cama.
Alerta. Estaba tranquila, reflexionando sobre la vida antes de levantarme.
Es algo que suelo hacer cuando me despierto.
Los primeros minutos no soy persona y los invierto en hablar conmigo misma.
—Buenos días por la mañana, amiga —dice May, segundos antes de lanzarse a mi lado en la cama.
Se tumba boca arriba tan pancha, con una gran sonrisa en sus labios. Está feliz, radiante, y me encanta verla así.
—Podrías haberme matado de un susto. Imagínate que llego a estar durmiendo —me quejo por quejarme.
—Por suerte estabas despierta. —Me saca la lengua, y continúa hablando—: ¿Cómo fue la noche?
—se interesa, y agradezco que lo haga. La verdad es que ya estaba tardando en preguntarlo—.
Apenas pudimos hablar a la vuelta. Me quedé con ganas de hacerte muchas preguntas.
Cuando llegó Bruno, desaparecí y no volvimos a vernos hasta que nos íbamos.
—Al menos, reconoces que lo hiciste. Es un primer gran paso —comento, haciendo referencia a lo último que ha dicho.
—Discutimos un poco sobre todo lo que había pasado esa noche.
—Confiesa lo que me imaginaba que había ocurrido.
El presentarse de la nada en la discoteca no olía muy bien—.
Llegamos a la conclusión de que era una tontería estar enfadados cuando tenemos claro que nos queremos.
Nos reconciliamos. —Mueve las cejas de arriba abajo unos segundos—.
Y, cuando me di cuenta, era demasiado tarde.
Fui en tu búsqueda para volver a casa. Lo demás estoy segura de que lo sabes.
—¿Y ahora dónde está? —me intereso.
No intercambié más de un par de palabras con él a la vuelta. Y ahora me sorprende que May no esté con él. Pero me gusta que esté aquí, conmigo, hablando de la noche de ayer.
—Ha insistido en irnos a buscar el desayuno. Sabe que me encantan los churros con chocolate y se ha levantado con la idea clara de ir a por ellos. Me encanta. Tiene muchos detalles como este. De verdad, es tan mono. —Solo falta que le salgan corazones de los ojos.
—Es un detalle bonito. —Lo es. Que sepa que a mi amiga le gusta una cosa muy concreta para desayunar cuando se despierta con resaca y no dude en ir a buscarle ese antojo es bonito. Eso no puedo negarlo.
—Él es de tener muchos. Pero no hablemos más de mí, que mi historia nos la sabemos de memoria ambas. ¿Cómo te fue a ti cuando desaparecí? Tía, te dejé sola gran parte de la noche, en una discoteca que no conoces. Te prometo que en el momento no fui consciente; lo he sido esta mañana.
—Al principio tuve ganas de asesinarte, para qué mentir. Pero al poco intercambié miradas con un chico y se me olvidó —reconozco. Creo que, si no hubiera sido por eso, sí que me habría cabreado bastante con ella.
—¿Perdona? ¿Triunfaste anoche y me lo cuentas ahora? —May coge la almohada y me da con ella. Me pilla por sorpresa. Ella no deja de reírse.
—Esto que acabas de hacer ha sido muy infantil —me limito a decir, conteniendo la sonrisa y la carcajada que amenazan con salir.
—Ha merecido la pena solo por ver tu cara.
—Te merecerías que ahora no te explicara lo que pasó con el chico de los tatuajes.
—Vaya, vaya, así que tiene apodo y todo. Necesito saber más.
—Me temo que te vas a quedar con las ganas.
En cuanto lo digo, me pongo en pie y salgo corriendo de la habitación. Escucho cómo maldice a mis espaldas, para acto seguido salir detrás de mí, tal y como me imaginaba.
—No te vas a librar tan fácil de mí, Lara. Y mucho menos cuando hay cotilleo de por medio.
—Estoy segura de que no vas a poder pegar ojo esta noche al no conocer la historia —me burlo.
Estamos en el comedor, en la mesa que hay en el centro.
Yo estoy detrás de una silla y ella está justo enfrente, intentando averiguar en qué dirección iré para seguirme y atraparme.
Sí, acabamos de empezar una especie de pillapilla.
Y he sido yo quien lo ha hecho. La misma que hace unos minutos la ha tachado de infantil por lanzarme un cojín.
—¿Te lo tiraste?
—Puede que un poco. —En cuanto lo digo, suelto una sonora carcajada. May se ha quedado petrificada con la boca abierta.
—¡Qué fuerte!
—¿Te sorprende que tenga vida sexual?
—Me sorprende que me esté enterando así, ahora, y no me lo explicaras ayer por la noche.
—¿Hubiera cambiado algo? —la chincho. Me encanta hacerlo.
—Hubiera dormido más a gusto, te lo aseguro.
—Vuelvo a reírme y ella hace lo mismo—. ¿Podemos sentarnos en el sofá para que me expliques todos los detalles?
Por favor y gracias. —Solo le falta ponerse de rodillas para suplicar que pase.
May es una cotilla de nacimiento; le encanta el chisme y conocer las historias con todo lujo de detalles. Siempre ha sido así y nunca cambiará.
—Porque me lo pides así, que si no…
—Si lo estás deseando, amiga.
Pues sí. Igual que a ella le gusta escuchar las historias, a mí me encanta explicarlas.
Sabía que no tardaría en tener esta conversación con ella.
Siempre se ha interesado por mi vida personal, así que me entusiasma que lo primero que ha hecho cuando se ha levantado haya sido venir a mi habitación para cotillear, como cuando éramos adolescentes.
Ahora mismo, he sentido que éramos esa May y Lara de antes y que el tiempo no ha pasado.
Nos sentamos en el sofá, una al lado de la otra, y empiezo a explicarle todo lo que pasó anoche desde que desapareció para irse a hablar con Bruno.
—¡Serás zorra! —exclama, entre risas, cuando termino de explicarle todo—. Tía, me parece muy fuerte que no le dieras tu nombre. Después de haber follado en los lavabos de la discoteca, lo mínimo era saber cómo os llamáis.
—¿Para qué? No nos vamos a volver a ver.
—Nunca digas nunca, amiga. El destino puede llegar a ser muy caprichoso si se lo propone. Pero, oye, me encanta. ¿Cómo continuará esta historia de amor? Lo descubriremos en el próximo capítulo. —Pone voz de telediario, provocando que me ría todavía más.
¿Soy yo, o se está empezando a montar paranoias? ¿Ha dicho una «historia de amor»? Lo que me faltaba por escuchar.
—No hay historia de amor. Solo fue un polvo.
—Las mejores historias empiezan así. El polvo que hizo surgir la llama del amor.
Se me olvidaba la facilidad que tiene May para montarse películas. Desde luego, es un gran don.
—Repito: solo fue sexo.
—Buen sexo —me rectifica.
—Solo fue buen sexo.
—Por algo se empieza, amiga. El sexo es un pilar fundamental en las relaciones. Entenderse en ese aspecto es tan importante. Así que ya tenéis algo hecho.
—Estoy de acuerdo en lo de que el sexo es muy importante, pero en todo lo demás no. Que me haya acostado con él no significa que quiera nada más allá.
La clave está en eso último. Acostarse con alguien no es sinónimo de querer empezar algo con esa persona.
—Se me olvida lo diferentes que llegamos a ser. Yo no me acuesto con alguien con quien no quiero nada. —Lo sé, pero yo sí. Y lo mejor es que ambas cosas son respetables.
May y yo somos muy diferentes en muchos aspectos. Este es uno de ellos. A ver, May no ha estado con muchos chicos, aparte de con Bruno. Y con los que ha estado y se ha acostado es porque tenía claro que quería ir mucho más allá con ellos.
—Por supuesto, faltaría más. Cada una puede hacer con su vida sexual lo que quiera.
El sonido de la puerta abriéndose hace que ambas miremos hacia allí.
Por la puerta aparece Bruno con una bolsa en la mano.
Bruno físicamente es guapo. No es el tipo de chico que a mí me llamaría la atención, pero entiendo que a mi amiga sí.
Es alto, rubio como ella, y está cuadrado.
Objetivamente está de muy buen ver, pero, cuando lo conoces un poquito más, pierde mucho.
Sobre todo cuando sabes cómo es en una relación.
Pero, claro, eso de primeras, al conocer a alguien, no lo sabes. Lo vas descubriendo.
—Ya han llegado los churros —comenta con una amplia sonrisa, sin dejar de mirar a mi amiga.
—Me muero de hambre —dice ella al instante, levantándose del sofá y yendo hacia él. Le planta un sonoro beso en los labios y le agradece el detalle.
Es esa mi señal para abandonar el salón. Más bien dicho, para abandonar el piso de May. Ahora mismo están viviendo una escena típica de convivencia. Y, aunque sé que no estorbo, prefiero dejarlos a solas.
—Os dejo desayunando solos, tortolitos. Cuanto antes me instale en el apartamento nuevo, mejor. Así me voy acostumbrando.
—¿No quieres que te ayude? —pregunta rápido mi amiga—. Podemos ir juntas cuando acabemos de desayunar.
—Puedes pasarte luego para ver el precioso apartamento que has elegido en persona.
—Sí, cariño, luego puedes echarle una mano —comenta Bruno—. Que seguro que Lara también quiere estar sola al instalarse en el piso. Mientras, tú y yo podríamos acabar de colocar toda mi ropa en tu armario e ir a hacer la compra. ¿No crees?
May está indecisa. Si pudiera leer su mente, estoy segura de lo que me encontraría.
Ahora mismo está librando una batalla interior ridícula sobre qué hacer: si venir a ayudarme, por mucho que le he dicho que no es necesario, o apuntarse al plan de su novio.
Está claro lo que quiere hacer, y yo apoyo su decisión, porque es lo que debe.
Ella tiene que disfrutar de que Bruno se está mudando para vivir con ella.
Termina asintiendo ante la propuesta de Bruno, y yo sonrío contenta.
—Me paso esta noche para inaugurar el apartamento. Prepara una cena romántica para nosotras dos. No te olvides del vino.
—Trato hecho, amiga. Tú, yo y una botella de vino. No se me ocurre un plan mejor.
Se me ocurre mirar a Bruno y me da la sensación de que tuerce el gesto, como si no le hiciera gracia lo que acaba de decir May o lo que he dicho yo. Eso no es posible, ¿verdad?