CAPÍTULO 6 ENZO
Madre mía. Cómo me está poniendo la situación.
Esta rubia me está volviendo completamente loco, en el mejor de los sentidos.
Mis manos no se despegan de su cuerpo. Todavía sigo besándola.
Es lo que he querido hacer desde que la vi bailando con su amiga.
Me llamó la atención y tuve claro que quería este final para nosotros.
Bueno, un final todavía mejor que este. Ya me entendéis.
Ni siquiera me ha dicho cómo se llama, pero es algo que en estos momentos no me importa.
Uno debe disfrutar del momento y no preocuparse de cosas sin importancia, como un simple nombre.
La chica me atrae y me pone a más no poder.
Siempre he creído que las rubias tienen algo que consigue captar mi atención.
Tienen un mayor efecto en mí. Qué le vamos a hacer, uno tiene claros sus gustos.
Soy de rubias más que de morenas. Y de tetas más que de culos.
En este caso, ella tiene ambas cosas. He podido darme cuenta al darle un repaso general mientras bailaba.
Sabe lo que quiere, al igual que yo. Nada de complicaciones. Una noche de verano para recordar en una discoteca. Tenemos el mismo objetivo y las mismas ganas. Así que hagamos que suceda.
Como si fuera capaz de leerme la mente, deshace el beso y entrelaza nuestras manos antes de empezar a andar. Aunque confuso por la situación, sigo sus pasos. Parece decidida. Se abre paso entre la multitud, con maestría. Algo digno de admirar, porque está lleno de gente.
—Espero que lleves condones —comenta, antes de cruzar la puerta del lavabo.
Ni siquiera se gira para hablarme a la cara; solo lo suelta.
Antes de que pueda decir algo, vuelve a hablar—: Porque, aunque tomo la píldora, no vas a metérmela a palo seco.
Siempre hay que actuar con precaución, no solo para evitar el embarazo, sino también las posibles enfermedades.
Estoy seguro de que podría seguir hablando sobre el tema. Además, lo hace de forma muy natural. Cosa que me gusta, debo reconocer.
—¿Esto es una clase de educación sexual? —pregunto, mofándome de la situación.
Soy muy consciente de los riesgos que existen al hacerlo sin condón. Y, creedme, ninguno de los dos quiere que pase nada de eso. Ni hijos ni enfermedades, por favor y gracias.
—Me gusta dejar las cosas claras. —Se encoge de hombros al decirlo—. Que luego estamos en faena y parecen olvidarse. Yo ya he avisado. Y quien avisa no es traidor.
—Por suerte para los dos, llevo condones. Y, además, me encanta usarlos.
Se frena en seco, y ahora sí que se gira para mirarme. Cuando lo hace, esboza una amplia sonrisa, acompañada de una pequeña carcajada.
—Me gusta esa respuesta.
Observa los lavabos, imagino que en busca de alguno libre.
Ninguna de las chicas que está haciendo cola o maquillándose se sorprende de que esté aquí con ella.
Supongo que esto es el pan de cada día en una discoteca.
El lavabo de chicas suele estar más limpio que el de hombres.
Venir aquí ha sido una buena elección para follar. Aunque no soy mucho de lavabos.
Vuelve a cogerme de la mano y a tirar de mí hasta que nos mete a ambos en uno de los cubículos.
Es bastante diminuto, entramos los dos bastante bien, pero no hay espacio suficiente para movernos sin problemas.
Algo que, desde luego, no nos importa a ninguno de los dos, porque nos lanzamos desesperados a la boca del otro.
Mis manos vuelven a sus caderas. Clavo mis dedos justo en ese punto con fuerza.
Ella posa su mano en mi cuello para intensificar el beso.
Nuestras lenguas libran una batalla y los primeros gemidos salen de su garganta, consiguiendo que se me ponga todavía más dura.
Sonríe entre mis labios al darse cuenta de eso.
Es entonces cuando su mano busca con desesperación mi bragueta.
Ahora el que gime soy yo. Antes de que me baje los pantalones, consigo hacerme con la cartera y sacar uno de los condones que siempre llevo ahí.
Nunca se sabe cuándo puede darse la oportunidad.
Agradezco al Enzo precavido por llevar siempre uno.
Gracias a eso puedo vivir estas experiencias.
Mis manos se cuelan entre sus muslos, buscando su humedad.
Introduzco varios dedos en ella mientras le beso el cuello, provocando aún más gemidos roncos y que me clave las uñas en los brazos.
Con un rápido movimiento se da la vuelta, quedando de espaldas a mí.
Se apoya en la pared y se sube la falda.
Las vistas que tengo ahora son una puta locura.
Me entretengo en mirar cada curva de su cuerpo.
Joder. Cómo me pone. Acerco mi polla a su entrada.
Disfruto del momento. Ella abre todavía más las piernas para facilitarme todo. Voy a acabar loco.
—Me estás poniendo mucho, rubia —susurro en su oído.
—Fóllame —ordena, provocándome todavía más.
Joder. No lo dudo. Entro de una embestida.
Siento que todo mi ser tiembla de puro placer.
Estaba deseando que pasara esto. Mis manos siguen ancladas a sus caderas mientras empiezo a moverme.
Ella me acompaña con cada embestida, pidiéndome más.
En una de tantas, se gira. Sus ojos conectan con los míos.
Su mirada es puro placer y yo me pierdo en ella.
Se muerde el labio inferior sin dejar de mirarme.
Una de sus manos ha ido directa a su entrepierna, para tocarse mientras entro y salgo de su interior.
No sé cuánto tiempo estamos así, pero siento que me falta poco para perder el control.
Ella ahoga un grito. Y justo eso era lo que necesitaba para dejarme ir.
Las embestidas van perdiendo velocidad hasta que salgo de su interior.
Me atrevo a decir que este ha sido el mejor polvo que he tenido en un baño público.
Se recoloca la falda y me mira para que yo haga lo mismo con mis pantalones.
Me había quedado embobado momentáneamente mirándola.
Su melena rubia está despeinada, e intenta peinarse con los dedos, pero no queda mucho mejor.
He seguido todos y cada uno de sus movimientos, olvidando que yo debería estar haciendo lo mismo.
—Hasta la próxima, chico de los tatuajes —comenta ella, antes de darme un rápido beso en los labios y abrir la puerta.
Sale del lavabo, dejándome con la palabra en la boca. No me ha dado tiempo a despedirme; es como si de pronto le hubieran entrado las prisas. Reacciono y sigo sus pasos. Por suerte, consigo llegar hasta ella. La cojo del brazo, obligándola a que se pare y me mire.
—¿Merezco saber tu nombre? —pregunto, siguiéndole el juego inicial.
—Puedes seguir llamándome «rubia». —Esboza una amplia sonrisa al decirlo. Muy contenta con la respuesta que acaba de darme.
—Eso significa que…
Recuerdo lo que me dijo antes, las condiciones para darme su nombre. No puedo evitar pensar que igual no ha disfrutado tanto esta noche como yo. Pero las imágenes de hace apenas unos segundos se cuelan en mi mente. Ha tenido que gustarle, ha disfrutado, ha sido más que evidente.
—El primer polvo nunca es suficiente para saber si follas bien. —La sonrisa se le ensancha todavía más.
—No me importaría echar un segundo. Para que puedas tener información suficiente.
—Me temo que eso no ocurrirá. Recuerda: era la última vez.
—Tú te lo pierdes, rubia. —Le guiño un ojo al decírselo.
—Lo mismo digo, chico de los tatuajes.
—Puedes llamarme Enzo, te lo has ganado.
Se ríe, niega con la cabeza y da media vuelta para alejarse. Esta vez la dejo irse. No la sigo como antes. Soy consciente de que ha sido un polvo de una noche. ¿Me quedo con ganas de más? De repetir, obvio que sí. Pero ambos teníamos muy claro que era una primera vez con sabor a última.